Dic 28 2017

XXXIX. Día D: 31 de diciembre.

XXXIX. 31 de diciembre. Día D.
 
No sé cómo será en el resto del mundo, porque siempre he recibido el año nuevo en Venezuela, en familia, como supuestamente debe ser. Porque siempre nos han dicho que uno nunca sabe si este es el último año que recibimos todos juntos… ¿será que finalmente se les hace realidad la amenaza?
 
Como todo en Venezuela, un motivo de alegría, como podría ser recibir un nuevo año, siempre se convierte en un caos. Son tantas las cosas que supuestamente se deben hacer para recibir el año… realmente tantas, que el estrés comienza días antes de cada 31 de diciembre.
 
Primero que nada: la preparación de la cena y, por supuesto, volver a hacer hallacas. Esto es básico, siempre pasa, el 24 de diciembre bajaron a niveles críticos las reservas porque en todos los hogares de la geografía nacional existe un glotón que se come de a tres y cuatro hallacas en la cena de navidad. Ergo, hay que repetir la operación y siempre habrá algo que falte a última hora que implique ir a comprar más ingredientes, soportar las colas interminables de los supermercados, el mal humor colectivo para recibir con alegría el nuevo año.
 
Como en estas cosas los cálculos siempre fallan, se harán tantas que llegarán los carnavales y todavía habrá hallacas en el refrigerador. Pero eso es válido cuando se hacen las hallacas, porque para los pobres desgraciados que no saben preparar el plato típico navideño, siempre es una tragedia tener que pagar lo que le pidan por unas hallacas de última hora que, por lo general, nunca están tan buenas como las del 24.
 
Llegado el día D comienza la locura en todos los hogares venezolanos. Hablemos del pan de jamón. ¡El delicioso pan de jamón! Eso es algo que nunca puede faltar en la cena decembrina y, como todo, se convierte en otro motivo de estrés. Dado que no se recomienda su adquisición con demasiada anticipación, cada 31 de diciembre todas las panaderías del país estarán repletas de personas desesperadas tratando de conseguir el codiciado bien. Como nunca fallan las leyes de Murphy, cuando llegue el turno de uno ya se habrán terminado los panes y habrá que esperar unos valiosos minutos a que salgan los que están en el horno.
 
Claro que, después de hacer una cola inmensa para pagar y perder otra media hora tratando de salir del estacionamiento, a media cuadra de la casa uno se dará cuenta de que no compró el panettone. Pero eso no es lo peor que puede pasar, claro que no. Aquí, en este país, las cosas siempre pueden empeorar. Por ejemplo, podría suceder –y se ha sabido de casos- que después de hacer todas las maromas necesarias para comprar el pan de jamón en esa misma panadería que lo compró para la cena del 24 de diciembre y estaba insuperable, cuando le pegue el primer mordisco al pan de jamón correrá el riesgo de partirse una muela a pocos minutos para las doce porque, para reducir costos, el dueño de la panadería decidió usar aceitunas con hueso. Total, ese es el último día que va a vender pan de jamón… que se jodan los demás, ya tendrán once meses para olvidar la maldad.
 
La tarde del 31 es un completo caos. Los celulares no paran de sonar, entre los que llaman para ver si consiguieron las uvas y los que llaman para invitarlo a tomarse un traguito para entrar en calor. Las uvas nunca se consiguen el 31 de diciembre, al menos no con la calidad que uno desea. Pero venezolanos al fin, eso de estar comprando las uvas con anticipación va en contra de la idiosincrasia que con tanto esfuerzo se ha construido a través de los años. Mientras va por todos los supermercados, abastos, buhoneros y afines para ver si se encuentra un racimo de uvas que no esté tan piche, entra esa llamada, que siempre es de una amiga o la hermana, preguntando ¿compraste los interiores (pantaletas) amarillos? El sujeto en cuestión sabía que se le había olvidado algo, pero hasta ese momento no estaba claro qué era. Sale corriendo a buscar la prenda sin preguntarse ¿para qué carajo sirve la ropa interior amarilla? Claro que eso no importa, siempre ha existido el ritual y nunca es un buen año para romper tradiciones.
 
Se supone que ya a estas alturas el venezolano autóctono compró su estreno de año nuevo, porque no se sabe si data del paleolítico cuando a algún comerciante codicioso se le ocurrió la genial idea de propagar el paradigma de mala suerte si no se recibe el año con ropa nueva. Sin embargo, la tragadera de los días previos le añadió unos cuantos kilos e indeseables centímetros y ese espectacular traje, o vestido en el caso de las damas, que tanto costó adquirir en medio de la locura de los centros comerciales, lo hace lucir ahora como una hallaca amarrada por la fuerza. Probablemente sean las siete u ocho de la noche del 31 de diciembre cuando uno se de cuenta de su aspecto de bollito navideño y no le queda más alternativa que armarse de valor y salir como si fuera el padre del pernil.
 
Un venezolano rajado, que lleva el Alma Llanera en el corazón y un torrente de polarcitas en la sangre, estará bebiendo desde tempranas horas del día, quizá desde el día anterior, de manera que para la cena de año nuevo lucirá unas hermosas ojeras que sólo cuatro capas de corrector podría disimular, pero si es hombre macho vernáculo no le quedará otra alternativa que lucir como se siente después de un mes de alcohol: ¡como un coprolito!
 
Ya cerca de la media noche, entre las horrorosas gaitas que gracias a Dios dejarán de sonar con la llegada de enero, el venezolano clásico checa que todo esté en orden: la lista de deseos, la ropa interior amarilla, el plato de lentejas, las uvas, la maleta para salir corriendo con el cañonazo, las copas servidas para brindar, los dólares en la mano derecha para que el nuevo año le traiga bastantes de los verdes, las monedas en la mano izquierda no sé para qué, y un sin fin de cosas que desconozco.
 
A cinco minutos para la media noche, comienza a sonar la canción más horrorosa que se haya escrito en la historia de la humanidad:
 
Las campanas de la iglesia están sonando
anunciando que al año viejo se va
la alegría del año nuevo viene ya
los abrazos se confunden sin cesar.
Faltan cinco pa´las doce
el año va a terminar
me voy corriendo a mi casa
a abrazar a mi mamá.
 
¿Quién le puede creer a ese tipo que viene alegría? Esa es la canción que históricamente ha hecho llorar a todas las abuelas en estas tierras y, detrás de ellas, llora toda la familia… deberían prohibir esa canción. Las pobres viejas empiezan a recordar a todos los muertos de la familia en cuanto comienza la canción y arrancan a llorar desconsoladamente.
 
Luego de la lloradita inconsciente, va al baño, se retoca y sale como si nada. Comienza la cuenta regresiva, todo el mundo gritando los números y los que ya están más “alegres” se equivocan en la cuenta. Suena el cañonazo, llegó el nuevo año.
 
Mientras algunos tratan de salir corriendo con la maleta, una avalancha de gente lo abraza para darle el feliz año. Se atraganta con las uvas mientras lee velozmente la lista de deseos que, a estas alturas, ya se le mojó con el champagne cuando algún gracioso chocó su copa con la suya y se encuentra ilegible. Cuando logra que lo dejen de abrazar agarra la maleta que, por lo general, viene de regreso de manos de algún osado que quiso irse de viaje primero que el dueño. Sin embargo, al venezolano esto no lo detiene, con todas sus fuerzas corre maleta en mano y llega hasta el ascensor o a la puerta de la casa, sólo para terminar abrazando a cuanto vecino amistoso decidió salir a saludar a la comunidad.
 
De regreso se da cuenta que las lentejas siguen allí. Son para la prosperidad, a uno le dijeron que los judíos las comen para recibir el año y esa gente tiene demasiado billete. Así que, a pesar de la sensación de implosión que tiene producto del champagne, las uvas y los pedacitos de pan de jamón que se ha estado robando a escondidas, se mete sus doce cucharadas de lentejas. Ya ni sabe dónde dejó los dólares y comienza a preguntarle a todo el mundo si ha visto un billete verde con la cara de algún presidente de los Estados Unidos.
Por supuesto, como todo clásico criollo, no puede faltar el bromista que escondió su billete y que le hará pasar un mal rato por un buen rato hasta que se aburra y se lo devuelva.
La terrible música es acompañada por terribles coreografías de grupos de niños y adultos, se intercambian parejas, se abrazan y todos muestran su renovada alegría por el nuevo año, hasta que son interrumpidos por el grito de guerra: vamos a cenar. Luego de las uvas, las lentejas, los quesos, los turrones, el panettone y todo lo que uno ha estado picando durante la noche, ya no puede ver más comida pero sabe que un desprecio de esa magnitud puede oscurecer su suerte en el año nuevo, de manera que no le queda alternativa: se sienta, discretamente se suelta el cinturón y come.
 
Como todo venezolano rajado y más feliz que todo el resto del mundo, a pesar de que ya no soporta los zapatos, la música, la gente y el estómago, uno se queda hasta el amanecer, para pasar todo el primero de enero tirado en la cama, tratando de recuperarse de la “alegría de recibir un nuevo año”.
En eso se resume el 31 de diciembre de todos los años, en todos los hogares venezolanos. Cambiará la marca de la ropa de los convidados a la cena de años nuevo, las bebidas e incluso la cantidad de comida. Algunos con más rituales que otros. Pero el alboroto y el estrés es el mismo.
 
 
Este año mi familia decidió recibir el año en casa de los viejos. Al menos no fue en el club y la lista de invitados no fue tan grande. Mis hijos pasaron conmigo la navidad y les toca recibir el año con Claudia. El resto de la familia está, en pleno, en la casa. Tías, primos, sobrinos, hermanos y padres ¡Todos juntos para recibir el año! En este momento sólo quisiera estar con una persona… sólo con una.
 
 
Llegué a casa de los viejos cerca de las ocho. Ya vestido y ataviado para socializar. Entré al que siempre ha sido mi cuarto y dejé la maleta, cerré la puerta con seguro, saqué el revólver, lo cargué y lo puse debajo del colchón con una frialdad que –segundos más tarde- me llegó a estremecer. Salí, saludé a los presentes y a los que iban llegando, socialicé, reí… hice todo lo que tenía que hacer.
 
A las once y media Andrea me preguntó si ya tenía mi lista de deseos. Revisé los bolsillos del traje y le dije que la había dejado en el apartamento. Todos me cayeron encima ¿cómo es posible que dejes la lista de deseos? Claro, seguramente todo lo que he logrado en la vida se debe a que lo he puesto en un papelito que leo apenas suena el cañonazo… Me excusé con los presentes, que ya pasaban la treintena, fui a mi antiguo cuarto, salí, pedí hojas blancas y me encerré.
 
Saqué el Ipod, puse el cuarto movimiento de la Novena y respiré profundo. Me sentí aliviado con los primeros compases, pero mi corazón seguía latiendo aceleradamente. Vi el teléfono y decidí llamar a Caterina Ivanova. Antes, vi su foto, la que tomé en Mérida… su sonrisa me hace sonreír.
 
– ¡Princeso! –me saludó tratando de disimular la emoción.
– ¡Loquita! –le respondí el saludo con el mismo disimulo- ¿Qué estás escuchando?
– Lascia Ch’io Pianga… ¿y tú? ¿la Novena?
– Sí… ¿dónde estás?
– En casa de mi mamá… metida en el cuarto… me tienen loca, quiero salir corriendo princeso, en serio.
– ¡Yo también! –exclamé en un suspiro.
– Deberíamos escaparnos… irnos a Mérida ya… o a donde sea.
– Mira, tengo que ser breve loquita… me están esperando afuera.
– Sí, a mí también.
– Te estaba llamando para desearte un feliz año, pero de verdad, de corazón… porque… loquita… te lo juro que tú eres lo mejor que me ha pasado este año y, no sólo este año… coño Ivanova, tú eres lo mejor que me ha pasado en muchos años y… -no pude decir más, tenía un nudo en la garganta.
– ¡Princeso! –me dijo en un suspiro- Tú también eres lo mejor que me ha pasado en muchos años y… te… coño, te lo voy a decir, no me importa… en serio, te amo. Te amo Adriano Mendoza, te amo.
– Y yo te amo a ti, Caterina Ivanova… te amo… feliz año loquita.
– Feliz año princeso.
 
 
Cerré el teléfono y puse Lascia Ch’io Pianga. Miré de nuevo su foto en el celular. Lo dejé sobre la cama y saqué el revolver para ponerlo debajo de la almohada. Me sentí ridículamente feliz. Ella me ama. Yo la amo. Nos amamos, punto. De golpe comenzó a colarse, en medio de Lascia Ch’io Pianga, la cancioncita guapachosa del año viejo.
 
Yo no olvido al año viejo
porque me ha dejado cosas muy buenas
Me dejó una chiva
una mula negra
una yegua blanca
y una buena suegra
 
Le subí el volumen a mi música y Paty le dio tres golpecitos a la puerta de mi cuarto para decirme que ya tenía que salir. Le pedí unos minutos y me recordó que faltaban cinco para las doce. Le grité que ya iba a salir, escuché su queja murmurada y sentí el taconeo cuando se alejó.
 
Repetí el aria, cerré los ojos y exhalé un suspiro.
 
¿Por qué todo esto? ¿Por qué toda esta duda? Miré de nuevo la foto, miré el revolver, cerré los ojos y… no puedo hacerlo, no tiene sentido, ya no tiene sentido. Me reí y me dejé llorar un poco. Sentía que se me iba a salir el corazón del pecho. Me sentí más emocionado que nunca. Allí estaban mis dos alternativas, sobre la cama. Ella o la bala en la cabeza. Ella me ama… ella me ama, me lo dijo y se lo creo. Por última vez miré su foto y miré el revólver y me di cuenta que no tengo las bolas para hacerlo.
 
Me senté y rápidamente terminé de escribir, antes de que dieran las doce.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XII. CAPÍTULO XXXIX.