Si usted es una persona socialmente muy sensible y tiene un corazón demasiado grande, le sugiero no leer estas líneas, porque aquí el pueblo no es el protagonista lindo.
 
Pero si usted quiere saber qué le pasó a Venezuela, trate de identificar en sus conciudadanos conductas análogas a las del bravo pueblo venezolano y tal vez, sólo tal vez, sea capaz de hacer algo por su país antes de llegar al borde del abismo.
 
EL VENEZOLANO FEO Y LA POLÍTICA.
 
La conducta descrita en los capítulos anteriores y que asume el venezolano feo en su entorno inmediato, es exactamente la misma que adopta en el plano de la política nacional. Aunque en el periodo democrático venezolano el país estaba poblado por adecos, copeyanos e izquierdistas, no había una división real motivada por la política; por lo menos no fuera de la contienda electoral. Había de todo en las familias, en los trabajos, en las comunidades. Bromeaban entre ellos, había chistes de unos y otros y casi todos discutían sus opiniones ideológicas sin violencia… ¡Aquellos años!
 
Pero esos años se fueron y llegaron nuevos tiempos. El venezolano votó siempre por el candidato que le prometía rescatarlo de una situación que no le agradaba o por aquel que le ofrecía facilidades de acceso al poder, llámese cargos públicos, contratos con el gobierno o becas. Claro que lo más común en el voto criollo era el impulso del carisma del candidato al ofrecer acabar con la pobreza. Todos los políticos prometen acabar con la pobreza, pero depende del grado de identificación entre pueblo y político que el primero le crea al segundo.
 
Lucy Gómez lo explica de manera brillante en la introducción de El votante infiel: “El tornillo sinfín de la política venezolana nos penetra una vez más con crueles imágenes. En las calles venezolanas se suceden manifestaciones violentas y hay largas colas para conseguir leche. Los manifestantes votaron por alguien que le prometió abundancia: casa, comida y dinero y que ahora, si los ha visto, no se acuerda (…) Los protagonistas de ese escenario son dos, ese pueblo venezolano aparentemente lleno de bondad y nobleza y su líder, conductor de los mejores destinos de la patria, que está dispuesto a dar su vida por un sueño. Igual que en los cuentos de hadas o en sus sucedáneos, las telenovelas, se nos narra siempre una historia prototipo parecida a la de la Cenicienta y su Príncipe Azul, donde una niña pobre pero honrada, palpita y sufre pero no importa, porque su príncipe nunca la engaña y al final, siempre la rescata.
 
En Venezuela, esa historia prosigue después que el príncipe gana las elecciones. Y se ha descubierto contra toda verdad oficial, que la princesa es una mujer poco recomendable, interesada y mercenaria, que se merece a su príncipe, en realidad, un tramposo”.
 
¿Quién iba a pensar que ese pueblo al que tanto le costó conseguir la democracia la desbarataría cuarenta años más tarde?
 
Los venezolanos han votado con las vísceras, no con la cabeza. Básicamente todos los candidatos que han llegado al poder han prometido lo mismo, pero unos son más mediáticos que otros. Los valores de esos candidatos no son importantes para los venezolanos, pero esperan que no sea un ladrón… o por lo menos no tan ladrón, que deje alguito en las arcas del Estado; pero, sobre todas las cosas, al venezolano lo que realmente le importa es que no le afecten su capacidad de compra, lo demás no es importante, los valores relevantes son los de las cosas, el ¿cuánto vale eso? Si el venezolano puede comprar está contento, aunque tenga de presidente a un borracho, a un ladrón o a un psicópata.
 
En Venezuela, de siete presidentes electos democráticamente, a dos se le han conocido amantes “legales”, es decir, otra mujer no eventual, un segundo frente de mayor importancia que el primero.
 
Recuerdo una anécdota que me puso los pelos de punta cuando la escuché, ocurrida en el entonces Cordiplan, hoy Ministerio de Planificación. Había un evento oficial al cual estaba invitado el Presidente Lusinchi y se envió invitación a la esposa, a la Primera Dama de la República, quien confirmó su asistencia. Horas más tarde, el sujeto encargado del protocolo se horrorizó al darse cuenta del “terrible error” que habían cometido los subalternos, porque la acompañante del presidente en los eventos oficiales era la señora Blanca Ibáñez, la amante, mejor conocida en los medios como “la barragana”. Avergonzados y temerosos de perder su cargo, los involucrados no tuvieron otra opción que llamar a la señora Gladys Castillo… ¿no sabe de quién le estoy hablando? No se preocupe, tuve que recurrir a Internet para averiguar el nombre de quien fuera la esposa de Jaime Lusinchi, todos conocemos el nombre de la amante, de la esposa no sabemos absolutamente nada. En fin, llamaron a la doña, le dijeron que hubo un error y ella lo aceptó sin muchas explicaciones, ya sabía de qué se trataba, de seguro estaba acostumbrada, igual que todos los venezolanos. Porque hasta una gaita le hicieron a Blanquita, una de esas navidades del quinquenio de Lusinchi sonaba en todas las radios “La gata blanca”. ¿Música de denuncia? Tal vez, pero igual el venezolano bailaba y cantaba, trago en mano, la canción que hablaba sobre la historia de corrupción y abuso de poder detrás de Blanca Ibáñez. Yo, con mi característica ingenuidad me pregunto ¿Para qué sirve la denuncia cuando quien la escucha lo que hace es bailar?
 
Carlos Andrés Pérez también tuvo su barragana, Cecilia Matos, quien –al igual que su predecesora, Blanca Ibáñez- se codeaba con la élite de la sociedad venezolana. Vivía el cuento de hadas donde la chica, ni tan pobre ni tan agraciada, llegaba al cargo de secretaria privada del presidente de un país mágico, que se enamoraba de ella y la convertía en la otra, en la amante que no se guarda en secreto. Ahora que lo escribo ¿no es acaso así el pueblo venezolano, una barragana?
 
Ni el alcoholismo de Jaime Lusinchi, ni las denuncias de corrupción que afloraron durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, fueron impedimento para llevarlos al poder. El pueblo votó por ellos, porque eran adecos y el pueblo era adeco, punto. Generación tras generación, a pesar de la degeneración del partido, los nietos de adecos, hijos de adecos, eran adecos y le guardaban fidelidad al partido. Los copeyanos, nietos e hijos de copeyanos, votaron siempre por COPEI. No importaba el programa de gobierno, no importaban las virtudes o defectos del candidato, el voto iba para quien decía el partido.
 
¿La culpa es de los políticos? En parte. Pero la gran responsabilidad es del venezolano feo, que votó como un animal de rebaño por quien le dijeron que votara. Así como hoy critican a Chávez porque hace ciegamente lo que Fidel Castro le dice que haga, el venezolano buscó y encontró su espacio de confort en los partidos políticos y les entregó ciegamente su voluntad, su libertad.
 
Pero así como existió el voto de apoyo siguiendo lineamientos partidistas, también hubo el llamado voto castigo. El voto del niño malcriado que quiere hacer sufrir a quien no lo complace, a quien no le cumplió y lo dejó abandonado a su merced. Después de premiar injustificadamente a los partidos políticos con su fidelidad ciega, el niño vio que apareció un superhéroe con quien se identificó. Un golpista que le dijo que todo lo que tenía estaba mal, que los políticos eran malos, que la democracia en la cual vivía no servía para nada. Le mostró sus carencias, le dijo que lo iba a rescatar, que lo iba a sacar de ese oscuro lugar en el que se encontraba… y como una prostituta que escucha las promesas de un cliente que no tiene con qué pagarle, se embelesó pensando en el retorno del vengador anónimo que algún día la sacaría del burdel para darle la vida que se merece.
 
Después de la intentona golpista del 4 de febrero de 1992, el venezolano feo se enamoró de Chávez. Al fin y al cabo, sentía que de verdad merecía más de lo que había recibido de los gobiernos democráticos. Se sintió utilizado por los políticos, asqueado por la corrupción, maltratado por las políticas económicas, un simple peón de la democracia partidista. ¡No sabía de qué coño estaba hablando! pero repetía lo que había escuchado del vengador -ya no tan anónimo- porque tenía cara y nombre, una boina roja y un uniforme militar. “Ese es el tipo, eso es lo que necesita este país”, decían los venezolanos feos, mientras disfrazaban a sus niños de golpistas en los carnavales de ese año.
 
Y salió el proxeneta a aprovechar las circunstancias. Rafael Caldera, el ex presidente notable, el tipo serio y ecuánime, sacó a relucir su Chávez interno. Acabado políticamente y demostrando el poco talante democrático que le acompañaba, se separó del movimiento político que fundó al perder las elecciones internas del partido COPEI contra Eduardo Fernández, quien fuera el candidato de los socialcristianos en las elecciones de 1988, ganadas por Carlos Andrés Pérez. Caldera decidió agarrarse de lo que tenía a la mano: un intento de golpe de Estado y el mensaje dado por uno de los líderes golpistas.
 
La estrategia le funcionó, el venezolano le compró a Caldera el cuento y el proxeneta volvió a Miraflores, para hacer uno de los peores gobiernos en la historia democrática del país. Y le dio su porcentaje al galán que lo había ayudado, lo indultó. Rafael Caldera abrió la caja de Pandora, porque creía –como muchos otros venezolanos feos “educados”- que iban a poder manejar al loco ese, pero al final el loco ese los manejó a todos… y los sigue manejando.
 
Caja de Pandora al fin, la esperanza está allí metida, como un mal. Porque el venezolano espera, sí, tiene esperanza que el loco en el fondo tiene buenas intenciones. Así, con esa esperanza, votaron por él miles de venezolanos que después se arrepintieron. Porque ¡sonaba tan convincente! El nuevo superhéroe estaba encabronado, como el pueblo a quien representaría, porque los gobiernos anteriores se desentendieron de los pobres, porque habían gastado sumas millonarias comprando aviones y carros, por la inmoralidad de los presidentes y sus barraganas, porque no era posible que un país rico tuviera la desigualdad social que había en Venezuela, porque entre los políticos y los ricos habían explotado históricamente al pobrecito e inocente pueblo venezolano y ya era hora de hacer justicia. Hay que darle a los pobres, hay que darle el poder al pueblo y bla bla bla… la puta vio regresar a su vengador anónimo y le entregó su cuerpo y su alma gratis, porque esta vez sí la iban a sacar del burdel, este no era como los otros desgraciados que la habían engañado, preñado y abandonado.
 
Lo que la puta no se imaginaba es que este le iba a pegar más duro, la iba a humillar más, le iba a montar más cachos y la abandonaría y explotaría peor de lo que lo habían hecho los otros.
 
Hubo quienes advirtieron rápidamente el riesgo implícito en la elección de un exgolpista como Presidente de la República. Pero no fueron escuchados. El fenómeno era interesante, tanto los descalzos como los calzados con Dolce & Gabana caían seducidos con los discursos del entonces candidato. Quienes lo adversábamos desde el principio, nunca supimos explicarnos por qué tanta gente preparada, educada y con una formación académica más que respetable, creían que Chávez sería el artífice de una cambio positivo para el país.
Quienes no estábamos metidos de cabeza en política, quienes simplemente temíamos que Chávez pudiese ganar las elecciones de diciembre de 1998, al darnos cuenta que realmente el loco golpista tenía serias opciones de ganar, tratamos de explicarle al pueblo los peligros inminentes en el discurso y el proyecto con notables matices comunistas. Pero caímos en la trampa de hablar y no escuchar, porque nosotros no sabemos relacionarnos con el pueblo, porque estamos convencidos que somos mejores que esa partida de ignorantes. No entendíamos por qué gente inteligente estaba apoyando a ese loco, nunca nos percatamos de la realidad del pueblo, no sospechábamos que existía un venezolano feo, un Chávez en el interior de cada venezolano que sentía el flechazo cuando lo escuchaba, las maripositas en la panza, la taquicardia, el sudor en las manos producto de la emoción de sentirse reconocido en alguien.
 
Los medio de comunicación, que han mantenido su relación amor-odio con el sujeto desde que teniente coronel apareció por primera vez, lo convirtieron en la Reina de Carnaval. Todos lo querían, todos querían un pedacito de Chávez. Periodistas, banqueros, empresarios, todos le hacían la corte al candidato.
 
Sus oponentes más fuertes en aquella contienda electoral, Irene Sáez y Henrique Salas Römer, no lograban el arrastre de masas que consiguió el golpista indultado. A Irene Sáez no le perdonaban haber sido Miss Venezuela y Miss Universo. Eso pesaba más que su paso por la Alcaldía del municipio Chacao y su exitosa gestión. Quien fuera mi editor, Fausto Masó, constantemente habla de forma peyorativa acerca de la candidatura de Irene Sáez, como si haber sido reina de belleza opacara cualquier mérito posterior. Y así la entrevistaban muchos periodistas, porque con ella se evidenciaba el machismo nacional de una manera brutal: o la trataban como a una muñequita de cristal, capaz de desmoronarse al primer toque fuerte, o la acribillaban con todo para hacerla sentir –y hacer sentir al público en general- que esa mujer no servía sino para los concursos de belleza. A Irene Sáez la gente tiende a odiarla o amarla, pocos son quienes pueden reconocer sus virtudes sin dejar de observar sus carencias. Pero al final COPEI se le pegó, luego la abandonó y perdió miserablemente las elecciones, después de haber estado entre los favoritos.
 
A Henrique Salar Römer tampoco le fue mejor. Su pasado en COPEI lo perseguía, pero al lanzarse de forma independiente había logrado aceptación en la gente. Sin embargo, no era del pueblo, no hablaba como el pueblo y el pueblo no sintió el cosquilleo en la barriga con él. Lo terminó de matar la adhesión de los dos odiados partidos políticos: AD y COPEI. Por desgracia, fueron demasiados errores los que se cometieron a nivel político en aquellas trágicas elecciones de 1998.
 
Ganó Chávez, con su discurso fuerte, sus amenazas, sus promesas, su furia.
 
EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.