Nov 22 2017

Venezolanadas prenavideñas.

XXXV. Venezolanadas prenavideñas.
 
Desde la última semana de octubre, los empleados de la empresa están ansiosos por saber cuándo vamos a pagar las utilidades, cuándo va a hacerse la fiesta de la empresa, cuándo vamos a hacer el amigo secreto, cuándo vamos a empezar a decorar la oficina con las “cositas lindas de navidad”. Todavía falta mucho para que llegue navidad y ya ese es el tema central en la vida de todos los venezolanos. No se han terminado de sacar la arena del culo de la última ida a la playa en el puente del Día de la Raza y ya están pensando en más fiestas. ¡Por eso este país no sale de abajo! Todo el tiempo el venezolano tiene puesta la atención en una fiesta, en un día de descanso.
 
El tema de las utilidades se había resuelto desde mediados de octubre. Este año decidimos pagar cuatro meses de utilidades y dar dos adicionales como bono de eficiencia a todo el personal, porque nos fue muy bien. No se puede negar que pusimos a trabajar a todo el mundo a un ritmo bien acelerado y todos dieron la talla, a pesar de las limitaciones de muchos.
 
Por experiencia, sabemos que apenas sepan cuánto van a cobrar, la mayoría de la gente hace un presupuesto mental de cosas inútiles, ejecutan el presupuesto (mentalmente) y ya están endeudados. No importa el monto, siempre van a gastar más de la cuenta. Se van a comprar un par de zapatos de más, un perfume que no estaba en planes, un TV pantalla plana más grande, van a cambiar el arbolito de navidad por otro más grande y ya, está listo, gastaron todo y tienen que pedir dinero prestado para terminar de comprar los ingredientes de las hallacas.
 
No me quedan dudas de que habrá ciertas molestias en algunos empleados porque a todos les estamos dando la misma cantidad de meses de utilidades. Todos han trabajado muchísimo, pero siempre hay algunos que sienten que han trabajado más que los demás y, no importa cuánto se les reconozca su trabajo o cuánto sea su bonificación; lo que les importa es que sea más que la de los otros, así sea una miseria, pero que se sepa que la directiva los reconoció como los más trabajadores. En ese sentido, es un alivio saber que Eduardo conoce perfectamente el arte de lidiar con el ego herido de las personas. Tal vez para el próximo año le demos luz verde a la propuesta del periódico interno y la elección del empleado del mes. ¡Hay que sobarle el ego a los empleados!
 
 
Olga, además de echarse encima la organización de los cumpleaños, es una fanática patológica de las fiestas navideñas. Cada año se encarga de organizar el amigo secreto y persigue a todo el mundo para que agarre el papelito con el nombre de la persona a la que le tendrá que poner chocolatitos y caramelitos y boberías en el escritorio sin que éste adivine quién es. En toda empresa hay una como ella, en todo grupo social, desde el colegio, la universidad y las oficinas. Yo siempre averiguo cuándo será la ceremonia de agarrada del papelito, porque me parece deprimente verle la cara a las personas cuando desdoblan el papel, leen el nombre, hacen algún tipo de expresión de desagrado y, al terminar, salen a cambiar el papelito para buscar otro amigo secreto que se adapte más a sus preferencias. Incluso ofrecen dinero a los menos favorecidos para quitarse de encima la tediosa labor de comprarle un regalo a alguna persona que no es de su agrado. El día de la ceremonia, que siempre se produce luego de varios arranques histéricos de Olga porque nadie le presta atención, yo invento alguna reunión de última hora y salgo corriendo de la oficina, por supuesto, luego de disculparme con ella. Al día siguiente tomo mi papelito y le giro instrucciones a Magdalena. Cuando me toca Magdalena, cambio con alguno de mis socios.
 
Entre Olga y Antonieta organizan la decoración de la oficina. Antonieta nos dice cuánto dinero se necesita y recluta a un grupito de aduladores para que la ayuden. A pesar del estrés anual que le produce la tediosa tarea de decorar, y pese a que en reiteradas ocasiones le hemos propuesto que contrate a un grupo de expertos, ella insiste en hacerlo, porque nadie lo va a hacer mejor que ella, que ama a la organización… ¡que pendeja!
 
El día de la decoración también debo huir temprano, porque se quedan después de las cinco de la tarde, ponen gaitas y hacen su tarea… Yo odio las gaitas, las odio casi tanto como el reggeaton o el vallenato… bueno, no tanto, pero me fastidian muchísimo. Desde Amparito y La Moza, no han sacado ninguna gaita digna de recordar… bueno, hay que ser justos, quizá dos o tres, pero de resto todas las gaitas apestan. Personalmente, prefiero llegar al día siguiente, sonreír, felicitarlas y soportar los adornitos navideños en la puerta de mi oficina o algún Santa Claus en el escritorio que cada año termina detrás de los libros.
 
Este año me tocaba regalarle a Gisela, una de las princesitas de la oficina. Sus comentarios agudos eran célebres. Ella pensaba, por ejemplo, que debería cobrarse un impuesto a la gordura. Según ella, los gordos se están comiendo la comida de alguien más y ocupan demasiado espacio. Una vez dijo, delante de Raquel, la gorda de la oficina “Las calles de Caracas son muy estrechas como para que anden circulando tantos gordos libremente. Es más, debería haber un horario de circulación de gordos, como lo hacen con los camiones en la autopista”. Aunque todos nos reímos, porque no se puede negar que era muy graciosa la idea, después nos dio lástima con Raquel.
 
El sueño de todo el personal era salirle a alguno de los socios. El valor del regalo, este año, se había establecido en cincuenta dólares; a pesar de las protestas de algunas secretarias y mensajeros, sin contar a las señoras de la limpieza y el café. Pero, seamos honestos, ¿qué se puede comprar con ese monto? Nada, nada que valga la pena. Como socios, nosotros no escatimamos en gastos y siempre regalamos lo mejor, tratando de no exagerar para no crear complejos de inferioridad entre los demás.
 
Después de la ceremonia de agarrada del papelito, Olga suele organizar alguna reunión extraordinaria porque la gente no está dejando regalitos a su amigo secreto. Realmente a mí me sorprende que ella no pueda entender que la gente tiene mayores preocupaciones que comprar un chocolate y dejárselo a un pendejo en su escritorio, tratando de no ser descubierto. Pero a la gente le encanta el amigo secreto, les produce una inexplicable emoción abrir una gaveta del escritorio y encontrarse un chocolate o una galleta, como si hubiesen encontrado un memo que dice “se le va a duplicar el sueldo”. Pareciera que eso es un adelanto a lo que será el regalo final… que no siempre es tan bueno como la gente quisiera.
 
A mí siempre me han regalado porquerías en todos los amigos secretos que he participado. Desde el colegio hasta la fecha. Los únicos regalos memorables han sido los excepcionalmente deprimentes. Como aquel juego de plastilina que recibí en preescolar, el disco de Porfi Jiménez que recibí en bachillerato, la corbata del Pato Lucas que recibí en Citibank o la colonia de Avon que me regaló una de las señoras de limpieza el año pasado. A excepción del juego de plastilina, en todos los casos recibí el regalo, lo abrí y puse cara de felicidad cuando vi la mierda que estaba recibiendo. Incluso con la colonia de Avon, que la abrí, la olí, me di cuenta que olía a pobre y le dije a la señora “uhmmm, huele rico”. Siempre pongo cara de foto… vainas de familia. Pero no he sido el único con mala suerte. Andrea, mi hermana, que siempre ha sido tan discreta con las joyas que usa, una vez recibió un par de zarcillos de presión fucsia, de plástico, con una enorme argolla que guindaba de una más pequeña. Sonrió, se quitó sus pequeños diamantes y se puso las horribles argollas de plástico fucsia para la foto del amigo secreto. Al llegar a casa las tiró, contó lo ocurrido casi llorando (tenía razones para hacerlo) y las lanzó a la papelera de su cuarto. La chica que limpiaba en ese entonces en casa de mis padres, le comentó que vio esos lindos zarcillos en la papelera y pensaba que habían caído por error allí y Andrea se los regaló.
 
Mi hermano Andrés recibió una vez un trío de “jabones de lujo”. En otra ocasión recibió una muñequera de cuero, como para rockero, aunque él siempre ha sido el tipo más clásico que uno se pueda encontrar en la calle. Es que definitivamente, la gente cuando le compra el regalo al amigo secreto no piensa nunca ¿cómo es este personaje? No, jamás. La gente compra el regalo para sí misma o para algún amigo imaginario y quizá acierte por pura suerte, pero la mayoría de las veces esos son regalos que terminan en la basura… y uno lo sabe.
 
Pero yo siempre hago buenos regalos, porque me tomo la molestia de estudiar a la persona a la que me toca regalarle. ¡Es lo mínimo que puedo hacer! Gisela, por ejemplo, es amante de los suéteres. Simplemente tengo que decirle a Magdalena que compre la próxima edición de Vanity Fair, elijo un suéter, le digo a Magdalena que lo pida por Internet y listo, ya tengo el regalo de mi amiga secreta. Yo sé que me voy a salir del presupuesto, pero qué importa. Voy a quedar como un rey… como siempre.
 
En mi familia eran mamá y Andrea las encargadas de joderle la vida a uno con el tema de la decoración navideña. Lo malo no era que una mañana uno saliera de un apartamento normal y en la noche llegara a un lugar donde aparentemente había vomitado Santa Claus, sino que se pasaban varios días llamando para verificar si uno prefería el árbol decorado de un color o de otro y, cuando uno elegía un color, ellas decían que este año se está usando el otro. A mí me importa un carajo si está de moda el naranja, el morado, el plateado o el marrón mierda en el arbolito, realmente me es indiferente el color del arbolito de navidad, pero para ellas es algo de vida o muerte. Sobre todo para Andrea, que siempre tiene que estar a la moda… pero elegante.
 
Adicionalmente, ya estaba por empezar, el ritual de las hallacas. No había forma de escapar al ritual de las hallacas en Venezuela. Desde que tengo uso de razón, las hallacas en mi familia han sido un tema. Amo las hallacas, me encantan las hallacas, no concibo una navidad sin hallacas… pero odio tener que participar en su elaboración. Mi familia, en lugar de ser como cualquier otra familia de sociedad que encarga un número obsceno de hallacas, se reúne cada año para hacer hallacas. La tradición data de mi bisabuela materna, que fue la primera dama de este lado de la familia en ensuciarse las manos rellenando una hallaca. Ella amasaba, desmenuzaba la carne, el pollo y el pernil, cortaba la cebolla y lavaba las hojas para las hallacas. Enseñó a sus hijas y nietas la tradición y les advirtió que ninguna mujer de servicio haría las cosas como la familia, que esa era una costumbre que uniría por siempre a la familia. De manera que, antes de que vendieran las hojas para las hallacas limpias, a mí me tocó lavar y secar hojas. Ese era el trabajo de los niños. Los adultos hacían el guiso y las rellenaban, los hombres se caían a whisky en plena faena mientras se comían las aceitunas y luego, todos en familia, esperábamos a que estuvieran listas las primeras para darles el visto bueno. Todo a ritmo de gaitas.
 
Mi mamá tenía la desagradable costumbre de repartir tareas antes de repartir hallacas. Este año me tocaba comprar las hojas. Pero no podía ser en cualquier lugar, tenía que ser en El Hatillo, porque según ella ese era el único lugar donde de verdad las vendían limpias. A Andrés le tocó amasar. En verdad disfruté muchísimo saber que al pajúo ese le tocaba amasar. Después de lavar las hojas, no hay nada más horrible que amasar, porque siempre falta un poquito más de masa, nunca es suficiente la que está hecha. Por alguna razón, a pesar de los años de experiencia, parece imposible calcular la medida exacta de los ingredientes. Y ese es el trabajo de los hombres. Cuando, en plena faena se dan cuenta que no van a alcanzar las pasas o se están acabando las alcaparras, uno tiene que salir al supermercado a hacer una cola infernal para comprar cien gramos más de cualquier cosa que se les ocurra. Pero, si en las compras iniciales uno sugiere que se compre un poco más de algo, brincan para señalar al exagerado. Y uno calla y se aguanta que lo corten a medio whisky amenizado con San Benito para salir a comprar las pasas o lo que sea.
 
No importa cuántas hallacas se preparen, nunca serán suficientes. El 24 de diciembre será evidente que no hay tantas hallacas como se pensaba y será necesario hacer más para el 31. Sólo que la calidad de los productos para esa fecha no será de la calidad que uno quisiera y las damas hallaqueras entrarán en una crisis totalmente incomprensible para los hombres. Una vez me equivoqué y compré aceitunas con hueso, en lugar de comprarlas rellenas, y el drama de las mujeres de la familia fue tan insoportable que gustosamente me regresé al supermercado a hacer de nuevo una cola de cuarenta minutos para llevarles sus cien gramos de aceitunas… me llevé trescientos, por si acaso.
 
 
Luego de terminar una semana plagada de decoraciones y hallacas, no podía esperar a encontrarme con la única persona normal que conocía… que, por cierto, era la más anormal de todas. Caterina Ivanova no había empezado a decorar su casa. Me contó que siempre lo dejaba para los primeros días de diciembre porque no tenía tiempo para eso, aunque le gustaba hacerlo. Su ritual data de su infancia. No le gustan las gaitas y la costumbre de su familia, desde que era niña, era poner aguinaldos y villancicos. Ama a Serenata Guayanesa y no perdona un aguinaldo de los tipos. Decora su apartamento con pocas cosas en muchas horas, debido a su falta de habilidad con las manos, mientras escucha y canta aguinaldos.
 
Tenía un arbolito de navidad pequeño, un pesebre pequeño y pocos adornos. Me lo enseñó y le ofrecí mi ayuda para la mañana siguiente… pensaba amanecer con ella. Esa noche del viernes no tuvimos sexo, nos pasamos cuatro horas jugando Monopolio, escuchando coros de óperas de Wagner y tomando vino blanco. Varias veces trató de ofrecerme sexo a cambio de que le perdonara un pago fuerte cuando caía en alguna de mis propiedades con hoteles, pero no lo acepté y gané el juego. Debo reconocer que ella sí me canjeó una deuda de dos mil dólares por dos minutos de cunnilingus… es que ella no sabe separar el sexo de los negocios, ni siquiera en un juego.
 
Nos acostamos a dormir antes de las tres de la mañana y, como nos acostamos, amanecimos. Estábamos en su apartamento de Caracas. Ella quería ir a desayunar fuera, pero yo prefería quedarme en casa y preparar el desayuno. En verdad lo que quería evitar era encontrarme con alguien conocido que pudiese iniciar un interrogatorio y una secuela de chismes. No tardé mucho en convencerla y se metió a bañar mientras yo hacía el café. Después de tomarme la primera taza, mientras ella todavía estaba en el baño, busqué en el vestier una toalla limpia y no las encontré.
 
– ¿No tienes toallas limpias? –le grité para que me escuchara.
– ¡Claro que sí! –me gritó desde el baño- ¡Búscalas!
– No las encuentro –insistí.
– ¡Coño, sí jodes! Están en el vest… ¡No, mentira! En el cuarto, están en el armario, detrás de la puerta.
– ¿No puedes guardar las toallas con las sábanas? Si pones todo en un mismo sitio uno puede…
 
Me detuve. No pude seguir diciendo nada más. Acababa de encontrar, debajo de las toallas, un vibrador azul. Mi intención nunca ha sido husmear entre sus cosas, nada más lejos de eso. Pero, ante la presencia de un vibrador azul en el cuarto de mi chica ¿cómo podía evitar sacarlo del escondite? ¿Qué hacía Caterina Ivanova con un vibrador? No era tan grande… Mendoza es más grande…
 
– ¡Coño! –me gritó entrando al cuarto- ¿Qué haces tú con Ballack?
– ¡¿Qué?! –exclamé sin salir aún de mi asombro- ¡Nada! Yo estaba… cuando encontré… ¿Ballack? ¿Qué Ballack? ¿Qué es esto loca?
– Un vibrador –me dijo con normalidad- ¿Nunca has visto un vibrador?
– Sí… pero… No, de verdad no… ¿Ballack? –le pregunté lanzándolo a la cama.
– Ballack… Capitán de la selección de fútbol alemana en el 2006. Trátalo con cariño.
– Sí, yo sé… pero…
– ¿Qué? –preguntó sonriéndose- ¿Te paquetea que tenga un vibrador?
– No… para nada… o sea…
– ¿Qué pasó princeso? –me preguntó riéndose
– ¡Coño, déjame proceso la información!… ¿Ballack? –le pregunté después de unos segundos de silencio.
– Sí. En honor a Michael Ballack… lo compré antes del mundial.
– ¿Desde cuándo estas vainas tienen nombre? ¿Por qué Ballack y no Mendoza?
– ¡Pasé mucha hambre princeso! ¡Fueron épocas duras! Bueno, el punto es que me empecé a masturbar demasiado seguido y… coño, la mano se me dormía … necesitaba ayuda, tú sabes… así que me compré un vibrador.
– ¡Gracias! –exclamé mirándola a los ojos- ¡Demasiada información!
– Coño sí, será que tú no te masturbas.
– No te voy a responder –le dije tomando una toalla y caminando al baño.
– ¿Cuál es el problema? Eso es sano querido.
– Casi nunca… yo dejé eso… no sé, desde los veinte, algo así.
– ¡Estás enfermo!
– ¿Enfermo? ¿Yo? –pregunté volteándome para mirarla de frente- ¿Quién tiene un vibrador con el nombre de un futbolista?
– ¡Es la fantasía bobo! Esa es la nota. Si no ejercitas la imaginación, se duerme.
– Excelente… me voy a bañar.
– Ve a bañarte.
– Eso dije.
– Victoriano.
– Pervertida.
– ¡Yo no soy pervertida! –exclamó riéndose y agarrando a Mendoza desde atrás- Yo soy una mujer sexualmente sana, que se divierte teniendo sexo imaginario…
– Lo tuyo no era sexo loca. Ya lo tuyo es… y… ya no lo sigues usando ¿verdad?
– No… contigo es suficiente, Dr. Victoriano.
– Yo no soy victoriano… lo que pasa es que tú eres muy loca. Esas vainas se esconden… ¿y si hubiera sido tu mamá la que lo encuentra?
– ¡Eso sí hubiera sido divertido! –me dijo riéndose- pero mi mamá no pasa de la sala.
 
 
Me pegó contra la pared que está al lado de la puerta del baño y comenzó a masturbarme. Seguimos hablando del vibrador, acerca de las razones del color, del tamaño y otras especificaciones. Me juró que, aunque está convencida de la excelente dotación de Ballack, está segura que Mendoza es más grande. Me explicó que no lo había comprado más grande porque sus amigos gay le dijeron que si lo compraba muy grande se iba a malacostumbrar y luego vería pequeño a todos los penes que se le cruzaran en el camino.
 
Después de bañarme terminé de preparar el desayuno y nos quedamos viendo fútbol hasta las cinco de la tarde. Pedimos pizza para almorzar y comenzamos a montar su arbolito de navidad. Muy tradicional. Sólo verde, rojo y dorado, no más. Pusimos aguinaldos de Serenata Guayanesa y cantamos. Creo que, de adulto, es la segunda o tercera vez que participo en la decoración de un árbol de navidad. Me gustó que fuera con ella. Cualquier cosa es divertida con ella.
 
Jugamos cinco partidas de ajedrez y me ganó tres. Como penalización, tuvimos de invitado a Ballack en el intermedio entre el segundo y tercer acto. No estuvo mal. Mientras Mendoza se recuperaba, usé a Ballack para mantenerla bien excitada, pero no dejé que entrara, ahora Mendoza es el único que tiene pase libre. Los vecinos golpearon la pared un par de veces y tuve que ponerle la almohada en la cara mientras ella gritaba.
 
Al terminar, le canté The wonder of you de Elvis y la abracé. Tomamos un par de copas de vino mientras, a oscuras, veíamos el árbol de navidad y el pesebre con sus lucecitas. Fue lindo, pero no pude dejar de pensar que esta sería la primera y última vez que adornaríamos juntos un arbolito de navidad. Sentí nostalgia por lo que nunca va a poder ser, a pesar de que deseo con todas las fuerzas de mi alma que sea. No quiero estar sin ella, no quiero estar con nadie más que con ella, no quiero dejar de abrazarla. Quisiera estar siempre así, desnudos, abrazados, sin preguntas, sin consecuencias. Quisiera no sentir esta nostalgia, pero sé que pronto tendré que decidir… y no quiero que mi vida dependa de ella, de lo que me hace sentir, de lo que me hace vivir. Por que ¿y qué va a pasar si cambia de opinión y ella un día decide que no quiere estar más conmigo? Yo no puedo vivir sólo porque tengo a mi lado a Caterina Ivanova… ella no es mi vida, no puede ser mi vida, no puede ser la razón de mi vida… pero ¿a quién quiero engañar? La verdad es que lo es.
 
Estoy contento… tengo una alegría rara, como si estuviera haciendo algo que no debería hacer, como si estuviera acaparando toda la alegría del mundo. El lunes depositaremos las utilidades… voy a compartir con los demás un poquito de felicidad.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XI. CAPÍTULO XXXV.