Nov 24 2017

Venezolanadas: La Fiesta de la empresa.

XXXVII. La fiesta de la empresa
 
Uno de los eventos sociales más importantes en la vida de todo empleado venezolano es la fiesta de navidad de la empresa, lugar donde se dan cita los más curiosos especímenes de la compañía, que por lo general no se conocen hasta el día y hora en que se inicia la rumba navideña con los compañeros de trabajo. Mientras más grande sea la empresa, mayor será la exposición de la naturaleza salvaje que todos llevan dentro.
Así, cual baile de graduación, la fiesta de la compañía da la oportunidad a los empleados de conocerse, compartir, coquetear y demostrar habilidades hasta entonces desconocidas para el grupo. Claro que también es, para algunos, el chance de hacerse amigo del chivo mayor de la empresa.
 
Las mujeres son las que más preparativos previos hacen el día D. Todos los vellos salen sin compasión ese día, sin importar que el resto del año lo pasen como un autorretrato viviente de Frida Kahlo. El manicure y el pedicure no pueden faltar, algunas más extravagantes, otras más discretas, pero todas paran en el salón de belleza. Luego viene el peinado, pero no cualquier peinado, tiene que ser algo que llame la atención, que luzca, que se robe las miradas. El vestido suele depender del cargo en la empresa y de la libertad de vestuario el resto del año: las que usan uniformes tenderán a vestirse al estilo J.Lo, mientras que las ejecutivas tratarán de ser un poco más discretas y elegantes, pero coquetas. Esa noche todas muestran un poco más de la cuenta. Más de una habrá gastado la quincena en un par de zapatos, pero es un sacrificio que vale la pena, no todos los días se camina sobre la alfombra roja de la compañía.
 
Entre los hombres todo depende del estrato, pero suelen ser los de menor rango y los más viejos los que dediquen más tiempo y energía a verse bien para pasarla mejor. Este fenómeno se debe a que los papirruqui de la empresa, o los ejecutivos jóvenes, saben que esa noche tienen una alta probabilidad de salir acompañados sin mucho esfuerzo. Es más, van a la fiesta para disfrutar de la cacería de las féminas, siendo él la presa. Mientras que los más feos, viejos o de cargos inferiores, saben que les tocará hace malabares para ganarse la atención de las chicas. Una buena afeitada, un buen perfume, un buen traje, el pelo controlado por gel (los que tienen pelos en la cabeza) y listo.
 
Llegada la hora aparecen los especímenes característicos de las fiestas criollas, a saber:
 
El bomboncito: Casi siempre es una recepcionista o secretaria, o cualquier mujer sometida al yugo del uniforme, quien se revela y muestra al mundo lo que tiene. Camina como una pantera, haciendo alarde del trasero que oculta el pantalón del uniforme que está obligada a usar todo el año, con un escote que deja poco a la imaginación, las uñas postizas, el cabello bien armado en la peluquería y, quizá, hasta con una extensión. Se sienta sensualmente y espera a ser abordada, casi siempre lo logra.
 
El Galán: Es un tipo que sabe que está bueno, regularmente del grupito de los populares que tienen todas las empresas. No hace mucho. Saluda a las chicas con cierto aire de indiferencia y espera a que sean ellas quienes lo saquen a bailar. Se sirve un trago y mira a su alrededor a fin de detectar las presas. Se reúne con sus semejantes y conversan entre ellos mientras las damas procuran capturar su atención.
 
El Jefe: Los hay simpáticos, los que saludan a los empleados y se sientan a conversar. No bailan por temor a ser involucrados en el chisme del día siguiente. Los hay babosos, que bailan pegadito con cuanta mujer acepte su invitación y se aprovechan de su cargo para apretar más de la cuenta. Por último, están los sobrados, que llegan sin saludar a nadie, esperando a que llegue el adulador a servirle el trago, intercambian algunas ideas de trabajo con los otros jefes y se van sin despedirse.
 
El adulador: Desde que llega está esperando la aparición del jefe; al llegar éste le pregunta qué va a tomar y corre a buscarle el trago. Cree que ese es el momento oportuno para demostrar que es brillante y atosiga al jefe con comentarios jocosos e ideas geniales que serán olvidadas al día siguiente. Tiende a creer que triunfó, sólo para luego enfrentarse a la indiferencia de su “nuevo mejor amigo” y darse cuenta que lo trata igual que siempre.
 
El Bailarín: Suele ser un tipo de cargo bajo o medio. Baila mientras habla. Baila mientras va detrás del mesonero cazando un whisky. Baila camino al baño y agarra por la cintura a cuanta mujer se le atraviese en el camino. No acepta un no como respuesta cuando saca a bailar a una chica. Por lo general inicia las coreografías corporativas y sale con los números telefónicos de varias chicas.
 
El Fotogénico: No perdona una cámara, de hecho, llega hasta a indicarle al fotógrafo qué hacer y cuándo hacerlo. Tiene una sonrisa instantánea y la pose calculada para cada ocasión. Se retrata en grupo, con cualquier grupo, sea o no de su departamento. Cuando se publican las fotos, la empresa entera se da cuenta que el individuo en cuestión aparece en absolutamente todas con los dientes pelados cual comercial de dentífrico.
 
El borracho amigable: Es el tipo que después de cuatro tragos es amigo de todo el mundo. Abraza a todos los presentes y les dice en voz baja, apuntando con el dedo: tú eres mi amigo. A los que están lejos les grita: amigoooooooo y corre a abrazarlos.
 
El borracho sincero: Análogo al anterior, la ingesta de alcohol hace de este tipo un hombre honesto. Se siente en la libertad de decirle a cualquiera:”yo te voy a decir la verdad, tú antes me caías mal”. Si ve a una chica sexy puede decirle sin tapujos: “Mi amor, con ese vestido se te ve todo”. Casi siempre termina abofeteado o invitado a salir del recinto para darse unos golpes.
 
El borracho depresivo: Es el sujeto que se sienta solo en una mesa a beber y a recordar. Apenas alguien se le acerca para saludarlo, trata de contarle lo difícil que fue para él este año, lo dura que ha sido su vida o lo mal que lo han tratado siempre las mujeres.
 
El cantante: Aunque no es una constante, algunas empresas tienen en su haber un empleado cantor, quien después de unos tragos insiste en subirse a la tarima a acompañar al grupo contratado “con un bolerito o una ranchera”. Regularmente termina siendo abucheado por sus compañeros y, cuando logran bajarlo, o pelea con todo el mundo o se queda arrimado en un rincón mirando fijamente el fondo del vaso vacío.
 
La criticona: Es la mujer que no se levanta de la mesa sino para ir al baño y que se pasa toda la noche diciendo lo mal que se ve una fulana, o que la otra parece una puta, que el jefe como que se pasó de tragos, que el vestido de la otra es horroroso o que los otros bailan como payasos. Se va sola a casa rumiando lo mala que fue la fiesta.
 
El Gallo (o nerd): Es un sujeto tímido que termina aburriendo a todo el mundo con su charla intelectual. Constantemente está analizando el comportamiento humano y buscando el porqué de toda situación. Cada año, en la víspera de la fiesta de la empresa, se jura a sí mismo que esta vez sí va a socializar como debe ser, pero por muy a la moda que se vista, por muy fashion que se vea, el tipo siempre termina arruinando todo cuando abre la boca por más de cinco minutos. Con frecuencia se queda solo en la mesa con una sonrisa forzada, mientras los cajeros del banco o los pasantes apuestan entre ellos cuánto tardará en espantar a la próxima víctima.
 
 
Seguramente son muchos los especímenes que faltan; pero cuando de celebrar la navidad en la empresa se trata, es un clásico el trencito, no importa si se quiere o no participar, es más, peor si no quiere participar, pues será halado al centro de la pista por tres o cuatro compañeros alegres y, si con esto no logran meterlo en el tren, será abucheado por las masas. Nunca faltará la salsa, el merengue, la gaita y toda la “música clásica” de las fiestas venezolanas, por supuesto, acompañada de coreografías entre los asistentes.
 
La fiesta de la empresa es así. Algunos llegan perfil bajo, otros llegan con aires de diva, casi todos habrán practicado durante horas los bailes de moda para asombrar a los compañeros de trabajo con sus dotes en la pista, aunque regularmente serán drásticamente opacados por el bailarín oficial de la empresa.
Toda empresa que se respete tiene un departamento secreto de chismes, liderado -casi siempre- por una secretaria con mucha antigüedad en el mismo cargo o cualquier otro perdedor de la empresa, que se dedica a poner al día a los nuevos compañeros de trabajo acerca de quién es quién y qué hizo cada uno en la fiesta del año pasado. Todo el mundo trata al sujeto en cuestión porque ¿a quién no le gusta un chisme? o también tratando de ganarse la simpatía del censor para ver si suaviza sus metidas de pata y, por qué no, para que les recuerde quién fue el que llevó al jefe casi cargado a su casa después que acabó la fiesta. A éste último lo someterán a burlas silenciosas durante toda la fiesta cada vez que el jefe agarre una copa.
 
 
Así, de golpe, la sala quedará a oscuras unos instantes para que comience la “música” y todos salgan cual ritual primitivo a danzar desordenadamente hasta que se formen las parejas. El grupito de chicas bailando de un lado de la pista esperando a ser abordadas por algún ejecutivo encantador y soltero que, casi siempre, se queda observando desde lejos con sus compañeros ejecutivos, solteros y encantadores, conversando acerca de quién tiene lo suyo y quién no, con cuál se tirarían un barranco y con cual “ni con uno prestado”.
 
Hay algunos que se quedan esperando a que suene El Jardinero o Visa para un sueño para salir a bailar algo decente. Pero eso ni pensarlo, porque la nota ahora es ponerse a perrear; sí, así dicen las canciones de moda, cuando no es que salen con que lo van a poner a culear. Lo más probable es que, tratando de cazar un tequeño, termine en medio de una estampida de personajes moviendo el trasero a su alrededor, mientras alguna atrevida -o atrevido- le roza sus partes íntimas con su traje de mercado popular.
 
Cuando el DJ de la fiesta ponga alguna canción de Shakira o Beyoncé, las compañeras de labores demostrarán que ellas también saben cómo mover los senos y la caderas al mejor estilo de diva pop. Las más tímidas se quedarán al margen de la pista siguiendo la pieza con aplausos y vitoreando a las más osadas, mientras tratan de seguir la coreografía mentalmente. Los hombres, dependiendo del estatus que tengan dentro de la compañía, se meterán entre el desorden de chicas o las seguirán con la mirada libidinosa hasta que acabe la canción y puedan decirle en tono de galán “oye princesa, yo no sabía que bailaras tan bien”; mientras los chivos de la empresa tratarán de ocultar sus pensamientos con alguna charla de política o de finanzas corporativas.
 
En alguna mesa, casi siempre algo apartada, se producirá un show humorístico (encabezado por un oriental o un maracucho) para un selecto grupo de amigos, cuyas carcajadas harán de los afortunados el foco de envidia de quienes no han logrado levantar ni polvo en toda la noche. La diversión casi siempre termina cuando alguno de los jefes amigables se instala a contar él los chistes y los presentes se sienten obligados a reírse.
 
Cuando oficialmente termina la fiesta, nunca falta el grupito de picados que quedaron con ganas de más y se van a algún sitio de moda en Las Mercedes o el San Ignacio. La escapada se planifica con la más absoluta discreción, pero siempre se termina enterando algún indeseable, sea el gallo o el jefe amigable o cualquiera que no sea del grupo pero que desee fervientemente pertenecer. Casi siempre es éste quien termina pagando la cuenta y cargando con algún compañero cuya borrachera le impida manejar.
 
Como en toda empresa venezolana, la nuestra tiene su fiesta de fin de año y goza de una plantilla lo suficientemente numerosa como para abrigar a todos y cada uno de estos especímenes. Por políticas internas, decidimos que la fiesta de la empresa fuera sólo para los empleados, clientes y proveedores, de manera que los empleados socializaran entre ellos y no se limitaran a compartir con la pareja y los amigos.
A pesar de que la fiesta se hace un jueves, para evitar los excesos, todos los años hay un grupo de empleados que llegan el viernes con la evidencia en el aliento de que no se fueron a sus casas temprano. Es imposible evitarlo. Para un venezolano, rumbear hasta que el cuerpo no de más, es cuestión de nacionalismo.
 
Yo fui así… era de los galancitos. Ahora soy del grupo de jefes que llega, saluda, comparte y se va temprano. Son demasiadas las fiestas a las que uno debe asistir en diciembre. Casi todas se parecen, pero cuando se trata de negocios hay que sonreír y saludar. Al final, hasta termina siendo divertido ver el documental en vivo.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XII. CAPÍTULO XXXVII.