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Oct
16
2017

Un princeso entre plebeyos.

XXIX. Un princeso entre plebeyos.
 
Fui a casa de Caterina Ivanova al salir de la oficina. Esa noche iban algunos de sus mejores amigos a tomar unos tragos y conversar. Llevé un par de botellas de Chablis tinto y dos más blancos, tres habanos y dos cajetillas de Marlboro blanco para ella.
 
La llamé cuando estaba cerca y, al llegar, ya estaba abajo. Me abrió y subimos rápidamente, porque estaba sirviendo algunos snaks en unas bandejas de plástico. Le di los cigarrillos y entramos a la cocina.
 
– Ok loquita, dime una vaina ¿qué debo esperar hoy? –le pregunté mientras guardaba las botellas de vino blanco en la nevera.
– Ehhh… no sé… ¿esperar de qué? –me respondió sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.
– Bueno, qué se yo, dime cómo son tus amigos.
– ¡Depinga!
– Pero…- traté de insistir.
– ¿Qué esperas que sean mis amigos? ¿Tú crees que son pornógrafos y vamos a pasar toda la noche hablando de sexo o algo así? ? O sea, ¿de qué crees tú que vamos a hablar?
– No sé. Dime tú.
– ¡No vale! Deja el peo. Mira, te cuento, Alejandro es profesor de psicología en la Universidad Católica y en la Central. Ese te va a sacar el perfil psicológico en tres minutos. Pero no te paquetees, no me va a decir nada a menos que te vea un rollo psicopático raro… hace tiempo que dejé de preguntarle qué le parecían los tipos con los que salía.
José Alberto es tesorero de un banco. Ni te enrolles cuando prepare su porro. No vayas a pensar que es un yonqui ni nada, él sólo fuma marihuana los viernes y sábados. Cuando te ofrezca, porque te va a ofrecer, simplemente le das las gracias y le dices que no fumas. Luís Enrique es músico frustrado, filósofo frustrado, poeta frustrado ¡y un exitoso abogado de Mc Kinsey! Se la pasa arrecho… ese sí está encabronado con la sociedad, pero es depinga después de tres cervezas. Mercedes es trabajadora social. Le cuesta una bola salirse de su personaje, pero le da un par de jalones al canuto de José Alberto y termina cantando I will survive. Jorge es ingeniero en computación y poeta. ¡Serenatero el coño de madre, hahahahahahaha! Cada vez que termina con una novia le lleva unos mariachis y le canta “me cansé de rogarle/ me cansé de decirle que yo sin ella de pena muero”. ¿Cómo es que se llama esa canción?
– ¿Que voy a saber yo? –le respondí riéndome de esos perfiles.
– Bueno, ese es Jorge. Y Angelita, ojo, no es un diminutivo, se llama Angelita, su partida de nacimiento y su cédula dicen Angelita, es maestra de preescolar. Todos estamos convencidos de que si tus padres te llaman Angelita te condenaron a ser maestra de preescolar o puta, ella eligió ser maestra. ¡Te advierto que tiene una voz insoportable! Habla como una carajita, pero después de tres tragos te acostumbras y te deja de parecer chillona.
– ¿No hay nada más? –le pregunté riendo- Me extraña que no haya un gay en tu grupito de amigos.
– Sí, Ricky. Pero no viene. Tiene como una semana que no sale de su casa porque le depilaron mal una ceja y –según él- parece el Barón Ashler, el de Mazinger Z ¿te acuerdas?
– ¡Ah, coño sí! Hahahahahahaha. El que era mitad hombre y mitad mujer. Hahahahahaha.
– Coño esa es Mercedes –interrumpió al escuchar el toque de la cucaracha con una bocina- No sé por qué coño siempre tiene que llegar así. Me cabrea que toque la corneta.
– ¿Y tú crees que les voy a caer bien a tus amigos? –le pregunté tomándole ambas manos.
– No sé. Yo creo que sí. Y si no les caes bien te lo van a demostrar ahí mismo -calló al escuchar el intercomunicador.
– Marica ábreme que me estoy meando – decía una voz de mujer al otro lado del aparato.
– ¡La próxima vez que toques corneta no te abro pajúa! –le respondió Caterina Ivanova presionando en botón que abre la puerta de entrada al edificio.
– ¿Todos son tan groseros como tú? –le pregunté al oído, de espalda, presionando sus caderas y llevándola hacia mí.
– Sí princeso… y… coño fortachón, no me hagas esta vaina ahorita que me pongo cachonda y ya no podemos ni echar un rapidito.
– No importa. ¿Tú no me dijiste que lo que hacía más… ¡excitante!… esa era la palabra… que lo que hacía más excitante el sexo era la tensión sexual previa?
– Coño sí pero… –sonó el timbre, ya llegó el primer invitado.
– ¡Mueve el culo que me estoy meando! –dijo apurada Mercedes mientras corría al baño.
– Esta caraja siempre se está meando, mucho gusto, Luís Enrique Hernández –me saludó el tipo que había llegado con Mercedes.
– Mucho gusto, Adriano Mendoza – respondí con una sonrisa, estrechando su mano.
– Déjame meto las birras en la nevera –le decía a Caterina Ivanova dándole un beso en la frente, antes de ir a la nevera, abrirla sin permiso y comenzar a meter las botellas de cerveza- ¡Así que Adriano Mendoza! –me dijo con cierto aire de admiración.
– Mercedes, mucho gusto –se presentó la amiga, estirándome la mano.
– Encantado, Adriano Mendoza.
– Están depinga tus lentes de contacto –me dijo Mercedes bromeando, pero no entendí.
– ¿Perdón? –pregunté, tratando de entender qué quería decir.
– Te está jodiendo bobito –interrumpió Caterina Ivanova abrazándome por la cintura- es que con ese color se te ven los ojos más lindos.
– ¡Ah, gracias! –respondí sonriendo.
 
El tal Luís Enrique sabía quién era yo y sabía que los hombres como yo no salen con mujeres como Caterina Ivanova. No me agradó para nada la confianza de llegar y abrir la nevera de una casa ajena como si fuera la propia… él no está al cabo de saber qué hay entre nosotros, o si a mí me disgusta que lleguen los amigos a al apartamento de ella con ese nivel de confianza… No me gusta este tipo. Tampoco me gustó que ella no hubiese establecido ningún límite… Debió dejar claro que ahora hay un hombre en esta casa y que no pueden llegar haciendo lo que les de la gana. No me gusta como Caterina Ivanova maneja las cosas… no, definitivamente no me gusta. Esta va a ser una muy larga noche.
 
Ofrecí bebidas a los recién llegados y me dejaron bien claro que cada quien se sirve lo que quiere tomar. Caterina Ivanova se dio cuenta de la tensión entre su amigo y yo, pero no ayudó en nada cuando me dijo princeso en la cocina, mientras le explicaba que me molestaba el exceso de confianza del tipo, que entraba a todas partes y agarraba sus cds sin pedir permiso. Le dije que no me llamara princeso delante de nadie, se disculpó, prometió no repetirlo y me dijo enfáticamente que su relación con sus amigos siempre ha sido así y no tenía intenciones de cambiarla.
 
Estábamos en la cocina sirviendo los tragos y comenzaron a llegar todos los amigos poco a poco. Salimos y me presentaron a José Alberto y a Angelita. Caterina Ivanova, Mercedes y yo estábamos sentados en el sofá grande. Angelita estaba sentada en una silla del comedor que había corrido hacia la sala. José Alberto se sentó en el comedor y comenzó a preparar su cigarrillo de marihuana. Luís Enrique estaba en la computadora, instalando su Ipod para poner The Beatles, pero Caterina Ivanova no quería oír The Beatles y puso a reproducir una lista enorme de canciones viejas variadas, donde –por supuesto- prevalecía Elvis. Llegaron los otros dos. Un señor que pasaba los cuarenta, el mayor del grupo, con un indiscutible look de profesor universitario. El otro, deduje, sería Jorge. Se veían amigables. Cuando les ofrecí algo de beber me dijeron que no me molestara, que ellos iban a servirse algo en un rato. Me senté en el sofá, puse mi mejor sonrisa y los escuché conversar.
 
– ¿Qué más pana? –le preguntó Jorge a José Alberto- ¿Qué hay de nuevo?
– Coño, que el tesorero del banco es marico… eso andan diciendo por ahí –le respondió, ante el asombro de todos, en especial mío, que entendía lo que eso debía significar para él.
– Pero ya va chamo –interrumpió Angelita poniendo la copa en el piso- ¿tú no eres el tesorero del banco?
– Sí –le respondió José Alberto expulsando el humo de su cigarro- Y por ahí dicen que soy marico… ¡que bolas! De lo que uno se entera ¿no? –dijo riéndose.
– Yo te dije que si no te cogías a esa jeva te ibas a rayar huevón –le dijo Luís Enrique burlándose.
– Lo que pasa es que –me puso al tanto Caterina Ivanova- hay una tipa nueva en el banco donde él trabaja y la caraja tiene una obsesión con él y…
– Como no me la quise coger –interrumpió José Alberto- y todo el banco se la quiere coger…
– ¡Ya va pana! –interrumpió esta vez Luís Enrique para darme más información- No es cualquier culo. Es ¡EL CULO! Esa mujer está podrida de buena. Tienes los cocos que… ¡no joda! Perfectos y naturales. ¡Un culo, unas piernas, una carita…!
– Pero a mí no me gusta –le dijo José Alberto
– Pana –intervino Jorge- dime una vaina, en serio ¿cómo coño no te gusta esa mujer?
– No me gusta –le respondió José Alberto- A mí no me gustan las tipas así. A mí me gustan las carajas más sencillas, sin culo, sin tetas, sin tanto peo.
– ¡Te gustan los hombres huevón! –se burló Luís Enrique- Porque una caraja sin culo y sin tetas y sin toda esa vaina de la coquetería, es un tipo.
– ¡No huevón! No es que no me guste una jeva coqueta y bonita y esa vaina, pero me ladillan las carajas que viven pendientes de esa vaina, me ladilla. Yo prefiero salir con una jevita que yo sé que si le digo vámonos ya para la playa la jeva me va a decir que sí aunque tenga las piernas pelúas y las uñas de los pies largas; en vez de una carajita que lo que ande es pendiente de estar buenota y… no huevón, que ladilla. Yo conozco a esas jevas, son burda de enrolladas. A mí me gusta una tipa guerrera, todo terreno. No una mariquita que esté esperando a que le abra la puerta del carro y le saque la silla.
 
Si hubiese conocido a José Alberto fuera de ese ambiente, nunca hubiese pensado que es tan diferente a cualquiera de mis primos. Sin embargo, era un tipo capaz de burlarse de una situación que, a nivel corporativo, puede ser sumamente delicada. Al tipo no le gustan las chicas plásticas y, por mucho que le gusten al resto del mundo, él no sale con ellas para mantener la apariencia, aunque el precio de eso sea crearse fama de homosexual en un banco.
 
Mientras Caterina Ivanova piensa que es plausible que ahora los hombres se nieguen a tener sexo con cualquier mujer atractiva que les haga la invitación, Mercedes sostiene que eso es producto de la enorme cantidad de chicas fáciles que andan por ahí regalándosele a los hombres. Comenzaron a discutir acaloradamente, pero cuando comenzó a sonar Midnight train to Georgia, Mercedes interrumpió para subirle el volumen a la canción y todos comenzaron a cantar. Se levantaron de sus asientos, aplaudían y chasqueaban los dedos al compás de la música, cantaban y hacían, con la mano derecha, el gesto de tocar el silbato del tren cuando llegaba esa parte de la canción.
 
Yo permanecí sentado a pesar de la invitación de Caterina Ivanova para unirme al grupo, pero todavía no me siento tan integrado como para hacer esas cosas… en realidad nunca me voy a sentir lo suficientemente integrado con nadie, nunca me voy a parar a aplaudir y cantar Midnight train to Georgia ni nada. Pero desde el sofá se ve que se están divirtiendo. Yo prefiero quedarme aquí sentado y seguir la música con la cabeza, sonreír y mirar a Caterina Ivanova interactuar con sus amigos. Por lo que veo, se dicen de todo y después interrumpen para pararse en grupo a cantar. Me pareció muy buena salida la de Mercedes, distraer la atención a la canción para que baje la tensión y puedan hablar de otra cosa. Llegué a pensar que iban a empezar a discutir porque Caterina Ivanova sintió que le estaba diciendo regalada.
 
– Que buena es esa canción –dijo Mercedes al terminar, se sentaron y prosiguió- Me acuerda a la universidad… pero bueno, lo que te estaba diciendo…
– Ajá –dijo Ivanova mientras encendía un cigarrillo.
– Que yo creo que los hombres están…
– No estábamos hablando de los hombres –interrumpió Ivanova- Me estabas diciendo qué es una regalada según tú, y yo te dije que, en tus términos, yo soy una regalada.
– Coño Iva, tú no vas por la calle buscando quién te coja.
– A veces –le respondió Ivanova
– ¡No seas huevona! –enfatizó Mercedes- porque tú no se la das a cualquiera.
– A veces –insistió Ivanova con ironía.
– ¡Marica! –le dijo Angelita dándole un golpecito en la rodilla y tratando de recordarle lo más disimuladamente posible que yo estaba ahí.
– No, es que es verdad –siguió Ivanova- Si yo salgo con un tipo que me gusta y me da la gana acostarme con él en la primera salida, lo hago y punto, y me sabe a mierda si el tipo piensa que soy una puta y si las demás mujeres piensan que soy una regalada.
– Pero no es eso… no… no marica –la paró Mercedes- Eso no es lo que yo estoy diciendo. Porque la tipita esta del peo de Jose… yo la vi ¿verdad Jose? La caraja anda en esa actitud de “cógeme” y anda detrás de él todo el tiempo y se le mete a la oficina y… esa vaina no la haces tú marica. A eso es a lo que me refiero. Dame un jalón Jose…
– Ok, yo no ando en actitud de cógeme –dijo Ivanova- Si yo quiero que me cojan lo digo.
– ¿Ves marica? –interrumpió Angelita inhalando un cigarro de marihuana- Eso no se hace. Porque yo sí, yo soy burda de regalada, pero no se me nota hahahahahaha.
– ¡Con esa carita de pendeja qué se te va a notar! –le dijo Jorge repartiendo las cervezas- Y ese es el punto. A mí, yo no sé a los demás, no me gusta una mujer que esté en esa actitud de Jessica Rabit. ¡Me la puedo coger! ¡Y de hecho me las he cogido! Pero hasta ahí.
– ¡Hipócrita! –le dijo Alejandro- Por eso es que esta sociedad está tan jodida, por gente como tú. Si una mujer quiere sexo, tiene derecho, y tanto derecho como el hombre, a ser un agente sexual, a buscar la manera de satisfacer esa necesidad física. Pero por tipos como tú, y como tú –señaló a Luís Enrique- es que las mujeres no se atreven a ser sujetos sexuales y terminan siendo objetos sexuales, porque parece que esa es la única manera que acepta esta sociedad que la mujer demuestre su sexualidad, como espectadora, como presa, como anzuelo, pero nunca como agente.
– ¡Ajá! –dijo Ivanova en tono triunfante- Y si te decides a ser agente vas a tener que ser agente secreto huevón, porque ni de vaina se puede actuar abiertamente.
– Así es –siguió Alejandro- Como dice Angelita. Tú dices que eres regalada pero no se te nota…
– Porque yo administro muy bien mi cara de pendeja –se rió Angelita.
– Adriano –me llamó Ivanova- ¿me sirves más vino porfa?
– ¡Sí, claro! –le dije al darme cuenta que hacía rato la copa estaba vacía.
– Pero tarde o temprano el hombre que salga contigo va a saber quién eres y si no te acepta como eres desde un principio ¿quién te garantiza que te va a aceptar después? –preguntó Alejandro.
– Bueno, pero ya va –intervino Mercedes levantando la mano- Uno puede ser uno mismo sin ponerse tan en evidencia ¿no? Porque no es que uno va a empezar una relación ¡y ni siquiera una relación! No vas a empezar a salir con el tipo y así de una le vas a soltar todas tus verdades. La verdad es un recurso que se debe administrar mi querido profesor.
– Te podría responder ya que estás equivocadísima –le dijo Alejandro mientras yo llegaba con el vino- Pero la frase es tan fuerte que voy a tener que llevármela para pensarla, mi querida Mercedes.
– Bueno –dijo José Alberto- En síntesis, aquí estamos sentados dos hipócritas (señaló a Jorge y a Luís Enrique), dos regaladas (señaló a Ivanova y a Angelita) y un marico (se señaló a sí mismo) ¿y ustedes que son panas? ¿a qué grupo pertenecen?
– ¡Cállate pendejo! –exclamó Mercedes- A mí me parece que ahora a los hombres… coño vale, yo trabajo con mujeres maltratadas, no sé si Ivanova te dijo –me miró y le respondí con un gesto de negación- pero yo veo que cada día me llegan un montón de mujeres con ojos morados, brazos partidos, cabezas rotas y… ¡Coño vale! ¿Qué está pasando con los hombres? ¿Qué está pasando con las mujeres? Porque es que yo a veces trato de jugar al abogado del diablo para ver si entiendo el peo y resulta que no, que no entiendo qué coño se ha hecho durante estas últimas décadas en esa materia, porque las mujeres siguen estando tan jodidas como antes y no denuncian, les da miedo, justifican al tipo, retiran las denuncias y los hombres parece que están más violentos. Yo no entiendo.
– Y entonces tú vienes y culpas a las mujeres por regaladas –le dijo Ivanova con sarcasmo.
– ¿Vas a seguir con el peo marica? –le dijo Mercedes- En serio… Coño, cuando seas madre vas a entender por qué a uno le preocupan estas vainas. Porque yo tengo tres carajitas ¡Tres hembras! Y pana ¿en qué clase de sociedad van a vivir mis hijas? Yo quiero hacer algo, coño, al menos entender cuál es el problema para explicárselo a ellas. Uno quiere contribuir a la sociedad. Pero es que la gente no sé, no se deja ayudar, es como si no quisieran salir del charco.
– No es que no quieran salir Merce- le dijo Angelita- Es que es muy difícil chama, y tú lo sabes, porque… coño, tú lo viviste conmigo. Ustedes lo vivieron conmigo y,… coño, no es fácil.
 
Resulta que Angelita vivió con un hombre que la maltrataba. La chica dulce, con cara de princesita, venía de La Vega, uno de los barrios más peligrosos de Caracas, salió de su casa a los dieciocho años y comenzó a vivir con el tal Enderson, que ya tenía dos hijos, de dos mujeres diferentes, a quienes apenas veía de vez en cuando.
Con pocos meses de convivencia, el tipo le dio la primera cachetada, pero rápidamente se hizo más violento. Por vergüenza calló más de un año, hasta que su silencio derivó en un golpe en el estómago que la dejó privada por varios minutos en el suelo. Regresó al hogar materno y fue recibida por la madre. Puso la denuncia, pero, cuando comenzaron los problemas en casa de su madre, recordó por qué se había ido con el primero que le había ofrecido sacarla de ahí. Retiró la denuncia y volvió con su maltratador, que se sintió más poderoso y fuerte que nunca. Después de eso, cuando la golpeaba, le recordaba que ella no tenía a dónde ir. Salió embarazada creyendo que porque él quería un hijo, al dárselo iba a lograr apaciguarlo. Sin embargo, aun embarazada, la golpeaba.
 
Aparentemente fue el instinto de proteger a su hijo lo que la hizo buscar nuevamente a Mercedes, quien ya la había apoyado la primera vez que denunció al tal Enderson. De nuevo la madre la recibió, pero tampoco esta vez la situación se le hizo amigable. Constantemente le decía que ahora había que alimentar a dos bocas y, en casa de su madre, se quejaban por la falta de dinero a pesar de que, según cuenta Angelita, ella seguía trabajando y pagaba todas sus cosas. Entre los problemas en la casa y la soledad en las citas con el obstetra, se ablandó y Enderson le prometió que esta vez iba a ser diferente. Pero no fue así, pues Mercedes –visiblemente molesta- le dijo que se veía bella con la barriga y brazo enyesado.
 
La depresión postparto se mezcló con la depresión que le causaba ser maltratada cada vez que el niño lloraba. Pensó en suicidarse, aprovechando que el tipo había salido a hacer su primer trabajo después de varios meses de paro. Ella mantenía al tipo porque él decidió independizarse y montar un negocio de mudanzas, pero por su personalidad no eran muchos los clientes que lo buscaban y pasaba largos periodos de inactividad que empeoraban su carácter. Su forma de enfrentar los problemas era golpeando a la mujer que tuviera al lado y, en esa oportunidad, esa mujer estaba pensando en quitarse la vida; pero decidió llamar a Mercedes cuando –según ella por obra de Dios- encontró su tarjeta. Ya Mercedes conocía el caso y buscó ayuda fuera de la familia de Angelita, para evitar que ella volviera con el tipo por falta de apoyo.
 
– La coño de madre me llama un día –contaba Ivanova riéndose- y me dice “coño Iva, necesito pedirte un favor y necesito que me lo hagas”. Yo le digo, sí claro, pensando que necesita un vestido, unos zapatos, que le de plata para el mercado… pero me dice que necesita que deje quedar en mi casa a una carajita de veinte años con un bebé casi recién nacido, porque el marido de la carajita casi la mata a coñazos. ¡Me suelta esa vaina por teléfono!
– Y esta coño de madre –prosigue Mercedes riendo- me pregunta ¿y qué tengo que ver yo con eso?
– ¡Coño! ¡Yo estaba recién mudada! Por fin vivía sola y esta psicópata me dice que quiere que deje que Angelita… ¡Ah, esa es otra! Cuando me dice el nombre de la carajita…(carcajadas)
– ¡No seas coño de madre! –le dijo Angelita.
– ¡Yo creía que me estaba jodiendo! A la final acepté porque yo sé cómo es Mercedes con su trabajo. Esta caraja está convencida de que va a salvar al mundo de las injusticias. Y bueno, se quedó por cinco, seis meses, algo así, hasta que…
– Ocho –corrigió Angelita- Hasta que un día fui a ver un apartamento que estaban alquilando en El Rosal. El que lo estaba alquilando era Jorge y, cuéntale tú.
 
Jorge, con veintiséis años, tenía dos apartamentos en buenas urbanizaciones de Caracas y estaba alquilando uno de ellos, el de El Rosal. Vio llegar a una chica linda con un bebé de meses en brazos y le alquiló el apartamento por la tercera parte de lo que estaba pidiendo. En el fondo esperaba que ella fuera más agradecida de lo que fue, pero en lugar de sexo hizo una gran amistad. Si hubo o no algo entre ellos no me quedó claro pero, por su amistad con Angelita, llegó al grupo y ahí parece que todos se apoyan.
 
– Al final –dijo Mercedes- el Enderson ese de mierda dejó de joder como a los seis meses que ella se fue, porque se consiguió otra carajita que yo creo que ni siquiera era mayor de edad. Y, por supuesto, ni soñar que el malandro ese la iba a ayudar con los gastos del niño. Nada que ver. Y, bueno, ya con quitárselo de encima era más que suficiente.
– ¿Ves? –dijo Luís Enrique- Ahí no estoy de acuerdo contigo. Porque yo soy hombre y uno no debe escupir para arriba, pero un tipo que deje embarazada a una mujer debería estar obligado a pasarle plata para el hijo, así ella no lo demande.
– Yo te apoyo, eso debería ser así –le dijo Ivanova.
– Es que –intervino Alejandro- con lo engorroso que es lograr que un hombre cumpla su rol de padre…
– ¡Súbele! –gritó Ivanova cuando comenzó a sonar Dancing Queen- Sorry Ale.
 
Se volvieron a levantar todos y comenzaron a bailar y cantar. Yo me levanté y fui al baño. A pesar de lo interesante de la conversación, no entendía cómo algo tan íntimo pudiera ser revelado sin el menor signo de vergüenza. No niego que es una historia digna de contarse, pero ella no sabe quién soy yo, ellos no están al cabo de saber qué papel juego yo en la vida de Caterina Ivanova, si es que juego alguno. Pareciera como si a ninguno de ellos le importara lo que yo pueda pensar. Me acaban de conocer y me sueltan todo ese cuento así, como si no fuera nada del otro mundo… Y me quedé con la curiosidad de por qué Jorge, si Angelita nunca se la dio, es su amigo y es amigo de sus amigos. Normalmente los hombres no hacemos esas cosas, pero estos tipos son bien raros. Parecen buenas personas, pero son raros.
 
Salí del baño y seguían bailando. Es obvio que se divierten muchísimo. Crucé mirada con Caterina Ivanova y nos sonreímos. Siguió cantando y bailando mientras me miraba, para ver si me animaba a unirme al grupo, pero apenas me atreví a acercarme para tomar nuestras copas y llenarlas de vino. Antes de dirigirme a la cocina le di una nalgada. Un error técnico, mi mano tiene libre albedrío. Espero que nadie haya visto. Al llegar a la cocina voltee y, como me seguía mirando, le hice un gesto con la cara diciéndole “sí, ya sé que metí la pata”.
 
Continuaron hablando de la violencia doméstica y, sobre todo, del perfil de los hombres que agreden a las mujeres y a los niños. Obviamente, un sujeto que golpea a una persona con menos fuerza física tiene un problema de autoestima demasiado grande y sienten que la única manera de ser respetados es inspirar miedo.
 
– ¡Eso es verdad! –le dijo Alejandro a Ivanova- Es totalmente correcto. Yo, en todos mis años de experiencia clínica, no tuve un solo caso de un hombre violento con una autoestima saludable. ¡Y no me refiero solamente a violento con las mujeres! En general, un hombre violento, esos que llegan y alzan la voz por todo, que a la menor provocación ya quieren irse a las manos, que amenazan a diestra y siniestra a todo el mundo con que le van a dar unos golpes, ese es un hombre que se siente tan poca cosa, tan inferior al resto del mundo, que cree que esa es la única actitud alternativa a agachar la cabeza.
– ¿Te acuerdas de Newman? –le preguntó Luís Enrique a Jorge.
– ¡No me voy a acordar de ese marico! –le respondió Jorge.
– ¿Quién es Newman? –preguntó Mercedes.
– Un huevón que venía no sé de qué barrio y montó una tienda de celulares –comenzó a contar Jorge- Pero el tipo era tremendo malandro, más malandro que cualquiera de los obreros con los que he trabajado. Se la pasaba ofreciéndole coñazo a todo el mundo… y a más de uno se lo había dado, porque, malandro al fin, el tipo sabía pelear, sabía kárate y no sé qué más y por eso se sentía el machote. Una vez yo tuve un peo con él y el carajo me metió un coñazo en la tienda, delante de los empleados y los clientes.
– ¡No puede ser! –exclamó Mercedes visiblemente molesta.
– Pero espérate. Yo pensaba joderlo, decirle a alguno de los malandritos que trabajan en la obra que me buscaran un bicho de esos bien violentos para que lo medio matara. Pero al final, pensé bien la vaina y yo no me voy a meter en un peo de esos para vengarme de un pobre imbécil que necesita reafirmar su hombría dándole un golpe a un tipo decente como yo. Así que me fui a la policía, hice la denuncia y, bueno, dejé eso en manos de las autoridades.
– ¿Y han hecho algo? –preguntó Mercedes irritada
– No, pero espérate para que oigas la parte buena del cuento. Yo me hice panita de uno de los policías y hace como diez días el carajo me llama para contarme que, no sé cómo es que fue la cosa, pero agarraron en un estacionamiento en Chacao a un poco de maricos, casi todos menores de edad, que se prostituían ahí. ¿Y adivina a quién agarraron en uno de los carros cogiéndose a un carajito? ¡Al Newman! El tipo le pagaba veinte mil bolos al carajito para que se lo chupara y lo espuelearan… tú sabes ¿no?… Le metían el dedo por el culo.
 
De la violencia doméstica pasaron a otra cara del machismo. Muchos hombres sostienen que el homosexual es el que asume el rol pasivo en una relación hombre-hombre. Simplemente, el que lo mete no es marico, pero el que se lo deja meter sí. Y muchas veces agreden al homosexual pasivo porque se sienten sucios. Hay una enorme cantidad de hombres que, por no sentirse verdaderamente hombres, exageran los atributos de macho para reafirmar una hombría de la cual carecen. Le asignan “virtudes” al sexo masculino y las llevan al extremo para disfrazar la inseguridad que sienten sobre su masculinidad.
 
En una de las escasas intervenciones que hice esa noche, conté sobre un sujeto al que escuché diciendo, en un juego de golf, que él le pegaba a su esposa de vez en cuando, porque así no acumulaba rabia. Contó que una vez, después de darle una paliza a la esposa, se puso a ver uno de esos programas de detectives forenses y presentaron el caso de una mujer que había aparecido enterrada en su jardín y, por supuesto, el primer sospechoso fue el esposo. Sin embargo, los vecinos y la familia decían que era imposible porque él la amaba, era un excelente esposo, era buen vecino, iba a misa, excelente trabajador… era el hombre perfecto, así que nadie creía que él fuera culpable. Pero la evidencia lo señalaba la policía descubrió que fue él y lo enjuiciaron.
 
Finalmente, el tipo nos dijo que él prefiere darle una paliza de vez en cuando a la esposa en vez de estar acumulando rabia y terminar matándola treinta años después. A mí me provocó romperle la cara, pero no le dije nada. Y los otros cuatro tipos que estaban ahí lo que hacían era reírse y le decían “es verdad”. Caterina Ivanova se molestó porque callé, aunque le expliqué que ningún comentario mío iba a hacer cambiar la actitud del tipo o de los otros que lo acompañaban. Al menos Luís Enrique entendió mi posición, él sabe que en el mundo corporativo uno debe saber guardarse lo que piensa.
 
– ¡Ay, no sé! –dijo Mercedes- Ustedes me van a perdonar, pero bien pendejos que son, porque esa vaina la dicen delante de una mujer y…
– ¡Esa vaina no la van a decir delante de una mujer Mercedes! –interrumpió Ivanova- Eso lo dicen delante de los otros hombres para ver si el machete les crece un par de pulgadas.
– Por eso es que yo odio esas reuniones de machos –dijo Alejandro- Yo los veo de lejitos y me parece un documental de National Geographic sobre gorilas. El que gruña más duro, el que haga más ruido, ese es el líder de la manada.
– ¿Por qué los hombres siempre tienen que estar tratando de demostrar algo? –preguntó Mercedes- ¿por qué los hombres en este país se sienten tan inseguros de sus capacidades y tienen que andar por la vida, así como tú dices, como gorilas de un documental? Todo el tiempo tratando de demostrar su hombría.
– Bueno Merce –le dijo Jorge- No son todos, aunque yo estoy de acuerdo contigo, creo que son la mayoría y… la vaina es que ser hombre es… a veces es un peo, porque uno tiene muchos paradigmas que son una mierda chama. Por ejemplo, a uno le han enseñado toda la vida que el hombre es el que lleva la plata a la casa, aunque la mujer trabaje ¡Ya va coño! –levantó la voz ante la inminente interrupción de Alejandro, Mercedes y Angelita- ¡Ya va! Déjenme terminar. Ya va. Una de las vainas que más le jode la autoestima al hombre en este país es el tema económico. Y coño, eso así. La relación autoestima-dinero es directamente proporcional… ¡Ya va coño! –gritó levantándose de la silla, al escuchar las protestas de los presentes.
 
Les recordó los tiempos difíciles que vivió cuando fue botado de PDVSA por decreto presidencial. Tuvo que vender el apartamento de La Castellana y se fue a vivir con Angelita, en el apartamento que le tenía alquilado. Después de quemar sus ahorros por no conseguir empleo a lo largo de dos años, vivió mantenido con el sueldo de Angelita, que compraba la comida, pagaba los servicios e incluso le prestaba dinero. Por supuesto, su autoestima se diluyó en la crisis económica. Ni siquiera tenía dinero para invitar a salir a una chica, su vida social se redujo a cero y pasó de ser un soltero codiciado a ser un cero a la izquierda para las mujeres.
 
– Porque una mujer venezolana no sale con un tipo al que tenga que apoyar. ¡No jodan que es verdad! –levantó la voz ante las protestas de las damas presentes- Ustedes saben que aquí las mujeres lo que quieren es el paquete completo. Y ustedes tampoco van a salir con un desempleado. No vengan con sus maricadas de feministas que esa vaina es paja, porque yo no les he conocido a ninguna de ustedes dos –dijo señalando a Angelita e Ivanova- el primer novio desempleado. Por lo menos un carrito y un quince y último tiene que tener el tipo. Entonces si tú me preguntas por qué los hombres siempre están tratando de demostrar y de reafirmar su hombría… mira Merce, no sé, pero sí te puedo decir que a las mujeres les encanta que uno les demuestre que uno es un sólido como una roca, que uno es estable, que si a ustedes les da la gana dejar el trabajo uno las puede mantener. Porque ¡Coño déjenme terminar! –volvió a levantar la voz ante la protesta de las mujeres presentes- Mira pana, yo he escuchado a montones de mujeres diciendo que sólo se casarían con un hombre que les asegure el mismo nivel de vida que tienen ellas ¿eso es qué? ¿independencia? ¿esas son las mujeres arrechas de este país? Bueno pana, entonces no se quejen de que uno se la pase demostrando que es eso que las mujeres quieren. Ya terminé. Destrócenme pues.
– ¡Un momento! –dijo Ivanova levantándose- ¡Un momento! ¡Orden en la pea! Dado que nuestro apreciado ingeniero levantó tanta roncha en su última intervención, vamos a dar el derecho de palabra en orden. No se aceptan interrupciones. Esperamos a que el próximo orador exponga su idea y luego cayapeamos. ¿Ok? Bueno, empiezo yo. ¡No joda! ¡Es mi casa! –dijo en voz alta ante las protestas de los invitados- Hay una vaina que es verdad. El dinero, por desgracia, o por fortuna para el que lo tiene, afecta la autoestima. Y no sé si es tanto el dinero como la estabilidad, porque la vaina no es la cantidad que tengas, sino tener lo necesario para que no te moleste no tener más. Y es verdad que las mujeres a veces somos muy coños de madre con eso, porque, tienes razón, yo no voy a salir con un tipo que esté desempleado. Y si es verdad que los hombres tienen el paradigma de proveedores, también es verdad que una tiene ese paradigma. Porque así nos crían, y si no te crían así, la sociedad se encarga de hacerte ver que eso es lo correcto, aunque no lo sea. En esta sociedad no se educa a la gente para ser compañeros de la pareja. Lo que uno aprendes desde chiquito es que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. O sea, la mujer está detrás, no al lado. Y si hablamos de apoyo, no es apoyarlo para seguir a su lado, es apoyarlo para que después te mantenga, aunque no necesites que te mantengan. O por lo menos que haga la finta de que te puede mantener, para que socialmente no empiece la ladilla de que “has podido aspirar a algo mejor”. Y… ¡es verdad lo que tú dices! Yo, por lo menos en este momento de mi vida, no voy a salir con el tipo que gana sueldo mínimo, por muy bueno que esté, por muy depinga que sea, porque me voy a terminar encabronando y en algún momento capaz y le saco en cara que este es mi apartamento, que yo pago las cuentas… no sé pana, yo, particularmente yo, no estoy madura como para una relación así. Por eso a mí me parece arrechísima la relación de ustedes –le dijo a Alejandro.
 
Después de bromear diciendo que ganaba un poco más del sueldo mínimo, Alejando me explicó su situación de pareja. Psicólogo y profesor universitario, casado con una ejecutiva de British Petroleum que es sostén de hogar por decisión de pareja.
 
Dado que ella ganaba mucho más que él y ninguno de los dos quería ver crecer a sus hijos desde lejos, criados por niñeras o por las abuelas, decidieron que lo mejor era que él dejara las consultas privadas para ejercer el cargo de padre y amo de casa. La esposa paga todo, pero eventualmente le pide que la saque a un buen lugar y pague él o llega temprano y cocina y le prepara un baño a su esposo, para sentirse la mujer de la casa. A pesar de las crisis que de vez en cuando surgen por inseguridades en cualquier de los dos lados, ambos están satisfechos con su relación. Ella asegura que prefiere tener a su lado a un hombre que la ama, que es buen padre, buen esposo y buen amante, a tener a un millonario que la tenga viviendo como una reina y nunca tenga tiempo para compartir en familia. Alejandro nos decía que para ellos es básico el respeto a los espacios personales, por eso él iba a las reuniones con sus amigos solo y su esposa estaba conciente de que una vez a la semana no iba a contar con él para ningún evento social.
 
La cosa se puso filosófica cuando empezó a hablar del esposo de su cuñada, el favorito del suegro. Un tipo exitoso, según él. De la necesidad de ostentar masculinidad, se pasó a la necesidad de ostentar éxito social.
 
– ¡Pero no es cualquier apariencia de éxito! –interrumpió Ivanova- Porque tiene que ser… yo sé que te corté, pero es rápido, es para que sigas. Lo que te decía es que tiene que ser el éxito que la sociedad ve como tal. Porque no importa lo exitoso que seas como individuo, si no llenas los estándares de éxito social, igual eres un perdedor.
– ¡Es cierto Ivanova! Pero va más allá del problema del individuo con el grueso social. Yo lo veo más como un asunto del individuo con su grupo social más inmediato. No importa si eres modelo o camionero, cada grupo tiene sus propios códigos de comportamiento que son aceptados y avalados por los miembros de ese grupo. No se preguntan por qué hago lo que hago, por qué hablo como hablo. Y te repito, da lo mismo si eres modelo o camionero, porque el camionero va a terminar actuando como se espera que actúe un camionero. Yo no creo en esas teorías que sostienen que el desarrollo del capitalismo ha coartado la libertad de acción individual. No dudo que tenga algo que ver, pero me parece un argumento muy pobre limitarlo a eso. Más bien, a mí me da la impresión de que el problema está, y aquí te voy a parafrasear, –le dijo a Ivanova- en que las acciones humanas en la modernidad son producto de reacciones ante estímulos externos y no de decisiones concientes de los individuos. Falta eso que tú llamabas “la pregunta clave: por qué”. Y al no cuestionarse los porqués, los individuos pierden libertad.
– Perdón –dije confundido- pero no te entiendo ese punto.
– ¿Quieres explicarle Ivanova? –le preguntó sonriendo
– Te cuento, te cuento. El punto es que las personas actúan por estímulos externos, pero no porque razonen que lo que hacen tiene un porqué, un objetivo, una razón. Si tú actúas como actúas porque simplemente aprendiste a actuar así; si las cosas que tú quieres son producto de lo que a ti te enseñaron que deberías querer; si nunca te preguntas ¿por qué hago esto? ¿por qué quiero esto? ¿por qué creo en esto? ¿por qué acepto o rechazo esto? ¿por qué hablo así? ¿por qué camino así? Si no te preguntas nunca esos porqués, dejas de ser libre… y ni siquiera llegas a darte cuenta de que no eres libre. No te digo dejar de hacer lo que haces, pero esa preguntita, esa duda razonable, para mí, es la que hace libre a las personas. Lo que pasa es que esa pregunta está socialmente vetada. La gente va a lugares, compra cosas, cree en vainas porque simplemente están de moda, porque siempre lo han hecho así, porque así cree su familia. Lo que pasa es que es mucho más fácil querer lo que todo el mundo quiere a ponerse a pensar ¿qué es lo que yo quiero?
– Te entiendo –le dije pensativo.
 
Estuvimos conversando durante más de siete horas, con algunas interrupciones por alguna canción que los forzaba a levantarse a cantar y bailar. Me fui a mi casa lleno de preguntas.
 
Y Caterina Ivanova tenía toda la razón al decir que es mucho más fácil querer lo que todos quieren antes que preguntarse qué quiero yo. Traté durante todo el camino de responderme esa pregunta y no hallé la respuesta. Todas las posibilidades que me venían a la mente eran mentiras. En el fondo de mi corazón sabía que me estaba engañando a mí mismo, y es lo que he estado haciendo durante toda mi vida.
 
No sé qué quiero, pero sé muy bien que lo que tengo lo quise porque así debía ser. Yo soy lo que debía ser, según los parámetros sociales. Y soy exitoso, según los parámetros sociales. Luís Enrique es exitoso, según los parámetros sociales; José Alberto lo es, pero ambos se refugian en casa de Caterina Ivanova para dejar afuera al supuesto ganador y sentirse libres y decir lo que quieren. Todos ellos son tan diferentes entre sí, y sin embargo se reúnen y se quitan las máscaras y hablan de sus cosas más íntimas sin el menor temor a ser juzgados por los otros. Tal vez afuera sean tan falsos como todas las personas que conozco, pero allí, en ese apartamento de Los Palos Grandes, son ellos mismos.
 
La historia de Angelita me sorprendió. Me sorprendió que Caterina Ivanova haya sido capaz de recibir en su casa a una chica que no conocía con un bebé de meses. Que Jorge la haya ayudado, aunque con un motivo ulterior, pero la ayudó y luego ella lo ayudó a él. Que Mercedes haya agarrado el problema de Angelita como si fuera suyo. Me sorprendió la historia de Alejandro. Yo no podría soportar esa presión. Yo no pude soportar que Claudia trabajara tanto, por eso nos divorciamos.
 
Y así, sin conocerme, esta gente me cuenta su historia, sin importarles qué opinión pueda tener de ellos. Sólo a Luís Enrique, y sólo al principio, le importó que yo fuera Adriano Mendoza. Para los demás yo era uno más que estaba ahí, escuchando, sin opinar, abriendo la boca sólo lo estrictamente necesario. Y no hablé, no por falta de opiniones, porque cuando estoy solo con Caterina Ivanova tenemos buenas conversaciones, pero no quería arriesgarme delante de tanta gente, no quería correr el riesgo de quedar como un huevón con dinero que no tiene idea de lo que dice… no delante de tanta gente con tantas opiniones. Primera vez que me pasa esto. Yo siempre tengo algo que decir y sé que lo que yo voy a decir va a ser bien recibido. Pero nunca había estado en un grupo tan heterogéneo y, sobre todo, tan diferentes a mí. Me di cuenta, al final, que nunca he tenido problemas en decir lo que pienso, porque siempre hablo delante de grupos que me admiran, siempre tengo un adulador cerca para aplaudirme… ¿será que soy un pobre huevón?
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE IX. CAPÍTULO XXIX