Nov 21 2017

Un princeso en el diván.

XXXIV. Un princeso en el diván.
 
Pasé la noche del viernes en casa de Caterina Ivanova. El sábado en la tarde decidimos subir a San Antonio y, como de costumbre, salimos a caminar al final del día por el boulevard, para comernos nuestro habitual helado de chocolate y sentarnos como dos viejitos en uno de los banquitos del boulevard a ver el atardecer y hablar de cualquier cosa. Aunque ya estaban sonando gaitas en algunas emisoras locales y ya los bancos y las tiendas por departamento tenían cuñas navideñas en radio y televisión, algo extraño ocurrió ese primer fin de semana de noviembre.
En San Antonio de Los Altos hay dos tiendas emblemáticas de navidad y ambas ya estaban decoradas y activas desde agosto o septiembre, pero no fue sino hasta ese día que nosotros pasamos por allí y Caterina Ivanova, en uno de sus usuales arrebatos infantiles, comenzó a decirme ¡Ya viene navidad, ya viene navidad!…
 
Sí… Ya viene navidad… ya viene el fin de año… ya se acerca el día y la hora.
 
Por primera vez, después de haber tomado la decisión, sentí pánico de la idea de volarme los sesos. Sentí un ataque de terror en frente de las lucecitas, los Pesebres, los Santa Claus, los renos y los angelitos. Tuve una sensación de ahogo, como si cada maldito Santa me agarrara por el cuello y me estrangulara mirándome a los ojos.
 
Dudé. Por primera vez en todo el año sentí miedo de verdad, mucho miedo. No pude evitar preguntarme, frente a la imagen del Niño Jesús en el pesebre ¿realmente me tengo que volar los sesos? Tal vez… no sé, sólo tal vez pueda haber otro camino, tal vez no sea necesario… tal vez fue sólo un mal momento y he pasado todos estos meses convenciéndome a mí mismo de que toda mi vida ha sido una farsa y, en realidad, la única farsa que he vivido es la de tratar de convencerme que no estoy bien para suicidarme y… ahora… ¡está tan cerca todo! ¿Por qué ahora me siento como un prisionero de una decisión que tomé? ¡No estoy obligado a volarme los sesos! ¿O sí?
 
Me quedé petrificado frente a una vitrina adornada con muñecos de nieve, pesebres y renos con todo y trineos. Me sentí el hombre más desdichado del mundo y, al mismo tiempo, el más afortunado. Quizás pueda escuchar Amparito algunos años más… y todas las gaitas y el reaggeton y… tal vez pueda seguir sonriendo sin ganas y haciendo trencito en las fiestas y escuchando las idioteces de la gente fingiendo atención… pero ¿Qué voy a hacer con ella? ¿Qué voy a hacer con Caterina Ivanova? No sé, ni quiero saber, si a causa de ella es que ahora tengo más ganas de vivir que nunca, pero sé que si vivo, si sigo, si no cumplo mi propósito de año nuevo, va a ser a su lado… para siempre… con todo lo que ello implica. ¿Puedo hacerlo? ¿De verdad sería capaz de asumir el costo de una decisión como esa?
 
Allí, bajo la noche que había llegado sin darnos cuenta, en el simulacro de puentecito que tienen frente a la tienda Full Flores, miré a Caterina Ivanova. Tenía frío, un frío que me venía de adentro.
 
– ¡Dame un beso! –le pedí casi como una súplica
– Ok –me respondió con una sonrisa y me besó suavemente.
– ¡Abrázame! ¡Duro, abrázame! –le pedí con los ojos cerrados.
– ¿Qué te pasa princeso? –me preguntó casi susurrado abrazándome por la cintura.
– No me preguntes… sólo abrázame… por favor.
 
Me besó, me abrazó por unos cinco minutos y nunca, ni más tarde, ni al día siguiente ni en ningún otro momento me preguntó la razón de mi petición. Por eso la amo. Ella sabe bien que cuando una persona quiere hablar simplemente habla; pero cuando quiere callar, se debe respetar el silencio.
 
Ella sabe callar ¡vaya virtud! Ella sabe decir lo que tiene que decir, explotar si tiene que explotar, abrazar cuando tiene que abrazar… Yo no sabía nada de eso, ahora lo sé. Pero ¿qué hago con saber todo eso si sólo puedo ponerlo en práctica con ella? ¿Qué hago con todo lo demás?
 
 
El domingo, antes de regresar a mi vida real, le pedí el teléfono de Alejandro. Él es psicólogo, tal vez sea hora de buscar uno y por alguna razón confío en él. No le expliqué para qué necesitaba hablar con su amigo; ella tampoco preguntó. El lunes lo llamé y nos citamos para el martes en la tarde en la Universidad Católica, donde tiene una oficina. Es esta la primera vez que hablo con alguien sobre mi suicidio, aprovechando el secreto profesional que deben guardar los loqueros.
 
– Es simple –comencé a explicarle sentándome en una silla- El fin de año… el que pasó, decidí que este 31 de diciembre me pego un tiro en la cabeza –le dije simulando una sonrisa
– Ajá –me respondió mirándome con atención, pero con cierta indiferencia- Y, dime Adriano, ¿por qué te quieres pegar un tiro en la cabeza?
– Porque estoy harto… no sé, estoy cansado –le respondí como si estuviéramos hablando de cualquier otra cosa.
– ¿De qué?
– De todo. De… es… cada vez que… coño, es que es complicado de explicar, porque desde afuera es como difícil de entender… coño, porque yo sé lo que me vas a decir… o sea, las cosas que me molestan, de alguna manera… yo sé que las podría cambiar, pero cambiarlas es muy… muy costoso.
– No trates de adivinar lo que te voy a decir –me dijo sonriendo- Es muy común que las personas esperen ser juzgadas por el terapeuta y ese no es mi trabajo. Tú viniste aquí por algo. ¿Qué es lo que te molesta?
– Es que… yo estaba muy seguro de mi decisión y… el fin de semana sentí… yo estaba frente a una tienda de cosas de navidad y sentí… sentí como que… no era, o no sé si era miedo o qué. La cosa es que… coño, la cosa es que estoy como en un debate interno si debo o no… pegarme el tiro.
– Adriano –dijo manteniendo su pose distante- Todavía no me has dicho qué fue lo que te hizo decidir pegarte un tiro en la cabeza.
– ¡Ah! Bueno. El año pasado, en una fiesta de año nuevo, estaba con toda la familia y un montón de gente que, honestamente no soporto a la mayoría, pero tengo que tratarlos por asuntos de negocio o por cosas sociales. Yo no sé si me entiendes… es gente a la que uno, bueno, uno no, yo. Gente a la que yo preferiría no tratar. Era demasiada gente… y cuando… -aclaré la garganta- empezó el peo típico, el falta cinco pa´las doce, el escándalo, la música, el conteo regresivo… coño, yo me sentí así como… atrapado. Sí, es eso. Me sentí como asfixiado, como con ganas de salir corriendo a vomitar. Y estaba sonriendo –le decía mientras recordaba el momento- Porque la gente se me acercaba y me abrazaba y yo le sonreía a todo el mundo, pero no quería estar ahí, no quería estar rodeado de toda esa gente y… cuando sonó el cañonazo… ¡coño! Es la avalancha de gente que se te viene encima para darte el feliz año, unos medio borrachos ya, otros llorando, otros corriendo con las maletas, otros con las uvas y… por un momento yo me sentí como si estuviera viendo todo desde fuera de mi cuerpo. No sé si me entiendes… no sé, dime algo.
– Te estoy escuchando –me dijo mientras me lanzaba una estúpida sonrisita de comprensión
– Ok, pero dime algo.
– ¿Qué te gustaría que te dijera? –me preguntó llevándose la mano al mentón y apoyando el codo al escritorio.
– Cualquier cosa –le respondí apoyando el mentón en mis manos entrelazadas
– Adriano –comenzó a hablar cruzando las piernas- a mí me parece, aunque es muy prematuro hacer un análisis de tu caso, porque todavía no me has dado suficiente información. Pero creo que lo que tuviste fue un ataque de pánico, quizá…
– ¡Sí, fue como pánico! –exclamé.
– Y ese ataque de pánico puede ser provocado por estrés…
– ¡No, coño! No es estrés. Yo siempre he manejado mi estrés. Yo toda la vida, desde que trabajo, estoy sometido a estrés. ¿Quién coño no vive estresado? No es estrés… coño, eso no fue estrés. Eso fue que me harté.
– ¿De qué te hartaste?
– De estar con gente que no quiero estar, de estar donde no quiero estar, de no poder decirle a la gente que no me abrace, que no me besen, que no me hablen porque no me interesa lo que me están diciendo… de estar viviendo una vida que… ¡Coño! Estoy harto de ser lo que todo el mundo espera que sea. Es esa vaina de ser… ¿cómo te explico? Es que yo veo mi vida… yo veo que mi vida… yo soy uno de los tipos más exitosos de este país y cuidado si no de América Latina. Yo soy el tipo más arrecho de la región ¿y qué? ¡Coño! ¿Sobre qué está construido mi éxito? Es en eso, lo de ser… eso de ser lindo con todo el mundo y de caerle bien a la gente y… es eso como de… que uno sabe que… Coño Alejandro, yo he conocido cientos de tipos que son más arrechos que yo y no tienen la mitad del éxito que yo tengo ¿y sabes por qué? Porque llegan y se echan encima enemigos por cualquier pendejada y no saben el arte de manejar a la gente… es… – me quedé sin palabras esperando un feedback.
– ¿Cómo es tu papá?
– ¿Qué tiene que ver mi papá en todo esto?
– ¿Tus padres están casados?
– Sí. Tienen… creo que cuarenta y cinco años de casados o algo así.
– ¿Tu papá es la figura de autoridad en…?
– ¿Qué coño tiene que ver mi papá en este peo? –lo interrumpí con fastidio.
– Adriano, tú viniste por algo. Vamos a descubrir qué es ese algo que te está haciendo sentir deprimido…
– ¡Yo no estoy deprimido! –exclamé molesto- ¡Yo estoy harto! Estoy harto de este país de mierda que… coño, todo el tiempo hay un problema, una crisis. ¡No joda! Desde 1989 estamos viviendo a punta de rumores. Desde el Caracazo. Luego vinieron los dos intentos de golpe. La crisis política… ¡mierda! ¡Estamos en crisis desde 1989! Y encima, gana Chávez y con ese hijo de puta hemos tenido más crisis que nunca. Desde 1998 estamos en campaña electoral. ¡Yo no aguanto una puta campaña electoral más! Ya no soporto hablar de política, ya no soporto oír hablar de crisis… los rumores de devaluación, de control de cambio, que si quitan el control, que si el dólar se dispara… No soporto oír hablar de Chávez ni de la oposición ni de nada. Ni de los presos políticos, ni de los perseguidos, ni de… ¡estoy harto de este peo! Me ladilla la gente. ¡Me da demasiada arrechera que en este país de mierda la gente no respeta la más mínima norma! Ni los semáforos, ni el paso peatonal… manejan en contravía, botan basura a la calle, orinan en la calle ¡El ruido!… no soporto el ruido. Estoy totalmente neurótico. No soporto nada… pero tengo que andar como si no me molestara ¿ves? Tengo que andar todo el tiempo con una sonrisa, de buen humor… porque no puedo tener una reunión con un cliente o con un inversionista y andar arrecho porque llego a un lugar y la recepcionista tiene puesta una salsa o un reaggeton. Porque ahora en todas partes, a donde uno vaya, hay un hijo de puta con esa dizque música a todo volumen. ¡Coño! ¿yo soy el único al que le molesta esa vaina?
– Entiendo –me dijo- Te entiendo perfectamente. Pero si te molesta tanto ¿no has pensado en irte del país? Esa parece una salida menos drástica que…
– ¿Irme? ¡Toda mi vida está aquí! Yo aquí tengo una empresa exitosa, la más exitosa del país. ¡Entiéndeme! Yo aquí tengo los contactos necesarios, conozco a todo el mundo, todo el mundo me conoce a mí. Yo aquí soy… ¡soy el Dr. Adriano Mendoza! ¿Irme del país para qué? ¿para empezar de cero? Si yo me voy no voy a tener en ninguna otra parte es estatus que tengo aquí. Yo me puedo ir a Estados Unidos y allá voy a ser otro huevón inmigrante que tiene que empezar a competir por un mercado. Yo no voy a llegar a ninguna parte a empezar otra vez a los treinta y ocho años… bueno, treinta y nueve ya. Yo he trabajado demasiado toda mi vida para tener el estatus que tengo y no pienso empezar otra vez, no tengo energía para empezar de cero en otra parte. Para esa vaina me hubiera quedado en Estados Unidos o en Inglaterra cuando estaba joven y hubiera arrancado de cero allá. Pero ¿ahora? ¿empezar de cero ahora? No… ni de vaina. Prefiero pegarme un tiro de una vez.
– Está bien –me dijo sin poder ocultar su asombro- entonces vamos a descubrir qué te hace sentir así. Pero tienes que dejarte guiar en la terapia para poderte ayudar.
– Ok –le dije después de unos segundos de silencio.
– ¿Entonces?
– Es que… fíjate algo. Los hombres nunca nos planteamos metas emocionales, no hay nada afectivo en las metas que nos planteamos ¿y sabes por qué? Porque nunca nos enseñan a proponernos esas metas, porque nuestra tarea afectiva se limita a querer a nuestra madre y cuidar a nuestras hermanas. El resto de las mujeres son las esposas, las amantes, las tipas de los culos y las vaginas. Es así. Aunque uno se case, la fidelidad no es para la esposa, la fidelidad sigue siendo para mamá, para que ella no se sienta mal si se sabe que uno tiene una mujer fuera del matrimonio, para que ella no se sienta mal cuando uno fracasa en el matrimonio, para no tener que volver… ¡Mi vida ha sido una mierda!… Tal vez si yo me hubiese planteado una meta afectiva… ¡coño!… si yo… si yo hubiese… si, tal vez, me hubiese propuesto una meta intangible, de esas que… si yo me hubiese planteado una meta diferente… no sé, tal vez me hubiese dejado llevar por la loca … No sé. Tal vez… tal vez no. Pero treinta y nueve años ¿quién coño cambia a los treinta y nueve años?… Yo no puedo… me aterra esa vaina. De golpe vi algo que… algo… una vaina rara. Cambiar. ¡Que simple suena! ¡Cambia! ¡Plantéate nuevas metas! ¡No joda, ni que fuera tan fácil!
– ¡Pero puedes Adriano! –me dijo enérgicamente- Tú puedes cambiar lo que quieras cambiar.
 
 
Estuvimos cerca de una hora hablando de mi familia, de mi trabajo, de mi infancia, de mis relaciones afectivas y de una cantidad de cosas inútiles que me hacían sentir que estaba perdiendo el tiempo. No sentí nada, ni alegría ni tristeza ni rabia. Me bloquee por completo. Sentí como si estuviera en una de esas tantas entrevistas ridículas que me han hecho en innumerables revistas de negocios. Ni siquiera hablando de Caterina Ivanova pude sentir alguna emoción. Lo único que pude percibir fue que, de los primeros minutos de honestidad absoluta, pasé a asumir mi pose habitual. Traté de ser honesto, de dejar que fluyeran los sentimientos, pero no fluyó nada, sólo salió el Adriano Mendoza social a hablar de su vida.
 
Aunque no quise hacerlo, me di cuenta que –al igual que lo hubiese hecho en cualquier entrevista- adorné todos los hechos de los que hablaba, desde mi relación con mi familia hasta la ruptura con María Consuelo, pasando por mis relaciones laborales y de negocios. Me reía, hablaba con fluidez, esperaba la siguiente pregunta para responder… estaba metido en el show. Toqué temas muy personales, pero con la distancia y frialdad de un noticiero.
 
– ¿Cómo te sientes ahora?
– Bien –le respondí sonriendo- La verdad es que muy bien.
– ¿Qué piensas en este momento de tu idea del suicidio?
– De hecho… nada.
– Adriano, todo el mundo tiene crisis. A veces nos sentimos mal por las cosas que no podemos manejar y nos gustaría tomar acciones drásticas para corregirlas. Hay gente que tiene fantasías homicidas, que le gustaría matar a las personas que sienten culpables de sus problemas. Pero eso debe quedar en el terreno de la fantasía. Tú has estado molesto por mucho tiempo y has guardado la rabia porque asumiste que te convenía hacerlo y ahora esa rabia guardada está volviendo contra ti y tienes esa fantasía del suicidio. Esa es tu manera de lidiar con lo que te molesta, que en realidad no son los demás, eres tú mismo.
– ¿Cómo así?
– Tú estás molesto contigo mismo porque no has tomado ninguna acción para salir del entorno que tú sientes que te está dañando. Exteriorizas una molestia contra el mundo. Me dices que estás harto y culpas a la gente, al país, cuando en verdad tú estás harto de no tomar decisiones por tu bien, para tu bienestar.
– Ajá –asentí para seguirle la corriente, aunque me provocaba insultarlo y salir de ahí.
– Es cierto que la situación del país parece insoportable y que la decisión de emigrar puede ser muy pesada para ti. Pero este país tiene cosas maravillosas y tú te estás enfocando sólo en lo malo para evadir tu inconformidad contigo mismo, porque no son los demás, eres tú. Tú puedes cambiar tu enfoque y pensar en las cosas positivas de vivir aquí, en el calor de la gente, en el clima, en los amigos. Incluso, como tú mismo lo dices, aquí tienes todos tus contactos y, además, este es un país por construir y hay muchas oportunidades de crecimiento…
– Sí, sí –lo interrumpí antes de decirle que todo eso era mierda- Tienes razón. Creo que es justo eso lo que necesito, pensar positivo.
– Pero pensar positivo y actuar positivo Adriano. La respuesta está en ti. Perdónate y sigue adelante. Date una oportunidad. Tienes que reconciliarte contigo mismo. Descubrir qué es lo que te hace estar tan molesto contigo como para pensar con esa frialdad en el suicidio, para planificarlo con un año de antelación, como buscando reunir todas las razones que refuercen un momento de crisis que ha podido ser sólo eso, pero tú lo convertiste en un problema real.
– Oye Alejandro, de verdad te agradezco estas dos horas. ¡Gracias hermano! –le dije levantándome de la silla y apretándole el hombro- Voy a hacer lo que me dijiste.
– De nada –se levantó sonriendo satisfecho- Cuando quieras estoy a la orden y, si quieres empezar una terapia, te puedo referir a algún colega.
– ¡No, no te preocupes! No es necesario. Ya tú me ayudaste bastante.
 
Al salir de la oficina de ese tarado, caminé por los pasillos de la UCAB y saludé a cuanto carajito huevón me reconocía y me sonreía a modo de saludo. Seguramente serían estudiantes de administración o economía, aunque también soy popular entre los estudiantes de ingeniería, no sé por qué. Bajé al cafetín y tuve que hacer una cola para comprar el ticket, esperar a que el tipo que prepara el café le diera la gana atenderme y caminar hasta una mesa, tratando de no derramar el café, para sentarme tranquilo.
 
¡Qué fácil es decirle a los demás cuál es su problema! Y si soy yo, si fuera cierto que en el fondo sólo estoy molesto conmigo mismo… ¡Pues al carajo! Me suicido y se acabó la molestia. No sé para qué vine. De la duda del sábado pasé a una certeza absoluta acerca del suicidio. Pero no me gusta la palabra suicidio, prefiero decir “volarme los sesos”. Se acabó, está decidido, me vuelo los sesos. Ni Caterina Ivanova ni nadie va a decidir mi destino. Nadie me va a hacer cambiar de idea. ¿Desde cuándo yo titubeo por una mujer? Le he estado dando demasiada importancia a Caterina Ivanova. Me parece que tal vez, en el fondo, lo que en pasa es que estoy tratando de usarla como tabla de salvación de algo que en realidad no quiero salvar.
 
Saludé a un trío de tontos estudiantes de los últimos semestres de administración que se acercaron a mi mesa a conocerme en persona. Tuve que escucharles sus puntos de vista de las conferencias que yo he dado y, además, responderles algunas preguntas idiotas acerca de qué pienso yo de tal o cual tema. Se fueron contentos, cual adolescente que acaba de conocer a su cantante favorito. Pobres tontos… no sé qué esperan lograr acercándose a mí. Tal vez creen que van a tener la oportunidad de trabajar para mí o esperan que algún día los recomiende para un trabajo. Parece que ignoran que a mí se me van a olvidar sus caras en menos de cinco minutos.
 
Salí del estacionamiento y agarré una cola infernal desde Montalbán hasta Campo Alegre. No sólo perdí dos horas en la oficina del psicólogo mantenido, sino que además perdí hora y media metido en el tráfico. Menos mal que ese huevón se casó con una tipa que lo mantiene, porque si tuviera que mantener él a su familia trabajando como psicólogo, mataría de hambre a sus hijos. Por eso es que él es feliz asumiendo el rol de esposa en su casa, porque como profesional no sirve para nada. Espero que sea mejor sacando el moho del baño.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XI. CAPÍTULO XXXIV.