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Jan
27
2017

Santificado sea tu nombre.

Hay dos componentes esenciales en la vida de fe: la oración y la lectura de la palabra de Dios. Ambos están estrechamente vinculados, al punto que no es posible tener una relación verdadera con Dios si faltara uno de ellos.

Jesús, siendo Dios rebajado a la condición de hombre, oraba constantemente. ¡Cuánto más nosotros, que somos polvo de la tierra, necesitaremos de la oración para estrechar la relación con nuestro creador!

En un artículo anterior (Padre Nuestro, que estás en los cielos) comenzamos un estudio sobre la oración que nos enseñó Jesús. No sobra recordar que todo lo que dijo Jesús, todo lo que hizo y enseñó, forma parte de un plan elaborado desde antes de la creación del mundo (Efesios 1:4; 1 Pedro 1:20) y todo había sido anunciado por medio de los profetas (Hebreos 1:1-2). De manera que lo que leemos en el nuevo Testamento, corresponde al cumplimiento de la palabra dada por Dios en lo que conocemos como Antiguo Testamento.

En las siguientes líneas trataremos de dilucidar qué le estamos diciendo a Dios cuando pronunciamos las palabras Santificado sea tu nombre.

Recordemos que estamos dirigiéndonos al Dios omnipotente, absoluto, aquel a quien ni siquiera el cielo de los cielos puede contenerlo (1 Reyes 8:27), pero gracias a la obra que Jesús hizo en la cruz, nosotros podemos llamarlo Padre. Y luego de llamar Padre, a ese Dios todo poderoso le estamos diciendo “santificado sea tu nombre”… ¿Qué le estamos diciendo realmente?

En algunas traducciones se lee “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”, en otras solamente “Padre, santificado sea tu nombre”. Incluso, la traducción más literal del griego dice “padre, sea santificado el nombre de ti”. De aquí se derivan muchas preguntas ¿Qué significa santificar? ¿Cómo se santifica el nombre de Dios? ¿Quién santifica el nombre de Dios?

Debido al alcance de este material, no nos es posible ser exhaustivos en el estudio, pero trataremos de dejar abierto el apetito por conocer más de la profundidad de la Palabra de Dios y que cada uno busque, dentro de la misma palabra de Dios, ampliar este estudio.

En Éxodo 29:43-46, cuando Dios termina de dar especificaciones sobre asuntos que se llevarán a cabo dentro del tabernáculo, es decir, en el lugar donde se reunirá con su pueblo, dice “Allí me reuniré con los hijos de Israel; y el lugar será santificado con mi gloria. 44. Y santificaré el tabernáculo de reunión y el altar; santificaré asimismo a Aarón y a sus hijos, para que sean mis sacerdotes. 45. Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. 46. Y conocerán que yo soy Jehová su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto, para habitar en medio de ellos. Yo Jehová su Dios.”

Dios, con su sola presencia, santifica el lugar y todo lo que hay allí, y lo hace con un propósito. A Aarón y a sus hijos, para que sean sus sacerdotes (v.44) y entonces habitará entre ellos y será su Dios.

Más adelante, Dios da instrucciones para la preparación de un aceite con el cual se untarán ciertos elementos que han sido destinados para cumplir un propósito en su plan. “(…) harás de ello aceite de la santa unción (…) ungirás el tabernáculo (…), el arca (…), la mesa, (…) el altar (…). Así los consagrarás, y serán cosas santísimas, todo lo que tocare en ellos será santificado” (Éxodo 30:25-30)

El autor de la carta a los Hebreos habla del propósito de la ley que Dios dio por medio de Moisés y explica que se trata de una sombra de lo que habría de venir y luego añade que, al entrar al mundo, el Señor dice “Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo.(…) He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:5;7). En esa voluntad que Jesús cumplió, explica el autor de la carta, “somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre (…) porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” (Hebreos 10:10; 14)

De lo anterior podemos extraer lo siguiente, pareciera que santificar es apartar, separar algo del montón para que cumpla un propósito, hacerlo santo; es decir, lo santificado tiene una finalidad especial para la obra de Dios.

Ahora bien, si Dios es quien santifica ¿qué quiere decir Santificado sea tu nombre?

El profeta Ezequiel escribió las palabras que escuchó de Dios “(…) cuando los israelitas habitaban en su propia tierra, ellos mismos la contaminaron con su conducta y sus acciones. (…) 18. Por eso, por haber derramado tanta sangre sobre la tierra y por haberla contaminado con sus ídolos, desaté mi furor contra ellos. 19. Los dispersé entre las naciones, y quedaron esparcidos entre diversos pueblos. Los juzgué según su conducta y sus acciones. 20. Pero al llegar a las distintas naciones, ellos profanaban mi santo nombre, pues se decía de ellos: Son el pueblo del Señor, pero han tenido que abandonar su tierra.” (Ezequiel 36:17-20)

Más adelante agrega: “Por tanto, di a la casa de Israel: Así ha dicho Jehová el Señor: No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual profanasteis vosotros entre las naciones adonde habéis llegado. Y santificaré mi grande nombre, profanado entre las naciones, el cual profanasteis vosotros en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, dice Jehová el Señor, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos.” (Ezequiel 36:22-23)

Hagamos un breve recuento de lo que había sucedido antes de estas palabras. El primer mandamiento que Dios da a su pueblo es “no tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3) y los israelitas desobedecieron. Entonces fueron castigados y esparcidos a otras naciones, donde –en lugar de arrepentirse y volverse a Dios- fue tan malo su comportamiento que los habitantes de esas tierras se burlaban de ellos. Es como cuando nosotros fallamos y la gente se pregunta ¿Estos son los cristianos? ¿Estos son los que se hacen llamar hijos de Dios? Nosotros profanamos el nombre de Dios y Dios es quien santifica su nombre.

Ahora, nos preguntamos ¿Cuáles son las acciones concretas que se llevan a cabo para que se santifique el nombre de Dios?

Nuevamente, la respuesta se encuentra en la Biblia, en este caso, lo dice el mismo profeta:
“25. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. 26. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. 27. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:25-27)

Lo primero que hace Dios es limpiarnos “esparcir agua limpia” para limpiarnos de todas nuestras inmundicias y nuestros ídolos. ¿Y eso qué significa?

Recordemos que Jesús, hablando con sus discípulos, les dice “Ustedes ya están limpios por la palabra que les he hablado” (Juan 15:3); entonces, la palabra de Jesús limpia. Por su parte, Pablo le dice a la iglesia de Éfeso que Jesús se dio a sí mismo por la iglesia “para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra” (Efesios 5:26).

La palabra de Jesús, que es palabra de Dios, nos lava y nos limpia de nuestras inmundicias. Es fundamental precisar que esas inmundicias no son nuestros pecado, porque el pecado se lava con la sangre de Cristo. Pero resulta que cuando nosotros nos acercamos a Jesús, lo hacemos con nuestros criterios, con nuestros pensamientos, enseñanzas, paradigmas… y no pocas veces ocurre que la justicia de Dios no nos parece justa, a la luz de nuestro conocimiento. No nos gusta que no existan escalas para los pecados, que todos seamos igualmente pecadores, lo mismo el asesino que aquel que sólo dice mentiritas blancas.

Nosotros creemos muchas cosas que chocan con la palabra de Dios, por eso Dios –si lo permitimos- nos limpiará con su palabra y derribará todo ídolo que se haya levantado en nuestro corazón. O, en palabras de Pablo “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, 5. derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4-5)

Luego de limpiarnos con su palabra, Dios continúa santificando su nombre, al quitar nuestro corazón de piedra y cambiarlo por un corazón nuevo, un corazón de carne. ¿Cómo podríamos perdonar al que nos lastima con nuestro corazón viejo? ¿Cómo podríamos orar por nuestros enemigos, poner la otra mejilla, amar al que nos aborrece… con el corazón de piedra?

Finalmente, Dios pone su Espíritu en nosotros y todo esto lo hace para santificar su nombre, con un propósito “(…) haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:27)

Cuando oramos el Padre Nuestro, estamos hablándole a Dios como hijos y, como bien le dijo Pablo a los romanos “(…) todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 17. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.” (Romanos 10:14-17)

Al pronunciar la oración que Jesús nos enseñó, estamos reconociéndonos como hijos adoptivos del Dios absoluto y si le decimos ‘Santificado sea tu nombre’, le estamos pidiendo al Dios todopoderoso que nos transforme, que nos limpie con su palabra, que derribe los ídolos que hay en nosotros, que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo para que podamos poner en obra sus mandamientos y servir al Dios vivo.

“Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17)