Y es que él es tan Vivaldi y Yo tan Beethoven. Debí suponer desde el principio que no era buena idea, pero como me he convencido de lo mucho que he cambiado, comienzo a creer que soy capaz de tolerar más de lo que realmente tolero.

Él que ama a los gatos y a mí que me hacen estornudar al rato. Yo que amo a los perros y a él que le parecen tan dependientes. A él le gusta madrugar, Yo amo trasnochar. Ama los días soleados, a mí me encantan las tardes grises y las noches oscuras.

Él es tan luz, tan sonrisa, tan amabilidad natural… Yo soy tan oscuridad, tan cara de culo, tan ‘déjame ir poco a poco para ver si puedo ser naturalmente amable’.

Y sin embargo, cuando lo conocí, lo más importante para mí fue su intelecto, luego su espíritu.  ¡Sí, es un tío de esos que ama a Dios por sobre todas las cosas! ¡Y vive su fe! Entonces pensé que quizá valdría la pena olfatearlo un poco más y dejar que me olfateara. Pensé que podría ser el compañero ideal para lo que quede de camino… y traté de tolerar esos detalles molestos, pues al final Yo también tengo mis ‘detallitos’.

Sin embargo, siendo una megalómana en proceso de transformación ¡se me hace tan difícil soportar la vanidad! Cuando veo esos destellos de neurosis narcisista salir a flote, siento unas incontenibles ganas de salir corriendo… pero me detuve, porque si Dios me ha dado a mí la oportunidad del perdón pese a mi arrogancia y mi soberbia ¿quién soy Yo para negársela a otra persona?

Y resulta que Yo soy La Pedroza y fallo… fallo miserablemente y huyo… no resistí su vanidad. Hubiera podido aguantar el fucking gato, hubiera podido despertarme de madrugada con los conciertos para Oboe y clarinete de Vivaldi, incluso hubiera sido capaz de plancharle una camisa, de prepararle el desayuno… Pero aquí estoy, haciendo mi versión de selfie después de tomar una decisión que sabe a zumo de limón.

Adriana Pedroza Ardila.

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