Esta era la situación en el año 2011.  Quizá nunca llegamos a imaginarnos el grado de de admiración e indignación que sentiríamos apenas tres años después.  Admiración por los estudiantes, por los jóvenes que cargaron sobre sus hombros el peso de una democracia que no conocieron.  Indignación por los asesinatos de decenas de ellos en manos de una dictadura criminal y una sociedad internacional cómplice.  No puedo negar la tristeza que me produce releer El venezolano feo, porque me hace pensar en las tantas veces que estuvimos cerca… ¡tan cerca!

“¿Quiénes somos? ¡Estudiantes!  ¿Qué queremos? ¡Libertad!”

Los estudiantes, ese siempre importante sector de las sociedades, propulsores de cambios a través de la historia contemporánea de Venezuela y de muchas otras naciones del mundo, estuvieron desaparecidos por largo tiempo.  Eclipsados, quizá, por las sombras de los líderes de partidos políticos, no manifestaban señales de vida, pero tras el cierre de RCTV y las amenazas que se cernieron sobre la autonomía universitaria, el sector estudiantil venezolano despertó de su letargo y se hizo sentir como en sus mejores años de lucha democrática.

La sociedad civil, hasta entonces desorganizada, se unió nuevamente, esta vez en torno al impulso del cambio liderado por chicos de franela y jeans, de colas de caballo, morrales y cuadernos de espiral.

Más allá del clamor común por la aparición milagrosa de un líder, el sector estudiantil, desde futuros bachilleres a universitarios, se adjudicaron el liderazgo al que todos temían y por el que todos imploraban.  Surgió, no uno, sino varios líderes, todo un puñado de ellos.  No esperaron por nadie, no pidieron permiso para actuar, no se paralizaron pensando en los políticos de los partidos ni en los obstáculos que eventualmente encontrarían dentro de la misma oposición.  Lo hicieron, lideraron un movimiento social donde había una agenda clara y un mapa de acciones que les llevaría a la consecución de sus objetivos.  Los estudiantes no se quedaron paralizados, como el resto de la oposición fea,  a la espera de un Mesías que cambiara la realidad del país, ellos mismos fueron la fuente del liderazgo, no culparon a los errores del pasado, ni a los políticos, al gobierno o a la mala suerte; simplemente asumieron el rol protagónico que estaba vacante.

Tomaron las calles, se hicieron sentir, pero no molestaron.  Cuando los otros ciudadanos comenzaron a manifestar su molestia por las trancas que formaban, dejaron de trancar las calles, tomaban un solo canal o aprovechaban los semáforos para hacer llegar sus mensajes en pancartas.  Idearon mecanismos de protesta efectivos, sin atropellar los derechos de los demás.  Así, entre otras cosas, se evitaban la molestia de tener que corretearle a la Guardia Nacional o a la Policía Bolivariana.  Ellos aprendieron rápido, los demás pasamos un par de años aspirando gases tóxicos y corriendo lo más rápido que nos daban las piernas para no ser agarrados a palos por los uniformados…

Sin embargo, se acercaban, peligrosamente, las vacaciones y la Copa América 2007 que sería celebrada en Venezuela.  Ambos acontecimientos amenazaban la continuidad de la lucha estudiantil.  Los más escépticos, y me incluyo, los que no teníamos fe en nada, pensamos que hasta ahí llegaba el movimiento estudiantil.  Ya protestaron, ya tragaron lacrimógenas, ya salieron en televisión, se acabó, ahora a ver los partidos de fútbol y a prepararse para las vacaciones en Cuyagua, Choroní o cualquier sitio de playa.

Para sorpresa de nosotros los pesimistas, del oficialismo y de la nación en general, ni la Copa América ni las vacaciones estudiantiles afectaron la continuidad de lucha estudiantil.  Con las palmas de las manos pintadas de blanco, en señal de paz, para no ser agredidos por los cuerpos de seguridad del estado, los estudiantes se convirtieron en la demostración viva de lo bonito de los venezolanos.  Sin desmedro del monto de la matrícula que pudieran pagar o del medio de transporte en el que llegaban, porque en la misma acera estaban estudiantes de universidades públicas y otros de las más costosas universidades privadas, el estudiantado nacional estaba liderando el movimiento de cambio.

Así, salió lo bonito de los venezolanos.  Había un objetivo claro, preciso y alcanzable, impedir la reforma a la Constitución Nacional.  Esta vez no habría errores, porque los estudiantes organizados se plantearon los escenarios posibles y se diseñaron estrategias democráticas aplicables a las posibles eventualidades, léase, intentos de fraude.

Previo a la consulta electoral de diciembre de 2007, se habían probado todas las fórmulas posibles: presencia masiva en las urnas, candidatura única, abstención, etc.  Luego de cada derrota salía el venezolano feo y decía que esa estrategia había sido un error, o bien porque yendo a votar le estábamos haciendo el juego a Chávez, bien porque con la abstención lo que hicimos fue regalarle la Asamblea Nacional al chavismo. No obstante, faltaba una fórmula por probar y los estudiantes se encargaron de hacerlo: Organización Civil.

Funcionó. El objetivo planteado se logró y la Constitución no fue cambiada, Venezuela, gracias al concierto dirigido por el sector estudiantil, no tuvo una Carta Magna socialista en el 2007, no bailó al son cubano.

Lo que sigue es tarea de todos.

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.