¡El pueblo, arrecho, reclama sus derechos!

Me permito aclarar para los no venezolanos, así decía uno de los gritos de guerra usados por los opositores al gobierno en las marchas.  Si usted está muy preocupado porque su país puede terminar cometiendo suicidio democrático y correr la misma suerte que le “tocó” a los venezolanos, lo invito de nuevo para que conozca cuál fue el camino recorrido que los llevó a donde están.

En una serie de encuestas conducidas por Alfredo Keller & Asociados, en el periodo comprendido entre 1989 y 2006, las tres cuartas partes de los venezolanos encuestados  afirmaban, entre otras cosas, que Venezuela es uno de los países más ricos del mundo, que el papel del gobierno es distribuir esa riqueza de forma justa, que no se habían recibido los beneficios de esa riqueza y que la culpa era de los gobiernos anteriores.  Finalmente, una frase encantadora que encierra el imaginario social del venezolano “seremos ricos de nuevo si se elimina la corrupción”.

Sin lugar a dudas, el tema de la corrupción fue fundamental el 3 de diciembre de 1998, cuando los venezolanos votaron por Hugo Rafael Chávez Frías, el vengador que prometió acabar con la corrupción. Casi diez años más tarde, y ante la clara imagen de ser uno de los gobiernos más corruptos de la historia venezolana (si no el más corrupto), el gobierno bolivariano sigue contando con un inmenso apoyo popular, aunque la oposición se empeñe en sostener la hipótesis de que los chavistas son minoría.  Tesis contradictoria si la comparamos con los resultados de referéndum consultivo para la reforma de la Constitución, donde la abstención superó el 40% y los sectores de oposición afirman que quienes no votaron fueron los chavistas.  De ser cierto, el chavismo es mayoría arrasadora en Venezuela y estamos jodidos.

Entonces, la corrupción no es el problema, lo que realmente le interesa al venezolano es que se le entregue, de cualquier manera, la parte de la riqueza que siente que le toca o, por lo menos, que lo dejen aprovechar las oportunidades para “ganarse” esos barriles de petróleo que le corresponden por herencia.

El venezolano promedio es un ciudadano inmaduro, reactivo.  Pasa con una facilidad impresionante de la pasividad exasperante a explosiones exageradamente pasionales.  El venezolano feo, ese que lleva su Chávez interno, se asemeja al tipo psicológico de Lorena Bobbitt, un caso policial que en los noventa estremeció al mundo. Una mujer agredida físicamente y abusada sexualmente por su marido, que un día cualquiera –después de que éste llegara borracho a casa, la golpeara y la violara- se rebela y le cercena el pene, o parte de él.  Sale de la casa, falo en mano, toma el auto y, a pocos metros de su hogar, arroja el miembro en cuestión por la ventanilla para deshacerse de la prueba del delito; vaga por la noche pensando qué hacer hasta que finalmente decide entregarse a la policía.

Revisemos los hechos: Ella no se separa del marido cuando puede hacerlo, cuando la violencia comienza a manifestarse en la relación; no demanda al hombre por los constantes abusos a los que era sometida, no solicita ayuda ni protección por parte de las autoridades.  Simplemente, a causa de la acumulación de emociones, un día explota y reacciona de forma violenta ante los constantes abusos que venía sufriendo, le corta el miembro al marido, lo tira en la vía pública y luego le dice a las autoridades dónde buscar el pene del abusador para que se lo vuelvan a poner en su sitio.  Según supe, el marido terminó haciendo películas para adultos y, de Lorena Bobbitt no se volvió a saber nada.

Durante años, en Venezuela, se ha formado un mito acerca de la exigencia de respeto a los derechos de las personas, sean consumidores, hijos, padres, mujeres, obreros o vecinos.  Demandar respeto a los derechos fundamentales del grupo al que se pertenece es –por lo menos- absurdo, porque en Venezuela se parte de un principio comúnmente aceptado: nadie le va a prestar atención a las exigencias de una persona, lo mismo que sienten las mujeres psicológicamente abusadas “a nadie le importa mi problema, nadie va a hacer nada”.  Entonces, en Venezuela no se exigen derechos; en Venezuela se acumula suficiente ira, impotencia y frustración como para armar una escena digna de “llamen a seguridad”. Y no importa cuánta razón tenga quien reclama airadamente la violación de sus derechos, no importa que todos los que lo rodeen estén en la misma situación, aunque sin el aditivo de la ira y la frustración.  Cuando una persona reclama respeto a sus derechos, los presentes mirarán con desprecio al desesperado, en una actitud tipo: “que horror, la gente si es maleducada… o sea, por qué las groserías”

Ejemplo de ello se observa, a modo ilustrativo, en las interminables filas de los bancos.  Mientras usted espera pacientemente ser atendido, los cajeros hacen largos recesos para ponerse al día con los chismes de la agencia, tomarse un café o realizar una operación que viene de la gerencia para un cliente que no está presente, pero es más importante que usted y los otros cincuenta mortales que esperan ser atendidos algún día, como usted.  Pocas veces ocurre que los presentes van a la oficina del gerente a solicitar mejor atención o decirle que los cajeros no están atendiendo al público. Lo que realmente ocurre es que uno o dos “alborotadores” van a explotar e insultar a los cajeros.  Escena típica de un día de cobro, digamos que nuestro cajero hipotético es desafiado cuando se retira por tercera vez de la ventanilla y uno de los presentes pierde la paciencia y arremete con todo, lanzando una frase más o menos así “¿entonces coñuetumadre, te vas a volver a parar?”.  El cajero, sorprendido, tratará de responder al agravio del cliente y le responderá “bueno señor, vamos a respetarnos”.  En ese preciso instante se divide la arena, algunos que estallan y le piden al cajero que respete a los clientes, mientras otro grupo de clientes observarán indignados, y murmurarán entre ellos, acerca de lo innecesario de esa acción.  Claro que puede ocurrir que el reclamo tenga eco en el público y otros más se sumen a la protesta y logren que los cajeros hagan su trabajo.  Seguramente usted es una persona decente, incapaz de armar un alboroto público en una agencia bancaria; pero pregúntese ¿cuántas veces ha callado ante el abuso de personas e instituciones a su persona? ¿cuántas más lo ha hecho cuando sabe que se comete una injusticia contra otro?

El venezolano aguanta calladito, pero cuando explota es capaz de cercenarle el pene a quien tenga al frente.  Fíjese en las típicas trancas caraqueñas de hora pico que terminan amenizadas por una golpiza entre dos conductores, porque uno de ellos trataba de adelantarse irrespetando las reglas del juego limpio y el otro, encabronado porque otros cuantos abusadores se le habían metido, decidió que esta vez no cede el paso, colisionan y se bajan de los carros listos para drenar todas sus rabias y frustraciones en la humanidad del adversario.  A veces se queda en gritos en insultos de carro a carro, otras veces pasa a mayores y alguien termina seriamente lesionado, pero si nadie va preso o al hospital, al día siguiente ocurrirá lo mismo.

El venezolano tiende a asociar exigir respeto a sus derechos con pelear.  Reclamar, en el lenguaje de facto del venezolano, es gritar, agitar las manos, advertir, amenazar… en síntesis, y expresado en el más puro lenguaje popular, reclamar significa “armar un peo”.  Por esto es que el reclamo en Venezuela está tan mal posicionado en el ideario social, porque la gente que reclama es burda, grosera, alborotadora, y nadie quiere andar con una persona que va a estar reclamando porque no lo tratan bien.

Si a usted lo maltrata el mesonero del restaurante de moda y pretende reclamar su derecho a ser bien atendido, es muy probable que su esposa o madre le diga “no te vayas poner a pelear, simplemente la próxima vez vamos para otra parte”.  Porque reclamar es grotesco, es mejor evadir.  El venezolano feo no entiende que puede reclamar algo estando sereno, sin hiperventilar, sin gritar, incluso con una sonrisa.

No es de extrañar que en Venezuela, durante muchos años de abusos gubernamentales, los venezolanos callaran y eventualmente explotaran, siendo de esas explosiones tipo fuegos artificiales, momentáneas, fugaces, insignificantes.  La realidad política de Venezuela no es más que el reflejo de la conducta cotidiana del venezolano. La jodedera y la evasión aderezada con eventuales arranques violentos de ira.

En la vida cotidiana, el venezolano feo se aguanta todo hasta que explota y agrede física o verbalmente a quien siente su agresor.  En la vida política, aguanta todo hasta que explota y sale a la calle a tirar piedras, quemar cauchos, hacer grafitis o trancar las vías públicas.  Pero, como en la vida cotidiana, después se le pasa y todo se limita a rumiar su desencuentro con la realidad.

Existen mecanismos que la sociedad civil organizada ha desarrollado para canalizar los reclamos de las comunidades: las asambleas de ciudadanos, las juntas de condominio, los consejos comunales, etc., son algunos de estos mecanismos.  Sin embargo, el buen funcionamiento de una organización vecinal requiere de la participación de la comunidad y allí es donde aparece el pero.

A veces parece que es genéticamente imposible que los venezolanos se tomen algo en serio por un periodo largo.  Cuando comienza una actividad social que requiere de formalidad colectiva para lograr un objetivo, no son muchas las personas que se animan a entrar al juego.

¿Cuántas personas pueden decir que han participado en los eventos políticos organizados en su comunidad?  Y con política no me refiero a actividades divididas entre chavistas y opositores, sino a reuniones comunitarias donde se busca fijar una posición para la solución de un problema que afecte por igual a todos los vecinos.  Sea inseguridad, basura, calles en mal estado, botes de aguas, los vecinos deben reunirse para solicitar a la alcaldía una salida al problema, necesitan coordinar acciones comunes. Pocas son las personas que van a dar la cara, porque tienen cosas que hacer, porque llegan tarde del trabajo, porque tienen que atender a los hijos, porque siempre hay una razón que justifique la falta de participación del venezolano en actos cívicos.

Digamos que a la primera reunión, si el tema es muy álgido, asisten la mitad de los vecinos; estoy más que segura que el quórum en la cuarta reunión no llegará a ser el 10% de la primera y quizá la mayoría de quienes participan estén pensando en cualquier otra cosa, como hacer nuevos amigos, invitar a salir a la vecina que no conocían o tener una excusa para no llegar a casa.  Ese es el comportamiento en el entorno inmediato, probablemente cuando los vecinos del barrio decidan cerrar una calle y obstaculizar el tráfico para llamar la atención de las autoridades, se unan unos cuantos jodedores que nunca han ido a una reunión y arman el bochinche frente a las cámaras de los noticieros que se presentarán para cubrir la noticia.  Esa es la parte de la que todos nos enteramos, cuando viendo el noticiero de la noche observamos a un barrio unido trancando una vía principal.  Si hay policías, si la situación se pone álgida, más vecinos jodedores se unirán para hacer parecer que el barrio está unido.  Pero a todo lo que antecede la jodedera, el venezolano feo no va.

En mi experiencia, he tenido la oportunidad de participar en diferentes actividades políticas, desde encuentros con personas nobles que visitaban barrios pobres para dar clases o llevar comida, hasta ser miembro de la comisión electoral que organizó las elecciones del Consejo Comunal Prado Humboldt.  Desde ensuciarme los zapatos subiendo cerro (y no precisamente El Ávila) hasta aplanarme las nalgas en reuniones para unas elecciones, puedo dar fe que el venezolano tiene un problema serio para concluir las actividades que comienza.

Al principio, cuando se propone la idea y dependiendo qué tan carismático es quien la propone, mucha gente se entusiasma y participa.  Con el transcurso del tiempo, y no es mucho el tiempo que debe transcurrir, la gente se aburre, comienza a buscar excusas para no cumplir el compromiso adquirido, explica, con toda la teatralidad característica de los nativos de esta tierra de gracia, que no tiene tiempo, que ya tiene demasiadas obligaciones, que necesita tiempo de esparcimiento o, peor aún, que con “eso” no se va a lograr nada.

En los años que tuve el honor de participar en todo lo que pude, me di cuenta que hay dos tipos de personas en Venezuela: los que piensan y buscan agotar todos los recursos constitucionalmente establecidos para la solución de los problemas y los que no participan en nada que implique pensar, pero inmediatamente se agotan las vías legales y se hace necesario optar por caminos menos  pacíficos ¡ahí aparecen los adolescentes mentales listos para armar el caos!  Esos, los que están listos para trancar el tráfico, tirar piedras y botellas, quemar llantas y salir gritando en los noticieros “basta ya, queremos democracia” o slogans por el estilo… usualmente no estuvieron en la mesa de análisis de estrategias, estaban ocupados, sus múltiples obligaciones no le permitieron asistir o, simplemente están  convencidos de que todo eso es una pérdida de tiempo, al fin y al cabo creen que en Venezuela lo que viene es “plomo parejo” y a eso están jugando.

¡Oh, perdón!  Hice omisión de una de las peores aberraciones en la tipología del venezolano en la política: el que no participa en nada, absolutamente nada, porque no cree que nada vaya a resultar, porque cree que todo es una pérdida de tiempo, porque no va a arriesgarse por nada; pero eso sí, se queja porque nada funciona, ni el gobierno ni la oposición.  Se hacen llamar Ni-Ni (ni Chávez ni la oposición) y culpan de todos los males del país a… básicamente todo el mundo.  No votan, o votan nulo.  Nadie los convence, ergo, creen que alguien los tiene que convencer, están esperando ser convencidos, seducidos, deseados.  En el fondo a estas personas, que viven diciendo frases como “esto se lo llevó quien lo trajo”, les importa poco o nada el destino del país, por eso no salen de su convencimiento de la inutilidad de todo.

Nosotros, los que no sabemos quién lo trajo pero esperamos que no se lo lleve todavía, buscamos explorar y explotar todas las vías conocidas y si es necesario crear nuevas vías para, por lo menos, tener la conciencia tranquila y saber que hicimos lo posible para superar la crisis de forma pacífica.  Y Yo, aunque he perdido la fe en las soluciones pacíficas y democráticas a este conflicto, de vez en cuando siento una oleada de esperanza cuando me hago consciente de toda la labor que diferentes grupos de activistas, en diferentes áreas del quehacer político, económico y social, están llevando a cabo en el país.

Sí, lo admito, Yo, la cínica, a veces he llegado a creer…

 

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.