¿Le molesta que los pobres vendan su voto por una bolsa de comida? ¿Le ofende que a “esa gente” no le importe el país que le está dejando a sus hijo? ¡A quién no!  Pero ¿alguna vez se ha detenido a pensar porqué los pobres actúan de la forma que lo hacen?  Antes de crucificarlos, venga y entiéndalos un poquito más y piense cuánto puede ayudar usted.

El problema son los pobres.

Eventualmente, por no decir frecuentemente, uno se encuentra con personas cuyo comportamiento dista mucho del comportamiento asociado a lo que conocemos como “sentido común”, que podría esperarse en determinada situación.  Muchos empresarios, sin importar el tamaño de sus empresas, amas de casa que tienen empleada de servicio o jardinero, gerentes de oficinas, estudiantes, cualquier venezolano, se ha enfrentado al muro insondable que supone la mentalidad de los pobres.

Digamos que es un empresario que está interesado por la superación de sus empleados y les propone trabajar bajo el esquema de comisiones en lugar de pagarles salario mínimo.  El tipo le saca la cuenta para demostrarle que ganaría más, se parte el cráneo para hacerle entender que un poco más de esfuerzo le retornará mejores ingresos, pero el pedazo de bruto del empleado no lo entiende, porque es un tarado que no piensa como una persona normal.

Ni hablar de esa ama de casa tan preocupada por las cosas sociales y trata desesperadamente de convencer a la mujer de servicio que no se deje preñar del nuevo marido que tiene, o del gerente de esa agencia bancaria de la esquina que habla con el motorizado de la oficina, que es medio inteligente, con la esperanza de que podrá hacerle entrar en razón para que deje de gastar el sueldo en ropa de marca y se ponga a estudiar para echar pa’lante.  Rápidamente tiran la toalla porque la cachifa a los dos meses le llega con una barriga y el motorizado, que pidió un préstamo para inscribirse en un instituto tecnológico, abandonó al mes porque esos profesores joden mucho.

Los destello de compromiso social del venezolano promedio, de ese que se cree que está haciendo una labor titánica para cambiar el país, duran lo mismo que una flatulencia, un ratito y no más. No se puede negar la buena voluntad de esos personajes caricaturescos que viven hablando con los pobres para que entiendan lo que es bueno, convenciéndolos de que han llevado su vida del modo equivocado, que ellos saben lo que les conviene. Pero chocan inevitablemente con el muro de los paradigmas de “esa gente” que no piensa.  ¡Porque también los pobres son una vaina seria!  Además de que eligen mal a los presidentes, porque esa cuerda de marginales son los que han votado en masa para elegir a la partida de ineptos y corruptos que han gobernado este país, tampoco escuchan, no piensan, actúan como animales… ¿Alguna vez a escuchado esas palabras?  ¿No las habrá dicho usted mismo?

El problema es que nosotros, la clase media, no nos hemos preocupado por entender las razones que llevan a los pobres a pensar como piensan. El problema es que no terminamos de entender que el punto de partida del análisis de “esa gente” es muy diferente al nuestro y el mayor de los problemas es que “ellos” son mayoría y mientras no comprendamos sus razones no vamos a lograr ese supuesto cambio que todos queremos para el país.

Uno de los elementos fundamentales que debemos tener en cuenta para entender al prójimo que representa, digamos, el 80% de la población venezolana, es que su esperanza de vida es muy diferente a la nuestra. Nosotros pensamos que vamos a vivir, por lo menos, 75 años, si  primero no nos mata un malandro o nos da un infarto por todo el estrés al que estamos sometidos. Ellos, los pobres, se mueren más que los no pobres.  Las condiciones de vida en que se da el desarrollo de quienes se encuentran por debajo de la línea de la pobreza contribuyen a las altas tasas de mortalidad y morbilidad.  Aunque no tengo cifras exactas, porque las estadísticas han desaparecido en Venezuela, sé que el índice de mortalidad neonatal de los niños que nacen en familias en condiciones de pobreza es significativamente mayor al de los bebés nacidos en hogares de clase media y alta.  Lo mismo ocurre con la mortalidad infantil en los cinco primeros años de vida.  Los niños pobres se mueren por disentería, por deshidratación, por gripes que se complican y terminan en neumonías.  Pero además tienen una probabilidad mucho mayor que la nuestra de morir por una bala perdida en medio de un enfrentamiento entre la policía y los delincuentes, o los típicos enfrentamientos de bandas de los barrios.

Hace años le comentaba a unos amigos lo mucho que me molestaba que los pobres tuvieran tantos hijos, porque mientras una mujer de clase media tiene de uno a tres hijos, las mujeres pobres tienen cinco o más, usualmente de padres diferentes.  Yo tenía varias hipótesis para explicar este hecho visible, pero dos de los presentes, un sociólogo y un antropólogo, me explicaban la existencia de un factor psicológico que consideraban determinante y, sorpresivamente, guarda estrecha relación con las probabilidades de disfrute de los hijos en la fase adulta. Resulta que, inconscientemente, esas mujeres manejan los siguientes números: un hijo se le va a morir antes de cumplir el año, otro en la edad escolar, muy probablemente a otro lo mate una bala perdida en un tiroteo del barrio, alguno terminará siendo un malandro que morirá a manos de la policía o linchado por los vecinos, de manera que, en este escenario, que le quedará uno de cinco hijos paridos. Para mejorar las probabilidades, tienen más de cinco hijos.  No sé cuán real será este fenómeno, pero le encuentro algo de sentido. Después de llenarse de hijos, la mujer tiene que trabajar para mantenerlos, porque constantemente será abandonada por el marido de turno después de que le monte un par de barrigas.

Nosotros, la clase media, tenemos algunos bienes que representan nuestro patrimonio.  Sea una vivienda, un carro, una biblioteca llena de libros o un título universitario y un arsenal de conocimientos que nos servirá para producir y capitalizarnos en el futuro, algo tenemos.  En el caso de los pobres, su patrimonio está representado por un par de zapatos, un teléfono celular o un televisor.  La importancia que le asigna una persona de bajos recursos a esos bienes materiales va más allá de lo que uno puede comprender.  La realidad es que su proceso de formación de flujo de efectivo es diferente al nuestro porque parten de un punto diferente, la línea temporal es menor, al menos psicológicamente.  Mientras usted planifica para un futuro que asume va a tener que enfrentar, ellos viven el presente porque no saben si habrá mañana y tampoco les importa, porque no tienen nada que perder.  Resulta desesperanzador vivir en un país donde un porcentaje tan elevado de habitantes no tiene nada que perder, pero esa es la realidad de la cual todos somos responsables.

Quien ha crecido en condiciones de pobreza no tiene metas reales, no tiene visión de futuro, no tiene sueños, porque desde la temprana infancia se castran los sueños, se le impone la única realidad que conocen en su entorno, en su familia, no saben –y muchas veces se les impide conocer- de oportunidades o mañanas diferentes.  Su única ambición es sobrevivir, llegar al día siguiente, esperar que sus hijos –milagrosamente- tengan un futuro mejor.  Aspiran algún día salir de la pobreza, no saben cómo, pero suponen que no será por sus propios medios, piensan que necesitan que los saquen de las tinieblas de la miseria y por eso no hacen nada para proveerse de los medios necesarios para hacerse responsables de su destino; porque, de hecho, ellos no se sienten dueños de su vida, nacieron pobres por culpa del destino, porque así lo quiso Dios o porque los políticos han saqueado el país y a ellos no les ha llegado esa riqueza petrolera que les corresponde por haber nacido en Venezuela.

Por fortuna existen medios para enfrentar las realidades presentes y existen venezolanos que se esfuerzan por intentar cambiar lo que parece imposible.  Cuando las apariencias de fracaso y limitación son socialmente asumidas como verdad, hay que ser demasiado evolucionado para ver más allá de las apariencias y trabajar por los cambios que, para las mentes cortas de vista, lucen imposibles.  Y sí, en Venezuela hay personas que decidieron hacerle frente a las probabilidades.

El doctor Luis Alberto Machado, Ministro para el desarrollo de la inteligencia en el gobierno de Luis Herrera Campins, diseñó –o adaptó- una serie de métodos para hacer pensar a los venezolanos.  No tuvo éxito en su momento, porque los venezolanos pensaron que eran lo suficientemente inteligentes como para aceptar que alguien viniera a enseñarlos a pensar, pero esas ideas quedaron y actualmente hay profesionales que insisten en enseñar a las personas a desarrollar su inteligencia.

Hay empresas que pagan para que les enseñen a sus ejecutivos y gerentes a usar eficientemente su inteligencia, hay universidades que tienen estos cursos como materias obligatorias para sus estudiantes y colegios que hacen lo análogo, pero son pocos los que se toman la molestia de llevarle estos conocimientos a los estratos más pobres de la pirámide empresarial y social.  Hay pocos que lo hacen, pero existen y, sin hacer mucho ruido, van logrando cambios.  Cuando una persona se siente dueño de su destino cambia toda su manera de actuar.

Los pobres pueden cambiar cuando tienen una meta.  Prueba de ello se encuentra en los programas sociales de la Fundación Polar, la Fundación Eugenio Mendoza, entre otras.  Cada una, a su manera, ha desarrollado proyectos de desarrollo comunitario que han tenido, como punto de coincidencia, la enseñanza de métodos para hacer de los pobres sujetos productivos, con metas y logros.

El Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela es otro ejemplo maravilloso, porque le da a niños y jóvenes de bajos recursos la posibilidad de pertenecer a algo más grande de lo que podían encontrar en su familia: una Orquesta Sinfónica.  Por primera vez, para mucha gente de escasos recursos, la música de los grandes Maestros de la Música Clásica entraba a sus vidas y lo hacía a través de un joven miembro de la familia.  El Sistema no sólo le dio a esos niñitos pobres un sueño, cambió sus vidas y la vida familiar.  Resulta más que asombroso asistir a un concierto de la Orquesta Infantil o la Juvenil de Venezuela y ver a los familiares y amigos de los músicos disfrutando de una pieza de Beethoven o Mozart, pero, sobre todo, viendo de cerca una realidad que no conocían: todo es posible.

Por su parte, Alberto Vollmer ha demostrado, con su proyecto Alcatraz, que la reinserción de delincuentes en la sociedad no es una utopía.  Más impresionante aún es ver cómo una persona es capaz de convertir un hecho delictivo, del cual fue víctima uno de sus empleados de seguridad, en una oportunidad para la transformación de una realidad que afectaba a un sector importante de la comunidad que lo rodea.

De ser víctima pasó a ser transformador.  La realidad es simple, el timón del cambio está en nuestras manos y somos nosotros quienes tenemos el privilegio, el derecho y el poder de transformar la realidad de nuestro entorno.  Sin importar cuán adversa parezca la realidad, cuando tomemos conciencia de la capacidad que tenemos de ser agentes de cambio, vamos a transformar a Venezuela.

Si en este momento usted está pensando que se necesitan los millones de los Vollmer y de los Mendoza para trabajar por la transformación del país y cree fervientemente que si tuviera la estructura del programa de Orquestas Juveniles e infantiles de Venezuela usted también haría lo mismo, permítame decirle que usted tiene una boina roja incrustada en su cerebro,  usted es chavista de clóset y nunca va a hacer nada por nadie sin importar la cantidad de dinero que ostente.

Por fortuna para el futuro del país hay mucha gente, sin muchos recursos económicos, que está haciendo más de lo que se podría imaginar.  Sí, en Venezuela todavía hay venezolanos bonitos.

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.