Hoy, hace treinta años, Caracas estaba incendiada. Habían transcurrido menos de 48 horas desde el anuncio del Programa de Ajuste Estructural del gobierno de Carlos Andrés Pérez, quien había llegado a la presidencia de la República de Venezuela por segunda vez, cuando las elecciones en Venezuela eran libres.
 
El Presidente Pérez encontró un país arruinado y no tuvo más opción que aplicar un programa de ajuste económico impuesto por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual –entre otras medidas- incluía la liberación del tipo de cambio, ajustes en los precios de la gasolina y la eliminación de un número grande de programas sociales y subsidios a los más pobres.
 
El lunes 27 de febrero de 1989 parecía un inicio de semana más. En Guarenas, una ciudad cercana a Caracas, la gente salió a trabajar como era su costumbre, pero al llegar al terminal de buses se encontró con un aumento abrupto en los precios de los pasajes, producto del aumento en los precios de la gasolina. Este fue suficiente detonante para que los ciudadanos enardecidos incendiaran los buses y comenzara lo que Venezuela recuerda como El Caracazo.
 
Antes que existieran los códigos de barra para marcar los precios en los almacenes de comida, había una pistolita que pegaba una etiqueta con el precio del producto y fácilmente, sin ningún control, los comerciantes cambiaban los precios a placer. Generalmente esta tarea se llevaba a cabo durante la primera semanas de febrero, luego que el gobierno fijara las reglas de juego de la economía para ese año. Pero 1989 fue distinto, se estaba estrenando un nuevo gobierno que apenas había tomado posesión el 2 de febrero y esperaron hasta el 25 para anunciar el nuevo paradigma económico. Los comerciantes retuvieron los inventarios y comenzaron a escasear varios rubros. A modo ilustrativo, el papel higiénico y la leche eran de los más difíciles de conseguir.
 
En medio del caos desatado por el aumento del pasaje, el 27 de febrero de 1989 se produjo la pérdida de la inocencia del pueblo venezolano y se hizo evidente el monstruo que estaba escondido debajo de esa careta de gente bonita, gente linda, gente chévere, y salió a relucir el miserable y detestable venezolano feo que le aró el terreno a quien capitalizaría el odio de clases que estaba germinando en el corazón de Venezuela, cuya cosecha nos está envenenando hoy.
 
En pocas horas el glorioso bravo pueblo comenzó a saquear los comercios de alimentos y encontró que ese, su vecino del barrio que tenía la tienda de comida, estaba acaparando los productos de la cesta básica para remarcarles el precio apenas saliera la resolución gubernamental. La excusa fue el hambre, y fue suficiente para destrozar todo lo que se interponía entre la horda enfurecida y sus necesidades. Saquearon un número desconocido de tiendas de alimentos, se llevaron todo lo que encontraron en el camino, pero no les bastó… a su paso no dejaron nada más que escombros, rompieron los estantes, quemaron lo que quedaba. Y el hambre de comida se transformó en un deseo incontenible de acabar con todo.
 
Saquearon tiendas de ropa, de electrodomésticos, de computación. Todo lo que encontraban en su camino lo robaban, lo quemaban y llegaron, incluso, a matarse entre ellos para robarse lo que el otro había robado.
 
Muy tarde el gobierno decretó toque de queda. No había precedentes en la historia democrática de Venezuela que dieran pistas para manejar la situación. Todo se descontroló y el gobierno actuó tarde y actuó mal. Allanamientos, ajusticiamientos, fosas comunes, miles de desaparecidos, centenares de muertos en medio de los saqueos, aquella tristemente famosa fosa común llamada La Peste, que a la fecha no tiene responsables pagando condena.
 
Pasarían apenas tres años para que alguien sacara provecho de todo el odio que salió a flote y el 4 de febrero de 1992 un teniente coronel saltaría a la palestra intentando llegar al poder por la vía de la fuerza, dejando otra estela de muertos en ese fallido golpe de Estado que se repetiría, de nuevo sin éxito, el 27 de noviembre del mismo año.
 
Ojalá recordar cuáles fueron los primeros síntomas de la enfermedad de la democracia venezolana nos ayude a entender que se necesita algo más que un cambio de gobierno para volver a retomar el camino de la libertad. Es imposible comenzar el proceso de recuperación con un grupo de terroristas en el poder, pero también es imposible hacerlo si no ocurre un cambio en la mente y los corazones de cada venezolano. Entiéndalo, todos hemos sido responsables de esta tragedia y todos podemos ser partícipes del cambio y la restitución de la democracia.
 
La Pedroza.