El 27 y 28 de febrero de 1989 se cayó la careta de la sociedad venezolana. Ese pueblo lindo y querido, luego de sentir los primeros efectos del programa de ajuste económico del Presidente Pérez, explotó por el aumento del pasaje y, lo que inicialmente parecía una protesta legítima, derivó en actos de vandalismo que acabaron siendo los primeros indicios de la decadencia de la democracia venezolana.  Más de 300 muertos, una fosa común llamada La Peste, un número desconocido de desaparecidos, pérdidas incalculables en daños a la propiedad privada y el principio del fin de la paz en Venezuela.

Dos años más tarde, el Ministerio de Planificación de Venezuela, otrora Cordiplan, organizó una serie de seminarios con un grupo de expertos del Fondo Monetario Internacional, que venían a enseñarnos cómo hacer las cosas bien.  Recuerdo una conferencia a la cual asistí con mi mamá. Ella socióloga y Yo estudiante de economía, escuchamos al experto en cuestión hablar del costo que le genera al Estado mantener con vida a una persona que no puede costearse la educación y la salud. No recuerdo las cifras exactas, pero sí recuerdo que el sujeto explicaba que el gasto debería orientarse a los jóvenes y no a los niños, porque los niños son costosos y el retorno de la inversión es más lento. Mientras que el estado podrá recuperar la inversión de un joven, digamos de 14 años, mucho más rápido.  Puso un ejemplo que a mí, en esa época, estudiante de economía, me pareció sensato el análisis: Si ingresa a un hospital público un joven de 14 años y un niño de 2 años, deberían hacerse todos los esfuerzos por salvar la vida del joven, porque en él se había invertido mucho más que en el niño y esa inversión debe retornar lo antes posible.

Mi mamá quedó asqueada, mientras que a mí, que ya me estaban deshumanizando, me parecían interesantísimos esos cálculos. Yo no veía el drama detrás de los números y del proceso de cosificación del ser humano que se estaba gestando en mi país. Los niños pobres no son nada más que gasto público, un problema, seguramente futura mano de obra barata y no especializada o futuros delincuentes, prostitutas, drogadictos…

Al año siguiente, 1992, se produjeron dos intentos de golpe de Estado, uno en febrero y el otro en noviembre. Ninguno tuvo éxito militar, pero en 1998 ese movimiento que quiso acabar con la democracia en Venezuela terminó asiéndose del poder por la vía del voto.  Nos habíamos salvado en 1992, al menos eso creímos, pero no hicimos nada por esa mayoría desaprovechada, y el resultado es que esos “resentidos” ya llevan casi 20 años gobernando al país.

Nunca hice nada real por los pobres en mi país, sólo caridad, limosna, cualquier cosita para quedar más o menos bien con la gente.  En honor a la verdad, no me importaba, no me afectaba directamente… hasta que se me explotó la burbuja y tuve que salir huyendo de mi país.

Hace unos meses una noticia me impactó: En Colombia, una yegua había muerto porque su dueño, un reciclador de basura, le ponía demasiado peso a la carreta.  La gente se ofendió y creo que hasta algunos pidieron cárcel para el dueño del pobre animalito cuyos derechos habían sido vulnerados y la explotación a la que había sido sometida le costó la vida.  Nadie dijo nada de los derechos del sujeto y de su familia, quienes seguramente no estaban viviendo de recoger basura por gusto, quienes quizás no tengan mayor nivel de escolaridad, quizá los hijos no estén en el colegio ni tengan servicio de salud ¡Pero joder, que la yegua tiene derechos!  Eso me puso a pensar cuán trastocados están los valores de la sociedad colombiana, y de la sociedad en general, donde la vida del animal importa más que la vida del ser humano. Seguramente un experto del FMI podrá avalar ese comportamiento con cifras.

Casi diez años en Colombia y Yo trataba de mantenerme en mi nueva burbuja, pero al comenzar a vivir la vida de fe como cristiana, se me presentó una oportunidad que acepté más por amor a Dios que a la gente.  Así, el 6 de marzo de 2017 empecé a servir en una fundación cristiana que trabaja con niños y familias en situación de vulnerabilidad. Básicamente, aquellos casos de los informes del PNUD, de UNICEF, del Banco Mundial, adquirieron rostro, voz, nombre… vida. Ya no eran los números que alarman en las cifras de los organismos mundiales que tratan de ayudar a los niños y a las mujeres, ahora son gente real a quienes veo a diario y me han transformado la vida.

Mi trabajo, que parecía muy simple, consiste en compartir con los niños el evangelio. Día a día estudiamos el Evangelio de Mateo y ellos aprenden a conocer a Dios a través de Jesús, de la palabra, de la Biblia. Aprenden a orar, aprenden del perdón, del amor de Dios, de la paternidad de Dios. Todo muy lindo en el resumen, pero en la práctica la lucha es mucho más ruda de lo que se puede imaginar, porque el comportamiento con que llegan estos niños dista mucho de la expectativa de peli francesa con la que uno llega.

Algunos de los niños vienen de hogares donde la mayoría de los varones son delincuentes buscados por la policía o ya están presos. Padres alcohólicos, agresivos o ausentes. Madres que los exponen a cualquier peligro con tal y salir a beber a la calle con los amigos. Adultos del entorno que no son capaces de escribir una línea sin errores ortográficos. Colegios donde los maestros hacen paro con demasiada frecuencia, donde el presupuesto de la institución depende de cuántos niños avancen de grado y los pasan al grado superior sin saber lo elemental para poder entender lo que viene. Niños que han sido sexualmente abusados, y ni hablar del abuso emocional. Niños para quienes un abrazo o una palabra de afecto o reconocimiento es un suceso absolutamente desconocido.  Niños que no tienen sueños, que no saben qué quieren ser cuando sean grandes, que se cortan porque no son capaces de enfrentar sus vidas, que han pensado en el suicidio, que odian a sus padres, que odian sus vidas.  Esos son los niños que he conocido, con los que trabajo día a día y que para el mundo, para el mercado, son una inversión con baja probabilidad de retorno.

Para el mercado, el valor presente neto de ellos es negativo, es una inversión que de no ser porque la Constitución obliga al Estado a ejecutarla, no se le daría un peso del presupuesto.  Y sin embargo, cuando aparece una noticia de una niña pobre violada y asesinada, la sociedad sale a hacer un par de manifestaciones con la consabida frase “Ni una más” y creen que ya cumplieron su parte, siguen sus vidas y publican una que otra noticia en las redes sociales.

Y con todo y ese entorno tan hostil, resulta que con el paso del tiempo los niños comienzan a dar testimonio del poder del evangelio. Y aquí sí me toca decir que me importa un pito lo que piensen mis amigos intelectuales, que me preguntan si no hemos pensado en enseñarles algo más que la palabra de Dios.  Pues para el común denominador de las personas, nosotros deberíamos enfocarnos en reforzar conocimientos académicos, entre otras cosas porque la gente cree que todas las fundaciones tienen alguien que las financie y un staff de profesionales.  Pero resulta que cuando los recursos son escasos y las necesidades muchas, se establecen prioridades y nuestra prioridad es la vida eterna de los niños y sus familias.

A lo largo del año y medio de labores, la Fundación ha recibido a más de cincuenta niños, de los cuales sólo 25 están hoy con nosotros. Los niños vienen y van, por diversas razones, pero los que hoy están han vivido una transformación absolutamente increíble en sus vidas, que no sólo se ha quedado en el plano espiritual, sino que ha cambiado incluso su rendimiento académico, su comportamiento en el colegio, han cambiado a sus familias y están cambiando el entorno mismo.  Algunos ya están llevando el evangelio a sus amigos o a sus familias, pero la mayoría está llevando el testimonio del poder de la palabra de Dios.

Hay quienes me han cuestionado la falta de “contenido no religioso” en la fundación, porque creen que tener una vida de fe es lo mismo que ser religioso.  Sin embargo, a todos les he dicho lo mismo: En la Fundación Restaura Colombia tenemos las puertas abiertas para que todo aquel que quiera servir de manera voluntaria pueda hacerlo, de forma organizada y comprometida. No hace falta que sea cristiano, sólo hace falta querer hacer algo por este país.

Yo lo hago por amor a Jesucristo, pero si usted quiere hacer algo por amor a Colombia, por los niños, por las mujeres, por las familias, por los jóvenes ¡Bienvenido! Si usted tiene un talento y quiere contribuir al bienestar de este país compartiendo lo que sabe ¡Bienvenido! Si sabe mucho de algo y quiere compartir sus conocimientos, si le parece que puede ayudarlos en refuerzo académico, si quiere asesorar legalmente a las familias, si no sabe hacer nada pero por lo menos quiere aportar su tiempo y su esfuerzo ayudando en lo que sea para que esas familias tengan una vida mejor ¡Bienvenido!

En Venezuela fuimos muchos quienes pecamos por omisión, por indolencia, por ignorancia… mírese en ese espejo y piense si ese es el futuro que quiere para su país. Y si usted quiere ser de ese selecto grupo que se para firme para hacer la historia y que sus hijos la escriban en un mundo mejor ¡BIENVENIDO!

La Pedroza.