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Jan
02
2017

Padre nuestro, que estás en los cielos.

Curiosamente, una de las mayores limitaciones que enfrentan las personas cuando comienzan su recorrido en la vida de fe, es no saber orar.

La religión –y la cultura moderna- han distorsionado completamente la relación del hombre con Dios.  Bien sea porque en su imaginario teológico ven a Dios como un ser absolutamente distante y caprichoso; o porque lo piensan como un igual a quien se le puede hablar como al mejor amigo.  Entonces, cuando se comienza el proceso de conocer a Dios por medio de su palabra, se crea una ruptura en la relación con el creador y comenzamos a cuestionarnos la forma en que le hablamos y como nos referimos a él.

Creer en Jesús es saber que él es el Cristo, es decir, el Salvador, el cordero de Dios que ha sido sacrificado para pagar por nuestros pecados; pero además es saber que él es el Hijo de Dios, del Dios vivo.  Y aun más, es comprender que Jesús es Dios, tal como él mismo lo afirmó.  ¿Y cómo se le habla a un Dios soberano y omnipotente que se ha rebajado a la condición de ser humano para derramar su sangre por nosotros y hacer que podamos acercarnos a Dios como si nunca hubiéramos pecado?

En el Antiguo Testamento encontramos las palabras del rey Salomón, quien le dice a la gente cómo deben dirigirse a Dios. “Cuando entres en la casa de Dios, abre los oídos y cierra la boca. El que presenta ofrendas a Dios sin pensar hace mal. No hagas promesas a la ligera y no te apresures a presentar tus asuntos delante de Dios. Después de todo, Dios está en el cielo, y tú estás aquí en la tierra. Por lo tanto, que sean pocas tus palabras.” (Eclesiastés 5:1-2 – NTV)

El rey sabio le recuerda al hombre que Dios está en el cielo y nosotros en la tierra; aquel mismo rey que dijo a Dios “He aquí que el cielo, y el cielo de los cielos, no te pueden contener” (1 Reyes 8:27) y con sus sabios consejos establece una distancia inmensa entre el hombre y su creador.

Probablemente así estarían acostumbrados a orar los contemporáneos de Jesús y cuán diferente sería la oración del Maestro que sus discípulos, al escucharlo, le pidieron que les enseñase a orar (Lucas 11:1).

Vale la pena destacar un asunto que en ocasiones pasamos de largo.  Jesús oraba y oraba mucho; en ocasiones pasaba la noche orando.  Jesús es Dios que se rebajó a lo sumo y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte (Filipenses 2:8) y oraba al Padre, no de cualquier manera.  El autor de la carta a los Hebreos cuenta que: “Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente; y aunque era Hijo, aprendió obediencia (…). (Hebreos 5:7-8)

Ergo, es importante orar y hacerlo de la manera correcta.  Si Jesús, siendo el verbo que se hizo carne, oraba al padre ¿cuánto más nosotros necesitamos orar a Dios?

Jesús enseñó a sus discípulos la oración perfecta, una oración que resume la voluntad de Dios.

“(…) Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén” (Mateo 6:9-13)

En varios artículos desmenuzaremos la oración que Jesús nos enseñó, para poder entender qué le estamos diciendo a Dios cuando pronunciamos estas palabras.  Como siempre, partimos del precepto fundamental ¡Dios habló!  Por lo tanto, la explicación de la oración está en la Biblia, no necesitamos de otras fuentes, sino de la misma palabra de Dios, para lograr un acercamiento a la intención del autor de esta oración: Dios.

No sobra decir que nada de lo que podamos alcanzar a analizar en estas líneas será más que apenas un esbozo del propósito del Espíritu Santo, pues nunca un hombre podrá abarcar el conocimiento de Dios en su amplísima dimensión.

Dicho lo anterior, comencemos a saborear las palabras de Jesús.  El maestro, que no es otro que el Cristo, el Hijo de Dios, está diciendo a sus discípulos que le digan a Dios ¡Padre Nuestro!

Quizá para nosotros, que hemos heredado una errada creencia de que todos somos hijos de Dios, decir Padre Nuestro no significa gran cosa; al fin y al cabo, la mayoría hemos crecido pensando que Dios es padre de todos.  Sin embargo, para un judío llamar a Dios padre era inmensamente diferente.

Recordemos que Salomón le decía al pueblo: Dios está en los cielos y tú estás en la tierra.  Y a ese Dios que está en los cielos, Jesús nos invita a llamarlo Padre.

En el Antiguo Testamento sólo se usa la palabra padre para referir a las relaciones paterno filiales, es decir, a la relación de un padre con un hijo natural.  Podían referirse a Dios como Padre en cuanto a su carácter como autor de la creación, pero es tan chocante y atrevido decirle al Dios de los cielos ‘Padre’, que cuando Jesús lo hizo los judíos procuraban matarle (Juan 5:17-18)

No obstante, el profeta Isaías, que anunció con increíble detalle de la venida del Cristo, escribió “SEÑOR, mira desde el cielo; míranos desde tu santo y glorioso hogar. ¿Dónde están la pasión y el poder que solías manifestar a nuestro favor? ¿Dónde están tu misericordia y tu compasión? ¡Ciertamente tú sigues siendo nuestro Padre! Aunque Abraham y Jacob nos desheredaran, tú, SEÑOR, seguirías siendo nuestro Padre. Tú eres nuestro Redentor desde hace siglos. (Isaías 63:15-16 – NTV)

Isaías no sólo anuncia al redentor, sino además aporta un elemento fundamental, él es nuestro padre.  Y más adelante añade “5. Tú recibes a quienes hacen el bien con gusto; a quienes siguen caminos de justicia. Pero has estado muy enojado con nosotros, porque no somos justos. Pecamos constantemente; ¿cómo es posible que personas como nosotros se salven? (…)8. Y a pesar de todo, oh SEÑOR, eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú, el alfarero. Todos somos formados por tu mano.” (Isaías 64:5;8 – NTV)

Recordemos que Jesús dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí” (Juan 14:6 – NVI).  Isaías dice que Dios recibe a quienes siguen caminos de justicia (Jesús es el camino) y se pregunta ¿cómo es posible que personas como nosotros podamos ser salvos? Pero esos, que ahora siguen el camino de justicia, pueden decir confiadamente “a pesar de todo eres nuestro padre”.

El evangelista Juan nos proporciona mayor claridad en este asunto, cuando en la introducción de su evangelio nos dice que la palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, pero su gente no lo recibió “Pero, a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios. Ellos nacen de nuevo, no mediante un nacimiento físico como resultado de la pasión o de la iniciativa humana, sino por medio de un nacimiento que proviene de Dios.” (Juan 1:12-13)

El evangelista Mateo introduce la oración Padre Nuestro en el marco de las bienaventuranzas, es decir, cuando Jesús hablaba a una multitud.  Por su parte, Lucas cuenta que Jesús enseñó la oración cuando estaba orando y uno de sus discípulos le pidió que les enseñase a orar, no especifica si fue sólo a ellos o habían otras personas en el lugar.

Cualquiera haya sido el ambiente en que se desarrollase la introducción a la oración, los oyentes eran personas que voluntariamente buscaron a Jesús, que lo recibieron y quizá muchos de ellos creían en él.  Creer en Jesús es la condición imprescindible para tener el derecho de llamar a Dios ‘Padre’.

También Jesús, habiendo resucitado, le dice a María Magdalena “(…)“Voy a subir a mi Padre y al Padre de ustedes, a mi Dios y al Dios de ustedes”.” (Juan 20:17 – NTV).

Aunque la religión haya tratado de robarnos el gozo de maravillarnos de poder llamar a Dios Padre, su palabra nos recuerda que ese Dios al cual Salomón aconsejaba tratar con tanta prudencia, ese Dios que está en los cielos, es ahora nuestro Padre, porque hemos creído en Jesús y hemos recibido el regalo de su redención.

Dios, en su soberanía, pudo simplemente habernos perdonado los pecados de forma condicional, pero –y esta es una invitación personal- piense en esto… él decidió perdonarnos y adoptarnos como hijos, sólo por medio de la fe en Jesús. No eligió a ningún otro ser, sino sólo nosotros podemos acercarnos a Dios y llamarlo Padre. Ni siquiera los ángeles pueden llamar a Dios Padre, pero usted y Yo, si creemos en Jesús, podemos decirle –como anticipó Isaías- ¡tú eres nuestro padre!

En palabras del apóstol Pablo “Dios nos escogió en él [Jesús] antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad” (Efesios 1:4-5 – NVI)

En su absoluta soberanía, Dios pudo haber predestinado a los ángeles o a cualquier otro ser de su creación para adoptarlos como hijos… pero nos eligió a nosotros, a los seres humanos.  Nos dio su espíritu y nos concedió la posibilidad de limpiar nuestros pecados con la sangre de su hijo y poder ser coherederos del Reino con Jesús y llamar a Dios ¡Padre Nuestro!

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