Un niño de 14 años murió asesinado en Venezuela, en medio de protestas antigubernamentales que se desarrollaban en el estado Táchira.  Se dice que él no estaba protestando, sólo pasaba por el lugar equivocado, en el momento equivocado… en el país equivocado.

Su asesino, otro joven, apenas 23 años y cargado de tanto odio y resentimiento que ha sido capaz de dispararle directamente a la cabeza, dejando una imagen imborrable para la memoria de quienes no nos acostumbramos a ver el asfalto lleno de sangre y restos de masa encefálica.  Imágenes dantescas que dan cuenta de la pérdida de valores fundamentales en un país que día a día lucha por no acostumbrarse a la muerte, a la violencia, a la cárcel.

El policía involucrado tenía 7 años cuando todo esto comenzó.  Probablemente su familia era chavista y sabía que los de la burbuja de al lado –o sea, nosotros- nos referíamos a ellos como niches, tierrúos, gentuza, etc.

Seguramente, al igual que muchos de los niños de la época, creció lleno de odio hacia todo aquello a quien le señalaban como culpables de la pobreza de los pobres, desde una cadena de radio y televisión, un Aló Presidente, un mitin político en la Avenida Bolívar… en todos los escenarios de su vida escuchó que quienes no estaban con la revolución eran enemigos.

Creció en un país donde era válido odiar y expresar el odio de cualquier forma posible.  Los de la burbuja de al lado insultan, ofenden, menosprecian… pero ellos se han apoderado de las armas y gozan de impunidad.  Ha cambiado el esquema de poder de las burbujas.

Hace un año, en medio de más protestas antigubernamentales, una funcionaria de la policía nacional bolivariana (minúsculas intencionales), luego de derribar a una ciudadana indefensa, la golpeó brutalmente en la cabeza con su casco.  Las imágenes muestran a una gozosa mujer ejerciendo violencia brutal contra una persona indefensa.  Puro y vil sadismo.   Otro fruto de la cosecha de odio y violencia que sembró Chávez.

En Venezuela, ni siquiera en los años de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se había vivido con tanto odio, resentimiento y miedo.  Ninguna dictadura sembró tanto terror como la de ahora.  Nunca en la historia del país, de un país tan privilegiado, el odio visceral había logrado destruir tanto y tan profundamente a la sociedad.

Lo que está viviendo Venezuela es la cosecha de la siembra de muchas décadas de injusticia, desigualdad, desprecio por el prójimo, indiferencia ante lo que estaba ocurriendo en el entorno, de la creación de burbujas que distorsionaron la visión de lo que pasaba en el país. Burbujas de lado y lado, engaños y autoengaños de lado y lado.

Todos colaboramos con esta crisis, porque Chávez no llegó al poder con un pueblo que sentía que podía salir de la pobreza honestamente, un pueblo que gozara de buena nutrición, buena educación e igualdad de oportunidades para desarrollar sus talentos. La semilla del resentimiento, el descontento y la frustración echaron raíces y dieron frutos en abundancia. Esos son los frutos que nos estamos comiendo.

Y mientras muchas personas están esperando ansiosas a “que se prenda un peo”, a salir de manera abrupta de la crisis, nos olvidamos que todavía nos falta hacer la tarea principal: dejar de alimentar ese árbol, ahogar sus raíces y limpiar la tierra para empezar a sembrar nuevas semillas.

El trabajo es arduo y largo, pero mientras continuemos pensando que la salida a la crisis en Venezuela pasa por un túnel de violencia, no vamos a lograr paz.  Mientras nuestra atención esté focalizada en la ira, el rencor y el deseo de venganza, no seremos capaces de sentar las bases para construir la Venezuela incluyente, próspera y amorosa que todos queremos.

La Comunidad Internacional guardó silencio cuando el régimen de Maduro aprobó el uso de armas de fuego en las manifestaciones públicas. Los pueblos, en especial los pueblos latinoamericanos, callaron y nunca exigieron a sus gobiernos que se pronunciaran en rechazo a esta medida.  Tampoco nosotros alzamos la voz ante la desaparición de 43 en Ayotzinapa, en México.  No nos enteramos del dolor del otro, estamos demasiado ocupados en lo nuestro… sea lo que sea “lo nuestro”.  Miramos para cualquier parte, con tal y no involucrarnos, no salpicarnos, no comprometernos.

Cuando callamos ante la injusticia contra otro pueblo, contra otra persona, contra ese prójimo a quien ignoramos día a día, estamos siendo cómplices silentes de la sangre que se derrama en el mundo.

La sangre de un niño de 14 años salpica la conciencia de los pueblos del mundo y aún muchos ni se inmutan por el hecho.

El problema es que la revolución, como una bacteria infecciosa, está contaminando a las sociedades latinoamericanas, ni hablar de España…  Las burbujas se están rompiendo y los pueblos que hoy creen que están exentos de este peligro, que no olviden que alguna vez el pueblo venezolano decía que en Venezuela jamás pasaría lo que pasó en Cuba… “porque nosotros no somos pendejos”.

Ojalá todos los estudiantes del mundo despertaran mañana en una marcha contundente para exigirle a sus gobiernos que demanden el cese de la violencia contra los estudiantes en Venezuela.  Ojalá todos los estudiantes del mundo pasaran la noche en una vigilia que le grite al planeta entero que no se deben usar armas de fuego para contener las manifestaciones de los pueblos en rebeldía.  Ojalá las sociedades despertaran de su largo ensueño y entendiéramos de una vez que lo que es con uno, es con todos.  Ojalá todos y cada uno de nosotros entendiera que el camino de la violencia nunca nos va a llevar a la paz.

Adriana Pedroza Ardila

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