¿Le da miedo que su país llegue a parecerse a Venezuela? Le sugiero que trate de entender cómo fue que los venezolanos llevaron al país al borde del abismo y cómo fue que juntos se lanzaron en medio de la división que provocó el chavismo.
 
EXTRACTO DE EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.
 
¡No vale, eso no va a pasar aquí, estamos en Venezuela, esto no es Cuba!
 
Trátese de los beneficiarios de una Misión (programa gubernamental de ayuda a los pobres), el empleado público, el profesional del sector privado, el ama de casa, el estudiante o el empresario, todos viven en la Venezuela no planificada, no pensada, en la realidad del azar. Y todos, por igual, piensan que si hoy están bien –o más o menos bien- mañana no tiene por qué ser diferente. Lo peor que podría pasar es que mañana tengan que venderle el alma al diablo para poder sostener el nivel de vida que disfrutan hoy. El venezolano cree que las cosas malas le pasan a la gente mala, que siempre van a salir bien de cualquier situación, como un niño ingenuo, viven convencidos de que las cosas no pueden empeorar.
 
Y quien no esté convencido de esto, piense cuántas veces ha escuchado la frase “No chico, eso no va a pasar aquí”. Piense cuántas veces negó la posibilidad de que en Venezuela se produjeran expropiaciones de empresas por motivos meramente políticos; cuántas veces negó la posibilidad de que cerraran un medio de comunicación; cuántas veces pensó que era imposible que nacionalizaran a las malas la principal empresa telefónica del país o la compañía de electricidad, o cuántas veces dijo “Esto es Venezuela, ni de vaina podemos parar como Cuba”. Y tal vez aún lo diga, lo escuche a sus amigos y se lo crea, porque ingenuamente piensa que el venezolano –por ejemplo- no se va a dejar quitar lo que ha logrado a lo largo de su historia, porque el venezolano no va a aguantar un Estado omnipotente que sea dueño de todo, que de ninguna manera van a poder eliminar la propiedad privada y, mucho menos, el venezolano se va a aguantar una lista de racionamiento.
Mucha gente no ha tomado conciencia de que, por ejemplo, ya existen listas de racionamiento. Si usted va a un supermercado va a encontrarse con la ausencia de leche, queso, pollo, azúcar, huevos, aceite, entre otros. Cuando llegan esos productos a las estanterías del distribuidor final, a usted le venden sólo una unidad por persona. En el 2007, los mercados del Gobierno (Mercal) vendían un kilo de leche por persona y procedían a sellarle la mano al comprador. La gente no tenía más opción que comprar su kilo de leche y dejarse marcar la mano, para luego salir a refunfuñar con cuantos moros y cristianos encontrase en el camino. ¿Sigue pensando que los venezolanos no son tan pendejos como los cubanos?
 
Desde el nacimiento de la República Bolivariana de Venezuela, analistas venezolanos y extranjeros han venido advirtiendo que el país estaba transitando una peligrosa senda hacia un socialismo, en el mejor estilo cubano, con alegría y guaguancó incluido. La respuesta de los venezolanos comunes, sean empresarios u obreros, era y sigue siendo la negación.
 
Y así, como en la narración burlesca de la historia de El Dorado de Francisco Herrera Luque, en su libro “La historia fabulada”, el venezolano se comporta igual que el indígena que cambiaba el oro por espejitos. El venezolano feo está convencido de que a él su celular no se lo quita nadie, que Venezuela no puede terminar con un régimen al estilo cubano porque “ahora es que hay real en la calle”, porque la gente está comprando carros como locos, porque se venden computadoras y televisores como nunca. El indígena de la urbe sigue cambiando el oro, o la libertad, por los espejitos que le da el gobierno. Ciertamente, se habrá quitado el guayuco, pero la mentalidad sigue intacta.
 
¿Cuántos venezolanos creían posible que el gobierno botara a la calle a los gerentes de la industria petrolera? Si se le decía a un venezolano que los chavistas van a acabar con PDVSA o que iban a autorizar la invasión de terrenos privados, de haciendas, de edificios de propiedad privada, incluso habitados; el venezolano típico diría “¿estás loco pana? ¿tú crees que los venezolanos somos pendejos?” Ni hablar de la posibilidad de cerrar el canal de televisión más antiguo del país, “eso es imposible, en Venezuela no nos calaríamos esa vaina”. Y… ¡tan linda la gente en Venezuela!, decían en ese entonces que la gente iba a salir a la calle para impedirlo. Lo que es la ingenuidad. Como si salir a la calle hubiese cambiado algo en los siete años que el venezolano feo de oposición ha estado marchando o, mejor dicho, bailando en medio de una concentración supuestamente política. Pero ese tema lo desarrollaremos más adelante.
 
Mientras el venezolano feo está ocupado chateando en su nueva computadora o pasando mensajitos de texto por su nuevo celular, el Sistema Integral de Control de Alimentos (SICA) se encargará del control de la distribución de alimentos, según Gaceta Oficial con fecha 29 de abril de 2008. Porque el gobierno sostiene que el desabastecimiento de alimentos es producto del contrabando de extracción, no es por las malas políticas económicas que ha venido implementando, la culpa es de otro, no de ellos. Entonces, para darle respuesta a la población, como parte del plan de seguridad alimentaria, no se les ocurrió más que implantar nuevos controles, esta vez en la distribución, para que los alimentos no salgan por la frontera, y los extendió a todo el territorio nacional. El volumen y destino de todos los bienes de consumo pasan por el SICA, otro nivel de control que generará mayor burocracia y discrecionalidad y terminará generando retardos en los envíos y mayor escasez en los centros de compra. Cavidea ha advertido que el SICA determina y restringe las raciones de consumo mensual por persona y por zona geográfica y si alguien me dice que esto no se parece a una restricción de la libertad de consumo y elección personal, que esto no se parece mucho a una lista de racionamiento al estilo cubano, disfrazada pero directa, que me expliquen qué es.
 
El venezolano feo está convencido de que nadie le va a quitar lo que se ha ganado a fuerza de trabajar como Dios manda, que esas son amenazas en falso para asustar a la gente. Por supuesto, se entera por las noticias que a Empresas Polar les quitan dos silos, supuestamente inactivos, para que los pequeños productores de maíz del Estado Barinas depositen sus productos; pero el venezolano feo piensa que “eso le pasa a Lorenzo Mendoza por meterse en política, además, él es rico, como yo no soy rico ni me estoy metiendo con el gobierno no me va a pasar nada”. También en el tercer trimestre del año 2005, el gobierno expropió cuatro haciendas de 8.500 hectáreas en el Estado Barinas, porque el dueño –según sostiene el gobierno- no ha podido demostrar la titularidad de las tierras. Por su parte, la empresa estadounidense Heinz se vio afectada por las constantes amenazas de expropiación.
 
Cuando se le hablaba de presos políticos al venezolano, la respuesta era “eso no puede pasar aquí”, pero lo álgido de este tema, de las expropiaciones y el cierre de medios de comunicación, amerita un capítulo especial.
 
Pequeños ejemplos de que aquello que el venezolano pensaba imposible que ocurriera en su país de libertades y oportunidades, hoy es más que posible, es un hecho. Y sin embargo los venezolanos no quieren salir de su estado de negación. Esas cosas le pasan a los ricos y a los que se meten en política. A los ricos porque están pagando el karma de haber saqueado el país y a los que se meten en política por pendejos, quién los manda.
 
No sé hasta qué punto ese estado de negación y abstracción de la realidad en que tiende a vivir el venezolano sea producto de la mezcla misma de diferentes culturas, tras las oleadas de inmigrantes que recibió el país entre los años cincuenta y setenta. Sobre todo, por lo que he podido observar en mi reducido entorno, los hijos de inmigrantes que llegaron a Venezuela en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez, suelen tener posiciones muy extremas en materia política: o se meten de cabeza o le huyen como al diablo mismo, como quizá lo hicieron sus padres. Los viejos recuerdan la dictadura de Pérez Jiménez con una frase célebre “si no te metías en política, vivías bien”. Por fortuna para las generaciones posteriores, hubo quienes se metieron en política aun a costa de su integridad física y de su vida misma, a ellos les debemos la democracia que –por cierto- no supimos cuidar.
 
Personalmente una de las cosas que más me sorprende es que muchos de los inmigrantes que he conocido, de la generación que llegó a Venezuela en el auge, ha decidido quedarse en el país hasta las últimas consecuencias; pero los hijos de estas personas que aman a Venezuela más que a su patria de origen, quizá por llevar en sí el gen del inmigrante, quizá porque al igual que muchos venezolanos no tienen sentido de arraigo con el país, rápidamente buscan otros destinos para hacer sus vidas.
 
Las razones del éxodo venezolano son variadas, pero hasta ahora no he conocido un caso en el cual el gobierno, decentemente, haya enviado una carta a algún ciudadano pidiéndole que salga del país. Hasta ahora el exilio es autoinfringido y así el régimen cuida su apariencia democrática y puede decir que la revolución no ha enviado a nadie al exilio. Sin embargo, también he sabido de casos en los cuales un ciudadano es detenido por la policía chavista y nadie sabe la ocurrencia del hecho. Muchos comunicadores sociales, escritores o analistas, han recibido amenazas hacia su persona o su familia y deciden recurrir al instinto de supervivencia y huir del país, pero nadie conoce las razones de fondo que llevan a que una persona deje atrás todo lo que ha construido en su vida productiva en el país. No obstante, las razones más comunes por las cuales el venezolano emigra están relacionadas al desempleo, inseguridad, pérdida de la capacidad de consumo o, simplemente, búsqueda de mejores oportunidades de vida en otros destinos. Pero en Venezuela está ocurriendo un fenómeno aterrador, y es que no se sabe a ciencia cierta cuándo un crimen que parece atribuible a la delincuencia común es, en realidad, un delito de Estado; porque incluso la delincuencia común se ha convertido en brazo ejecutor de la justicia revolucionaria. No hay pruebas, la gente no habla, no denuncia, la gente tiene miedo de las consecuencias que pueden traer a la familia que dejan en Venezuela. Al fin y al cabo, las víctimas de estos delitos tienen razón al pensar ¿dónde denuncio? ¿qué pruebas tengo? ¿quién me protege a mí y a mi familia? Con todo el aparato del estado al servicio del chavismo, la respuesta no es otra que el silencio… Por lo menos en Cuba el preso político es preso político y se sabe cuál fue “el delito” que cometió, sea opinar, tener un fax o un libro prohibido. Pero cuando la dictadura vive agazapada en el diario vivir de un pueblo, las cárceles políticas se levantan en torno al ciudadano, así se evitan el protocolo de exiliar a los opositores o abrir un expediente a cada preso o detenido por razones políticas.
 
Vemos, entonces, un numeroso grupo de compatriotas que decidieron no meterse en política y que niegan la posibilidad de que Venezuela acabe aislada del mundo civilizado, como Cuba. Porque lo que pasó en Cuba, y cómo pasó, no lo saben los venezolanos. Lo que saben es que los cubanos viven sin celulares, no tienen acceso a internet, se visten todos igualitos y no pueden comprar lo que quieren. Créame, querido lector, que estas fueron las respuestas que obtuve al preguntarle a un grupo aleatorio de personas en Caracas. Eso significa que mientras el venezolano tenga su celular, acceso a internet y cualquier otra baratija que el gobierno decida dejarle, va a sentir que no es tan pendejo como el cubano, que no se va a dejar joder.
 
Hace rato que estamos, como dijo el Presidente, navegando hacia el mar de la felicidad, como Cuba. Y todavía hay un montón de venezolanos que piensan “eso no va a pasar aquí”.
 
EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.