Tendría 14, quizá 15 años cuando leí por primera vez el libro Nacido para triunfar.  Un título bastante ridículo para una temática tan interesante: Análisis Transaccional, rama de la psicología que pone de manifiesto la existencia de tres estados del yo, que transan entre sí sus diferentes necesidades y anhelos y cuyo relacionamiento acaba por convertirse en el sistema de conducta de la persona.  Estos estados del yo son: Padre, Adulto y Niño.

Grosso modo, cuando la persona actúa a través del estado Padre del yo lo hace de modo similar a lo que ha aprendido de sus padres o figura de autoridad.   En el estado adulto del yo la persona tiende a establecer equilibrios, a partir de la interiorización de experiencias y conocimientos adquiridos a lo largo de su vida.  Mientras que, a través del estado niño del yo, la persona tiende a actuar de manera análoga a sus años de infancia.

Pasaría más de una década para que el Análisis Transaccional cobrara nueva vigencia en mi vida.  Luego de la ruptura con quien hubiera sido mi esposo, decidí volver la mirada a mí, conocerme, entenderme y, finalmente y como consecuencia natural del ejercicio, amarme.  Vi que tenía necesidades encontradas, como si dentro de mí habitara más de una persona y cada una quisiera ser la más importante.

No me ayudó ver el asunto a partir de los estados padre, adulto y niño del yo, pero supe que tenía que separar lo que había dentro de mí y establecer pactos.

Llamé al ejercicio “Conocer a mis demonios y amarlos”… obviamente, no tenía puta idea de lo que estaba diciendo, pues de lo contrarío hubiera ido a una iglesia y no a un restaurante a tomarme una botella de vino, fumarme un habano y escribir lo que cada una me decía.

La primera que salió a exponer sus puntos fue la bebé, quien resultaba estar muy necesitada de ternura, porque la nena quería ternura y nunca pudo inspirarla, soñaba con un príncipe azul y el consabido rescate y quería amar, amar mucho.  Luego conocí a la que llamamos ninfómana, quien en realidad es una hedonista consagrada, pero pasó a la historia con ese mote.  Su necesidad era placer, disfrute, gozo y libertad.  Una dionisiaca empedernida, con anhelos que chocaban con los sueños de la bebé.  Mientras una quería amar, la otra despreciaba cualquier cosa que pudiera cercenar la libertad.

Y entonces conocí a la Razón.  Apolínea, arrogante, imponente… su único deseo era aprender y saberlo todo.  Las necesidades de las otras dos le causaban repudio, porque le hacían perder valioso tiempo de aprendizaje.

Finalmente se impuso La Razón y llegó a doblegar a sus hermanas.  Al fin y al cabo, era ella la que siempre las sacaba de problemas, la que llevaba el pan a la mesa y la que logró reconocimiento.  No había crisis que le hiciera agachar la cabeza; no hubo golpe de la vida que no soportara con hidalguía.  Cuando mamá enfermó, La Razón quiso prepararse para minimizar el impacto del golpe que traería la muerte y reducir las probabilidades de sufrir.  Era lo que siempre hacía.

Sin embargo, La Razón no pudo con la mirada inquisidora de la bebé y el reclamo vehemente de la ninfómana ¿De qué mierda sirve saber tanto si no puedes salvar a tu propia madre?  ¿De qué sirve saber tanto si no entiendes que el dolor hay que sentirlo? ¿De qué sirve saber tanto si no quieres aprender a vivir?

Al final, cuando llegó el día después de la muerte, La Razón no pudo levantarse de la cama y quien otrora fuera León, había quedado reducido a cachorro sarnoso de perrera municipal.  No se pudo evitar el dolor, no se pudo evitar el sufrimiento; estaban ahí y había que hacer algo con eso.

Nos dimos cuenta que en el proceso de ruptura de los valores, de nuestros valores, apareció algo que no sabíamos cuánto tiempo había estado allí, dormitando a la sombra de nuestras luchas.  Ese algo había sido capaz de dar amor.  Porque no fue la bebé la que le dio amor a mi mamá, la bebé en realidad demanda amor, pero no sabe darlo, porque es como una niña de tres años, con una consciencia egoísta del amor.  Pero este nuevo bichito era capaz de amar de forma desprendida, eso era algo absolutamente nuevo para nosotras.

Curiosamente, en medio de ese proceso no renegamos de Dios.  Incluso La Razón no hizo ningún comentario estúpido.  Parecía como si Dios hubiera estado allí en todo momento, callado, sin hacer ruido, sin pedir nada a cambio.

Por una parte estaba Yo, sentada con los pedazos que rescaté del choque con el tren de la vida.  Tres mierditas que me quedaron, porque el golpe fue de tal magnitud que todo quedó inservible.  Por el otro lado, estaba Dios… no, por otro lado no, estaba sentado a mi lado, sin decir nada, sin mirarme, procurando no espantar al animal herido que veía sus tres mierditas y la escena del choque.

Fue cuando ese bichito nuevo le dijo “Papi, ayúdame a hacer algo con esto ¿sí? ¿será que podemos hacer una nueva criatura en Cristo?”.  ¡Yo no sabía que estaba diciendo!  La llamamos La Espiritual y dejamos que pusiera el coche en marcha, porque ninguna de nosotras podía manejar después del golpe.  La Razón seguía echada en una esquina de la perrera municipal, esperando morir de inanición.  La bebé no hacía sino llorar, era realmente insoportable, queríamos ahogarla.  La ninfómana sólo fumaba y tomaba vino, no para olvidar, sino para enfrentar esa cosa que llaman sentimientos.

Poco a poco La Espiritual ganó terreno y resultó siendo la que coordina las transacciones, aunque a veces pierda en las negociaciones, porque las otras tres recuperaron fuerzas y empezaron a exigir, aunque nunca volvieron a ser las mismas.

No es poco lo que he aprendido de mí misma en los últimos tres años de mi vida.  He cambiado, mucho, demasiado para mi gusto, y sigo cambiando… y sigo viendo cómo, dentro de mí, unas luchan por ese cambio y otras contra ese cambio.  Pero cada vez me cuesta menos, porque me he dado cuenta que en la medida que alimente más un estado del Yo y le reduzca las calorías a los otros, voy a ser más libre.  Es una libertad nueva, rara, poco atractiva a los ojos del mundo, pero es mucho más mía que el aire en mis pulmones.

No sé si mis otras personalidades morirán, pero sé que ellas menguan mientras alimento a la Espiritual.  Aunque… Yo espero que siempre estén allí, para hacerme saber lo humana que soy, para mostrarme mis limitaciones, mis errores, mis cagadas.  No quiero llegar a sentirme perfecta, pero quiero intentarlo como si fuera posible y sin ellas tres podría caer en la tentación de creerme buena y a mí la arrogancia de los buenos me da demasiado asco.

Adriana Pedroza Ardila.

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