Ella me contó, casi llorando, que sabía que no estaba enamorada, pero que tampoco estaba dispuesta a dejar pasar más oportunidades, porque realmente nunca se sabe dónde carajos está el amor.  Así que comenzó a salir con el fulano y la estaba pasando bien, pero de la noche a la mañana todo cambió y él, sencillamente, parecía haber perdido todo interés en ella.  Ni siquiera tenían sexo, ni eso.

Mientras la escuchaba pensaba en las decenas de casos similares que he conocido: mujeres realmente extraordinarias que salen con tipos realmente ordinarios, y por ordinarios me refiero a comunes, simples, normales, o lo que Yo he decidido llamar “Arepa con chorizo”.

En Bogotá se mezclan las más sublimes exquisiteces de todo tipo, con elementos muy rústicos.  Es perfectamente factible ver un auto de última tecnología rugiendo su motor en un semáforo y al lado ver un bicitaxi, es decir, una cabina donde caben sentadas dos personas, tirada por un sujeto que maneja una bicicleta.  En la misma zona gourmet pueden estar los mejores restaurantes de la ciudad y un carrito con una plancha caliente para preparar arepas rellenas de queso y chorizo.

El fenómeno de la arepa con chorizo se extiende a toda la ciudad.  Es común ver en cualquier esquina el consagrado carrito que exhala un hechizante olor que promete satisfacer el apetito de forma rápida y barata.

Observando los dramas sentimentales de otros, me puse a pensar cuánto se parecen las costumbres culinarias a las relaciones afectivas.  ¿Cuántas veces no hemos estado en medio de un concierto de tripas cuando el aroma a arepa con chorizo ataca y cedemos a la tentación?  Quizá la primera arepa con chorizo fue la más difícil, pero luego de aguantar hambre por varias horas es más y más rudo resistirse a la tentación de lo rápido y seguro.  Es rica, barata y sin complicaciones.

Entonces nos movemos del estómago al corazón.  Cuando se dan esos largos periodos de soledad, nos hacemos presa fácil de relaciones “arepa con chorizo”.  Eso no está mal, Yo no cuestiono la ingesta de alimentos altos en carbohidratos y  grasas, lo peligroso es cuando queremos engañarnos a nosotros mismos y tratamos de hacer de la arepa con chorizo la dieta diaria.

Más tarde o más temprano hará daño, porque ni el estómago ni el corazón están acostumbrados a esa clase de alimentos.  Quizá nuestro cuerpo extrañe la langosta, pero por las razones que sea optamos no esperar poder alimentarnos con comida de mar y nos conformamos con una arepita de queso y un chorizo… luego vienen las consecuencias, inevitables, irreductibles.

Pero también ocurre lo contrario.  Hay personas cuyo organismo está acostumbrado a la arepa con chorizo y de repente tiene la suerte de comer langosta.  La curiosidad puede llevarlas a pedir langosta y la emoción del rato hará que disfrute el ritual implícito en la ingesta del crustáceo.  No obstante, más temprano que tarde le resultará demasiado todo lo que debe hacer para poder saciar su apetito y su cuerpo extrañará la sencillez de la arepa de queso y el chorizo.

Yo sé tanto de relaciones como de cocina, poco tendiendo a nada.  Pero algo sé, hay comidas que no se mezclan, hay sabores que separados funcionan pero juntos se anulan; lo mismo pasa con las personas.

Yo no estoy en contra de las mezclas de clases, ampliando el concepto de clase mucho más allá de las clases sociales.  Me refiero a las clases de personas, donde se conjuga el pasado, las familias, las experiencias, los sueños y proyectos, los modales y las formas de ser y hacer las cosas.  No todo se puede mezclar con la esperanza que funcione, porque quizá alguno de los ingredientes quede anulado por el sabor del otro o quizá se anulen ambos.

No se puede comer la arepa con chorizo y langosta, no funciona, habrá que tirarla a la basura… y probablemente va a quedar un sabor muy desagradable en la boca.  Y si la urgencia llama a la puerta y parece imposible resistirse, lo importante es tener conciencia de que ese no es el menú de la casa.

Adriana Pedroza Ardila

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