Sigamos analizando la felicidad del venezolano, con base en los resultados de aquel estudio de Cimagroup, del 2006, y de otros tantos que hasta más allá del del 2011 lo ubicaban en el top 10 de los países más felices del mundo.
 
Los porcentajes corresponden al número de personas que, en aquella época, respondieron sentirse muy satisfechos o satisfechos con los items nombrados, sobre un total de un mil personas.
 
Darle una mirada en retrospectiva a estos resultados, pensando donde estamos hoy y dónde estábamos hace doce años, apenas doce años, podría servirnos para entender porqué no terminamos de salir de esta crisis revolucionaria y quizá hasta pueda ayudar a entender a las sociedades latinoamericanas porqué Venezuela llegó al nivel actual de desesperenza. Entiéndalo de una vez, la gente es quien hace el destino de los países.
 
Casa (70%)/ Barrio donde vive (59%)
 
Quien haya tenido la oportunidad de viajar y llegar al aeropuerto de Maiquetía en la noche, habrá visto el pesebre eterno que adorna los montículos que extienden desde La Guaira hasta Caracas. Miles de lucecitas en miles de casitas apostadas en la montaña. En la vía hacia Caracas, el espectáculo se repite una y otra vez. A la luz del día el espectáculo es menos acogedor. A donde quiera que se mire hay casas de aspecto deprimente, habitadas por venezolanos que llevan una vida deprimente, en condiciones infrahumanas.
 
En Caracas, la capital del tercer país más feliz del mundo, existen ranchos por doquier. Si usted es extranjero, permítaseme explicar que –en venezolano- un rancho es una casa construida con materiales de bajo costo, usualmente de ladrillos, techos de zinc, sin tuberías de aguas negras y blancas, en zonas de alto riesgo y en tierras que suelen ser de la gobernación o la alcaldía.
 
Prácticamente todas las urbanizaciones de la capital, sin importar a qué estrato social pertenezcan, tienen un barrio pobre muy cerca. Si no se ve, seguramente se escucha ¡porque hay que reconocer que los pobres en este país son gente muy alegre! La “música” que emana de los ranchos caraqueños llega a escucharse en las mejores urbanizaciones.
 
En el interior del país la situación está muy lejos de ser mejor. Ignoro cuál será el porcentaje real, pero lo cierto es que millones de habitantes del país feliz viven en casas construidas sin ningún tipo de control de catastro, sin control sanitario, muchas veces sin servicios públicos, sin agua potable, electricidad o un simple inodoro. Millones de venezolanos viven en casas de ladrillos y techos de zinc, sin tuberías de aguas negras, sin separaciones internas, sin protección alguna contra los arrebatos del cambiante medio ambiente o de los delincuentes de la zona.
 
Pero no todos en Venezuela viven en ranchos, también está el venezolano que vive en mejores condiciones, sea una casa o un apartamento, cualquiera que sea el barrio o la urbanización, trátese de un sector popular o de uno de lujo, en su mayoría no son propietarios. Otro elevado porcentaje de la población venezolana vive en inmuebles alquilados, porque, o bien no ha tenido los recursos para comprar, o porque el venezolano no ahorra para hacerse de activos de largo plazo.
 
Por un lado está la incertidumbre acerca de la probabilidad de que el próximo aguacero se lleve la casa y por el otro la incertidumbre acerca de la probabilidad de que el dueño del inmueble decida dar fin al contrato de arrendamiento.
 
El costo de la vivienda en Venezuela, en forma de compra o arrendamiento, sobrepasa los límites de la lógica. A modo ilustrativo, en el año 2006 me detuve a comprar cigarrillos en un kiosco en Los Palos Grandes y leí un anuncio que estaba pegado en la estantería que decía “Vendo casa en Petare, cerca del barrio pero segura, Bs. 80 millones” Por muy absurdo que parezca, un rancho en una de las zonas más peligrosas de Caracas, superaba los 20 mil dólares en el año 2006. Pero hay más, porque en el año 2007 apareció un artículo en un diario de circulación nacional donde se afirmaba que los precios de los alquileres de apartamentos en Caracas oscilaban entre los Bs. 2.400 y 3.500, hablando de bolívares fuertes, lógicamente. Como es obvio, el precio depende de la zona donde se encuentre el inmueble. Así, un alquiler de un apartamento en El Valle, Caricuao, Antímano o cualquier otra de las llamadas “populoso sector” en los noticieros, supera los 700 dólares. Ni hablar de los precios de una urbanización decente, no tiene sentido mencionarlo, pero es evidente el deterioro de las condiciones de vivienda en el país. Las catástrofes naturales han obligado a muchas familias a desplazarse de su lugar de origen y, aunado a la poca construcción de viviendas, la solución que han encontrado estas familias no es otra que invadir espacios públicos para construir algo parecido a una casa.
 
El déficit de vivienda se ha acumulado groseramente en los años de revolución bolivariana. La catástrofe natural de diciembre de 1999, dejó sin vivienda a miles de familias de los Estados Vargas y Miranda. Por supuesto, el gobierno ofreció casa a los damnificados, pero nunca cumplió. En el caso de los afectados del sector El Guapo -en el Estado Miranda- la Gobernación de entonces, liderada por Enrique Mendoza, trabajó para darle condiciones a los damnificados para adquirir viviendas… y, sin embargo perdió en las elecciones de Alcaldes y Gobernadores.
 
Las lluvias de los años 2009 y 2010 trajeron consigo más damnificados, más familias desplazadas. Como el gobierno no cumplió las metas de construcción de viviendas, optó por asilar a los damnificados en el que fuera un hotel de lujo en Caracas. Nuevamente ofrecieron viviendas dignas… nuevamente incumplieron la promesa.
 
La población en Venezuela se incrementa en cerca de medio millón de habitantes por año. Se dice que la demanda de nuevas viviendas es cercana a cien mil por año. Pero entre los años 1999 y 2002, apenas se construyeron 144.755. En varios artículos del diario El Universal acerca del tema de la vivienda, se lee que las soluciones habitacionales llevadas a cabo por el Gobierno, no llegan a cubrir el 20% de las necesidades reales de la población. Peor aún, existen diferencias abismales entre la Cámara venezolana de la Construcción y el Instituto Nacional de Estadística en cuanto a la demanda de vivienda en el país. Los primeros afirman que es necesaria la construcción de un millón y medio de casas, mientras los representantes del Gobierno dicen que sólo son menos de seiscientas mil. Unas casitas más o menos, eso no afectará la felicidad del venezolano.
 
Porque nada de esto le importa al venezolano feo, pues recordemos los números: El 70% de los encuestados manifestaron satisfacción con la situación de su vivienda. Aun cuando quizá más del 70% de la población venezolana viva en condiciones de incertidumbre con respecto a su vivienda y muy probablemente el resto tenga que vivir con las externalidades negativas que supone tener su hogar cerca de un barrio, llámese ruido, contaminación ambiental, inseguridad personal, etc.
 
Salud (74%)
 
Usted sabe bien que si se le ocurre enfermarse es mejor que tenga un súper seguro médico o unos cuantos millones en la cuenta bancaria para cubrir la eventualidad. Y no es porque usted sea extremadamente exquisito, sino porque –seguramente- le da arritmia cardíaca pensar en tener que ir a un hospital público.
 
La mayoría de los venezolanos son pobres, diga lo que diga el Instituto Nacional de Estadísticas. Y voy a seguir insistiendo con esto hasta que quede bien establecido el punto. Quizá a usted, o a alguno de sus seres queridos, le ha tocado vivir la horrible experiencia de ir a un hospital público o, por lo menos, habrá visto por televisión lo feo que es eso.
 
Bien conocido es el problema de la mala atención médica, de la falta de insumos, de la mala dotación de equipos, de las largas esperas para ser atendido, cuando no se encuentran en paro los médicos o las enfermeras. En Venezuela se tiene la idea que ir a un hospital es la antesala de la muerte, y de una muerte además deprimente. Por eso la gente hace grandes esfuerzos para tener seguro médico, para afiliarse a una de las tantas empresas privadas de salud que le permiten tener acceso a los servicios médicos a un precio menor que el galeno particular y, obviamente, mayor que el de un hospital público. El éxito que han tenido estas clínicas nuevas delata la mala calidad de los servicios de salud en el país, todo el que puede evitar pisar un centro médico público lo hace, aun cuando esto suponga grandes sacrificios. Incluso familias de escasos recursos procuran hacer un esfuerzo descomunal para asegurar a sus miembros y así tener la tranquilidad de contar con una ambulancia en caso de emergencia, entre otras cosas.
 
¿Cómo se explica entonces que el 74% de las personas encuestadas hayan afirmado sentirse satisfechas con el ítem salud?
 
Tenemos que admitir que la Misión Barrio Adentro ha ayudado a elevar el nivel de satisfacción de esa enorme cantidad de venezolanos que no tenían ningún tipo de acceso a la salud. Acepto que, pese a los errores que pueda traer intrínseco ese programa, algo es más que nada y aunque no sea agradable reconocerlo, en muchos sectores de la población, nada era la realidad en materia de salud desde hace muchos años. Supongo que para una persona que vive en un barrio de esos que están en las zonas altas de las montañas de la capital, que no bajan sino hasta un nivel por temor a los delincuentes de la zona, tener a un sujeto con una bata blanca y un estetoscopio, que por lo menos le da palmaditas en la espalda y le dice que se va a poner mejor con la aspirina que le está dando (aunque el diagnóstico sea disentería), el nivel de felicidad tiene que haber cambiado algo. Me parece que eso es lo único que puede explicar que un país con servicios de salud pública tan malos y servicios de salud privada tan onerosos, pueda tener un grado de satisfacción tan elevado.
 
Pese a ello, no se puede dejar de mencionar que en los últimos años han reaparecido enfermedades de tipo epidémico que se consideraban desaparecidas. Porque la salud no sólo consiste en atención médica, que de por sí es deficiente en Venezuela; también la prevención de enfermedades, las condiciones ambientales, el control del plagas, etc., forma parte de lo considerado salud. Los casos de parotiditis, una enfermedad prevenible mediante inmunización y que se encontraba controlada desde 1998 en nuestro país, pasaron de 19.142 durante el año 2007 a 110.272 hasta la semana 21 de 2008. Así se afirma en una carta enviada a la Organización Panamericana de la Salud por parte de un grupo de médicos venezolanos.
 
Allí mismo se explica que en el año 2006 se cambió la vacuna trivalente viral (sarampión, rubéola, parotiditis) por la bivalente (sarampión-rubéola) para combatir un brote epidémico de sarampión. El resultado fue un aumento abrupto en los casos registrados de parotiditis. Curiosamente, cuando los médicos señalaron este problema al Ministerio del Poder Popular para la Salud, el gobierno decidió resolver la situación de manera salomónica: No hay más estadísticas. Desde la última semana de diciembre de 2007, no se publica el Boletín epidemiológico semanal en la página de internet del organismo.
 
Pero además hubo brotes de sarampión en los años 2001, 2002 y 2006. Súmesele a ello el aumento en los índices de morbilidad de otras enfermedades infectocontagiosas que deberían prevenirse con simples vacunas, como tosferina, varicela, hepatitis A y hepatitis B. También volvieron a escena enfermedades como el dengue y la malaria, que se suponían controladas.
 
Y, sin embargo, el 74% de los venezolanos están satisfechos o muy satisfechos con las condiciones de salud que lo rodean. Piense en algo, no me involucré en el tema de la salud mental, pero créame que las condiciones ambientales en su querido país, en nuestra patria amada, distan mucho de ser propicias para formar personas mentalmente sanas.
 
Aspecto Físico (71%)
 
Analizando cifras y hechos, el resultado de este ítem parecería lógico. Tratándose de una sociedad que vive con el slogan “el país de las mujeres más bellas” y siendo que en Venezuela se gastan cifras asombrosas en cirugías estéticas, cosméticos y cualquier cosa que haga parecer a las mujeres más bellas, el resultado podría ser lo esperado. La pregunta subyacente podría ser si en realidad el venezolano se siente bien con su aspecto físico real o se siente bien con toda la ornamentación con la que sale a la calle, después de la última cirugía o de los masajes reductores. En todo caso, un alto porcentaje se siente feliz con su físico.
 
Pero a mí me gusta meter el dedo en la llaga… Porque si tanta gente está feliz con su aspecto físico ¿Cómo se explica que muchos venezolanos estén dispuestos a arriesgar su vida en cirugías estéticas que carecen de controles sanitarios? Porque, mientras en los países civilizados sólo médicos especializados pueden realizar determinados tratamientos estéticos, en Venezuela se hacen en una peluquería, un spa, incluso en gimnasios o, peor aún, en una casa cualquiera de un barrio estrato D o E. Cualquier pendejo que haga un cursito de cosmetología en Venezuela puede poner botox o hacer tratamientos adelgazantes invasivos, pero igual la gente va y pone en manos inexpertas su salud y su vida.
 
¿Qué se puede decir de la cantidad de dinero que se invierte en belleza? Peluquería, manicure, pedicure, depilaciones, agrandamientos de senos, liposucciones, masajes reductores, dietas y un sinfín de pendejadas ocupan el tiempo y el presupuesto nacional. Por algo se han inventado una impresionante cantidad y variedad de vías de financiamiento para operaciones estéticas, que se promocionan por televisión, en anuncios publicitarios en el metro de Caracas, en vallas colocadas en las paradas de buses. ¿Estará el venezolano tan satisfecho como dice de su aspecto físico?
 
Vida Amorosa (60%)
 
Según cifras presentadas en el website del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el número de divorcios en Venezuela ha aumentado en un 30%, entre los años 2000 y 2006. En el año 2000 hubo más de 91 mil matrimonios, siendo el número más alto del periodo. En los años 2002, 2003 y 2004 el promedio de bodas fue de 73.943 y aumentó significativamente hasta acercarse a los 90 mil en el 2006.
 
Definitivamente la situación política tiene que haber influenciado las decisiones matrimoniales en Venezuela. No sólo es que la gente se casa menos ahora que antes, sino que adicionalmente se divorcia más.
 
De los 24.841 divorcios producidos en Venezuela en el año 2006, el 28% eran matrimonios que tenían entre 10 y 14 años de duración y el 24% entre 15 y 19 años. Empero, más curioso aún, es la causal de la sentencia de divorcio. El 79% de estas separaciones está fundamentado, según detalla la fuente, en la ruptura prolongada de la vida en común.
 
Personalmente considero extraño que tanta gente declare estar satisfecho con su vida amorosa en un país donde los hombres “cariñosamente” llaman culito a las mujeres con las que salen. Así es, quizá le extrañe si usted, querido lector, no es venezolano, pero sepa que en Venezuela no es nada fuera de lo común escuchar frases como “tremendo culo con el que estás saliendo compadre” o “ayer salí con un culito bien depinga” o “esa tipa es EL culo”. Y no vaya usted a pensar que ese comportamiento, esa despectiva forma de referirse a la mujer, es exclusiva de un estrato social o de un grupo de edades específico. Sin determinaciones de clase, edad o raza, el hombre -en general- llama culo o culito a sus compatriotas femeninas. En una ocasión tuve la oportunidad de escuchar una historia que bien ejemplificaría este hecho. Una chica norteamericana se presentaba a los amigos y familiares del novio venezolano, un chico de buena familia, y en la reunión estrechaba la mano de los allegados al sujeto en cuestión mientras decía “hola, yo soy el culito de Carlos”. La pobre chica quizá creía que esa era una manera cariñosa de decir novia o lo que sea en Venezuela… y no es una exageración mía, realmente ocurrió.
 
¿Sabe usted cómo se dice popularmente que un sujeto está coqueteándole a la novia de otro? Anótelo, en esos casos los hombres dicen “fulano me está soplando el bistec”. Ergo, la mujer en Venezuela es vista por los machos criollos como un pedazo de carne o un culo.
 
¡Perdón, estoy exagerando! No solamente se considera pedazo de carne o culo a la hembra criolla, también se describe como una cuaima. La definición de cuaima del diccionario Larousse dice: “Serpiente ágil y venenosa, negra en el dorso, que vive en la región oriental de Venezuela. (Familia crotálidos.) 2. Venez. Fam. Persona lista, peligrosa y cruel.” Resumiendo, cuando la mujer venezolana no es descrita como un pedazo de carne o un culo; es lista, peligrosa y cruel. Usualmente la cuaima es la esposa o la novia formal, la jefe, la odiada compañera de trabajo. La mujer a quien el hombre venezolano quisiera llevar a la cama, es el culo.
 
Por otra parte, para continuar con lo paradójico de la satisfacción del venezolano con su vida amorosa, es singularmente gracioso ese porcentaje tan alto cuando en Venezuela una de las frases más comunes entre las mujeres es “en este país no hay hombres”. Esa es la más suave, porque también está “los hombres de este país no sirven para un coño”. Las féminas venezolanas viven quejándose de sus compatriotas masculinos, porque son infieles, porque le huyen al compromiso, porque son inmaduros e incluso porque son malos en la cama. Los extranjeros residenciados en Venezuela, sobre todo los diplomáticos, saben de las deficiencias de los machos criollos porque las mujeres venezolanas no hacen más que cuestionar a sus compatriotas masculinos. El hombre venezolano es descrito como un ser flojo, mentiroso, mujeriego, un bueno para nada. Pero los hombres también se quejan, dicen que las mujeres en este país sólo están pendientes del cuerpo, de la apariencia, de encontrar un tipo que las mantenga, que son interesadas, materialistas, etc. Viéndolo bien, es asombroso que ocurran tantos matrimonios en un país donde nadie sirve para un coño y todo el mundo es tan superficial ¿no creen?
 
Entonces, podríamos decir que esa satisfacción en la vida amorosa del venezolano no es sino reflejo de una absoluta conformidad con la situación presente que haya estado viviendo el entrevistado o, tal vez, los sujetos que aplicaron la encuesta encontraron al grupito de afortunados que hallaron el amor de su vida y están realmente felices. Y tal vez usted sea de esos felices que sólo ve amor por todas partes, pero observe más detalladamente y dese cuenta la cantidad de personas que constantemente se quejan de su vida amorosa, de su relación de pareja o de la falta de la pareja, del abandono del marido o la mujer, de los celos, de la frustración en torno a su situación afectiva. ¿De dónde carajo sacaron tanta gente satisfecha con su vida amorosa? En serio ¿de dónde?
 
Quien haya vivido en Venezuela, sea venezolano o haya tratado con venezolanos, podrá cederme este punto: en términos generales, la gente que ha vivido largos años en este país, suelen ser personas a quienes les cuesta mucho trabajo establecer compromisos de largo plazo, sea en la vida amorosa o en la vida política. No se puede dejar de lado el hecho de que muchas personas desean tener una relación afectiva de largo plazo, pero el compromiso que esto supone, la renuncia a los placeres de la soltería y el desconocimiento de lo que realmente se desea en una relación, evidencia la inmadurez de los venezolanos para vincularse con los demás. La constante termina siendo el deseo de que el otro satisfaga las necesidades propias y esto deriva en conflictos persistentes que hacen tortuosa la vida en pareja.
 
El venezolano promedio es un personaje curioso, a veces vive en el presente y no piensa en el futuro (como vaya viniendo vamos viendo) o, pasa largos periodos regodeándose en el pasado o fantaseando sobre el futuro sin actuar para conseguir las metas. Comportamiento que se repite, insisto, en todas las áreas de la vida del sujeto en cuestión, sea en política, en el trabajo o en el amor.
 
El venezolano feo. Segunda edición ampliada. 2011.
 
PD: No olvide que este libro fue escrito entre el 2009 (primera edición) y 2011 (segunda edición ampliada).