Lo quiero todo y lo quiero ya.

¿Es usted de los que teme que el Socialismo del siglo XXI destruya la democracia de su amado país? ¿Usted no quiere que su patria corra la misma suerte de Venezuela?  Entonces aprenda de los errores ajenos y haga caso al dicho que reza “Cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo”.

El inmediatismo del venezolano es otra de las razones por las que el país sigue su acelerado camino de descenso.  Si el venezolano participa en alguna actividad que implique, como todo, inversión de tiempo y energía, quiere ver resultados inmediatos.  Así son los empresarios, así es el pueblo, así son los pichones de políticos.

A modo ilustrativo, como economista, llevo más de cinco años haciendo consultoría externa a varias empresas y he podido darme cuenta que muchos empresarios se muestran inconformes ante los resultados de las evaluaciones financieras de sus proyectos cuando arrojan pérdidas el primer año.  De nada sirve explicarles que todos los proyectos tienen un periodo de maduración, que tener pérdidas el primer año es lo normal… nada sirve, el nuevo empresario venezolano quiere tener ganancias inmediatas o no invierte. Regularmente se buscan otro asesor que acomode los números para que los resultados en papel se vean como ellos quieren y, cuando finalizan el primer año con pérdidas, culpan al asesor por haberlos engañado.  Claro, eso es cuando buscan un asesor, porque la lamentable realidad es que en Venezuela hay mucha gente con ideas y dinero, pero convencida de lo innecesario de contratar a un economista para que los guíe, porque en este país todo el mundo sabe lo que hace y la planificación es una pérdida de tiempo y dinero.

Exactamente lo mismo sucede con la masa, con el pueblo venezolano.  Actúan por el impulso infantil de “no dejar para mañana lo que puedes hacer hoy”.  Un día se levantan y piensan que es un buen momento para comenzar una carrera, un nuevo trabajo, proponerle matrimonio a la novia o terminar la relación.  No pierden tiempo pensando qué carrera convendrá estudiar, qué tipo de empleo realmente quieren, si la persona con la que están es buena sólo para el presente o también para el futuro.  No consideran todos los factores, no analizan el entorno, no se hacen preguntas acerca de las opciones que se puedan presentar; simplemente actúan y listo.  Cuando fracasan, porque usualmente las actividades emprendidas por puro impulso infantil tienden al fracaso, buscan a quién culpar.  Y encontrar un culpable no es nada complicado en Venezuela, siempre hay un montón de candidatos.  Los padres, en especial la madre, ocupan el primer lugar de candidatos a culpables de los fracasos del venezolano feo, porque fue demasiado estricta o lo extremadamente laxa, por haberse aguantado al imbécil del marido todos esos años o porque dejó a los hijos sin padre.  Los maestros, la educación del país que no sirve para nada, porque los curas jodían demasiado o los laicos no les enseñaron valores.  ¡Dígame el pobre Dios!  El culpable de todo, porque le puso en su camino a ese desgraciado, porque se llevó a la persona que más amaba, porque no le salió el trabajo o porque fracasó en un examen. La culpa nunca es del venezolano feo, así como el presidente venezolano culpa a CIA o al Imperio Norteamericano de todo lo malo que ocurre en el país, cada venezolano tiene su propia CIA a quien culpar.

Ahora bien, el problema en sí no es tanto el fracaso, sino la ausencia de análisis de las razones que llevaron al fracaso.  Por eso abandonan la meta y comienza el ciclo de autoconvencimiento de que “eso” no es para mí.

La vida política del venezolano es un fiel reflejo de la vida cotidiana.  El venezolano nunca pensó por qué se perdió todo el esfuerzo de organización civil y se limitó a dejarle la responsabilidad a la Coordinadora Democrática.  Cuando el fracaso llegó, la culpa no fue de la sociedad civil, fue de la Coordinadora Democrática, porque los engañaron, porque no tenían un plan B, porque jugaron con la gente, porque los políticos tradicionales secuestraron la lucha civil y pare usted de contar.  Los medios de comunicación se hicieron eco de ese infantilismo nacional y se sumaron a los cuestionamientos a la Coordinadora, todo es culpa de los demás.

Así enfrenta el fracaso el venezolano.  Si no llegó a ser nadie en la vida, es culpa de los padres porque no lo dejaron ser o porque no le exigieron o porque lo sobreprotegieron.  Si fracasa en los estudios, es culpa de los profesores o del sistema educativo que no sirve para nada.  Si fracasa en el ámbito laboral es culpa de los jefes o de los compañeros que son unos hijos de puta.  La responsabilidad nunca es asumida como algo propio, siempre hay algo o alguien a quien achacarle el fracaso.  De nuevo, cada quien tiene su CIA y su propia teoría de conspiración.

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.