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Sep
22
2017

Lo que los hombres no perdonan.

XXII. Lo que los hombres no perdonan.
 
Tenía la intención de dormir hasta tarde el feriado del 24 de junio, pero los F-16 me despertaron más temprano de lo que hubiese querido. Ahora, cada vez que al huevón del presidente le da la gana, pone a volar sus avioncitos y le jode la vida a todos los pobres infelices que vivimos en Caracas. Porque sí, porque le da la gana, porque él se cree el dueño del país.
 
Traté de no dejarme afectar por las imbecilidades presidenciales, pero cada vez que agarraba un libro, un documento, me ponía a trabajar o a ver televisión, pasaban los F-16 sobre mi cabeza y lo único que me daba un poco de paz era recordar que el 31 de diciembre me vuelo los sesos. Ya falta menos para no tener que soportar esta basura. Pero por los momentos, me tocó aguantarme las payasadas de Chávez.
 
Además, trágicamente, uno tiene que escuchar al idiota, porque cualquiera de sus idioteces va a ser tema de conversación los próximos días y, en este país, no saber lo que dice que psicópata de Miraflores, es imperdonable, porque te pueden estar jodiendo la vida en cadena nacional y es mejor saberlo de la fuente primaria. Otra de las tantas obligaciones empresariales, saber qué dice el psicópata… como si no hubiesen cosas mejores en qué ocupar el tiempo.
 
 
Marco y yo regresamos tarde de un almuerzo de negocios el miércoles. Básicamente, todo el peso del cierre de los contratos más grandes caía sobre nuestros hombros. Conocíamos a las personas adecuadas y sabíamos cómo plantearles los negocios, cómo convencerlos. Eduardo era el analítico, el de la ingeniería gerencial, el que construía toda la estructura de la paja que Marco y yo hablábamos. Hugo era el especialista en detección de buenos negocios; siempre cazaba las mejores oportunidades y sabía quién andaba en qué y, por supuesto, qué se le podía proponer a cada quien. Marcial era el encargado de las relaciones con la gente del gobierno, con los empleados y con algunos clientes que se sentían a gusto con la informalidad.
 
Llevábamos meses tratando de comprar una pequeña firma de consultores. Ya nos habíamos lanzado al mercado latinoamericano hacía tres años pero, con esa firma, podríamos abrirnos paso al mercado americano. Tenían varios clientes que nos interesaban, sobre todo la empresa de Roberto González, que acababa de abrir dos oficinas en Estados Unidos. Mientras ellos siguieran contando con ese cliente no iban a vender; al menos no al precio que nosotros queríamos comprar. La solución sería traernos a González a nuestra firma y, dado el perfil del tipo, el hombre adecuado para la negociación es Marcial.
 
 
Marcial y Roberto se conocen desde la universidad. Sus orígenes son muy similares, vienen de familias humildes y han trabajado muy duro para llegar a donde han llegado. Las pocas veces que los he visto interactuar ha sido tan desagradable que prefiero retirarme. Hablan de las mujeres como si fueran cosas con senos y glúteos. Se jactan de todas las mujeres con las que han estado y su filosofía es que a las mujeres hay que tratarlas mal, porque eso es lo que les gusta. Cuando Marcial está con él se comporta como un pitecántropos. Bebe hasta que no puede más y hay que llevarlo casi cargado a su casa. Se le acerca a las mujeres y les dice cualquier cosa, incluso hasta ha llegado a recibir una bofetada en público por algo que le dijo a una chica en Vintage sobre su “morrocoya”. Por fortuna han dejado de verse con la frecuencia que lo hacían antes, lo cual ha influido de manera positiva en su comportamiento con las mujeres… al menos en público, en privado sigue siendo el mismo patán, pero eso no nos afecta a nosotros, ergo, no nos metemos.
 
Lo que pude conocer de Roberto González fue lo suficientemente despreciable como para evitar estar con él en el mismo lugar. Un par de veces fui a su oficina y pude ver el trato que le da al personal, sobre todo al femenino. Es el tipo de personas que disfruta maltratar en público a quienes están por debajo de él. A diferencia de Marcial, que se hace amigo de todos los empleados y los trata con respeto y consideración, Roberto González se hace amigo de sus empleados, pero abusa de esa confianza y los grita, los insulta y los humilla delante de cualquier persona.
 
Él siente que no es suficiente ser importante, sino que debe demostrarlo y –según su criterio- una persona importante no llega a la hora a las reuniones, interrumpe constantemente para atender una llamada y llama a gritos a la secretaria para pedirle café y luego hacer algún comentario sobre el trasero de la chica con los presentes.
 
Disfruta decir que en su empresa todas las mujeres están buenas y que todas han pasado por sus manos. Se regodea comentando que hizo esperar casi una hora a algún personaje importante, porque estaba jugando en la computadora y no iba a parar para atender a “ese huevón”. Hace comentarios sexuales sobre las empleadas con sus empleados, propiciando el irrespeto en la empresa entre compañeros de trabajo. Cuando me lo he encontrado en locales nocturnos, siempre está rodeado de aduladores y chicas que apenas pasan los veinte, con look de promotora de cerveza y actitud de chupasangre. En síntesis, Roberto González es todo lo que rechazo y más, pero ahora lo necesito cerca.
 
 
Por fortuna, y estrategia, nunca le he hecho un desplante. Siempre lo saludo como si me agradara verlo. Como suele instalarse a hablar estupideces apenas lo saludo, lo corto rápidamente diciéndole “mañana te llamo para tomarnos una vaina donde las putas”. Eso es suficiente para sacarle una sonrisa y sacármelo de encima. Nunca lo llamo, jamás; tendrían que torturarme antes de ir a un burdel con ese tipo. Pero lo importante es que él siempre ha sentido que yo lo aprecio, incluso le ha dicho a Marcial “Ese carajo es bien depinga”. Eso es lo único que necesito para que confirmar que mi trabajo en la empresa está bien hecho. Todo el mundo debe sentir que yo, Adriano Mendoza, soy depinga. Me interesa que todo el mundo piense así, que todo el mundo me vea como una persona de fácil acceso, amable y encantador. Esa es la llave al éxito profesional y empresarial.
Honestamente, yo no sé mucho de nada, pero sé lo suficiente como para entablar una conversación poco profunda de lo que sea y hacerla tan entretenida para mi interlocutor que, sin darse cuenta, querrá tenerme cerca. En cuestión de segundos analizo a mi víctima y puedo acertar qué le gusta, qué lo conmueve, qué lo irrita, qué le levanta el ánimo. Yo tengo analizados a todos los clientes, y a los potenciales clientes también; por experiencia sé qué darle y en qué dosis para que caigan y se ensarten con nosotros.
 
Los inversionistas no son mucho más analíticos. Aunque tengan todo lo necesario para analizar un proyecto de inversión, al final en su decisión pesa más el feeling que le doy a los números que pueda arrojar el proyecto.
Las mujeres ni hablar. A la mayoría de las mujeres lo único que hace falta es escucharlas un par de veces y ya están listas, ya sienten que uno es el hombre de sus vidas. Igual es con los empleados, la familia, los hijos, la ex esposa, los socios… Yo sé cómo levantarle el ánimo a mi mamá cuando está decaída, basta con pedirle que toque Claro de Luna y ella recuerda los tiempos en que soñaba con ser pianista y siente que soy el único hijo que aprecia su talento. En realidad no la escucho, pero hago que la escucho y, para ella, eso basta. A Antonieta, la administradora de la empresa, le subo el ego diciéndole que el color que lleva la hace lucir radiante… en verdad ni sé qué color lleva, pero ella se alegra de que alguien le vea algo diferente a las tetas, aunque trate de resaltarlas constantemente. Yo sé cómo hacer que todo el mundo sienta que estoy pendiente de sus estupideces y la gente es feliz con eso… es una ladilla hacerlo, pero me he ganado muchos aliados con eso.
 
Ahora hay que traer a Roberto González a la lista de clientes. Yo no estoy dispuesto a echarme ese muerto encima. Marco tampoco. En el camino de regreso a la oficina, después de almorzar con los idiotas de la pequeña consultora que queremos absorber y, luego de haber logrado que nos dijeran cuál es su ancla, decidimos que Marcial era el hombre indicado para hacer el trabajo sucio. A ninguno le agrada la idea de tener a ese imbécil como cliente, pero había crecido y se estaba convirtiendo un el obstáculo para nuestros planes.
Apenas llegamos, llamamos a nuestros socios a una reunión de emergencia para trazar el plan. Pensamos que Marcial recibiría con agrado la noticia, podría reunirse con su viejo amigo sin la censura de la Junta, traería un cliente importante y nos dejaría el camino libre para comprar una empresa al precio que queríamos pagar. Sin embargo, recibimos un rotundo no.
 
– No pana, yo ya no ando más con ese carajo –dijo Marcial esquivando nuestras miradas de asombro
– ¿Qué pasó huevón? –le preguntó Eduardo- ¿Ustedes no eran los más panas?
– ¡Éramos! –sentenció Marcial
– Ya va marico –intervino Marco- Esta vaina no es un juego. Estamos hablando de una compra, de una compra que está parada porque ese huevón le está reportando demasiadas ganancias a…
– ¡Yo sé marico, yo sé! –interrumpió Marcial- Pero yo tuve un peo con ese carajo y… no pana, yo… nosotros no hemos vuelto a hablar desde…
– ¿Desde qué? – le pregunté molesto- Mira, yo te voy a decir una vaina, aquí uno no tiene peos con la gente. Aquí uno no se puede dar ese lujo, esa vaina está prohibida, vetada. Aquí nos tenemos que llevar bien con todo el mundo y esa vaina la acordamos desde que formamos el acta constitutiva de esta empresa. Aquí resolvemos los problemas como sea, pero los problemas personales no pueden joder el desempeño de la empresa y, Marcial…nosotros hemos respetado tu forma de ser siempre y sólo nos hemos metido cuando…
– ¡Coño huevón! –me interrumpió- No-puedo-hablar con ese carajo ¿ok?
– ¡Ok una mierda! –continué molesto- Yo no sé qué coño habrás hecho y no me interesa. A mí lo único que me interesa es que ese huevón está atravesado en mi camino y por él no puedo comprar la consultora que necesito. ¡Esa vaina está en planes desde el año pasado!
– Mira marico –le dijo Marco- aquí todos trabajamos por lo mismo: la empresa. Aquí todos nos hemos aguantado mariqueras de medio mundo para sacar esta vaina a flote. Yo me he tenido que reunir con gente que me provoca entrarle a coñazos, pero me la aguanto, voy a mi reunión y sonrío.
– Uno no anda peleando con la gente Marcial –agregó Eduardo- porque, coño marico, lo que uno hace en privado afecta a la empresa. Y no estamos como para darnos ese lujo. Marico, la empresa está creciendo y necesitamos aliados, no enemigos.
– Bueno huevón –le dijo Marcial- ve tú y reúnete con él.
– Coño vale –se levantó Hugo- tú sabes que para que yo me arreche hay que echarle bolas… y me estoy arrechando. O me dices qué coño pasó, y más te vale que la vaina sea bien grave, o… no sé marico, no sé. Me estoy arrechando.
– ¿Qué fue lo que pasó? –le pregunté serio
– ¡Coño huevón, no te quedes callado! –saltó Marco de la silla- Por lo menos ponnos al tanto del peo para saber a qué atenernos.
 
 
Marcial mantenía la cabeza clavada en la mesa, tamborileando los dedos sobre la silla, callado. Todos lo mirábamos esperando el relato del incidente, a la expectativa de una historia que incluyera sexo, infidelidad y traición a la amistad. Esperamos por varios minutos, viéndolo tomar impulso para hablar y luego permanecer en silencio varios minutos más. Yo estaba molesto como nunca. Quería agarrarlo del cuello y pegarlo contra la pared para que terminara de hablar. Creo que todos sentimos el mismo deseo, pero nos contuvimos. Tomó agua, tragó y nos advirtió que todo lo que estábamos a punto de escuchar debía quedar en el olvido apenas saliéramos de la sala. Aunque la advertencia estaba de más, porque nunca hemos tenido la costumbre de indagar más de la cuenta ni de hablar con otras personas de lo que conversábamos en privado, juramos que así sería.
 
 
– Bueno –comenzó a hablar- el peo fue el año pasado… y ni siquiera nos hemos escrito ni un email ni hemos chateado más… porque… ¡verga marico!
– ¿Qué-fue-lo que pasó? –le preguntó Marco visiblemente irritado.
– Estábamos chateando y el carajo me preguntó si quería cogerme a una carajita que quería un trío… que se la cogieran entre dos… y yo le dije que pa ve el culito y él me mandó la foto de la carajita desnuda y ¡estaba bien buena la coña! Entonces… bueno, fui a echarle bolas… ¡una diabla la coña!… tiraba bien rico…
– ¡Coño de la madre huevón! –interrumpió Eduardo- ¡Ve al grano!
– Mira marico –aclaró- les estoy contando esto para que entiendan por dónde viene la vaina.
– Ok –intervine molesto- pero trata de resumir.
– La vaina se puso pelúa cuando… me estaba dando una latas con la carajita y ella me estaba haciendo la paja… y me estaba lateando… entonces… bueno marico, lo que pasó… ejem… nada marico, lo que pasó es que el marico ese me agarró el huevo y me empezó a hacer la paja… ¡no joda huevón!
– ¡Mierda! –exclamamos todos.
– Y el marico ese –continúo relatando ante nuestras caras de asombro y repulsión- todavía tiene las bolas de preguntarme que si quiero que me lo mame…
– ¡No joda! –dijimos llevándonos las manos a la cara para luego mantener la expresión de asco y asombro.
– Yo me paré y le dije que se dejara de mariqueras y… ¡marico, la carajita estaba ahí diciéndome que la sensación era la misma! ¡la perrita esa quería acción man-man! Y… coño marico, yo estaba que le daba unos coñazos… ¡pero estaba desnudo marico! ¿Cómo coño le voy a dar unos coñazos a un tipo si los dos estamos desnudos? –Ante nuestro silencio, prosiguió- Nada marico, agarré mis vainas, me vestí como una carajita abusada, tratando de que no me vieran el culo y me fui pal coño y más nunca le hablé a ese maricón… ¡No joda huevón!
– ¡De bolas! –le dije apoyándolo
– ¡Y tan arrechito que…! –exclamó Eduardo- Coño es que esos carajos que se las tiran de supermachos, de arrechos, de que se cogen a todos el mundo… ¡No joda huevón! ¡Que bolas esa vaina pana!
– Y sobre todo que es tu pana de toda la vida ¿no? –preguntó Hugo, mientras Marco permanecía en silencio, con cara de repugnancia.
– ¡De toda la vida marico! –le confirmó Marcial- Yo conocí a ese carajo el primer día de clases. Tomábamos birra juntos, levantábamos culos juntos, yo iba a su casa a estudiar o él iba a la mía… ese carajo era como mi hermano… pero más malandro… porque eso sí, ese bicho siempre ha sido un malandro. Pero pana, esa vaina de meterse a marico después de viejo… ¡no joda huevón!
– ¡Déjate de vainas! –le dije- Nadie se vuelve marico después de viejo. El que es marico es marico siempre. Lo que pasa es que esos tipos como él, se pasan toda la vida sobreactuando como machos para que los demás no le vean lo marico.
– ¡De bolas! –aprobó Eduardo de un salto- ¡Es así pana! Mira… yo tuve un vecino que… es que verga pana… yo siempre veía al carajo en todas partes con un mujerón más bueno que el otro. Siempre las tenía agarradas por la cintura o por el brazo, así como con esa actitud de “este culo es mío”. Se casó con un mujer bellísima, no sé si era modelo o algo por el estilo, pero lo cierto es que la caraja siempre andaba con unas microfaldas y las tetas a punto de saltarles de la blusita y, me contó mi señora, que el tipo como que la celaba demasiado… pero la vaina es que ellos seguían juntos, no sé por qué, pero seguían juntos. Y parece que una vez él salió a la oficina y ella salió después a algo que tenía, pero se devolvió antes de tiempo y encontró al carajo en su cama con otro tipo. Esa mujer se iba volviendo loca pana.
– ¡Esos cuentos son más comunes! –dijo Hugo con sarcasmo
– ¡Coño pero es verdad! –siguió Eduardo- Esta vaina pasó en mi urbanización pana, no fue que me lo contó una persona, me lo confirmaron varios.
– Y el tipo me imagino que se mudó ¿no? –pregunté.
– ¡De bolas! –me confirmó- ¿Qué pasó huevón? –le preguntó a Marco- ¿Sigues en shock?
– Coño marico –dijo Marco incorporándose- es que el cuento es rudo. Pana es… no sé marico… tú me vas a perdonar –le dijo a Marcial- pero esa vaina de que el carajo… no te vayas a arrechar pero… huevón pregúntate por qué ese carajo… coño, tú sabes… esa vaina de echarse ese pelón así… no sé pana…
– ¡¿No sabes qué marico?! –le preguntó Marcial a la defensiva.
– ¡Epa pana! –intervine ante el inminente peligro de una pelea entre socios- Vamos a calmarnos caballeros. Aquí nadie está juzgando a nadie. ¿Ok? Y los maricos sí se pelan huevón –le dije a Marco- ¡A mí me han coqueteado demasiados maricos!
– ¡Coño sí pana! –me ayudó Hugo bromeando- Tú sí levantas maricos.
– ¡Bueno huevón, a eso también se le saca provecho! –continué- A mí me quiere hasta la comunidad gay. El mariquito este de los dólares, siempre me consigue un pendejo que me venda barato y él se gana menos por la operación pero se toma un capuchino conmigo y está feliz ¿te das cuenta?
– ¿Capuchino? –me preguntó Marcial con cara de asco
– O un té aromático –agregué- Y como los maricos clase alta se conocen todos, me consiguen entradas para todo en el Teresa Carreño cuando se supone que están agotadas, y de cortesía, por supuesto.
– ¡Tú eres una rata pana! –me dijo Marco riéndose.
– Rata no –corregí- Astuto. Y el mundo es de la gente astuta. Así que ahora vamos a ver qué mierda vamos a hacer para que ese marico de carretera deje a los otros consultores.
– Pana –interrumpió Marcial- Yo espero que ustedes entiendan mi punto… pana, yo no quiero a ese carajo aquí metido.
– No, de bolas que no –dijo Marco- Ya sabemos demasiado de él… más de lo que quisiéramos haber sabido.
– Coño vamos a dejar el peo –les dije- Los clientes casi nunca vienen para acá. Lo que queremos es que deje a los otros consultores, y si venirse para esta consultora es la solución para él, ¡pues que se venga! Y si podemos, que sería lo ideal, hacer que se fuera con otros…
– ¿Con el brasilero? –me preguntó Marco sonriéndose.
– ¡Exactamente! –le dije, devolviéndole la sonrisa
– Me perdí marico – dijo Eduardo- ¿Quién es el brasilero?
– Una firmita pequeña que montaron tres carajos –le comenté- Uno que estaba en Datanálisis, otro que viene de Datos y otro carajo que viene de Brasil que una mariposa completa. Yo lo conocí en enero del año pasado, me lo presentó Lorenzo Mendoza en un cocktail en Polar. Luego me encontré al tipo en los Carnavales de Brasil, botando las plumas en la caravana de Brahma.
– ¡Ese es el propio! –dijo Hugo golpeando la mesa con los nudillos.
– No sé marico –dudó Marcial- a ese plan le hace falta un culo. Ese carajo no se va a ir de una con un marico. Tienes que ponerle el culo y el marico para que caiga.
– Bueno –le dije- eso no es problema. Lo que hay que hacer es explicarles a esos huevones que si quieren ese cliente tienen que mandar un culito para que acompañe a uno de los socios para la negociación y que el socio apropiado para eso es el brasilero… tú sabes, uno les dice que es para que no se sienta amenazado con otro macho en la mesa.
– ¿Y por qué se supone que les vamos a dejar que se lleven a su empresa ese cliente? –planteó Hugo- Porque lo lógico es que… el que lo vea desde afuera va a preguntarse por qué no lo agarramos nosotros.
– Eso déjamelo a mí –le dije- Los invitamos a almorzar o a tomarnos unos tragos, les decimos que tenemos que pensar en definir una postura ante la situación política del país y toda esa paja y les soltamos “accidentalmente” información de este marico. Y que ellos lo busquen.
– Además –agregó Marco- si ese carajo no se ha venido para acá es por un tema de precios. Y estos huevones como están nuevos regalan el trabajo.
– ¡Exactamente! –aprobé.
– ¿Cuándo le echamos bolas? –preguntó Eduardo.
– Esta misma semana –le dije- Ahora le digo a Magdalena que los ubique y te digo el día y la hora de la reunión –le dije a Marco.
– ¿Listos entonces? –preguntó Eduardo
– Listos –dijimos todos
– ¡Hey! –llamó Marcial- Ya saben… grado 33.
 
 
Se levantó la reunión y cada uno se fue a su oficina. Magdalena hizo las llamadas necesarias y ubicó todos los datos de la empresa. Llamamos y coordinamos un desayuno para el próximo viernes en el Hotel Marriot.
 
Acepté la cita con no pocas dudas. El desayuno de los viernes es con Caterina Ivanova, me gusta esa rutina, me gusta esa certeza. Tengo poco tiempo para estar con ella y esos dos días que puedo tener la seguridad de verla para charlar, para reírnos, para mirarnos… Además, para ese mismo viernes le prometí a María Consuelo que saldríamos a cenar y a bailar. Y voy a tener que amanecer con ella el sábado y seguro va a querer hacer algo el sábado… Tengo que terminar con María Consuelo. Se está poniendo exigente y eso sí me estorba. Pero la boda de mi prima es en menos de dos meses… tendré que esperar un poco.
 
 
 
En la noche llamé a Caterina Ivanova para hacerle saber que el viernes no podríamos compartir mesa en café Olé, porque tenía un asunto de negocios por resolver. Le propuse desayunar juntos el jueves, pero me dijo que ya tenía planes con otra persona. Le pedí que los cancelara para que pudiéramos pasar un rato juntos, pero –después de reírse de mí- me aclaró que ella no iba a estructurar su agenda según mis necesidades y que, si lo hacía esta vez, yo me iba a acostumbrar a que ella hiciera todo para complacerme y ella se iba a acostumbrar a hacer de todo para complacerme.
 
Aunque sé que es cierto, me molestó y se lo hice saber. Le dije que no soy del tipo de personas que piden grandes sacrificios y que si podía desayunar con esa otra persona el viernes ¿por qué no cambiar la cita para pasar más tiempo conmigo? Le dije que si yo pudiera cambiar mi reunión lo haría, pero que no estaba en mis manos, porque no era un desayuno de amigos, sino de negocios. Traté de manipularla de todas la maneras que conozco y, después de escucharme con atención, confirmó su negativa. Me despedí y quedamos en vernos el próximo martes.
 
Creo que si Caterina Ivanova no cambia su actitud con los hombres se va a quedar soltera por el resto de su vida.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE VI. CAPÍTULO XXII.