He renunciado a mí, no era posible… No fue un proceso fácil, pero pese a mi brutal arrogancia tengo que adjudicarme un punto a favor: cuando alguien tiene razón, cuando alguien es mejor que Yo, reconozco mi derrota.

Yo me enamoré del chico de barba, el que me salvó. Ese, de quien tantas veces trataron de hablarme pero Yo no quise escuchar y, en honor a la verdad, no creía la mayor parte de la historia y tampoco entendía de qué rayos me había salvado. Ergo, lo menosprecié. Sí, me parecía un tipo cool, agradable, fuera de lo común, pero nada más.

Soy muy franca y lo admito, nunca hubiera estado dispuesta a cambiar mi vida por él. Estuve dispuesta a hacerlo por la memoria de mi mamá, pero no por él. Me acercaba al chico de barba de vez en cuando, para contarle algunas cosas, tomar un vino tinto, fumar un habano, plantearle mis problemas y aspiraciones, pero sólo para eso. Éramos amigos, me caía bien.

Sin embargo, luego de la muerte de mi mamá. Empezó a caerme demasiado bien, porque me di cuenta que él siempre estaba cerca, lo sentía, sentía su cobijo, su calor, su consuelo… su voz… a la cual no siempre hice caso, porque Yo le pedía ayuda, guía y dirección, pero cuando sentía que ya estaba en tierra firme hacía las cosas a mi manera, no a su manera. Al fin y al cabo, era mi vida, no era la vida de él.

Y un día me enteré que el chico de barba es el hijo de Pluma Blanca. El chico de barba es el Rey de reyes, Señor de señores… supe que todas esas historias que me habían contado eran reales, supe de la existencia de suficiente evidencia para confirmar que esos relatos que había leído eran cosas que pasaron de verdad. Entonces sí, él, el hijo del Altísimo, el heredero, el primogénito, aquel por quien y para quien fueron hechas todas las cosas, murió en una cruz y gracias a ese sacrificio Yo soy salva. ¿Salva de qué? No sé, pero con tantos pecados que podía adjudicarme no valía la pena preguntar.

Poco a poco comencé a escucharlo más, porque estaba enamorándome de verdad. Y así decidí, en diciembre de 2014, que Yo quería hacer su voluntad. Y quería hacerla porque estaba enamorada, no porque de verdad hubiera dimensionado y entendido todo lo que le debo. Para ese entonces tenía otro dios y señor: Yo. Vivía de acuerdo a mi voluntad, esperando que Dios llenara cualquier necesidad. Al fin y al cabo, decía Yo, Jesús murió para que Yo fuera heredera y Yo quería parte de mi herencia ahora y el resto pagadero en cuotas.

Pero dije la palabra “mi deseo para el 2015 es hacer la voluntad de Dios”. ¡Venga que si Dios escucha! Y es que más claro no pudo ser la respuesta. Apenas el 19 de enero de este año me invitan a un seminario de teología y resulta que se llama “La voluntad de Dios”. Y Yo no quería hacerlo, porque estaba segura que si mi voluntad no era la voluntad de Dios alguien iba a salir jodido y ese no iba a ser Dios.

Cuando le dices al chico de la barba que estás lista para dejar de ser amigos con beneficios y convertirte en su esposa y el chico de la barba acepta y te va explicando de qué viene eso de ser su esposa… no parece tener mucha lógica salir corriendo. Al fin y al cabo las relaciones conllevan compromisos y responsabilidades, lo que pasa es que a uno nunca le enseñaron que la relación con Dios tiene compromisos y que esos compromisos no son cumplir los diez mandamientos. Es más jodido, mucho más jodido… y no me gustó. Realmente me encabroné como nunca antes en mi vida me había encabronado, y eso es decir mucho.

Enfrentada a la evidencia de la veracidad de los evangelios, no podía negar la realidad: hay un mundo espiritual, el espíritu es lo único eterno, somos peregrinos en esta tierra, al morir el cuerpo vuelve al polvo… pero el espíritu vuelve a Dios y allí será decidido su destino: El Reino con Jesús o el Abismo.

Entonces listo, elijo el Reino con Jesús. Sí, perfecto, Yo creo… pero me vuelven a cagar la vida, porque resulta que creer no es decir “Yo creo que Jesús es Dios, Yo creo que Jesús es mi salvador, bla bla bla”. Creer en Jesús conlleva una cadena de actos que, para una personalidad como la mía, no son fáciles de ejecutar. Así, paso a paso me iba retorciendo.

Sabiendo que Jesús es el único camino para llegar al Padre, podía decidir arrodillarme ante él o renunciar al premio y decir que me importa un pito la vida después de la muerte.

Arrodillarme ante Jesús implica entender que él es Dios rebajado a la condición de hombre, pero es Dios. Que Dios tiene una voluntad que se va a cumplir conmigo o sin mí, que Dios no me necesita, ni necesita que Yo ore, ni necesita que Yo me arrodille ante él. Que Dios es Dios conmigo o sin mí, pero si acepto su camino, debo doblegar mi voluntad, renunciar a mi vida, a mis antojos, a mis dioses, a mis caprichos y hacer su voluntad.

También podía devolverme y cancelar la boda… decirle que no era lo que Yo esperaba (que no lo era) y volver a mi antiguo estadio de fe acomodaticia. Pero ¿cómo despreciar una salvación tan grande? ¿cómo despreciar un regalo tan grande? Era decidir entre mi ego y el Reino de los cielos.

Tomar la decisión era una cosa, mantenerla era otra muy diferente.

El problema cuando uno se gusta demasiado a sí mismo es que, en ocasiones, hasta el Reino de Dios parece insuficiente. Entonces, constantemente, me tocaba repasar conmigo misma lo que iba aprendiendo para recordarme lo que estaba poniendo en la balanza.

Pasaron días, semanas, meses, en los cuales no leí nada que no estuviera relacionado con la palabra de Dios, porque si me voy a comprometer para toda la vida con alguien, lo mínimo que debo hacer es conocer bien a ese alguien con quien pasaré la eternidad. Y no hay otro lugar donde pueda conocer a Jesús sino la Biblia.

Abandoné todos mis proyectos, mis planes, mis sueños… de repente todo lucía tan pobre, tan chiquito, tan marginal al lado de ese proyecto conjunto que tenía con Dios. Me gustó. Entendí de qué se trata todo… finalmente llegó el día en que dimensioné lo que estaba servido frente a mí y tomé la decisión.

El sábado me bauticé en agua. Reconocí públicamente que Jesús es mi Señor y que vivo, me muevo y tengo mi ser en él. Me casé y es para toda la vida. Por primera vez logro dar el paso del compromiso, porque sé que tengo al mejor esposo.

El sábado lloré durante toda la ceremonia… era la única idiota que estaba llorando y la verdad es que no entendía por qué lloré tanto, hasta hoy. Y entendí que lloré porque la decisión que tomé implica morir a mí, enterrar ese viejo ser y vivir conforme a la voluntad de Dios. El sábado, oficialmente, renuncié a ser mi dios, renuncié a hacer mi voluntad, renuncié a mí y me arrodillé ante el Dios viviente.

Sí, lo admito, me gustaba mucho a mí misma… pero después de conocer bien al chico de la barba, reconozco que no sólo es que él me gusta mucho más, sino que además sé que vivir por él y para él es más hermoso que vivir por mí y para mí. Ya no es mi vida.

Adriana Pedroza Ardila.

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