Nov 28 2017

La Navidad en la Venezuela de antes.

Venezolanadas de ayer, hoy y siempre, presenta:
 
XXXVIII. La Navidad en la Venezuela de antes.
 
Los compromisos navideños no acaban nunca. Desde antes que comience diciembre, hasta el día de reyes, uno no tiene un solo día de descanso. Hay que ir al acto de navidad del colegio de los niños. Verlos cantando aguinaldos, a los más grandecitos tocando gaitas y bailando, desafinando y haciendo desastres en el escenario, mientras los padres tomamos fotos, videos, sonreímos y aplaudimos emocionados desde nuestras butacas. Todos los años es prácticamente el mismo acto. Este año Alexander tenía un solo en El Burrito Sabanero y Clarita era un angelito en la representación de la Natividad. Todos los años el repertorio es el mismo: Niño Lindo; El burrito sabanero; Cantemos, Cantemos y Fuego al cañón. Sin importar cuántas veces hayan visto el mismo acto, las abuelas y las madres siempre, no sé por qué, pero siempre lloran de emoción cuando sale el niñito a escena. Los días subsiguientes, mostrarán los videos y las fotos del infante a toda alma que se atraviese en su camino.
 
A la maestra hay que comprarle un regalo, aunque todo el colegio la odie. Ellos tienen su propio amigo secreto y hay que adivinar qué se le puede comprar al niño que sea lo suficientemente bueno para que el hijo de uno esté satisfecho con el regalo, pero no tan bueno para que no se lo quiera quedar. Terminan las actividades académicas y hay que ingeniárselas para distraer a los pequeños mientras uno cumple con todos los compromisos de las fechas decembrinas. Siempre estrenan una película infantil estas fechas y, en esto los niños son irreductibles, hay que llevarlos a verla cuantas veces ellos quieran. De lo contrario, las pataletas serán psicológicamente más costosas que todas las vueltas que hay que dar en diciembre para conseguir un puesto en un estacionamiento de un centro comercial.
 
El quince de diciembre, último día de actividades del año, hacemos el amigo secreto en la oficina. Nos reunimos todos, compartimos un almuerzo de navidad e intercambiamos regalos. Este año me regaló Omar, uno de los motorizados de la empresa, que pensó que un combo de bolígrafo, reloj, pisacorbata y gemelos sería un buen regalo. Yo entiendo que no debe ser nada fácil regalarle a uno de los socios… pero esas baratijas… por favor. Obviamente, al recibir el regalo me mostré emocionado. Sonreí, le di un par de palmadas en la espalda, mantuve la sonrisa por varios minutos hasta que terminaron de tomar las fotos y me senté para analizar las expresiones faciales a todos. Esa es la única razón legítima para que valga la pena participar en esos experimentos sociológicos que se ha inventado el venezolano, que permiten llevar la neurosis colectiva a niveles que rozan peligrosamente lo patológico.
 
Ya se acabaron los compromisos con la oficina por lo que resta de año. Ahora vienen los familiares como un ferrocarril, a toda velocidad. Empezando por la cena del Espíritu de la Navidad.
 
Desde hace algunos años se celebra, todos los 21 de diciembre, el día del Espíritu de la Navidad… parece que antes no había tal cosa o que el espíritu de antaño no era suficiente. Pero lo cierto es que ese día hay que hacer una cantidad de rituales que todavía no me termino de aprender. Las velas naranja, la esencia de mandarina, la lista de deseos… porque como los doce deseos de año nuevo no alcanzaban, ahora está disponible para todos una nueva lista de veintiún deseos. Pero eso sí, sólo si se cumplen todos los demás pasos. Creo que no hace falta un interior naranja… eso espero.
 
Para cuando finalmente tengo tiempo de salir a comprar los regalos de navidad, los centros comerciales parecen campos de concentración. La cantidad de personas por metro cuadrado que logran permanecer en un mall caraqueño es aberrante. Todo el mundo se tropieza con las bolsas, los cochecitos y la gente. Encontrar puesto en el estacionamiento es la primera estación del vía crucis. No importan cuántos niveles de estacionamiento tenga el centro comercial, nunca serán suficientes. Se pueden pasar horas dando vueltas para conseguir un puesto y, luego de lograr estacionar, más vale que uno no olvide anotar dónde fue que se paró, porque podrán pasar muchas más horas antes de encontrar el carro, con el agravante de que ahora se estará cargado de bolsas.
 
Ya en el mall, el mal humor decembrino, aderezado con gaitas a volumen obsceno como hilo musical en el recinto, uno debe tratar de esquivar la mayor cantidad de gente posible. Siempre habrá empujones, pisotones y afines, pero está en uno respirar hondo y seguir, tratando de no hacerle nada de eso a las viejitas con bastones o andaderas que siempre aparecerán delante de uno cuando por fin se está cerca de la tienda de destino.
 
Cualquier cantidad de personas demuestran su espíritu navideño portando gorritos de Santa Claus, cuernos de reno y otras variantes de prendas alusivas a la navidad. Se paran en todas partes a tomarse fotos con la familia y, de manera impune, obstaculizan el paso de la gente normal que quiere simplemente comprar y salir del centro comercial lo antes posible.
 
Sin embargo, pese a toda la alegría que traten de aparentar, para la mayoría de las personas que han vivido separaciones a lo largo del último trimestre del año, diciembre es el peor mes del año. Las depresiones casi clínicas son el acompañante típico de las hallacas, y las gaitas sirven de soundtrack para recordar la navidad pasada que compartieron junto al ser amado. Y si no hubo navidad juntos, al menos tendrán el recuerdo de la ilusión y los planes que se habían inventado para pasar acompañados estas fiestas decembrinas. Algunos irán solos a los conciertos de gaitas en el Poliedro, otros sentirán el vacío al ver el suéter verde con el Santa Claus rojo que le pensaba regalar al amor de su vida. Estoy seguro que María Consuelo debe tener la madre de las depresiones en estos días y, para enfrentarla, no se va a perder ninguna fiesta a la que sea invitada, aunque se pase toda la noche pensando en mí, mientras baila con cualquier huevón que le diga lo hermosa que es y lo bien que baila. Dada la naturaleza autodestructiva de las mujeres, y a pesar de que la evidencia histórica desmiente aquello de que un clavo saca otro clavo, a esa edad insisten en pasar el despecho a punta de rumbas y conquistas, para demostrarse que están buenas y se pueden levantar a quien les dé la gana… excepto al que quieren.
 
Es preciso hacer todo lo posible para no tener que llevar niños a los centros comerciales esos días. No porque ellos peligren, sino porque la salud mental de uno se ve sometida a extremos innecesarios. Los niños, por naturaleza, van a querer entrar a todas las jugueterías; a todas, sin excepción. No importa cuántos regalos tengan en la carta al Niño Jesús o a Santa Claus o a quien le pidan. Nunca serán suficientes, siempre van a querer algo más. Y el problema no es si comprárselo o no, sino todo lo que implica entrar a una juguetería en la víspera de navidad. Conseguir que algún vendedor le pare bolas a uno ya es una hazaña; pero luego viene la otra parte aterradora: Pagar. Siempre están colapsadas las líneas y no pasan las tarjetas, se dañan los dispositivos para pasar las tarjetas, los cajeros automáticos se quedan sin dinero… Pero, por supuesto, los bancos venezolanos insisten en que uno no necesita efectivo si tiene sus tarjetas.
 
Si uno lo que va a buscar es ropa o zapatos, es mejor que se vaya preparado para someterse a niveles insoportables de estrés. No importa cuál sea la tienda, no importa si es una cadena de ropa popular o es un representante exclusivo de algún diseñador. Todas están llenas de gente probándose más ropa de la que se van a poner el resto de sus vidas. Todos los vendedores están hartos de atender potenciales clientes que sólo llegan para probarse la ropa y salir sin comprar nada. Como los vendedores cobran por comisión, cuando ven a un pendejo como yo, tratan de venderme lo más caro que hay en la tienda, aunque no me sirva para nada, ya lo tenga o no me guste. Pero si ven a algún pendejo, porque en estas fechas de amor y reconciliación todos nos convertimos en el posible pendejo de alguien, con cara de pobre… A ese no lo van a atender ni porque le de un infarto en medio del local. Lo peor que le puede pasar a alguien en vísperas de navidad es tener cara de pobre.
 
Llegar a una tienda, ver algo y preguntar ¿cuánto cuesta? puede convertirse en el peor error del curioso. Si pone cara de que es muy costoso o dice que dará una vuelta y volverá, de inmediato será sometido al escarnio público por parte de todos los vendedores, de manera que todos los posibles clientes sabrán lo que les espera si no compran algo antes de salir.
 
Cuando finalmente uno cree que ya compró todos los regalos, hizo todas las colas habidas y por haber para que los envolvieran en papel de regalo decorativo con motivos navideños y salió más cargado que cualquier Santa Claus de película, empiezan las dudas… ¿quién me faltó? Siempre falta alguien. Uno siempre se olvida de alguien, por más lista que haga. Eso sin contar que nunca es suficiente un centro comercial, nunca se encuentra todo en un solo centro comercial, hay que ir a varios. Los juguetes se agotan, los niños piden cosas que no siempre son fáciles de encontrar y –como creen que el Niño Jesús es el que se tiene que someter al caos- no son pocas las veces que es casi imposible encontrar lo que ellos quieren. Por ejemplo, Alexander quiere un juego de albañil. ¿De dónde sacó ese carajito la idea? ¿De dónde conoce él la palabra albañil y desde cuándo le interesa la albañilería? Pareciera que en el fondo trata de probar si el Niño Jesús existe o no. Porque sólo el Niño Jesús sería capaz de encontrar esa vaina en un Centro Comercial. En lo que a mí respecta, se jodió. Si la mamá lo encuentra, genial. Yo no lo busco más.
 
Otra obligación ineludible de la navidad criolla son los fuegos artificiales. No importa cuántos reportes sobre niños quemados por manipulación de fuegos artificiales salgan en los noticieros. Igual, todo el mundo sale a comprar el arsenal de luces de bengala, fosforitos, cohetones y demás. Tradicionalmente, aunque los niños disfruten el espectáculo, son los adultos, los hombres de la familia, los que se pelean por explotar el cohete más grande. Y el niñito quemado suele ser el hijo que se encontraba más cerca del padre cuando este manipuló mal el artefacto. La madre siempre sale llorando con el muchachito en brazos gritándole al padre “te dije que no compraras esa mierda”. Pero las advertencias femeninas nunca tienen efecto significativo en el macho vernáculo que ostenta la autoridad en el hogar. Los hombres siempre salen con expresiones tipo “yo sé lo que hago, no me jodas”.
 
El 24 de diciembre, traspasar la puerta del apartamento se traduce en una seguidilla sin final de “¡feliz navidad!”. A todo ser viviente que uno se encuentre desde que cruza la puerta tiene que decirle feliz navidad, pero no a secas, tiene que estar acompañada de una sonrisa de oreja a oreja y mejor aún si de un abrazo también.
 
Aunque desde finales de octubre ya comienzan algunos payasos con la explosión de fuegos artificiales, no es sino hasta el 24 cuando uno comienza a sentir que en cualquier momento va a sufrir un colapso nervioso. Entre una y otra detonación no llegan a transcurrir cinco minutos.
 
En la mesa no puede faltar el Ponche Crema, así que si a uno se le olvidó comprar la bebida espirituosa con antelación, será necesario recorrer licorerías, supermercados y afines, para tratar de conseguirlo. Por alguna razón, durante todo el resto del año a nadie se le ocurre tomarse un ponche crema ¡Ni de vaina! Pero llegado diciembre, se convierte en la bebida oficial de las navidades venezolanas. Tan folclórico como la hallaca y el pan de jamón, es producto de primera necesidad, motivo de disgustos en la cena navideña si el encargado de las bebidas omitió el ponche crema… y al final la gente se toma una copita y sigue con una bebida de verdad.
 
Si no se tiene un amigote portugués, dueño de una panadería, lo más probable es que se pierdan varios minutos en una panadería tratando de comprar el pan de jamón. Pero la cosa no es sólo comprar el pan de jamón, sino que uno se tiene que acordar cuáles tiene que llevar. En mi familia, Andrés lo come de hojaldre, Paty de pavo y hojaldre, Andrea de pavo pero tradicional y los demás nos comemos el pan de jamón normal, pero con aceitunas rellenas. Entonces, cuando uno llega a la panadería, tiene que tener la lista de los diferentes tipos de pan que va a llevar. Probablemente no habrá todas las opciones, así que será necesario ir a otra panadería para emular a los corredores de bolsa ante un mostrador, un tipo con una bata blanca y el asfixiante olor del pan recién horneado que hace estremecer las tripas. Lo mejor es comprar dos panes por persona, de los grandes, aunque parezca exagerado. La gente no tiene idea de cuánto come en realidad mientras espera que se sirva la cena.
 
Este año pasaríamos el 24 de diciembre en casa de Andrés. Mi súper insípida cuñada insistió en dar la cena de navidad este año. A mí me tocan los niños el 24 y a su mamá el 31, de manera que tenía que estar buscándolos a las siete de la noche. El día antes llevé todos los regalos a casa de Andrés. Mi única misión para la cena era llevar los panes de jamón. Perdí toda la mañana en eso, pero lo logré.
 
Alexander y María Clara estaban ya bañados, vestidos e insoportablemente inquietos por la llegada del Niño Jesús. No sé si se fumaron algo antes de salir de casa de la mamá, pero durante todo el trayecto tuve que amenazarlos con que el Niño Jesús podía retirar los regalos del arbolito por lo mal que se estaban portando, porque Él sigue viéndolos desde arriba… no me gusta usar el chantaje con los niños, pero si escuchaba una vez más, en un tono más agudo, que Rodolfo era un reno que tenía roja la nariz, iba a abrir la puerta del carro y los iba a lanzar en plena autopista. Luego de la amenaza se pasaron el resto del camino murmurando, probablemente sobre mí. Espero que tarden mucho en descubrir quién es realmente el Niño Jesús… siempre será más fácil echarle la culpa a Él.
 
– ¿Trajiste los panes? –me preguntó Andrés sin haber terminado de abrirme la puerta.
– ¡Claro! –exclamé sacando la veintena de panes- ¿Qué más?
– ¡Niños! –saludó finalmente a mis hijos- Que Dios te bendiga, a ti también… vayan arriba con los otros. Pórtense bien. Cuidado con… no Clarita, no. Deja los adornitos del árb…
– ¡María Clara! – le grité a mi hija- Deja eso ya. Si lloras no hay regalos… vete para arriba con tus primos.
– Están terribles –me dijo Andrés con su característica prepotencia- Tienes que ponerles más carácter Adriano. Yo sé que el divorcio afecta a los niños, pero ya han pasado dos años y… mira, de verdad, esos niños necesitan disciplina.
– ¿Quieres que empecemos a pelear antes de la cena? –lo reté.
– Yo no estoy peleando Adria…
– No me digas cómo criar a mis hijos. Ocúpate de los tuyos. Disciplina a los tuyos.
– ¿Qué te pasa hermano? –me preguntó extrañado- Últimamente no se te puede decir nada porque te pones a la defensiva.
– ¡No! –le dije mirándolo a los ojos- No me digas nada. Me tiene arrecho esa costumbre tuya de decirle a todo el mundo cómo ser padre. Ni que tú fueras buen padre huevón.
– ¡Adriano! Te agradezco que las groserías…
– ¡No-me-jodas! –le interrumpí- A ti te encanta buscar peo en navidad para reconciliarte el 31. ¡Sí eres huevón! Deja de estar buscando peo, yo no tengo ganas de pelear con nadie. Si quieres tener tu discusión familiar anual, búscate otro con quien pelear. Pero a mí déjame en paz porque si no agarro a mis carajitos y paso navidad con ellos en mi casa ¿ok?
– Está bien –me dijo con actitud de hermano herido- Disculpa. No vamos a arruinar la cena de navidad por… una tontería.
– Ok –le dije antes de darle la espalda para terminar de entrar y saludar a los presentes.
 
Todos los años, religiosamente, Andrés busca la manera de crear tensión con algún miembro de la familia. Su manera característica de iniciar los conflictos es a través de sus “sabios consejos”. Así, de la forma más rastrera que puede haber, hacía sentir miserable a alguien hasta que, llegado cierto nivel, la incomodidad hacía que le dijeran cualquier cosa para ofenderlo, en un tono fuerte, de manera que todos los presentes se dieran cuenta de que alguien estaba gritando a Andrés. Ya con la atención familiar puesta en el conflicto, Andrés asumía su pose habitual de hombre ofendido y pedía disculpas a su presa, se alejaba y le decía a los demás “yo no sé por qué reaccionó así, si lo único que quería era darle un consejo, por su bien”.
 
Pero, las disculpas de Andrés son de esas que ofenden más que cualquier grosería. Andrés es tan acomplejado que necesita mantener una apariencia de perfección psicótica en todas las áreas de su vida. Su familia parece una familia perfecta, la esposa y los hijos rodeando al gran patriarca quien, a su vez, es un hijo ejemplar. Siempre fue el primero en su clase, estricto consigo mismo, disciplinado y exigente con todos los que lo rodeaban. Jamás tomó un trago de más, ni se escapó sin permiso, ni eructó delante de los amigos, ni le descubrieron revistas pornográficas… nada. La primera vez en mi vida que llegué borracho a casa de mis padres, el sermón de Andrés fue peor que el de mi mamá y mi papá. Al menos ellos entendieron, a los diez primeros minutos, que discutir con un adolescente borracho es inútil. Y también entendieron que esas cosas pasan y que se podía perdonar que el hijo menor tomara más de la cuenta el último día de clases de quinto año de bachillerato, aunque el hijo mayor no lo hubiese hecho porque era un anormal.
 
Andrés siempre se creyó el bastión de la moralidad de su grupo de amigos. Siempre ha creído que, dada su conducta intachable, está en el derecho de juzgar a todo pobre infeliz que se le atraviese en el camino. Por supuesto, eso le ha traído innumerables conflictos familiares, porque su blanco favorito es la familia o los amigos más cercanos. Y como somos familia y entre la familia no deben existir rencores, a la larga nos toca perdonarlo.
 
Mis padres creen que en realidad Andrés es un hombre de corazón noble, que quisiera que todo el mundo llevara una vida signada por la moral y el amor al prójimo. Para ellos es inconcebible que sus hijos estén peleados y, como Andrés es el guardián de las buenas costumbres, la disciplina y la rectitud, uno tiene que entenderlo. Pero como hace dos años, después de mi divorcio, tuve una discusión muy fuerte con él y no me dio la gana perdonarlo, uso la carta de año nuevo. Sí, esa, la perfecta para joderle la vida a la familia. Se supone que uno no puede recibir el año disgustado con un familiar, entonces, el 31 de diciembre hay que perdonar a todos los hijos de puta que se creen con derecho a joderle la vida a sus semejantes.
 
Desde entonces, Andrés ha optado por buscarle pelea a la familia el 24 de diciembre. Así tiene garantizado el perdón una semana después. Pero este año yo no me iba a aguantar una escena con ese huevón, que es el que debería pegarse un tiro para acabar con sus complejos y dejar en paz a la gente.
 
No me dio la gana disimular la molestia cuando entré a la sala, donde ya estaban mis hermanas con sus esposos, mis padres y unos primos. Paty se me acercó a preguntarme por qué tenía la cara de culo y le conté brevemente que casi tuve una discusión con Andrés llegando. Mi mamá escuchó y, llevándose la mano al pecho, me rogó que no fuera a pelear con mi hermano. ¡Estamos en navidad! Época de reconciliación, de amor… antes de que siguiera cambié automáticamente la cara, la abracé, le di un beso en la frente y le dije que no se preocupara, que no íbamos a pelear. Desde ese momento fingí la sonrisa de foto para toda la noche. Incluso con Andrés. Actué como si nada hubiese pasado, como si no tuviera ganas de reventarle la cara de “yo no fui” que siempre carga después de sus conatos de conflicto.
 
A las diez de la noche ya estaba la muchedumbre hambrienta en casa de Andrés. Andrea insistía que debíamos cenar a las doce, mientras mi mamá preguntaba si no íbamos a ir a la misa de gallo. Los niños correteaban por toda la casa, rompieron varios adornitos que, por muy insignificantes que parezca, costaron una cantidad absurda de dinero. Los padres iban detrás de los niños amenazándolos con no permitirles abrir los regalos si no dejaban de joder. Una madre desconsolada, amiga de la esposa de Andrés, se puso a llorar porque ya no sabía qué hacer con su pequeña hijita de siete años que estaba en una fase rebelde desde que ella había decidido empezar a trabajar de nuevo. Por supuesto, los consejos de Andrés y su esposa no se hicieron esperar: “deja el trabajo, primero están tus hijos”. Pensé en Paty y Julio César y no sé qué fue exactamente lo que sentí, pero de golpe me pregunté ¿por qué era ella la que tenía que cargar con la culpa de que su hija se hubiese convertido en un monstruo? Los padres no solemos ser de mucha ayuda cuando esas cosas ocurren, pero algunas excepciones a la regla demuestran que podemos hacer algo más que proveer.
Si hubiese tenido un hijo con Caterina Ivanova, ella nunca me dejaría librarme de las obligaciones afectivas de ser padre.
 
Las caras de mis primos adolescentes eran todo un poema. En su totalidad, permanecían sentados en algún mueble, evidentemente aburridísimos, escuchando hablar a los adultos, esperando que termináramos de abrir los regalos para poder salir corriendo a la rumba que los estaba esperando en casa de algún pana. Cada vez que uno de ellos le preguntaba a los padres ¿por qué no abrimos los regalos ya? el progenitor lo llevaba a un lugar apartado para llamarle la atención por su descortesía con los anfitriones.
 
Cuando finalmente cedimos ante la presión de los niños y los jóvenes para abrir los regalos, la casa se convirtió en una secuencia de grititos de emoción cada vez que Andrés tomaba un regalo del árbol y decía el nombre del afortunado nuevo dueño. Rolando, uno de mis primos, estudiante del cuarto semestre de Ingeniería en la UCAB, hizo un comentario que generó una situación de tensión entre los presentes. Al ver un enorme recipiente de vidrio, con tapa de madera, lleno de caramelos y chocolates, preguntó a mi tía Rosario ¿a quién irán a joder con esa vaina? Resultó que la tía Rosario había comprado el recipiente, había tallado la tapa con mucho esmero y el regalo era para él, acompañado con una camisa Hugo Boss que él no sabía que recibiría. Pero cuando Andrés tomó la vasija, leyó el nombre de Rolando y dijo que era de parte de la tía Rosario, el pobre chico no supo qué decir. Menos aún cuando a la tía se le aguaron los ojos y asumió con gracia su papel de herida. El drama tomó varios minutos y Rolando fue señalado como el malagradecido, maleducado, degenerado, perro inmundo que hizo llorar a la pobre vieja en la noche de navidad.
 
Luego vino la cena, encabezada por las hallacas, acompañadas de pan de jamón, ensalada de gallina y pernil. A Clarita no se le ocurrió mejor idea que apartar las pasas y las aceitunas, porque –por definición- los niños no comen ni pasas ni aceitunas ni nada que se les parezca. El problema fue que decidió jugar al lanzamiento de aceitunas usando el tenedor de polea. Me tocó regañarla y castigarla. Después de llorar por veinte minutos se quedó dormida. Alexander me miró decepcionado, porque nunca los regaño en público y mucho menos delante de Andrés, que sentía una especie de satisfacción morbosa al ver que yo finalmente había decidido disciplinar a mis hijos. Me provocaba golpearlo… realmente quería hacerlo. Lo único que pude conseguir fue evitar cruzarme con él durante el resto de la velada.
 
Mi abuelita quería bailar Caminito de Guarenas conmigo. Accedí a su petición y sonreí. Mientras los adultos bailábamos, mis primos trataban de convencer a sus padres de que ya era hora de dejarlos partir. Cuando finalmente los convencieron, los chamos salieron corriendo como si estuviesen escapando de una prisión federal. Se montaron en sus carros, pusieron reggeaton a todo volumen y aceleraron. Yo quería hacer lo mismo, pero sin el reggeaton.
 
Alexander se quedó dormido, junto con el resto de los niños que todavía estaban despiertos a las dos de la madrugada. Se fueron a dormir frustrados, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, porque no los dejaron explotar fuegos artificiales.
 
A las tres decidí que ya era suficiente folklore para mí. Agarré a los niños, todavía dormidos, los cargué hasta el carro, me despedí y me largué a mi casa. En el camino llamé a Caterina Ivanova, que estaba en una especie de fiesta loca donde estaban tocando guitarra y cantando canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Joaquín Sabina y Miguel Ríos. Evidentemente la estaba pasando mucho mejor que yo.
Le desee feliz navidad y me despedí. Pocos minutos después llegué a mi casa, cargué a los niños hasta sus camas, ni siquiera los desvestí, apenas les quité los zapatos. Saqué los juguetes del Niño Jesús y los puse debajo del arbolito que habían decorado mi mamá y Andrea. Por muy perfecto que estuviese ese árbol, yo hubiese preferido el pequeño arbolito de casa de la loca. Me serví un whisky, puse el adagio de Pastoral y me quedé sentado frente al árbol, con una tristeza de mierda que me dejó exhausto. Me gustaría estar cantando Óleo de mujer con sombrero al lado de Caterina Ivanova.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XII. CAPÍTULO XXXVIII