LA LUCHADORA VENEZOLANA
 
La lucha por la igualdad de los sexos en Venezuela data de muchas décadas atrás. No serían como las sufragistas francesas, inglesas o americanas, pero al igual que aquellas, conquistaron territorios importantes al lograr insertarse en el escenario público.
 
La lucha de las mujeres en la década de los cuarenta permitió el voto femenino, a pesar de la reticencia de las mujeres decentes, de los clérigos, los esposos y los padres de familia. En 1945, finalmente, el Congreso de la República de Venezuela aprueba una modificación a la Carta Magna y le concede a las mujeres mayores de veintiún años, que sabían leer y escribir, el derecho a participar en las elecciones municipales. Ya para 1947 se logra el derecho al voto como un derecho político para todos los venezolanos, incluyendo a las mujeres, así como lo está leyendo “incluyendo a las mujeres”, quienes antes de eso eran menos que un ciudadano.
 
Ese mismo año una mujer, que el año anterior había sido miembro de la Junta Distrital Electoral del Distrito Federal, es electa concejal de la misma entidad. Un ser humano que usaba lápiz labial, polvos faciales y lindos sombreros en la vida política nacional, logra ser concejal. Junto a ella, en la misma pelea por la igualdad, estaban otras mujeres que también usaban lápiz labial, eran lindas y, sobre todo, estaban claras en sus objetivos de lucha.
 
Durante 1935 se forma la Asociación Venezolana de Mujeres y la Asociación Cultural Interamericana; la Asociación de Amas de Casa data de 1944 y al año siguiente nace la Asociación Acción Femenina. En el año 1946 la Asamblea Nacional Constituyente incluía a quince mujeres como Diputadas. Al fin la mujer en Venezuela lograba un espacio político para expresar sus deseos y sus necesidades.
 
En 1948, tras el derrocamiento del Presidente Rómulo Gallegos, los recientes triunfos de las mujeres en el ámbito político se fueron al traste. Pero estas mujeres, que tanto habían luchado por hacer saber al mundo que podían hacer mucho más que casarse y procrear, no dejaron la palestra política y del ámbito público pasaron a luchar en la clandestinidad, junto a los hombres, por la democracia en Venezuela.
 
Para 1950, las mujeres en Venezuela representaban apenas el 17% del total de la fuerza de trabajo.
 
En ese maravilloso libro intitulado “El Libro Negro”, editado en 1952 bajo el acoso del régimen de Marcos Pérez Jiménez, se revelan secretos hasta entonces desconocidos para muchas personas acerca de las atrocidades de la dictadura. Entre las tantas listas de presos políticos, secuestrados y asesinatos del dictador, se encuentra una lista de ciento catorce nombres, pero ésta tiene algo especial, se trata de mujeres, que fueron detenidas en la Seguridad Nacional, encarceladas y expulsadas del país, durante el lapso comprendido entre noviembre de 1948 a junio de 1952. Faltarían todavía seis años de dictadura para cuando se conoció El Libro Negro, pero en apenas cuatro años del régimen ya había más de una centena de mujeres víctima de las atrocidades del autoritarismo en Venezuela.
 
DEL ACTIVISMO POLÍTICO A LA CAMA
 
Demos juntos un grosero salto en la historia y ubiquémonos en el año 2002. De esa época yo no he leído otra cosa que empalagosas odas a la valiente mujer venezolana, la mujer aguerrida, la que en uno u otro bando entregaba todo por la causa que apoyaban, la que aguantó de todo por sus ideales democráticos. Muchos, muchísimos, decían que lo que no estaban haciendo los hombres lo hacían las mujeres. Esto puede ser verdad, pero hasta cierto punto, y ese punto no involucra a todas las mujeres y dificulto que sean mayoría las que merezcan todos esos halagos.
 
Yo estuve en las marchas, en las concentraciones, en las actividades de la oposición. Pero, más por mala suerte que por curiosidad intelectual, también caí en marchas del oficialismo. No lo puedo negar, en unas y otras se podía ver una impresionante cantidad de mujeres, pero, sin importar el bando en que me encontrara, la mayoría de las mujeres que yo vi, no parecían luchadoras, no estaban en actitud de defensa de un ideal, no iban a defender su posición política. Yo vi muchas mujeres en actitud de apareamiento, muchas mujeres que iban a pescar, a conocer chicos, no a luchar por un ideal de país.
 
Las marchas, sin distingo de posición política, sustituyeron a cualquier otro sitio de encuentro social. Se vendían franelitas de corte sensual con los colores de la bandera de Venezuela que permitían destacar ciertos atributos de la figura femenina. Había camiones con enormes cornetas con música bailable y letras alusivas al mensaje político concerniente a cada ideología, y lo que no se bailaba en las fiestas se bailaba en las marchas, porque la música no faltaba, en unas y otras.
 
Las mujeres iban tan estratégicamente maquilladas y arregladas a las marchas, como lo harían a las fiestas. Los salones de belleza, ubicados en algunos sitios importantes de la ciudad de Caracas, se llenaban de mujeres ansiosas por lucir bien antes de cada manifestación política. Muchas conversaciones giraban en torno a la presencia o ausencia de “tipos que valgan la pena”; no era nada inusual encontrarse mujeres en las marchas que iban de shoping, a adquirir las franelitas con una sola tirita, el traje de baño con el tricolor nacional, las pulseras con los colores de la bandera, las gorras de moda y un larguísimo etcétera. Eso sin contar las chicas foto-pose que no se pelaban una cámara, las que se fotografiaron con cuanto personaje del mundo político podía capturar y las que perseguían a todo el que hubiese salido en televisión para pedirle su autógrafo y quizá intercambiar números telefónicos.
 
También estaban aquellas que –sin olvidarse de su condición de mujer– se le plantaban al frente a los efectivos militares en medio de las situaciones políticas más tensas que se puedan imaginar y terminaron siendo físicamente agredidas, golpeadas, arrastradas por los cabellos, tratadas con el peor salvajismo posible.
 
Por desgracia, de estas escenas de primitivismo político se ha explotado más la cuestión de género que la de justicia, dando pie a que se pueda pensar que las damas maltratadas por la Guardia Nacional se aprovecharon de su condición de mujer para retar a la autoridad y les salió el tiro por la culata. Es posible que en algunos casos haya sido así, pero el manejo que se le dio a estos acontecimientos dejó ver cuán arraigada está en Venezuela la imagen de la mujer débil, frágil e indefensa quien, a pesar de sus limitaciones, se atreve a retar al poder.
 
Gracias a Dios también estaba un grupo de verdaderas luchadoras, esas que estaban comprometidas con los ideales políticos por los que salieron de sus casas a una manifestación pública; estaban esas que se reunían con su familia, con sus vecinos, con su comunidad, que analizaban la situación que estaba viviendo el país, aquellas que se parecían a las aguerridas mujeres venezolanas –conocidas y anónimas– que pasaron días y noches en las cárceles de la Seguridad Nacional, que parieron a sus hijos allí y soportaron torturas que muy pocas de esta época podrían soportar. Esas que se enfrentaron o animaron a sus padres, a sus esposos o a sus hijos para ir a defender sus ideales en una calle, avenida o autopista del país. Aquellas cuyo objetivo era defender su punto de vista político y no levantarse a un tipo o enterarse de los chismes en una marcha. Fueron esas grandes mujeres las que se hicieron sentir en la historia política contemporánea de Venezuela. ¿Por qué? Sencilla y llanamente, porque aun siendo agredidas en una manifestación política no usaron su condición de mujer, sino su condición de ser humano, pensante y racional. A esas verdaderas grandes mujeres les dolía tanto la violencia contra un hombre como contra una mujer. Tal es la semilla que sembraron en la lucha política contemporánea.
 
Pero de las grandes mujeres venezolanas –que las hay– hablaremos más adelante, primero vamos a destruir el mito, jugando al iconoclasta llegaremos a conocer a las verdaderas grandes mujeres según el Pensamiento Pedrociano.
 
SÍ PAPI/ NO ME JODAS. CONDUCTAS EXTREMAS DE LA MUJER VENEZOLANA.