Erich Fromm, durante la conferencia “Planificación Humanista”, dictada en California, en el año 1968, se refería al hombre como un sistema, que debe ser analizado de manera análoga a un sistema político o ecológico y explica que la dificultad para comprender tal sistema radica en dos factores, el primero del cual es la necesidad del abandono del modelo de pensamiento de causa y efecto para poder entenderlo.  La segunda dificultad “consiste en el hecho de que a la mayoría de las personas les resulta difícil aceptar la idea de la existencia de fuerzas detrás de la conducta visible.  (…)  Si se ve a un hombre que grita, con el rostro enrojecido, y se dice “está furioso”, se habrá hecho una afirmación veraz.  Pero si se mira más a fondo, se podrá decir “Este hombre está asustado”, y si se observa más profundamente aún, quizá se decida que ese hombre se siente impotente (…) Las fuerzas motivadoras son a menudo inconscientes.  Por ejemplo, uno ve a un hombre detrás de la ventanilla de la oficina de correos. Son las seis de la tarde; aún hay tres personas esperando y él cierra la ventanilla.  Si uno es buen observador, verá un pequeño chispazo de satisfacción ante el hecho de que las tres personas deben irse sin haber adquirido los sellos. El hombre no tiene conciencia de ello, pero el incidente puede insinuarle a uno que, en una situación totalmente distinta –por ejemplo en un régimen de terror- este hombre podría ser un torturador sádico”

El doctor Hernán Quijada, en el ya citado libro “La salud mental en Venezuela”, trató de prevenir a la sociedad venezolana de los sesenta sobre el peligro que se avecinaba en torno a las patologías mentales que se venían formando en los niños que fueron sujetos de estudio.  Desde entonces es poco lo que se ha hecho para preservar la salud mental del venezolano, por el contrario, las condiciones sociales, económicas y ambientales son cada vez más hostiles y menos propicias para la formación de gente mentalmente sana.

Aparentemente de la noche a la mañana, un pueblo cordial, amigable, solidario y democrático, eligió la confrontación, disparó contra sus compatriotas que no pensaban como él, se subió a una moto y amedrentó a periodistas que cumplían su deber de informar, golpeó salvajemente a quien le ordenaron golpear, masacró a unos manifestantes que pedían la renuncia de su líder, quemó autobuses, lanzó piedras y botellas, en fin, actuó con una violencia nunca antes conocida en un pueblo supuestamente pacífico.  Se presentaron las condiciones de las que habló Fromm en 1968 y ese hombre detrás de la ventanilla de la oficina de correos vio la situación para dejarse ser el torturador sádico que llevaba dentro.  La crisis de la salud mental que alertaba Quijada en la década de los sesenta se hizo imposible de ignorar y la violencia política y social que vive el país, sumada a la cada vez más agresiva delincuencia común, representa el mayor de los problemas que aquejan a los venezolanos.

El venezolano está loco, muy loco.  Por eso es que dice ser feliz, porque vive en un mundo paralelo donde está a salvo, donde todo está bien para él y lo malo le pasa a los demás. Evade la realidad porque le teme, pero mientras evade, se siguen formando generaciones de locos y esos locos llegaron al poder y están destrozando las posibilidades de superación de la crisis actual que vivimos.  El venezolano habla de una salida pacífica a la crisis, cree que puede haber una salida democrática, pero no sabe cómo.  En el fondo, todos temen la posible guerra civil de la cual tanto se ha hablado, algunos ruegan por una dictadura de derecha, otros más ansían que los estadounidenses manden a los marines y tomen el país para organizarlo.  Cada quien vive en su propia fantasía donde otro es quien tiene el poder de cambiar la realidad fea del venezolano feo.

En 1993, la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y el Episcopado, auspiciaron un Encuentro nacional de la Sociedad Civil Venezolana.  La preocupación era latente en todos los sectores de la vida pública nacional.  Veníamos de dos intentos de golpes de Estado, en 1992, precedidos por una revuelta social en 1989.  El país estaba en crisis, una crisis latente que explotó en tres eventos de carácter político que cambiarían para siempre la historia de la democracia “más sólida” de América Latina.

La lectura de las ponencias presentadas en dicho encuentro, con la previa introducción de consensos y disensos en los tópicos discutidos, provoca una conjunción de emociones difícil de describir.  Personalmente me provoca ira, tristeza, risa y decepción ver que el producto del que quizá fuera el primer intento serio de involucrar a la sociedad civil en la discusión y opinión de tantos y tan importantes temas, haya quedado en el papel, para luego hacer exactamente lo contrario a las intenciones manifiestas en el Encuentro.

Uno de los problemas de la democracia en los países pobres, como Venezuela, es que el pueblo sólo discute, opina y decide en los periodos electorales.  La sociedad civil no participa.  Es más, sociedad civil es un término que le queda grande a muchas sociedades del tercer mundo que no han dejado de ser masa, pueblo, muchedumbre, plebe.  No existe, o no se manifiesta, una organización social que piense, sienta y actúe en función de sus intereses y del interés común.  A lo sumo se organizarán cuando se les caen encima las casas durante un periodo de lluvia fuerte, hacen pancartas y exigen viviendas dignas.  Eso, en mi opinión, no merece ser llamado Sociedad Civil.

Y quizá la gente no opina, no se mete, no piensa ni actúa, porque no entiende el problema.  Siente las consecuencias, pero no sabe qué hay detrás de la cortina, esas son cosas de los políticos, economistas y profesionales que hablan bonito en televisión.  Por eso, asumo, la UCAB solicitó a los ilustres ponentes invitados a participar como oradores en el Encuentro, el uso de un lenguaje sencillo, capaz de llegarle a todos los convocados; es decir, a la Sociedad Civil, no sólo a los eruditos en la materia.

La idea era que el líder comunal del barrio más paupérrimo de Caracas pudiera entender cuál es el problema con una reforma a la ley de policía nacional.  Que la doña que se gana la vida limpiando casas entendiera por qué es importante profundizar el proceso de descentralización.  Que esas madres de familia que nunca fueron a la universidad pudieran, finalmente, comprender que la política monetaria y la política fiscal son temas que las afectan directamente.  Que ese pueblo tuviese información en sus manos que le permita pensar en los temas que antaño estaban reservados para los señores inteligentes que aparecen en los programas de opinión.  Quizá, sólo quizá, si se hubiesen explicado muchas de estas materias al pueblo, si se le hubiesen dados herramientas de análisis, el pueblo entendería que hay ciertos cambios que duelen al principio, pero que con el paso del tiempo mejoran las condiciones de vida de todos.

No obstante la solicitud de la UCAB, los ilustres economistas venezolanos aparecieron con su inflado ego a contrapuntear con cifras, teorías, gráficos, etc., en su enredado lenguaje que se asemeja más al finlandés antiguo que a cualquier jerga que maneje el pueblo, y el pueblo no entendió nada.

Incluso los niños de un año responden mejor y cooperan más cuando se les explica por qué deben tomarse determinado remedio o por qué tiene que hacer determinado tratamiento.  Si los padres le hablan en un lenguaje sencillo y lo hacen partícipe de la actividad, ese niño cooperará más que otro que no tiene ninguna información.

Si al pueblo se le explicara por qué es necesario eliminar subsidios, por qué hay que aumentar la gasolina, por qué vamos a privatizar, etc., el golpe dolería menos y sería más llevadero el proceso de ajuste, porque se espera –en una esperanza explicada y sustentada- que en un futuro cercano la situación cambie para bien.

Luego de dos intentos fallidos de golpe de Estado, la Sociedad Civil, los economistas, los constitucionalistas, los abogados, sociólogos, y expertos en general, fallaron, no lograron hacerle entender al pueblo por qué era necesario pensar en un nuevo rumbo para salvar la democracia en el país.  Tampoco los políticos lo entendieron y el quinquenio de Rafael Caldera resultó siendo el umbral a las puertas del infierno.

El Episcopado de Venezuela y la Universidad Católica Andrés Bello hicieron, para ese entonces, un esfuerzo descomunal para reunir a la Sociedad Civil.  No se consiguió hacerle entender a los genios del momento que el objetivo era que el mensaje llegara a todos los participantes… obviamente no llegó el mensaje y los resultados están a la vista.  Esos acuerdos y desacuerdos, las ponencias y los objetivos a seguir, compilados en dos grandes tomos amarillos que le llegaron a todos los participantes, parecen una novela triste, de lo que pudo ser y no fue.

Hoy la historia nos presenta una nueva oportunidad, más cruda, más cruel, más grande.  El reto ahora es detectar los vacíos que el socialismo va dejando en su avance y llenarlos con conocimientos útiles para el cambio.  Ahora hay que hablarle al pueblo de una manera que pueda entender, hay que hacerle saber a ese pueblo que el camino es largo, pero es necesario recorrerlo.  Es el momento de reunirse nuevamente y establecer nuevos acuerdos, nuevas metas para la democracia, nuevas estrategias para alcanzar esas metas.  Los expertos… ¡oh, Dios, los expertos!  Hoy más que nunca es imperante que esos egos desorbitados asuman el rol que les corresponde en el proceso que está por venir.

Pero, aunque el camino sea largo y empedrado, los cambios deben empezar de inmediato y deben ser emprendidos por todos y cada uno de los venezolanos… por lo menos lo que sean capaces de reconocer que viven en una gran casa de locos y quieran cambiar el manicomio por una sociedad decente.

Ahora que usted sabe que tiene un Chávez en su interior, y que sus amigos, vecinos y familiares también sufren ese mal, y ahora que está claro que por culpa de ese defecto congénito su país está sufriendo la peor debacle económica, política, moral y social de su historia, es hora que tome medidas serias.

El primer paso a seguir es estar consciente de la existencia del problema, asumamos que usted ya lo está.  Lo que sigue es estar consciente de sus actos, para que ese Chávez que habita en su corazón no siga arruinando al país.  Párese y reconozca ante el espejo “soy fulano de tal y tengo un Chávez interno”.  Si siente arcadas cuando lo dice, está en el camino correcto.  Es importante desear con cada célula de su cuerpo exorcizar ese espíritu maligno que está arruinando su vida, su futuro y el futuro de su país.

Cuando esté frente a un semáforo y sienta la irresistible tentación de pasarse la luz roja porque no hay nadie, y ése Chávez le diga en su cabeza “no hay nadie, cruza, cuál es el problema pana”, no lo haga, resístase al pecado de seguir siendo un chavista de facto aunque escuche religiosamente a Marta Colomina y Pedro Penzini, aunque asienta cada vez que ve Aló Ciudadano.  Practique la resistencia al lado oscuro en cada acción que lleve a cabo, por muy sencilla que usted la considere, por muy elemental y sin víctimas que parezca, usted siempre corre el riesgo de comportarse como un chavista.  No lo haga, porque en la medida que usted se deje ser como ése personaje al cual desprecia, se va convirtiendo en parte del sistema.  Usted, sin saberlo, es chavista de clóset.  Pero todavía está a tiempo de convertirse en ese venezolano que usted quiere que sean sus vecinos. Y no se haga el loco que sí entendió bien, porque usted todavía es un venezolano feo y todos los venezolanos feos quieren que los demás cambien su actitud, pero no quieren cambiar.  ¿Ahora le quedó claro?

Cruce en el paso peatonal, no empuje en el Metro, no trate de colarse en la fila del cine ni pasar su carrito lleno hasta el tope en una caja rápida del supermercado.  Esté consciente de la existencia de otros ciudadanos a su alrededor, respételos, respete los derechos de los demás, llegue puntual a sus citas, olvide las excusas, sea responsable con lo que promete y no se comprometa más de cuenta para quedar bien.  Resístase a la tentación de subirle el volumen a la música cuando esté en el tráfico, no sea chavista.  Reconozca sus culpas, no se las achaque a otros.  No piense que porque está pelando bolas usted tiene derecho a olvidarse de sus principios, la ética no se compra, no se entregue al lado oscuro por un quince y último o por un contrato con el gobierno.

Una vez que usted pueda mirarse en el espejo de su conciencia y no se vea verrugas en la frente ni boca de zambo, ayude a sus seres queridos, a sus amigos más cercanos, a sus vecinos.  Hábleles del conflicto de intereses que realmente se está desarrollando en la sociedad, porque nunca podremos sacar al dictador de Miraflores mientras esté vivo en el actuar diario de cada uno de nosotros.  No se enfrasque en discusiones infértiles, pero hágale ver a esa gente que tiene cerca que se comportan como Chávez, a un nivel menor.

Participe en el cambio, empiece por usted mismo, sea parte de la solución.  Si usted tiene hijos y es de los que vive preocupado por el país que le está quedando a sus hijos, edúquelos con el ejemplo de ser un ciudadano libre de Chávez, no críe más chavistas de facto, regálele a sus hijos un ejemplo a seguir, no les refuerce los antivalores sociales con los que usted creció.

Luego usted estará preparado para actuar en la historia política y social de su país.  Cuando cada venezolano esté consciente de la necesidad de luchar contra ese Chávez interno, extirpar el tumor desde su raíz y vencerlo, podremos comenzar a escribir la nueva historia de Venezuela, con ciudadanos libres y democráticos en sí mismos, con valores de honestidad, trabajo y responsabilidad.

Así podremos construir el país que todos decimos querer.  Y no lo olvide, el camino es largo, no es fácil, no crea en soluciones inmediatas porque no las hay.  Sin embargo, disfrute el proceso, siéntase parte de la obra que está en desarrollo y tenga fe en el cambio que está por venir.  Hay que pisar tierra, sin dejar de mirar al cielo.

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA. 2011.