La actual crisis que vive Venezuela no es producto de un mal gobierno, es el resultado de las acciones y omisiones de los venezolanos que, durante más de cuarenta años, hicieron que la democracia venezolana fuera tan ineficiente que al ciudadano común no le pareciera algo que valiera la pena cuidar.
 
Pero acción y omisión comienzan en el pensamiento de las personas, se transforman en actitudes y luego en decisiones. Y así vemos que año tras año, encuesta tras encuesta, el venezolano era la gente más feliz del mundo, como hoy podría serlo el colombiano, que está viendo empañada su frágil felicidad ante la sombra que amenaza al país con convertirse en “otra Venezuela”. El colombiano promedio habla y actúa como si se tratara de un grano en la nariz, que un día no estaba y de repente apareció, pero no mira sus actitudes y sus comportamientos ante las realidades latentes en el país.
 
Hemos estado analizando la felicidad del venezolano, con los lentes de una encuesta que lo ponía en la cima de la felicidad en el año 2006, resultados que no cambiaron mucho en los años siguientes y que deberían hacernos pensar cuán patológico puede llegar a ser un pueblo para sentirse feliz en estas condiciones, actitud que quizá no esté muy alejada de la percepción en el resto de los países del continente. Sigamos viendo ese espejo feo, el del venezolano que nadie quiere ser, el de la realidad del país que toda sociedad medianamente sana teme repetir.
 
 
Trabajo (59%) / Situación económica (56%)
 
Pese a que el porcentaje de venezolanos que contestaron sentirse satisfechos con su trabajo y su situación económica es significativamente menor a los resultados obtenidos en las otras variables, parece increíble que tanta gente en Venezuela se sienta feliz con estos aspectos. No sé si más increíble que los resultados en otros ítems donde parecen menos evidentes las deficiencias, pero en cuanto a trabajo y situación económica creo que todos podemos coincidir que la cosa no está bien, por lo menos no para quien mire la situación y trate de proyectarla a mediano plazo.
 
Existen diferencias abismales entre las estadísticas de pobreza del Instituto Nacional de Estadísticas y las presentadas por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (IIES) de la Universidad Católica Andrés Bello. Según el INE los pobres, al cierre del primer semestre de 2007, son apenas el 27,5% de las familias. Las estadísticas del IIES de la UCAB difieren en alrededor de 20 puntos por encima. Sin embargo, sea 27% o 47%, lo realmente importante no es cuánto dinero tenga una familia hoy, sino cuál es la capacidad de producción de ingresos de esa familia en el mediano y largo plazo.
 
Es conocido por cualquier persona que cualquier ingreso proveniente de las arcas de la revolución debe venir precedido por una total entrega del alma a su líder. El que no se declara chavista no tiene acceso a becas ni trabajo en el gobierno. La dependencia es absoluta y la fidelidad se basa en la necesidad de comer o en el deseo de tener sin mucho esfuerzo.
 
Mientras, en el sector privado, existe una enorme incertidumbre respecto al futuro, dado que las empresas no saben en qué momento puedan ser expropiadas, no saben hasta cuándo podrán durar con los controles de precios y no saben si podrán mantenerse a flote si el gobierno no les entrega dólares preferenciales o hasta cuándo resistirán a las políticas económicas y laborales que les afectan directamente, llámese controles de precios o inamovilidad laboral, amenazas de nacionalización de la banca, impuestos nuevos, invasiones a sus tierras, toma de control por parte de sindicatos chavistas; la realidad es que la empresa privada en Venezuela lleva varios años derrumbándose, a paso de vencedores.
 
Ya que hablamos de la satisfacción de más del 50% de los venezolanos con su situación económica y su trabajo, no se puede dejar de mencionar el fenómeno de la economía informal. El Centro de divulgación del conocimiento económico para la libertad (CEDICE) realizó un estudio donde se caracteriza al informal venezolano. Aquellos a quienes vemos a diario, los buhoneros, representan el 30% del total de trabajadores informales. Sólo en la capital, existen –según un artículo publicado el 12 de octubre de 2006- 500.000 trabajadores. El 38% son bachilleres o técnicos medios, 10% tiene educación superior; más del 60% tienen entre 21 y 40 años, el 60% son mujeres, 90% tiene carga familiar. Esa es la realidad de la mitad de la población económicamente activa de Venezuela.
 
En torno a los buhoneros se concentran emociones diversas, hay quienes los odian a muerte –y con razón- porque ocupan las aceras de la ciudad, ensucian las calles, abaratan el metro cuadrado de los sectores donde deciden colocar sus tarantines, le quitan clientes a las empresas formalmente constituidas y no aportan nada al producto interno bruto. Pero también existen quienes los defienden porque, dicen algunos, son personas que no tienen otra alternativa y sólo están ejerciendo su derecho al trabajo como pueden. Pero los odien o los defiendan, la gente les compra y allí siguen. Cuando la policía decide sacarlos, la opinión pública se vuelve a dividir entre los felices peatones que recuperan su derecho a circular libremente y los defensores de los pobres que les duele que maltraten a esa pobre gente.
 
Lo interesante es que a pesar de la necesidad de venderle el alma al diablo para tener un empleo en cualquier instancia del gobierno, a pesar de lo tambaleante de la situación de la empresa privada en Venezuela, a pesar de que alrededor del 50% de la población económicamente activa trabaja en el sector informal, a pesar del desempleo… casi el 60% de los venezolanos está satisfecho con su trabajo y su situación económica.
 
¡Manos arriba!
 
Curiosamente el estudio no contempla el álgido tema de la seguridad, porque –me parece, no sé- que la seguridad personal debería ser un aspecto clave a la hora de medir los niveles de felicidad de una persona y de una nación. Aunque quizá no lo sea, puesto que Venezuela tiene las tasas más altas de asesinatos por arma de fuego por 100.000 habitantes, entre un grupo de 57 países estudiados por la UNESCO en el año 2005. Desde entonces a la fecha, la seguridad personal está muy lejos de encontrarse en mejores condiciones, porque en el 2006 cuatro de cada diez hogares venezolanos fueron víctimas de un crimen violento.
 
Un artículo del diario El Universal señala que cada semana ocurren cuatro secuestros en Venezuela. Aunque, análogo a las violaciones, no siempre se denuncia el delito, por miedo o por desconfianza a las autoridades. Pero las cifras oficiales no dejan de ser sorprendentes. Entre enero y mayo de 2008 se han denunciado 151 secuestros en todo el país. La película venezolana “Secuestro Express” relata uno de los delitos más comunes que ocurren a diario, el secuestro de una persona por horas, mientras la familia paga el rescate.
Pero revisemos algunas estadísticas, vamos a darle un toque de seriedad a este asunto de la felicidad venezolana. Recuerde, antes de ver los siguientes datos, que usted vive en un país donde el 83% de un grupo de personas entrevistadas para un estudio sobre la felicidad dijo sentirse feliz. Ya revisamos los aspectos tratados en la encuesta, ahora Yo pongo sobre la mesa una carta más, la seguridad. Después usted decidirá si comparte conmigo la siguiente sentencia: el venezolano no es que sea feliz, es que está loco y, como todos los locos, vive en su propio mundo paralelo y se siente feliz allí, donde la realidad no lo perturba.
 
En el excelente libro “El votante infiel” de Lucy Gómez (Editorial Libros Marcados, junio 2008), la autora dice:
“Los habitantes de Caracas, Valencia, Maracay, Maracaibo, sufren una ola de violencia abierta y cotidiana. 26 muertos en un fin de semana en Valencia o 30 en Caracas no son cosa rara. Los periodistas redactan títulos que incluyen cifras de muertos en “ las últimas doce horas” y notas donde se expone como causa del deceso el “enfrentamiento entre bandas” o la “resistencia al atraco”. La víctima se cruzó en la línea de fuego, se asomó a la ventana en mala hora , se movió de una manera que no le gustó al ladrón. Fue a comprar de noche medicinas a la farmacia y no volvió porque lo apuñalaron . Estaban conversando en una plaza y les cayeron a tiros y mataron a suegra y nuera. Queman a una niña de trece años porque los ex amigos del novio querían venganza.”
 
El Observatorio Venezolano de Violencia desarrolló el “Estudio sobre violencia interpersonal y percepción ciudadana de la situación de seguridad”. Entrevistaron a 1199 personas y estos son algunos de los resultados: Poco menos del 40% manifestaron haber sido víctimas o estar compartiendo la casa con una víctima de un delito violento, el 29% fue víctima de robo, 3,2% de robo con lesión, 2,9% homicidio, 1,8% amenazas, 1,3% lesiones, 0,6% secuestro y 0,5% violación sexual. En un 21,5% de los casos no se realizó la denuncia; las razones más destacadas son, con un 58,7%, porque las autoridades no hacen nada; seguida por un 16,5% que no denuncia por temor a represalias y 3,7% que piensa que no valía la pena porque no pasó a mayores.
 
El estudio “Victimización y percepción de seguridad en el Distrito Metropolitano de Caracas”, citado en el libro “El votante infiel”, también presenta cifras asombrosas. En este trabajo, llevado a cabo por el Laboratorio de Ciencias Sociales (LACSO) en un universo de 2700 personas, se descubrió que el 75,2% de los entrevistados se siente inseguro o muy inseguro en el Municipio Libertador; el 69,8% siente lo mismo en el Municipio Sucre. Más del 57% de esas personas sienten que tienen derecho de matar para defender a su familia, 48% mataría para defender su propiedad. El 85,4% de las personas que respondieron sentirse inseguros o muy inseguros en el Municipio Libertador y en el Municipio Sucre, teme ser victimizados en el transporte público; el 66% tiene miedo de ser atacado cerca de su casa y el 56,8% vive con el temor de vivir una situación de delito dentro de su hogar. ¡Joder! Pero el 83% de los venezolanos se sienten felices, asustados pero felices… ¿me perdí de algo?
 
No obstante, Lucy Gómez, en el citado libro, menciona otro elemento a destacar: La fragilidad del ambiente. Harto conocidos son los casos de la vaguada de 1999, que en el Estado Vargas y Miranda dejó sin hogar a miles de venezolanos. También recordamos la estrepitosa caída del Viaducto que comunicaba Caracas y La Guaira, que también dejó desplazados. Pero, como bien dice Gómez, la inestabilidad también arropa a la clase media. En cifras y hechos concretos, destaca:
 
“70% de las calles y avenidas pueden hundirse o desaparecer debido a los hundimientos, según la Corporación de Servicios Metropolitanos. Cada superhueco, requiere una reparación de entre una y dos semanas. Los hundimientos se hicieron tema de las redacciones de los periódicos, porque un pedazo de la avenida Urdaneta cedió y hubo que cerrarla durante tres días. Los otros hundimientos están ubicados, uno en la zona industrial de Catia, en Los Flores; dos en la Avenida Andrés Bello, uno frente al Hospital Ortopédico Infantil, en pleno mercado Guaicaipuro y el segundo en Las Palmas a la altura de Colegio Cervantes; en la avenida San Martín , cerca de la iglesia de Lourdes; dos en El Paraíso, uno frente a Crema Paraíso y el otro cerca del parque el Pinar. Hay otro en la avenida los Jabillos del Cementerio, en la zona que se llena el fin de semana de compradores del célebre mercado de la zona, otro cerca de la Plaza O Leary, a poca distancia de la Onidex y de todas las paradas de camionetas que van al oeste de la ciudad y también en La Yaguara, en ruta a El Junquito.”
 
Repasemos: el venezolano vive atemorizado por el hampa común, corre riesgos severos en materia de infraestructura (en cualquier momento se le cae la casa o se hunde la calle donde vive), teme constantemente perder el trabajo, el 50% de la población económicamente activa labora en condiciones de incertidumbre y sin ningún tipo de seguridad social, la degradación familiar -o la inexistencia misma de una familia- atenta contra el desarrollo de una personalidad sana… y es el más feliz de Suramérica y el tercero más feliz del mundo.
 
Los resultados del trabajo desarrollado por Cimagroup dejan mucho espacio para analizar en qué consiste la felicidad de los venezolanos, de estas personas que viven en el país de la incertidumbre, que viven del presente sin atreverse a enfrentarse con la pregunta ¿y mañana qué?
 
Después de todo lo anterior, me siento como el niño de aquel chiste en que la maestra explicaba que las hienas eran animales que viven en tierras áridas, comen excremento, copulan una vez al año y siempre están riendo. El niño levantó la mano confundido y dijo: si viven en un lugar de mierda, comen mierda y cogen una vez al año ¿de qué se ríen? Y así me siento Yo cuando leo los resultados de los estudios acerca de la felicidad donde los venezolanos estamos tan bien posicionados a pesar de las pocas, pero alarmantes, estadísticas que se encuentran… Sinceramente, no puedo dejar de preguntarme ¿de qué se siente feliz el venezolano?
 
El venezolano feo. Segunda edición ampliada. 2011.