Una amiga muy querida y altruista me invitó a apoyar en una obra que quiere llevar a cabo: Entregarle un plato navideño a los venezolanos que están en el campamento humanitario en Bogotá.  Ella sabe que lo mío no es dar comida para el cuerpo sino compartir el pan de vida, la palabra de Dios, el evangelio de salvación… usando la excusa de la comida y la ropa.  Aún así, nos entendemos bien y nos fuimos a el sitio en cuestión para ver de cerca la realidad de lo que está ocurriendo, o al menos tener una idea de lo que se puede y lo que no se puede hacer para ayudar a nuestros compatriotas.

El lugar se encuentra resguardado por la policía y nadie puede ingresar a llevar donaciones; éstas se reciben en la Cruz Roja y posteriormente son distribuidas, no sé con qué criterio. Ergo, el plan de ir a compartir con los refugiados venezolanos sufrió un cambio abrupto.  No hay manera de tener acceso a las más de 400 personas allí instaladas, número que fluctúa diariamente entre 400 y 600 almas.

Entonces hablamos con los venezolanos que estaban en la acera, fuera del campamento, algunos de ellos habían sido expulsados por no acatar las normas de convivencia… ¡Para variar, el venezolano feo incapaz de sujetarse a una simple norma!  Pero lo aberrante no es que no sigan las reglas, sino que además consideran injustas las sanciones asociadas a su desobediencia.  Se quejan de todo, quieren vivir con libertad, pero exigen ayuda.

A modo ilustrativo. Fulano 1: expulsado del campamento por orinar fuera del baño. Su excusa: los baños están sucios y no va a orinar sobre el excremento de otros. Al ser expulsado se queja, le parece que los tratan como animales porque no limpian los baños. Sin embargo, no se ofrecen a ayudar a limpiar, porque si los van a ayudar que los ayuden bien ¿no?

Los que estaban fuera se quejaban del trato que les dan, porque los hacen levantarse a las 5:00 am para bañarse, porque en el sitio donde estaban antes –en carpas improvisadas, invadiendo el espacio público, cocinando en leña, etc.- llegaban las personas con comida y ropa y ellos recibían las donaciones de primera mano, pero aparentemente aquí no les están llegando toda la comida y toda la ropa que la gente dona.  Además arguyen que los tienen presos allí, que el ambiente es tan hostil que se siente la presión para que se vayan rápido.

Luego de escucharlos, y sobre todo después de oír reiteradamente la frase “tenemos derechos”, tuve que decirles de frente “No, nosotros aquí no tenemos derechos”. Fue necesario preguntarles si de verdad la gente en Venezuela está pasando tanta hambre que buscan comida en la basura o esas son exageraciones de los medios de comunicación, a lo cual respondieron afirmativamente. Entonces no me aguanté y les pregunté “¿por qué se quejan de la comida que les dan si antes estaban comiendo basura?”  No pude resistirme a confrontarlos con nuestra realidad ¡cómo volvimos mierda a Venezuela! ¡Todos! Nunca fuimos agradecidos con nuestra tierra, sería bueno comenzar aquí a aprender gratitud con un país y un pueblo que nos está dando lo que no nos merecemos.

Mi amiga les regaló algo de dinero y nos fuimos de allí. Yo, con el sabor amargo del careo con ese Chávez interno que sigue latente en los venezolanos.  Y así llegamos al punto donde nos separaríamos.  Caminé un rato por la avenida 19 y vi un grupo de personas de la cadena de domicilios Rappi y me acerqué para conversar con ellos.  Los abordé con una pregunta tonta ¿es verdad que la mayoría de las personas que trabajan en Rappi son venezolanas?  La respuesta: Como el 95%.

Les hablé acerca del proyecto que tenemos mi amiga y Yo y de nuestra experiencia en las afueras del Campamento Humanitario, sus respuestas de rechazo no se hicieron esperar.  Ellos, tan venezolanos como los otros, están hartos de ver cómo algunos compatriotas viven de la lástima y no quieren salir de ahí.  Resulta que Rappi les da empleo con la sola presentación del Permiso Temporal, pero es un trabajo exigente y que quizá no genere tantos ingresos como pedir limosna.

Allí estaban un ingeniero petrolero, un contador, un administrador y otros dos profesionales universitarios, que trabajaron duro en su país para edificar su futuro y que tuvieron que migrar con nada, con el sólo bagaje de sus conocimientos que aquí no les sirven para nada. Ahora manejan una bicicleta y entregan domicilios, pero están inmensamente agradecidos con el país que los recibió y les ha dado la oportunidad de comenzar otra vez, aunque toque arrancar tres escalones por debajo de lo que comenzaron la primera vez.

Como nosotros los venezolanos cuando nos encontramos hablamos venezolañol, les pregunté directamente “¿Quién va pendiente de un estudio bíblico? Yo me vengo para acá y lo hacemos en este mismo banquito.”  Se me rieron en la cara. Les propuse dejarles mi número para cuando la soledad les dé la patada en el estómago, en especial ahora en navidad, y en perfecto venezolañol les dije “Yo sé que nosotros somos burda de arrechitos cuando estamos en grupo, pero el que quiera puede llamarme cuando esté solo para orar, para recordarles que Dios los ama y no se ha olvidado de ustedes, incluso en medio de esta situación tan ruda, y hasta les puedo dar los horarios de los estudios bíblicos que tengo”.  Acto seguido, comencé a dictar mi número y todos sacaron los teléfonos para apuntarlo.

Estuvimos un buen rato hablando, oramos y nos despedimos.  Seguí mi camino, pensando qué hacer, cómo hacerlo, dónde hacerlo… Y así llegué al puente de la autopista de la 127. Al cruzar vi una mujer embarazada sentada en el piso pidiendo dinero con un cartelito que decía “Soy venezolana, bla bla bla”.  Me acerqué a ella, le pregunté por el bebé que viene en camino, me dijo que nacerá a finales de diciembre. Le ofrecí ropa para el bebé y ella me pidió que si podía le consiguiera ropa para ella y para sus otros dos hijos.  Tomé nota de su número para organizarnos y llevarle la ropa. Le tomé una mano para orar y puse mi mano izquierda en su barriga para orar por la bebé… y la verdad es que no sé si me he vuelto tan cínica y desconfiada que ya creo que la gente es capaz de lo que sea, pero me pareció sentir la barriga demasiado acolchada. Quizás era una faja, quizá tenía algo que le cubriera la barriga del frío, pero me fui con la duda si sería una panza falsa para dar lástima y conseguir dinero y ropa.

Al final del día, con todo y mi frustración, no soy Yo quien puede juzgar a nadie. Políticamente hablando, terminé con una profunda tristeza por el destino que nos depara como Nación.  Pero ninguna de esas inquietudes está dentro de mi ámbito de competencias.  Yo he sido a llamada a predicar el evangelio, y si eso significa hacer el papel de boba y regalarle ropa a una mujer que se hace pasar por embarazada, lo haré, porque sé que si con esa ropa le llevo la palabra de Dios algo en ella será transformado, porque la palabra de Dios nunca vuelve vacía.  Sin embargo, si la juzgo de tramposa y decido “no prestarme para su juego”, podría estar perdiendo una oportunidad única de compartir el evangelio con una familia que está sumida en las tinieblas y aún no lo sabe.

Venezolanos feos o bonitos, todos necesitamos de lo mismo, saber que sin importar cuán grave ha sido la falta, Jesús pagó por nuestras vidas con su sangre y ahora, libres de pecado, podemos acercarnos a Dios y llamarlo Padre Nuestro.

Adriana Pedroza Ardila.