Articulo Original
Publicado en El Universal / Estampas (28 marzo 2008)

“Los hombres viven de la apariencia… todos buscan símbolos para parecer
algo que no son”

Adriana Pedroza

Miedo a ser, miedo a perder “¿Qué hay detrás de la máscara?, me preguntó mientras pasaba mi mano por mi cara. ¿Qué máscara?, le pregunté confundido. Ésa, la de tipo perfecto. Te da un miedo horrible ser tú mismo”. Sí, Mami… Página 101

Adriano (el protagonista de la novela de Pedroza) tiene la novia “perfecta”, pero un día conoce a Caterina Ivanona, una escritora de cuentos eróticos que le rompe los esquemas, le hace sentir cosquillas en el estómago y de la que hasta podría estarse enamorando. Sin embargo, él asume que no podría llegar a algo serio con ella, porque la chica es “impresentable”; es decir, no cumple los requisitos sociales exigidos y, además, le hace perder el control. Para la autora del libro, éste es el miedo más profundo del hombre promedio.

“Un lector español me escribió y me dijo que todos los hombres en su vida habían tenido una Caterina Ivanova. Sin embargo, me dijo que él y sus amigos llegaron a la conclusión de que habían salido huyendo de mujeres como ésa, porque aunque les motivaron, asustan. Al hombre promedio le gusta tener dominio y saber cómo puede manejar la relación. Además, un hombre promedio no puede permitirse una relación como la de Caterina Ivanova, porque en ella intentan desenmascararlo, y por más que tenga unas ganas locas de conocerse a sí mismo, termina asustado. Es decir, el hombre tiene miedo de encontrar un amor que lo enfrente y lo haga conocerse”.

Desde su lente psicológica, César Landaeta coincide en que el macho venezolano tiene un profundo miedo, pero a perder el dominio que, por aprendizaje social, ha creído que tiene. La incorporación de las féminas al mercado de trabajo y su presencia en distintas posiciones de poder parecieran paralizarlo. “Durante los últimos 40 años el hombre ha percibido inconscientemente ese cambio y, en vez de adaptarse, ha creado mecanismos de defensa. La descalificación (expresada en chistes machistas, por ejemplo), la agresión (la violencia física o la consideración de la mujer como objeto sexual), y la agrupación del hombre en torno a sus similares (su participación en “clubes de mangueras”, donde se solidarizan entre sí, pues ellas son las malas) son las manifestaciones de defensa masculina ante el temor que da el que las mujeres les igualen o superen”.

¿Es el hombre incorregible?
Que quede claro que no es la intención decir que el hombre es una víctima que no puede responsabilizarse de sus actos y a la que hay que perdonar sus errores, porque es cierto que muchas de sus conductas pueden destruir a otros o constituir delitos, aunque tengan explicación. Tampoco es interés decir que el venezolano es un ser sin virtudes que no es capaz de nada bueno, porque son muchos los que demuestran lo contrario.

Por eso el psicólogo César Landaeta habla de la necesidad de entender que la primera responsabilidad la tienen los padres a la hora de formar a los futuros adultos. “El problema es que estamos criando machos y hembras y no seres humanos. Estamos diciendo que el azul es de niños y que el rosado es de niñas o que hay emociones prohibidas a los varones… Yo quisiera que la gente entendiera que estas estupideces no pueden seguirse repitiendo. Hay que construir hombres sensibles, creativos, productivos, sanos, que tengan capacidad de relacionarse con los demás constructivamente. Hombres que sepan que abrazar no es malo, que llorar no es malo… que sepan respetar a las mujeres”.

Landaeta invita a los hombres a perder el miedo a explorarse interiormente y a aprender a amar sin complejos. “Si el afecto es lo que construye la personalidad y la vida misma, por qué el hombre va a prescindir de eso. Por qué va a quedarse en la sexualidad vacía y fácil. Si los seres humanos se hicieran cargo de sus emociones sin tener miedo serían más felices”.

Desde la experiencia que le dio entrevistar a casi 70 varones, Adriana Pedroza coloca buena parte de la responsabilidad en el hombre, a quien le pide que sea capaz de tomar el riesgo de zafarse de los complejos y condicionamientos sociales. “Cuando admiten que necesitan amar y ser amados se salvan, porque el amor es una experiencia donde no cabe el egoísmo o los convencionalismos. Y más allá del amor de pareja, existe el amor propio. Por eso cuando empiezas a amar a la persona que realmente eres y no a la que le gusta a los demás que tú seas, en ese momento empiezas a rescatarte. Y allí empezará el rescate de la comunidad, del país, de todo. Pero eso es una experiencia que implica tiempo, energía, porque tienes que conocerte a ti mismo”.

Para las mujeres que se quejan sobre las limitaciones de sus pares masculinos, Landaeta recomienda una aproximación distinta que permita cambiar los patrones de conducta aprendidos por los varones. “Para entender al hombre, hay que entender que viene de una historia muy complicada y de una crianza que lo ha dejado limitado a la hora de hacer contacto con sus emociones. Supone también comprender sus defensas; saber que muchas veces vocifera porque está asustado, y que como no puede hacerse cargo de esas emociones que están tituladas como negativas o femeninas, actúa de esa manera. En ese contexto, la mujer debería estar pendiente de estas defensas y calmarlo, porque la persona crea defensas cuando está angustiada, y si se aproxima diciéndole que está bien que maneje sus emociones, será más exitosa y contribuirá a que él se entienda y se aproxime sin tanto deseo de posesión o de poder… sin miedo a controlar sus propios miedos”.

No todo parece perdido entonces, ni siquiera en la historia de Adriano, el protagonista de Sí, Mami… “No puedo negarlo -dice Adriano. Ella me… no sé qué tiene que me provoca vivir. Si ella fuera capaz de quitarme de la cabeza la idea del suicidio, me quedo con mi loca y con todo lo que eso implica”.

efcastillo@eluniversal.com

Leave a Reply