Nov 23 2017

El Ruso, el princeso y la pornógrafa.

XXXVI. El Ruso, el princeso y la pornógrafa.
 
Todos los años, a principios de diciembre, El Cascanueces engrosa la lista de eventos importantes en la Sala Ríos Reina del Teatro Teresa Carreño. Todos los años, la familia entera se reúne para ir a apreciar la obra de Tchaikovsky… pero este año será diferente. No quiero ir con ellos, pero sé que no puedo ir con Caterina Ivanova. El asunto requerirá de algo de creatividad, pero bien vale la pena esforzarse.
 
Andrés es el encargado de comprar las entradas de toda la familia, ese es su regalo para empezar las festividades. Regularmente vamos a la presentación del domingo, después del almuerzo en familia. Verifiqué que se cumpliera la rutina y lo confirmé, íbamos en familia el domingo. Me quedaba la presentación del viernes y del sábado. Fui personalmente a las taquillas del teatro y compré entradas para el sábado, para Caterina Ivanova y para mí, en asientos separados. Uno estaba en el ala izquierda, cerca del foso de la orquesta. El otro estaba en el patio, en la séptima fila. Desde esas posiciones podríamos mirarnos.
 
Le expliqué que era riesgoso ir juntos, seguramente muchos conocidos irían y las cosas se podrían complicar. No le importó. Me dijo que quería la que estaba cerca de la orquesta. Le llevé la entrada el viernes en la noche y quedamos en vernos desde lejos, el sábado en la sala de conciertos.
 
Llegué temprano y fui a la Galería de Arte Nacional. Me quedé un buen rato en la Sala 10, contemplando parte de la obra de Reverón. Vi las muñecas y recordé un día que Caterina Ivanova me dijo con nostalgia que ellas habían muerto con Armandito, así lo llama, porque desde que él se fue nadie más las ve vivas. Al salir, porque ya estaban cerrando el museo, me quedé sentado en las escaleras y vi el Museo de Ciencias. Hacía muchos años no pasaba por ahí. Había olvidado que Caracas tiene lugares realmente hermosos. Vi a la gente, a los muchachos en patineta, a los niños en bicicleta, a los artesanos que venden sus mercancías en los alrededores de la plaza de los museos, a los curiosos que se paran en cada puesto. No sé si era la emoción que me producía saber que iba a compartir El Cascanueces con Caterina Ivanova, pero todo me pareció lindo esa tarde. Cuando ya eran casi las seis caminé hasta el Teatro Teresa Carreño. Al llegar, la vi sentada fumando un cigarrillo, sonriendo sola, como si no hubiese nadie a su alrededor. Me detuve a verla desde lejos, pero no pasó mucho antes de que ella se diera cuenta que la estaba mirando y me regaló un suspiro lejano, se mojó los labios con la lengua y volteó la cara hacia el otro lado.
 
– Buenas tardes señorita –la saludé con una sonrisa que no podía evitar.
– ¡Doctor Mendoza! –exclamó sonriendo- ¡Que grata sorpresa!
– ¡Bobita! Aquí nadie te puede oír… me puedes decir princeso.
– Ok… princeso.
– ¿Emocionada?
– ¡Demasiado! Tengo el corazón acelerado. Quiero entrar ya –me dijo sin perder la sonrisa
– Ya van a empezar a subir… subimos por las escaleras mecánicas y…
– Ahí nos separamos…
– Sí… ya están subiendo… ¿quieres subir ya o nos quedamos un rato aquí?
– Sube tú. Quiero estar un ratito sola princeso. Mira, ahí viene un tipo que como que te va a saludar… sip, ahí viene.
– ¡Don Ortega! –saludé a uno de los asistentes de la empresa- ¿Cómo estás tú?
– Doctor Mendoza –me saludó cortésmente- ¿Cómo está?
– Bien gracias. Todo bien. Te presento a Ivanova Machado, Felipe Ortega.
– Hola. Encantada –le saludó con una sonrisa cordial.
– Mucho gusto –le respondió Felipe.
– Bueno caballeros –dijo Ivanova levantándose- Fue un placer. Doctor Mendoza, encantada de verlo.
– Igualmente –le dije.
– Encantado –le dijo Felipe estrechando su mano más de la cuenta.
– Yo también voy subiendo –interrumpí para que le soltara la mano- ¿Te acompaño? –le pregunté a Ivanova.
– Gracias –me respondió con su sonrisa social- Con permiso.
 
Subimos por las escaleras mecánicas burlándonos de la actitud de galán de Felipe, típica de todo macho venezolano, que parece que siempre están coqueteando.
 
Nos separamos al entrar a la sala y cada uno ocupó su asiento. Ya adentro me encontré a varias personas que me saludaban y me preguntaban por qué fui solo. Como en Venezuela parece que uno no debe ir solo a ninguna parte, cuando se rompe la regla todo el mundo comienza a pensar que algo anda mal. Lo que nadie sabía era que yo no estaba solo, yo estaba más acompañado que nunca en toda mi vida. Respondí que me provocó ir solo, sonreí y volví a mi asiento. Esperamos unos minutos a que se diera inicio a la obra, la sala quedó a oscuras, entró el director de la orquesta y… todo lo demás fluyó solo.
 
Desde mi asiento podía verla perfectamente. Apenas comenzó, se estremeció, se frotó los brazos con las manos y me miró sonriendo. No me volvió a mirar. Estaba inmersa en la obra, en la orquesta, en las notas, en la danza. Para mí, verla a ella disfrutar tanto era mejor espectáculo que el ballet mismo. Lloró un par de veces antes del Vals de las flores. Pero era un llanto de alegría, era esa cosa inexplicable que ocurre cuando no se sabe qué es lo que está pasando dentro de uno.
 
Cuando comenzó el Vals de las Flores, cerró los ojos. Yo la estaba mirando ensimismado. Se asomaba al foso de la orquesta, se reía, se estremecía y volvía a cerrar los ojos con los labios apretados. Puse los codos sobre las rodillas, la cara sobre las manos y me quedé contemplándola como la mejor de todas las obras escritas en la historia. En los últimos compases del vals, tenía la cara llena de lágrimas y una sonrisa de felicidad absoluta que me hizo aguar los ojos. Quería correr a abrazarla, pero me quedé sentado, con los ojos vidriosos, sonriendo con su sonrisa.
 
Al finalizar, se paró a aplaudir emocionada, se secó las lágrimas y me miró feliz. La dejé que saliera primero, preferí quedarme sentado para dejar que pasara la emoción del momento, estaba sobreexcitado y no me gusta que me vean así. Aun sabiendo que al quedarme sentado, solo, en una sala de conciertos, despertaría cualquier cantidad de comentarios de los conocidos que estaban allí, decidí ignorar cualquier pensamiento que me cruzara por la mente. Cerré los ojos, respiré profundo y sonreí, porque ahora voy a verla y eso es lo único que me importa en este momento. Ahora voy a llegar a su casa y voy a hacerle el amor, con toda esa emoción que tenemos acumulada. Ahora los vecinos de Caterina Ivanova van a saber lo que son gritos… y esta vez yo le hago el coro. Si es que aguanto hasta llegar a su casa y no me la cojo en el estacionamiento del Teatro.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE XII. CAPÍTULO XXXVI.