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Nov
08
2017

El loquito que no llegó a ser.

XXXII. El loquito que no llegó a ser.
 
Llamé a Caterina Ivanova cerca de las cinco de la tarde para invitarla a un concierto en la Sala José Félix Ribas. No poco fue mi asombro cuando una voz de hombre me atendió el teléfono. En menos de un segundo pensé que podía haber errado el número, pero corregí, porque lo tengo almacenado en mi celular. Tal vez se lo robaron o lo perdió. Tal vez… tal vez me toque averiguar quién está atendiendo el teléfono de Caterina Ivanova.
 
– Aló.
– Buenas tardes. ¿Ese es el número de Ivanova Machado?
– Sí, este es… pero ella no lo puede atender en este momento. ¿Quiere dejarle un mensaje?
– En realidad me interesa hablar con ella… es… eeeee… un asunto de trabajo.
– Mire, ella no puede atender el teléfono ahora porque está hospitalizada, así que si quiere me puede dejar el mensaje y yo con gusto se lo hago llegar cuando se despierte.
– ¡¿Hospitalizada?! –pregunté preocupado.
– Sí… ¿con quién hablo?
– Es… el Dr. Adriano Mendoza. ¿Dónde está hospitalizada? ¿Con quién hablo?
– Habla su hermano. Si quiere me deja el mensaje…
– No yo… quisiera saber dónde está ella… ¿qué?… ¿qué le pasó?
– Un accidente… Ivanova tuvo un accidente… pero está bien, ya está bien.
– ¿Pero dónde está?
– En la Clínica El Ávila. ¿Me puede decir qué necesita y yo le doy su recado?
– Yo… ¿me puede dar el número de habitación? En realidad preferiría… si no es problema, me gustaría ir y visitarla.
– Señor, yo no creo que ella…
– Por favor, en verdad… yo creo que, que… en estos momentos la gente necesita el apoyo de las personas… yo quisiera… si me puede dar el número de habitación.
– 307. Pero…
– Gracias. Si se despierta dígale que estoy saliendo para allá. Gracias de nuevo.
 
¿Un accidente? ¿Qué clase de accidente? ¿Qué le pasó a mi Caterina Ivanova?
 
Salí de la oficina lo más rápido que pude. Manejé casi como un loco dándole vueltas a la cabeza pensando qué podría haberle pasado. Tal vez chocó. En esta ciudad de mierda todo el mundo maneja como un animal. Yo estaba manejando como un animal, pero era una emergencia. Seguramente ahí estará la familia. Tengo que calmarme para poder controlar la situación. Si al menos tuviera el teléfono de alguno de sus amigos… espero que alguno de ellos esté allá. Ellos son los únicos que saben lo nuestro. Necesito una coartada, una excusa, una cortina de humo. Necesito estar solo con ella en la habitación. ¿Realmente estará bien o el hermano me diría eso para que no siguiera molestando?
 
Llegué al estacionamiento de la clínica y me di cuenta que en realidad no sabía aún cómo manejar este asunto. Me quedé en el carro escuchando el Lacrimosa del Réquiem de Mozart. Tengo que verla, pero no puedo hacer un espectáculo frente a la familia. ¿De qué se supone que voy a decir que la conozco? ¿De qué? ¿De dónde?… Estoy seguro que la mentira que voy a decir va a irritar a mi querida pornógrafa, pero no tengo alternativa. Terminó el Lacrimosa. Ya estoy más tranquilo. Ahora sí puedo subir.
 
– Buenas tardes. Con permiso. Mucho gusto –entré a la habitación, después de tocar la puerta
– Buenas tardes –me respondió una señora de unos sesenta y pico y un sujeto más o menos de mi edad. Había otra señora bastante mayor en la habitación, que estaba sobándole la cabeza a Caterina Ivanova, que tenía los ojos cerrados y una expresión de dolor en su cara que hizo estremecer.
– Yo soy Adriano Mendoza. Yo fui el que llamó hace rato –saludé, manteniendo la compostura.
– ¡Ah! Cómo está. Yo soy Enrique, el hermano mayor de Ivanova. Yo fui el que le atendió el teléfono.
– Mucho gusto. Y usted debe ser la madre.
– Sí, encantada doctor. Dolores de Machado –me saludó sonriente la señora- Mamá, este señor vino a visitar a Iva. Es el doctor Adriano Mendoza –le dijo a la viejita que estaba al lado de la cama.
– ¿Cómo está mijo? –me saludó la abuela sin siquiera mirarme a la cara.
– Bien, gracias… y ¿qué le pasó?
– Un accidente –me dijo el hermano después de un silencio largo en la habitación.
– ¿Y está bien? –pregunté al darme cuenta que sería inútil indagar más.
– Sí, gracias a mi Dios santísimo y misericordioso –me dijo la madre.
– Y ¿Usted de dónde conoce a Ivanova? –comenzó a interrogar el hermano.
– Bueno, mis socios y yo estábamos buscando a alguien que escribiera algo sobre la historia de la empresa y uno de ellos la propuso y la entrevistamos y me pareció una muchacha muy inteligente y asertiva – respondí.
– ¿A Ivanova? –preguntó la madre, después de mirarse todos extrañados.
– Sí. Ivanova tiene un dominio del tema filosófico que nos gustó mucho. Nosotros dirigimos una consultora y, en estos tiempos de tanta confusión ideológica, estábamos buscando a alguien que pudiera contar la historia de la empresa desde una óptica diferente. Algo más allá de lo convencional. Alguien que pudiera llevar el tema de las ideas y del desarrollo de la investigación a un nivel más elevado y, definitivamente, de todos los escritores que entrevistamos, Caterina Ivanova fue la más convincente. Todos coincidimos. –terminada la sarta de idioteces sin sentido que estaba diciendo, noté que ella se rió antes de lanzar un gemido de dolor.
– ¿Estás bien mija? –le preguntó la abuela, mientras la mamá y el hermano se seguían mirando entre ellos, sin entender absolutamente nada.
– Sí abue… sí. Doctor…cómo…está –me saludó tratando de voltearse un poco para verme.
– Bien Ivanova ¿cómo estás tú? –le pregunté, tratando de contener todo lo que estaba sintiendo al verla postrada en una cama y sin saber qué la había llevado a allí.
– Bien… sedada… adolorida… pero viva…creo.
– Permiso –dijo un hombre que entraba al cuarto- Mamá… buenas tardes –me saludó- Mamá, abajo están los amigos esos de Iva. Aquí está el jugo.
– Bernardo, este es el Dr. Adriano Mendoza –me introdujo la madre con cierta emoción- vino a ver a tu hermana que dizque ahora va a escribir… eee… una historia de…
– La historia de la empresa del doctor –acotó el otro hermano cuyo nombre ya había olvidado.
– ¿Ivanova va a …? ¡Que bueno! –dijo Bernardo con incredulidad y extrañeza.
– ¿Y por qué los amigos de Iva no subieron? –preguntó la abuela.
– Porque el ascensor estaba lleno, pero ya deben venir por ahí.
– ¡Coño se pueden callar! –exclamó Caterina Ivanova.
– ¡Hija deja la grosería que aquí está el Doctor Mendoza que vino a verte! ¡No seas malagradecida! –le dijo la madre regañándola entre dientes.
– Buenas tardes –dijeron Luís Enrique y Mercedes entrando a la habitación, erigiéndose como mi única salvación.
– ¿Cómo está? –preguntó Mercedes en voz baja, mientras Luís Enrique me miraba con un odio que yo no podía entender.
– ¡Doctor Mendoza! –me dijo- ¡Que agradable sorpresa!
– ¿Tú conoces al Dr. Mendoza? ¿Sabes que Iva va a escribir la historia de la empresa del doctor? –le contó la mamá emocionada.
– ¿En serio? ¿En serio? –me preguntó Luís Enrique.
– Sí, así es – le respondí, tratando de no darle un coñazo y preguntarle qué era lo que le pasaba conmigo.
– ¡Me pueden dejar descansar! –gritó Caterina Ivanova antes de contraer la cara de nuevo por el dolor.
– ¡Mejor salimos para que descanse! –nos dijo Mercedes- ¡Tranquila mamita, todo va a estar bien, tranquila! –le dijo a Caterina Ivanova, secándole las lágrimas.
– Bueno, yo mejor me voy. Fue un placer conocerlos, pero… debo irme.
– No doctor, el placer fue nuestro. De verdad le agradecemos mucho esta oportunidad que le está dando a Ivanova…
– ¡Mamá! –la interrumpió el primer hermano en tono de regaño- Ya, ya. Disculpe –me dijo dándome la mano- es que estamos un poco preocupados por la salud de mi hermana. Gracias por venir.
– Bueno. Gracias a ustedes. Hasta luego… Hasta pronto… Mercedes, disculpa el abuso…
– Sí dime –me respondió en un tono que no pude descifrar si era de preocupación por Caterina Ivanova o también estaba molesta conmigo.
– Tengo que dejarle un material a Ivanova… no sé si será problema que se lo deje contigo.
– No, para nada. Yo bajo contigo.
– Gracias. Gracias a todos de nuevo. Hasta pronto.
– ¡¿Qué le pasó?! –le pregunté después de llevarla por las escaleras, tomándola por ambos brazos.
– Tuvo un aborto –me dijo muy seco- y quítame las manos de encima cabrón.
– ¿Un… aborto? –me pregunté en voz alta, dándole la espalda- Pero si…
– Y ni se te ocurra pre…
– ¿Por qué estás tan arrecha conmigo? ¿Por qué están arrechos conmigo? –le pregunté mirándola a la cara- ¡Yo me estoy enterando! Coño, yo no sé qué está pasando. Ayer quedamos en que… y… la llamo y me… y su hermano me dice que un accidente ¡Coño! ¿Tú sabes lo que..? Y entonces llego y nada… nadie me dice nada.
– ¡Coño Adriano! ¡No tienes una puta idea de lo que ha tenido que pasar la pobre Ivanova para explicarle a su familia que tuvo un aborto! –me dijo casi llorando.
– ¡Coño me imagino!
– ¡No huevón, no te imaginas! –gritó- ¡No te imaginas! Hasta les dijo que se había hecho una inseminación. Y la mamá… ¡Ay esa vieja de mierda! La mamá hablando paja, diciendo que eso era por esa vida promiscua que ella llevaba… ¡coño pana! Por eso, por eso le inventó lo de la inseminación.
– ¿Cuándo le dan de alta?
– Mañana.
– ¿A qué hora?
– No sé. Creo que en… coño no sé, no sé.
– Por favor Merce, llámame cuando sepas. Aquí está mi tarjeta.
– Adriano yo no sé si Ivanova te quiera ver…
– ¡Coño pero yo que hice! Al menos díganme qué hice y luego ódienme, pero esta vaina… ¿qué hice?
– ¡Coño huevón la preñaste!
– ¡Pero si yo me pongo condón!
– ¿Qué estás diciendo…? ¡Tú sí eres arrecho! ¿Ahora vas a venir a decir que…? ¿y entonces? ¡Por lo menos asume tu vaina!
– Ok… ok… vamos a calmarnos… ok. ¿Me vas a llamar mañana?… ¡Coño Mercedes yo necesito verla! ¡Yo necesito hablar con ella, abrazarla, decirle que todo está bien, que estoy aquí! (eso siempre conmueve a las mujeres)
– Ok vale, yo te llamo mañana en lo que sepa algo.
– Dile que vine… dile que mañana voy a quedarme con ella.
– Ok, yo le digo.
 
 
Al día siguiente Mercedes me llamó, justo cuando estaba comenzando un almuerzo-reunión con unos inversionistas potenciales que conocí en Carnavales en casa de David Cañizales. Por lo general no atiendo el teléfono cuando estoy reunido, pero necesitaba saber algo de Caterina Ivanova.
 
– Disculpen, tengo que atender esta llamada –me excusé.
– Adelante –me respondieron
– Aló
– Hola Adriano, es Mercedes. Mira, le van a dar de alta a las dos y la mamá y Enrique se van a quedar con ella no sé hasta qué hora, pero yo le dije a la mamá que mejor ella se fuera para su casa y yo me quedaba con Ivanova. La metí un cuento ahí todo chimbo pero la vieja se lo comió. La cosa es que yo no me puedo quedar toda la noche con ella… yo tengo hijos y…
– No te preocupes, no te preocupes. Yo… ¿este es tu número?
– Sí.
– Bueno, yo te llamo para ver si ya estás sola con ella… te llamo a eso de las cinco o seis y me voy para allá. Pero se va para su casa ¿verdad?
– Sí, la mamá se la quería llevar a la suya, pero a Ivanova le iba a dar una vaina cuando la escuchó… pero no, se va para su casa y yo supuestamente me voy a quedar con ella.
– ¡Coño Mercedes gracias! De verdad te agradezco todo lo que…
– No me agradezcas nada. Ve a ver qué coño vas a hacer para levantarle el ánimo a la chama, porque… ¡coño Adriano! Está con un down feo … y no sé por qué, porque ella… bueno, habla con ella y aguántate la depre que tiene y ve a ver cómo coño haces para que se recupere.
– No te preocupes. Gracias Merce. Gracias.
 
Me sentí más aliviado al saber que todo estaba listo, o al menos casi listo, para que Caterina Ivanova y yo pudiéramos hablar. No sé, todavía no entiendo por qué están tan molestos conmigo. Yo no hice nada… no que yo sepa. Pero ya habría tiempo para dedicarme a eso, ahora tengo que lograr que estos tipos metan plata en mi proyecto.
 
Ya eran las cinco de la tarde. Llamé a Mercedes y me dijo que todavía estaba la familia en el apartamento de Caterina Ivanova. Llamé a las seis y se repitió la historia, habían llegados unos primos. A las siete llamé y todavía había un montón de gente en su casa. Ya estaba perdiendo la paciencia cuando me llamó Mercedes y me dijo “vente ya que yo me tengo que ir”.
 
Por fortuna había estado dando vueltas por los Palos Grandes, así que en cinco minutos estuve en su casa. Mercedes bajó, abrió el portón del estacionamiento y me advirtió que casi no hablaba. Sacó su carro, se fue y yo cerré el portón. Tomé la sopa de pollo que le había comprado. Una sopa de pollo es lo mejor cuando uno se siente mal. Ya en el ascensor, solo, frente al espejo, me dije “tuvo un aborto”. Estuve toda la noche de ayer tratando de… no de no pensar, porque prácticamente no pude dormir pensando en ella, pero no pensé –hasta ahora- en el tema del aborto. Me había dejado sin palabras el cuento del aborto, porque si tuvo un aborto es porque estuvo embarazada y si Caterina Ivanova estuvo embarazada… ¿yo hubiese sido el padre?
 
Me senté en las escaleras con la sopa de pollo en una bolsa azul de plástico. Tal vez por eso era que todo el mundo estaba irritado conmigo, porque piensan que yo voy a… ¡Yo no le voy a preguntar a Caterina Ivanova quién era el padre! Yo asumo que soy yo, no creo que ella me esté… ¡ella no se podría acostar con otro! Pero, un condón tiene el 99% de seguridad. ¿Tan mala leche tengo?… ¿Un hijo con ella?… Por primera vez sentí ganas de llorar. Un hijo mío y de Caterina Ivanova… ¿ese era mi hijo? ¿mi loquito?
 
Se abrió el ascensor y salió una chica con una minifalda demasiado mini y José Alberto. Dije buenas noches y me levanté de las escaleras. José Alberto me miró con cierto aire de extrañeza. No creo que él sepa mucho. Tampoco creo que quiera saber. La forma en que me miró me hizo entender que él tenía que estar molesto conmigo pero, como no recordaba exactamente por qué, decidió tratarme como siempre.
 
– ¿Qué hubo? ¿Te sacó? –me preguntó.
– No vale, no he entrado.
– ¿Y qué haces aquí sentado como un huevón? ¿timbro?
– Sí… no, yo tengo la llave. Mercedes me abrió abajo y me dejó las llaves.
– ¿Y tú no tienes llaves tuyas de aquí? ¡Noooo joda! –dijo riéndose.
– ¿Qué…? –le iba a preguntar qué hacía ahí, pero callé- pasa.
– No marico, pasa tú.
– ¡Ivanova! –exclamé al verla sentada en el sofá beige, con una pijama rosa pálido, unas medias gruesas, sin maquillaje y el cabello un poco despeinado.
– ¡Epa loca! ¿y qué, perdiste el chamo? Yo no sabía que estaban esperando un chamo- soltó sin ninguna delicadeza José Alberto.
– Yo tampoco Jose, yo tampoco –le dijo Caterina Ivanova mirándolo, sin darle mucha importancia a la bomba que acababa de soltar- ¿Cómo estás Adriano?
– Bien… te traje sopita de pollo…
– Ese debe ser Luís Enrique –dijo José Alberto después de que sonó el intercomunicador- Sí, es él. Viene subiendo. Chama –le dijo a Caterina Ivanova- que bolas… entonces estabas preñada y no sabías nada… verga, que feo chama… ¿y tú tampoco sabías nada? –me preguntó.
– ¡Coño Jose, cómo va a saber él si yo no sabía!
– ¡Ah, verdad! ¡Que marico!… perdón… chama lo que pasa es que estoy nervioso porque no sé qué decirte. Estoy burda de cortado. Yo soy burda de malo para estas vainas… ¡y sobrio ni te cuento!
– Coño, ni se te ocurra prender un porro ahorita José…-alcancé a decir antes de que sonara el timbre de la puerta.
– Hola Iva –la saludó con un beso en la frente. ¿Qué más marico? –saludó a José Alberto- Adriano.
– Luís Enrique…
– Te traje heladito de chocolate –dijo Luis Enrique, sacando un recipiente de helado de una bolsa de plástico color naranja.
– Gracias, déjalo en la nevera porfa –le respondió Ivanova sin ninguna emoción.
– Yo te traje sopita de pollo –le dije- Yo creo que deberías tomar bastante sopita para que te recuperes…
– ¡Que sopa ni que nada! –me interrumpió L.E.- ¿no te provoca más un heladito? El chocolate es bueno para levantar el ánimo.
– Sí, chévere, pero ella necesita recuperar fuerzas –le dije al huevón- ¿te caliento un poquito de sopa? –le dije a Caterina Ivanova.
– ¡No! ¡No quiero una mierda de sopita de pollo! –me gritó.
– ¿Viste? –me dijo L.E.
– ¡Y tampoco quiero un coño de heladito! –le gritó a L.E., para mi satisfacción.
– ¿Quieres un porro? –le preguntó J.A.
– ¡No! ¡Quiero vino! ¡Mucho vino!
– Pero amor no deberías- le dije tomándole la mano.
– ¡No me jodas! –me quitó la mano- ¡Quiero vino! ¡Y quiero que se vayan y me dejen en paz!
– Coño Iva –le dijo L.E.- si quieres me voy pero…
– ¡No-me-digas-Iva! ¡Odio que me digan Iva! –dijo encendiendo un cigarrillo. Quise decirle que no debería fumar pero me dio miedo. Me limité a meter las manos en los bolsillos del pantalón y callar.
– ¡Gracias panita! –le dijo a J.A. que le sirvió vino blanco que había quedado de la última reunión. Fui a la nevera y puse a enfriar dos botellas más.
– Chama ¿quieres estar sola? –le preguntó J.A., mientras L.E. y yo nos mirábamos con ganas de salir a darnos unos golpes.
– Sí… por favor. Quiero estar sola… ¡coño he estado todo el maldito día aguantando la preguntadera de mi mamá, de mi abuela… de todo el mundo! Ya, quiero estar sola, por favor- Dicho esto inclinó hacia un lado el torso y quedó con la cara metida en el sofá- ¡Váyanse! –nos suplicó.
– Bueno chamita, ahí te dejo el helado. Tú sabes que si quieres hablar me puedes llamar a la hora que sea- le dijo L.E. acariciándole la parte de atrás de la cabeza- Yo no tengo problema en venir cuando quieras… tú sabes que puedes contar conmigo a cualquier hora – dijo mirándome con ironía.
– Chama yo… me voy. ¡Verga que malo soy para estas vainas! –dijo L.A. acercándose a la puerta.
– Yo me quedo –dije.
– No te lo recomiendo Adriano –me advirtió con una mirada que casi me hace correr.
– Chao muchachos –les dije- Nos vemos.
– Chao… cuídate chamita –le dijeron a Caterina Ivanova antes de cerrar la puerta.
– ¿Qué pasó? –le pregunté de lejos, apoyado de una pared- ¿Por qué no me llamaste?
– ¡¿Qué pasó?! ¡¿Tú quieres saber qué pasó?! Que estaba en casa de Bernardo, mi hermano, y me empecé a sentir mal y fui al baño y tenía una hemorragia allá abajo y yo creía que era la regla, pero estaba sangrando demasiado. Le dije que necesitaba ir a la clínica y me llevó y el médico me dijo que era un aborto, que estaba teniendo un aborto. ¿Tú sabes lo que es esa vaina? Tener que pensar algo mientras te estás desangrando y no sabes qué le vas a decir a todo el mundo cuando empiece a llegar la familia con su interrogatorio. Y… y mientras estás como sedada y no sabes qué va a pasar, escuchar la voz de mi mamá diciendo que “es que con la vida que lleva esta muchacha” –En ese momento rompió en llanto y seguía descargándose- ¡El coño de su madre! ¡el coño de su madre! Te estás muriendo y encima te están diciendo puta ¡que bolas!… y ahora vienes tú y me preguntas que por qué no te llamé ¡tú sí eres arrecho! ¡No te llamé porque me estaba desangrando!
– Perdóname loquita –le dije de cuclillas, apoyado en sus rodillas.
– Adriano… mejor vete… en serio. No… ¡coño voy a explotar! En cualquier momento me voy a poner a llorar otra vez y no me gusta que me vean llorando… y voy a gritar y voy a empezar a buscar un culpable y te voy a ver a ti y te voy a echar la culpa de todo.
– Caterina Ivanova… cúlpame, grítame, pégame, haz lo que quieras, pero yo no te voy a dejar sola –le respondí mirándola a los ojos.
– Entonces sírveme otra copa de vino… y que conste que te lo advertí… y si me dices que no beba o que no fume te meto un coñazo.
– Yo te acompaño… con el vino… ¿qué quieres oír?
– Que… ¿Quieres un soundtrack para lo que va a pasar ahora?
– Ivanova… yo sé que… ¡mierda!… estoy asustado. Yo no sé qué va a pasar ahora pero… coño yo quiero… y si estoy aquí es porque… No sé, no sé por qué estoy aquí, no sé. Toma.
– Gracias.
– Salud
– Salud… que ironía ¿no?… Salud
 
 
Puse la Novena Sinfonía de Beethoven. Al menos eso me garantiza un final feliz. No sé qué va a pasar ahora. No sé qué repercusiones va a tener este incidente en nuestra relación. Me siento como un miserable por tener dudas, pero ¿y si ella se embarazó a propósito? Uno nunca sabe. A los treinta y cinco años las mujeres pueden entrar en una crisis por el reloj biológico y hacer estupideces. Pero nosotros nunca hemos tenido sexo sin preservativo… ¿y si…? Porque los preservativos siempre se quedan en su casa. Ella ha podido dañarlos adrede… ¿Será que Caterina Ivanova quería tener un hijo mío? ¿será verdad que no sabía nada? No sé qué le voy a decir si me llega a proponer que tengamos un hijo. En otra situación le diría que está loca, pero acaba de tener una pérdida… diga lo que diga ahora, tengo que ser demasiado cuidadoso. En estos casos las mujeres pueden hacer que uno se comprometa con cosas que no están en los planes y después empiezan los dramas porque uno no cumplió lo que prometió y… Ya no sé que pensar. Las mujeres son muy manipuladoras… ¿Y si no era mío? ¿y si me están metiendo un embarazo que yo no empecé?
 
– ¿Por qué le dijiste a mi mamá esa vaina de que yo iba a escribir la historia de tu consultora?
– ¿Qué querías que le dijera? –le pregunté antes de sentarme en el suelo, al lado del sofá.
– No, está bien… pero me dio risa. La caraja estaba feliz. La hubieras visto hoy diciéndole a todo el mundo que yo ya estaba sentando cabeza, que quería tener un hijo y estaba buscando un trabajo serio y… ¡que cagada! La caraja estaba orgullosa de mí. Creo que ella no estaba orgullosa de mí desde que me gradué… Y ¡coño! ¡Tú tienes una facilidad para inventar vainas!
– ¿Y tú? ¿De dónde sacaste lo de la inseminación?
– Se me ocurrió en algún momento, no sé si cuando me estaban haciendo el curetaje o me estaban sacando los restos de… del feto… no sé. Pero le dije que quería darle un nieto y ella estaba ¡tan feliz!… estaba tan feliz que me provocaba darle un coñazo, pero no tenía fuerzas… ni siquiera tenía fuerzas para decirles que se fueran y me dejaran en paz.
– Bueno, eso sí lo dijiste… dos veces mientras estuve allá… ¿vamos a seguir en esto o vamos a decir lo que no queremos decir? –le pregunté mirando hacia el suelo, a través de la copa de vino.
– No quiero… – rompió a llorar sin terminar la oración.
– ¿Qué sientes?
– ¡Déjame!
– ¡Coño no! ¿Qué pasa? ¿Qué pasó? –pregunté poniéndome de pie- ya yo no puedo seguir disimulando que no pasa nada. Actuando como si tuvieras una gripe. Trayéndote sopa de pollo y ¿ahora qué? ¿te busco un antigripal para seguir el teatro? ¡Coño Caterina Ivanova, tenemos que hablar!
– ¿Hablar… qué? ¿Qué quieres que te diga? –me gritaba llorando a moco suelto.
– Lo que me tengas que decir, lo que le dijiste a tus amigos para que me vieran con esa cara de arrechera, no sé. Dime lo que me vayas a decir.
– No eres tú Adriano. No es por ti –me dijo más calmada- Es que… tú no sabes… yo… yo… se supone que yo no quiero… -volvió a llorar.
– ¿Tú qué amor?… Ivanova. Por favor dímelo. Lo que me tengas que decir dímelo –le pedí arrodillándome frente a ella, apoyando mi cara en su vientre- Yo no sé si voy a entender, pero… dímelo.
– ¡Te odio! Eso es lo que pasa. Te odio –me dijo incisivamente, con la cara llena de lágrimas y la mirada perdida en el Carnaval Nocturno de Chagall.
– Sí, te entiendo –le respondí, manteniendo la posición de mi cuerpo.
– No, no me entiendes. Yo… estaba… yo estaba bien –trataba de hablar, mientras se tragaba las lágrimas- Yo sabía… yo creía que estaba clara, yo creía que yo no quería nada de eso, que estaba bien, que no quería hijos, que no quería más nada de lo que tenía, que estaba bien como estaba… Pero ahora no sé. No sé porque –rompió a llorar de nuevo- porque yo no sé qué hubiera pasado si yo hubiera sabido que estaba embarazada. Yo no sé qué hubiera hecho, si te lo hubiera dicho, si hubiese abortado, si lo hubiese tenido, si te hubiera mandado a la mierda. Es más, no sé si… porque me hubiera dado… y si tú me hubieses salido con uno de esos clásicos de macho y… si yo hubiese querido y tú no o si yo no y tú sí y… ¡No sé! ¡Esta mierda me está matando! ¡No sé! ¿Qué clase de made hubiera sido yo? ¿ah? Dime. Yo no hubiese podido tener un hijo, no podía. Pero si me hubiera tocado decidir no… yo no sé qué hubiera decidido ¿sabes? Es eso. Es esa mierda lo que me tiene mal… porque yo siempre he sabido… y yo… yo nunca… esas dudas maricas yo no. Pero ahora no sé… no sé y mata no saber. Porque me siento una estúpida. Yo no sé qué hubiera hecho si me… no sé nada.
¿Sabes? –prosiguió en sollozos mientras yo apenas podía mantenerme de pie, mirándola a veces a ella, a veces esquivando su mirada y asomándome a la ventana – yo creo que hubiera abortado. Pero igual me hubiese sentido mal. Y si hubiera decidido tenerlo también me sentiría miserable.
– Entonces lo que pasó es lo mejor… Dios sabe lo que hace.
– ¡¿Dios sabe lo que hace?! – me gritó- ¡¿Dios sabe lo que hace?! ¡Si Dios supiera lo que hace no me estaría jodiendo la vida con esta vaina! ¡Si Dios supiera lo que hace no te hubiera conocido y tú no me hubieras preñado! ¡Vete a la mierda con tu discursito de creyente! ¡¿Quién coño se cree Dios para decidir por mí?!
– ¿Qué quieres que te diga? –le pregunté un poco exaltado- Igual ninguno de los dos… yo tampoco sé qué hubiera hecho. Yo ni siquiera sé qué hacer ahorita y ya no hay crisis. ¡Coño Ivanova! ¿Qué coño crees tú que siento yo? Yo quisiera tener algo qué decirte, pero no tengo nada. No tengo nada. Ni siquiera he podido asimilar esta vaina.
– ¿Y tú crees que a mí me importa cómo te sientes tú? –me preguntó mirándome con rabia, mientras se secaba las lágrimas.
– No, de bolas que no te importa… no… es que a nadie le importa –tomé ambas copas para recargarlas.
– ¡Tú sí eres egoísta! Yo acabo de tener un aborto y tú quieres que me preocupe por tus sentimientos…
– No. No quiero que te preocupes de mis sentimientos –la interrumpí volteándome con la botella de vino en las manos- Sólo quiero que sepas que no eres la única que se siente mal. Que… que yo… comparto ese dolor… que me importa… que me importas. Es verdad, yo… no sé, yo tampoco sé. Y te lo juro que me gustaría saber… porque ahorita, cuando estaba llegando, yo… -tragué grueso, respiré, dejé la botella y las copas en la mesa, cerré los ojos y apreté los labios- cuando salí del ascensor sentí… ¡mierda Ivanova, también era mi chamo!. Hubiera sido mi loquito ¿sabes? –no pude evitar que se me salieran las lágrimas, apenas podía hablar y controlar el nudo en la garganta- y tampoco sé si… o sea, por un lado me da… en esa fracción de segundo que me imaginé al chamo, así, loquito, como tú… me imaginé que se la pasaría riéndose… y que yo le pondría música académica… y tú le pondrías a Elvis y yo… y seguro pelearíamos porque tú le enseñarías unas vainas y yo otras… ¡Hubiéramos sido una cagada de padres!
– Sí –me dijo entre pucheros.
– Coño, perdóname que te diga esto, pero menos mal que pasó así –le dije casi llorando- porque yo… una crisis así yo no la… ¿cómo? ¿sabes? ¿cómo se maneja? Yo no sé… porque los dos sabemos que lo mejor es que no, pero… pero si hubiera… yo tampoco sé. Y a veces tú y yo… somos tan… inmaduros, sí, inmaduros coño… no hubiéramos podido con eso Caterina Ivanova.
– No –me respondió con la cara llena de lágrimas, siguiendo con sus pucheros.
– Pero –le di copa de vino- a mí también me da cosa porque… ese chamito…era así como… o sea, ni tú ni yo sabíamos, hubiera sido demasiado rudo enfrentar esto de otra manera. –dicho esto me volví a sentar en el suelo, al lado del sofá donde ella seguía inmóvil.
– Demasiado…- me dijo sin mirarme, acariciándome la cabeza- ¿Y ahora qué?
– No sé –le dije, con los codos enterrados en las rodillas y la mirada enterrada en el suelo- ojalá pudiéramos hacer un chiste de esto y seguir, pero no sé… porque… ¿esta vaina tiene que cambiar las cosas?
– No sé… ¿tiene?
– ¡Yo no quiero, no quiero! –giré el cuerpo y quedé de rodillas abrazado a su cintura, con mi nariz entre sus senos- ¡No quiero Caterina Ivanova!
– Yo tampoco quiero Adriano Mendoza –me dijo abrazando mi cabeza- Tengo miedo… tengo miedo de… no sé… me siento demasiado vulnerable y me da arrechera.
– Yo también.
– Estoy cansada… y borracha.
– Yo también –le dije sin moverme.
– Tengo que ir al baño.
– Ok.
– ¡Suéltame! En serio, necesito orinar.
– Yo te llevo.
– No, bobito, yo puedo ir sola.
– Pero yo te quiero llevar ¡Deja el peo! –la cargué y caminé hacia el baño- ¿Quieres que…? –corregí- ¿Me puedo quedar contigo esta noche? –le pregunté mirándola a los ojos, sostenida en mis brazos, agarrada a mi cuello.
– Ujum –me respondió con una leve sonrisa.
 
La dejé sentada en el inodoro y me senté en el piso, al lado de la puerta del baño. Surgió de golpe una pregunta en mí ¿Querría Caterina Ivanova tener un hijo mío? Pareciera que antes de esto no, pero ¿y ahora? Después de lo que pasó esta noche ¿estará ella orinando pensando que puede…? Tal vez no. Se asustó mucho… Creo que ella no quiere tener hijos. No le puedo preguntar ahora. Tal vez después. Tal vez nunca. No quiero meterle ideas en la cabeza. Ella no quiere tener hijos… ¿Y yo? Tal vez. Pero no quisiera dejar a un niño huérfano antes de nacer.
 
La idea de un hijo con ella era loca, absolutamente desquiciada… pero deliciosa. Criar un hijo con ella, pasearlo, enseñarle a leer, enseñarle la diferencia entre un violín y una viola, enseñarlo a rezar… Y con ella, con ella. ¿Por qué a veces me vienen esas ideas de que con ella todo puede ser una aventura deliciosa?
 
Estuvimos por más de dos horas sentados en el sofá, escuchando el Réquiem de Mozart. No podía faltar Lascia Ch’io Pianga. Escuchaba el aria, lloraba en silencio y se acurrucaba en mi pecho. Nunca me había sentido tan fuerte y tan necesario para ella. Se quedó dormida y la llevé cargada a la cama. Me acosté a su lado y dejé que el aria de Haendel sonara toda la noche.
 
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE X. CAPÍTULO XXXII.