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Nov
06
2017

El escape del princeso.

XXXI. De cuando un princeso se escapa de vacaciones.
 
Las vacaciones escolares traen consigo una pregunta a todos los padres ¿qué vamos a hacer con los hijos? Como en una suerte de conspiración macabra, todas las actividades con las que los padres mantienen ocupados a los críos, entran al periodo vacacional al mismo tiempo. Los planes vacacionales apenas duran un par de semanas. Lo único que puede salvarle la vida a un aterrado progenitor, es contar con suficiente dinero para pagar un campamento vacacional que consuma un mes entero y que, además, el niño quiera ir. No siempre se tienen las dos cosas.
 
El año pasado Alexander se empeñó en que quería viajar conmigo. Clarita lo hizo el año antepasado. Ya llevaba dos años sin poder deshacerme… no exactamente deshacerme, no es tan malo como suena. La realidad es que cuando se tienen tantos proyectos en desarrollo, es demasiado sacrificado ir a visitar a Mickey Mouse. Tengo decenas de fotos donde salgo hablando por celular al lado de Buzz Ligthtyear o de Cenicienta. Me da vergüenza admitirlo, pero yo prefiero que mis hijos vayan de vacaciones con su madre o con sus tíos o con los abuelos. Yo no soporto hacer una cola interminable en uno de los parques de Disney para comprar un hot dog que, de paso, sabe a mierda. Además, los niños se convierten en dementes cuando salen de vacaciones. No hay manera de razonar con ellos, no se quedan quietos en ningún momento, quieren salir a toda hora y dormir cuando les provoque.
 
Este año tuve la suerte de que mis queridos hijos me pidieron ir a un campamento vacacional en Miami. Cuatro semanas. Miles de dólares bien invertidos, aunque me tocó tenerlos dos semanas antes del viaje, porque la madre estaba muy ocupada con un caso y me sacó en cara los dos años anteriores que le tocó aguantárselos a ella. ¿Qué clase de madre habla así de sus hijos? Por fortuna, tengo buenos amigos en los bancos y nunca me falta un plan vacacional donde meter a mis hijos. Yo los dejaba en la mañana en el autobús que los llevaba a sus actividades y luego mi mamá los recogía en la tarde, para luego irlos a buscar en la noche y repetir, por dos semanas, la misma rutina.
 
Fueron dos semanas dedicadas exclusivamente al trabajo y a mis hijos. Dos semanas sin verle la cara a Caterina Ivanova. Sin desayunos, sin paradas por su casa. Esclavo de la oficina y del par de monstruos que ayudé a procrear. Es impresionante la energía que consumen los niños… ¡Y pensar que yo quería otro!
 
Cuando terminaron las dos semanas quedé exhausto y decidí, por primera vez en años, tomarme unos días para mí. La decisión tomó por sorpresa a mis socios y a mi familia, pero todos coincidieron en que necesitaba unas vacaciones. Ahora, sin María Consuelo, con mis hijos lejos y con un drama familiar que no se terminaba de resolver por completo, pensaba regalarme unos días fuera del país con Caterina Ivanova. Después de todo, llevábamos varios meses saliendo… no sé cuántos, no llevo la cuenta, pero sé que fue después de Carnavales y antes de Semana Santa.
 
La llamé en la noche desde mi apartamento, le propuse ir a Cartagena a pasar una semana y me dijo que tenía el pasaporte vencido. No se por qué no me extrañó. Me propuso ir a Mérida, a empiernarnos una semana entera y yo le dije que teníamos dos. Pensé que lo más sensato sería vernos allá. Las probabilidades de encontrarse a algún conocido en el aeropuerto en plena temporada vacacional son muy altas y no quiero correr ese riesgo. Pero ella me propuso ir por carretera, manejar hasta Mérida.
 
– ¿Tú sabes cuántas horas son de aquí a Mérida? –le pregunté.
– No… pero deben ser burda –me respondió riéndose.
– Sí… burda… Son más de diez horas Ivanova, yo no voy a manejar diez horas, estás loca. Vámonos en avión. No te preocupes por el pasaje que yo pago todo…
– ¿Tú eres ridículo o qué? – interrumpió molesta- Yo no necesito que me pagues ningún pasaje.
– ¡Coño deja el peo! Yo sé que tú no necesitas que te pague nada. No te lo estoy diciendo porque lo necesites, te lo digo porque me parece una ladilla ponerme a manejar diez horas o más pudiendo agarrar un avión y estar ahí en dos horas.
– ¡Coño princeso no seas cuadrado! Píllate la nota… nos turnamos el volante…
– ¡Estás loca! –la interrumpí- Yo no te voy a dejar mi carro.
– ¡Y yo tampoco voy a manejar tu carro, ridículo! No nos vamos en tu carro, nos vamos en el mío. Yo no me voy a arriesgar a que nos asalten en plena carretera por andar de maricos en un Audi o en un Porshe… ¡a ver si nos cogen unos malandros! Tas como loco. Nos vamos en mi carro, oyendo musiquita, jodiendo, tomando café… ¡va a ser depinga!
– Coño, no sé –dije dudando.
– ¡Dale Adriano! Mira, imagínate… visualiza la vaina… óyeme. Tú dejas tu carro por ahí, tú verás dónde, yo te paso buscando y agarramos carretera, en la noche. Nos vamos oyendo Elvis, cantando, metiéndonos mano… ¿ah? ¿qué tal?
– ¡Coño carajita, estás loca! –le respondí sin poder contener la risa.
– Pero suena bien ¿ah?
– Coño… la verdad es que sí… sobre todo eso de meternos mano… sí.
– ¿Entonces?
– Yo estoy demasiado horny para negarme a una propuesta como esa… si tú me ofreces meterme mano… yo le echo bolas –le dije bromeando.
– Tú me dices dónde y yo te paso buscando princeso –me respondió con voz seductora.
– ¿Me vas a meter mano cantándome Teach me tiger?
– ¡Uy no te me pongas así!
– ¿Voy a tu casa? –le pregunté sin poder aguantar las ganas de tener sexo.
– Coño princeso… voy saliendo a una vaina de un pana.
– ¡No joda! –le dije molesto- Tú siempre tienes una vaina.
– No te arreches fortachón… ya me vas a poder coger en todos los lugares y en todas las posiciones que se te ocurran.
– Te voy a volver mierda –la amenacé- Vamos a tirar tanto que me vas a suplicar que te lo saque… y a toda hora… te voy a cobrar cada polvo que no hecho echado.
– ¡Me encanta cuando me hablas sucio! –dijo antes de soltar una carcajada- Bueno… dime a dónde te voy a buscar… y cuándo ¿no? No hemos dicho cuándo.
– ¿El viernes? ¿nos largamos el viernes?
– ¿Pasado mañana?
– ¡No! El próximo viernes santo.
– ¡Oyeeee, no te arreches! ¡Te pones de un mal humor cuando estás cachondo…!
– ¡Porque tú no! –le respondí con sarcasmo- No me vayas a salir con que este viernes no puedes.
– No, no, no… sí puedo… yo lo digo es por los detalles técnicos. O sea, a dónde vamos a llegar y todo eso.
– ¿Tú te puedes ocupar de eso?… por favor. Yo no tengo tiempo y no quiero poner a mi secretaria a hacerlo porque no quiero que nadie sepa dónde voy a estar. No quiero estar ubicable. Y, mira, si puedes hazme un favor, busca una canción que se llama La Ladrona, de Diego Verdaguer o algo así –le pedí al recordar que esa era la canción del viejo con su enfermera.
– ¿Y esa vaina? –me preguntó extrañada.
– Nada… es que a los viejos les gusta y quiero saber cuál es.
– Claro… ok… Dale princeso, yo me encargo de eso y de la posada.
– Que sea una vaina bonita…
– ¡Coño, obvio! Yo no te voy a llevar a un cutre.
– Ok… el viernes… desayunamos y…
– ¿No quedamos que en la noche? –preguntó.
– ¡Coño, está bien, en la noche! –le respondí molesto.
– ¡Verga mijo, hazte la paja por favor!
– ¿Mientras hablo contigo? –le pregunté con picardía.
– Bueno –me respondió en el mismo tono- Si quieres… si te hace feliz oír mi voz… ¿qué estás haciendo?
– Sacándome el bóxer –le dije mientras me desajustaba el cinturón y me servía una copa de vino tinto.
– ¡Que rápido eres fortachón!… Bueno… entonces yo busco el hotel y nos vemos en… ¿en dónde nos vamos a ver por fin y a qué hora?
– Háblame bonito que Mendoza está oyendo.
– Ok… ¿Dónde te busco papi? –me dijo con voz de puta
– Te queda muy bien el tonito de niche sexy –me burlé.
– ¡Sí eres pajúo!
– Si nos vamos el viernes en la noche tenemos que vernos… está difícil… estamos rodeados Caterina Ivanova… todo el Este de Caracas es peligroso… todo…
– ¿De verdad te estás masturbando? –me preguntó asombrada.
– Sí –le dije riendo- Y quiero que me escuches carajita… porque…
– ¿Estás durito?
– ¡Durísimo!
– ¡Coño fortachón!… Coño, yo voy saliendo, no me hagas esa vaina.
– Bueno… vamos a concretar… yo creo que… lo más seguro es el CCCT.
– Sí, esa es buena. Dejas tu carro ahí y yo te paso buscando… nos va a agarrar una cola del coño de la madre, pero ¡que carajo!
– Manda a revisar el… lleva… el carro al taller.
– No te preocupes que yo sé que tengo que llevarlo a revisar… ¿estás a punto?
– Sigue hablando…
– ¡Adrianoooo!… esteee…. Entonces… la hora ¿a qué hora?
– Ocho.
– ¿Ocho?… ok… ¿te falta mucho?
– ¿Qué vamos a hacer al llegar?
– Seguro que echarnos a dormir, pero en el camino… ¡Coño fortachón! Te voy a echar la mamada de tu vida en la carretera… espero que puedas manejar y recibir una mamada al mismo tiempo.
– ¡Claro… que puedo!
– ¡Y espero que no nos agarren en una alcabala! Tengo que chupártelo antes de pasar las alcabalas… bajarte el cierre, sacar a Mendoza, comérmelo…
– ¡Ay coño! –exclamé con placer- ¿Qué más?
– Ehhhh… comérmelo todo y… esteeee… pasarle la lengua por la cabeza… y apretarlo y… apretarlo y subir y bajar y hacerte la paja mientras te lo chupo…
– ¡Ahhhhhhh!
– ¡Hijo de puta!
– Respeta a tu suegra Caterina Ivanova… coño, te dejo. Tengo que limpiar esta vaina… Entonces nos vemos el viernes a las ocho en el CC. Me llamas para ver por dónde salgo. Puntual ¿ok?
– ¡Coño es que si hasta me estabas parando bolas y todo! –dijo extrañada.
– ¡Claro que te estaba parando bolas pendeja! –le dije riendo- Nos vemos el viernes. En la mañana y en la noche…
– Hasta el viernes princeso
– Hasta el viernes… no te olvides de llevar el carro al taller
– ¡Yo sé coño!
 
Creo que estas dos semanas han sido el lapso más largo que he tenido sin sexo. No me hace bien estar tanto tiempo sin sexo. Me puedo masturbar, pero prefiero que sea una mujer quien lo haga por mí… aunque el polvito telefónico estuvo bien. Menos de cuarenta y ocho horas faltaban para emprender la aventura. Yo estaba más emocionado que mis hijos antes de irse a su campamento. Saqué una maleta pequeña y metí suficiente ropa para diez días. Guardé suficientes condones para no tener que comprar por allá. Un par de libros, afeitadora y mis cosas de cuidado personal.
 
Nada de lo que pasó hasta las ocho de la noche del viernes merece especial mención. Nos vimos en la mañana y me dijo que había conseguido una cabaña en el Hotel Río Prado. El resto del desayuno fue insignificante, ninguno de los dos quería estar allí. Terminamos temprano y cada quien se fue a dejar todo en orden para irnos en paz al llegar las ocho de la noche. Yo hice todo lo que tenía que hacer en la oficina. Salí temprano a pesar de las distracciones que se presentaron ese día. Llegué a mi casa, tomé un baño, agarré mi maleta, mi Ipod y la llamé para decirle que iba saliendo. Ella saldría diez minutos después, ya estaba lista. Llegué al CCCT, estacioné el carro, saqué el reproductor y salí por el acceso que da al Cubo Negro. Allí estaba ella, llegando justo cuando yo salía. Me monté, nos reímos y arrancamos.
 
– ¡No joda! –gritó- Deberíamos asaltar un banco. ¡Verga, cronometradísmos!
– ¡Coño sí! –exclamé apretando los puños- Perfecto loquita, perfecto… ¿mandaste a revisar el carro?
– ¡Mierda, no! Se me olvidó… ¡Quita esa cara pendejo! ¡Claro que lo mandé a revisar! ¿Tú crees que yo estoy loca?… Bueno, sí crees que estoy loca, pero no estoy tan loca como para salir de Caracas sin revisar el carro.
– No me metas esos sustos Ivanova –le pedí en tono suplicante- Coño loca…
– ¿Qué? –me preguntó con picardía.
– Empieza pues… -le respondí señalándole a Mendoza.
– Coño, espérate que salgamos de Caracas… ¿tú quieres que nos pillen en un semáforo o qué?
– Te estoy jodiendo carajita… estos vidrios ahumados… como que tienes experiencia en esto ¿no? –le dije para molestarla.
– ¡Ay, no, ya vas a empezar! –me dijo poniéndose seria.
– ¡Te estoy jodiendo pendeja!… ¡Si eres picada!
– No… picada no… es que tú siempre… ¡Sí eres bobo!
– ¿Y la música? –pregunté extrañado por el silencio.
– ¡Ah, la quité cuando estaba llegando!… No sé por qué… sabes, es esa sensación de que estás haciendo algo malo y tienes que tratar de pasar desapercibido…
– Sí… es sabroso…
 
Encendió de nuevo el reproductor y empezó a sonar The King of de road, de Elvis Presley, por supuesto. Íbamos cantando por el camino cuanta canción sonaba. Logramos sobrevivir al tráfico de la autopista y nos metimos en la última estación de servicio de la autopista Valle-Coche. El carro tenía suficiente gasolina. Cambiamos de puesto, me tocaba manejar a mí. Corrí el asiento hacia atrás y ella corrió el suyo hacia adelante. Por fin nos besamos, ahí, lejos de todos. Sacó un termo con café y vasos plásticos, me lo enseñó, me sirvió un poco y estaba exactamente como me gusta: negro, sin azúcar y caliente. Emprendí la marcha y, a menos de trescientos metros, comenzó a cumplir su promesa, con el ritmo y la intensidad de Fools fall in love, de Elvis. Al terminar limpió todo.
 
Cerca de la una de la madrugada se quedó dormida y yo seguí manejando sin darle la menor importancia. La vi, con la cabeza recostada en mis piernas, y le acaricié el pelo, cambié la música y le subí el volumen. Opté por una selección de Smetana y Thaikovsky, que incluía La Novia Vendida, el poema sinfónico Mi Patria y El Cascanueces. A las dos y media de la mañana, cuando sonaba el Vals de Las Flores, se despertó sonriendo y me dijo que me parara para cambiar. Estaba cansado, así que accedí de inmediato, me paré en la primera estación de servicio que vi y bajamos para orinar, lavarnos la cara y tomar café. La noche estaba bella. El sitio era un cutre que, luego supimos, está abierto todo el día para recibir a los autobuses que se detienen allí para que los pasajeros bajen a estirar las piernas y comer. Nos comimos unas arepas, tomamos café, ella fumó y yo revisé el correo, más por costumbre que por necesidad.
 
– ¿Seguimos? –me preguntó antes de besarme la mejilla.
– Ok –le dije besándola en la boca- Vamos.
– ¿Quieres que maneje yo princeso? –me dijo sobándome la espalda.
– Bueno… pero no me vayas a matar por favor.
– No mi amor, no te preocupes –me respondió sonriendo.
– ¡Tú sí eres chiquita! –le dije corriendo el asiento hacia atrás.
– No es que yo sea chiquita, es que tú eres muy grande… ¿tienes la canción de Farinelli ahí? –me preguntó refiriéndose a mi Ipod.
– Sí y no digas canción, es un aria.
– ¿La tienes o no?… Y es una canción, es cantada.
– Sí, ya te la busco… deja el peo.
– Gracias princeso… duérmete –me dijo sobándome la cabeza, mientras comenzabas los primeros acordes de Lascia Ch’io Pianga.
 
Yo la miraba desde el asiento del copiloto, más dormido que despierto. La expresión de su cara es un sueño, es como si –aun ignorando qué dice la letra- ella se sintiera identificada con el sentimiento. Pensé en acariciarla un rato, pero desistí porque estaba a punto de quedarme dormido. Lo último que recuerdo, antes de caer rendido, es que repitió el aria tres veces, encendió un cigarrillo en la segunda repetición y lloró.
 
Cuando me desperté todavía estaba oscuro, aún no amanecía y estaba lloviendo. Ella estaba como eléctrica, cantando y bailando Bossa Nova Baby. Le pregunté si quedaba café, temiendo que se lo hubiese bebido todo, pero sí quedaba. Tomé un par de vasos y me uní a la canción para terminar de despertarme.
 
– ¡Ah, por cierto! –me dijo al terminar la canción- Ahí está la cancioncita esa que me pediste que te bajara.
– ¿Cuál? –le pregunté somnoliento.
– La Ladrona… la de Diego no sé qué verga.
– ¡Ah, ok! –exclamé al recordar de qué me hablaba.
– ¿Te la pongo?
– Dale.
 
“Tú, eres la ladrona que me robó el corazón (…)
Tú, por qué razón, sin consultar me hiciste amar
Lo que es la vida, me enamoré de ti
Mi corazón es delicado
Tiene que estar muy bien cuidado
Trátalo bien si lo has robado
Cuídame, quiéreme, bésame, mímame”
 
– ¿Esa es la canción? –le pregunté riendo.
– ¡Coño pana respeta! Esa la canción de tus viejos… pero me extraña…
– ¿Qué cosa?
– ¿Tú no me estás lanzando una indirecta? –me preguntó y puso cara de sobrada.
– ¡¿Ah?!
– ¿Quieres que trate bien tu corazón? –preguntó haciendo un puchero para luego reírse- ¿Tu corazón es delicado princeso?
– Sabes que si la vaina hubiera sido un truco para… dedicarte la canción y ¿sabes? tener un gesto, hacer una ridiculez romántica ¡la estarías cagando de lo lindo Caterina Ivanova!
– ¿Qué? –se sobresaltó- ¡¿Me estabas dedicando la canción?!
– No pendeja. Te pedí que la bajaras porque mi papá me habló de la canción, pero si hubiera sido por un gesto romántico, para… tú sabes, como tú has tenido esos gestos conmigo… imagínate que yo estuviera esperando a que termine la canción para decirte algo, no sé qué y tú me salgas con toda esa burla… ¡Esa es la manera perfecta de hacer que un hombre evite a toda costa ser romántico contigo! –le dije mirándola mientras manejaba, para luego fijar la vista en el camino.
– ¡Coño princeso!… ¡Coño!… No sabía que… ¿pero me la estás dedicando o no?
– Ahora quédate con la duda –le dije aprovechando la situación. No era así, pero no estaba mal que ella pensara que yo había tenido un gesto romántico. Aunque a mí jamás se me hubiera ocurrido, pero salió bien.
– ¡Oh, por Dios, que animal soy! –seguía recriminándose- ¡Coño princeso!
– No, no, déjame –le dije haciéndome el susceptible, conteniendo las ganas de reírme- Ya sé para la próxima.
– ¡Coño, está bien! Vamos a aclarar algo. Soy burda de mala con estas vainas y, no es que no me guste, porque te lo juro que me encanta, te lo juro… verga, es lo más lindo… pero… coño princeso, verga, entiéndeme, yo no me imaginaba que tú… como a veces eres así tan… es que tú no pareces el tipo de carajo que va a soltar un detalle así… ¡Mierda soy un animal!
– Ok, ya –le dije después de dejarla que se culpara de arruinar la “sorpresa”- No vamos a comenzar nuestra vacación con un drama ¿verdad?… ¿cuánto falta?
– No sé, pero ya estamos en Mérida… creo.
– ¿Cómo que crees?
– Déjame preguntar… allá… -dijo señalando a unos sujetos que montaban plátanos a un camión – ¡Epa panita! ¿Cuánto falta para Mérida?
– Sigue derecho mami –le dijo uno de los tipos- Como veinte minutos.
– ¡Gracias diablo! –le respondió Caterina Ivanova despidiéndose.
– ¿Por qué…? –pregunté horrorizado- ¿Como los tipos son humildes les tienes que hablar malandreado?
– ¡De bolas pana! –me respondió en el mismo tono que le habló al hombre del camión- ¿Tú crees que los panas le paran bolas a esa vaina? Uno tiene que hablarles su lenguaje.
– Y su lenguaje, según tú, es malandro.
– Sí.
– ¡Coño! Tú si eres clasista…
– ¡No señor! Clasista eres tú que estás asumiendo que el carajo se va a ofender porque yo le hable así. Lo que pasa es que como tú los ves diferentes a ti, como tú sabes que ellos te ven diferente, quieres tratarlos a tu manera, como si fueran… diferentes. Porque tú, a tus amigos, no les vas a decir “Buenos días caballeros, me podrían decir…” ¡No Adriano! Les vas a decir “Epa pana, tal vaina” ¿o no?
– Bueno… ya. No vamos a empezar otra vez con la misma discusión… tú tienes tu forma de pensar, yo tengo la mía y listo.
– Sabes que esa vaina me sorprende burda de ti.
– ¿Qué cosa?
– Que no te paqueteas porque yo piense tan diferente a ti… bueno, te paqueteas, pero sigues aquí.
– Yo no pienso fundar un partido político contigo… ni una religión, así que si tú piensas diferente… ¿cuál es el problema? Mientras no andes por la vida promoviendo el odio entre clases, como nuestro presidente…
– ¡Verga, no hables de Satanás en el templo del Señor! –exclamó con cara de asco- No hablemos de política princeso. ¡Susto! No menciones esa mierda en mi carro que me lo empavas.
– ¡Coño loquita, párate en la primera bomba que veas!
– ¿Qué te pasó?
– Me estoy orinando.
– Agarra un vasito y orina tranquilo.
– ¡¿Estás loca?!
– ¿Cuál es el peo?
– ¿Y qué hago con el vasito después?
– Lo vacías y lo botas en la bolsa.
– Lo boto por la ventana y te lleno el carro de orina… ¡Bien! ¡Que cochina!
– ¡No así! Abres un poco la puerta y…
– ¡Coño! –exclamé- Simplemente párate en la próxima bomba o lo que sea y yo me bajo a orinar. Yo puedo controlar mis esfínteres. Soy una persona civilizada que puede aguantar hasta el próximo baño.
– ¡Coño sí! será que nunca has meado… perdón, tú no meas, tú orinas… ¿Nunca has orinado en la calle, en una carretera? ¿Nunca?
– ¡Coño Ivanova! –le dije conteniendo las ganas de orinar- Párate en la próxima bomba ¿sí?
– Ok… esa es tu vejiga…
– Sí –le dije cerrando los ojos y recostándome en el asiento para aliviar la presión
– Mira, ahí hay una taguarita…
 
Nos bajamos y ya estaba amaneciendo. Entré a orinar mientras ella averiguaba cómo llegar al hotel. Ya estábamos en Mérida. En el baño no había agua, ni jabón. Salí sin lavarme las manos, compré una botella de agua mineral y me las enjuagué. Ella entró al baño y yo me quedé viendo el paisaje. Era bastante rural, mucha naturaleza, montañas, vacas y caballos. Salió y me comentó que el baño era una mierda. Nos quedamos viendo el amanecer, se fumó un cigarrillo mientras yo me comía un chocolate y seguimos. Le pregunté si quería que manejara yo y me dijo que prefería seguir ella, porque ya sabía cómo llegar, pero no me iba a saber dar las instrucciones. Sorprendentemente llegamos. Eran las siete y cuarenta y tres de la mañana. Nos registramos, nos dieron la llave de la cabaña y, al llegar, nos echamos en la cama a dormir. Ninguno tenía fuerzas para nada más.
 
Nos despertamos a las tres de la tarde. Tuvimos sexo y fuimos a almorzar y a conocer el hotel. Tenía varias cabañas, muchos espacios verdes, una piscina… casi perfecto, de no ser porque la salsa, el reaggeton y toda la porquería que la gente común suele llamar música, era atormentante en el restaurant. Pedimos que le bajaran el volumen a la música, pero no tuvimos éxito. El ruido era en la piscina y, por tratarse de las vacaciones, estábamos condenados. Ahí me di cuenta que la vaina era un cutre, a pesar de que se veía bonito. Otra de las razones por las cuales odio a este país. La gente común cree que diversión y ruido van de la mano. Todos los idiotas que llegaban en carros particulares lo hacían con su “música” a todo volumen. Yo estaba decidido a irnos a otro hotel, pero todos estaban llenos. Decidimos pasar el mayor tiempo posible en la cabaña y evitar al máximo el contacto con el resto del mundo.
 
En la noche pedimos la cena a la cabaña, saqué la botella de vino tinto que llevaba en la maleta y nos tiramos a la cama, escuchando el Concierto para piano Nº 3 de Ludwig Van. Terminamos de comer y ella recogió los platos y los puso sobre una mesa. Yo me quedé en la cama tomando mi vino. Ella fumó un cigarrillo al lado de la ventana, regresó y se acostó a mi lado.
 
– ¿Por qué te divorciaste? –me preguntó al rato de haberse terminado el Concierto.
– Incompatibilidad de caracteres –le respondí.
– ¡En serio bobito!
– ¿Vamos a hablar de mi matrimonio? ¿No nos íbamos a empiernar?
– ¿Cuál es el problema? Tú siempre me preguntas de mis vainas…
– Ok… bueno… cuando me casé con Claudia, mi ex, yo pensaba que ella iba a bajar el ritmo de trabajo progresivamente. O sea, no era que ella trabajara mucho cuando nos casamos. Más bien empezó a trabajar más después de dos años de casados… o tres, no me acuerdo. Pero la cosa es que tuvimos a Alexander, mi hijo mayor, y yo pensaba que ya era hora de que pasara más tiempo en la casa y menos en la oficina ¿ves? Pero ella paró el postnatal y volvió al trabajo a los tres meses. A mí no me gustó la vaina, pero bueno, me dijo que era una emergencia y… el punto es que después de que nació María Clara hizo la misma vaina y ahí ya me arreché. Empezaron los problemas y ella decía que yo la quería metida en la casa y yo lo que quería era que… coño, que se ocupara más de sus hijos y de su esposo. Me aguanté esa vaina cinco años, pero cuando empezó a llegar después que yo… eso ya era el colmo. Porque está bien que trabaje, está bien que se quiera ganar su puesto en la vida y todo lo que quieras, pero… coño… ¿para qué te casas y tienes hijos si lo que quieres es ser exitosa en tu carrera? ¿ah? Para esa vaina que se dedique a ser abogado y no le joda la vida a sus hijos ni al huevón con el que se casó ¿no crees tú?
– Uhmmm… no sé… pero…
– ¡No me vayas a salir con una paja feminista, que ella tiene derecho a tener su carrera y ser exitosa, porque esa paja me la sé y ese no es el punto!
– Ok, no era esa la paja, pero está bien… ¿cuál es el punto entonces?
– Lo que te dije. Yo no tengo nada en contra de las mujeres exitosas. Me parece maravilloso que hayan muchas mujeres exitosas, pero si quieren trabajar doce horas diarias que no tengan hijos, porque los hijos necesitan a la madre.
– ¿Y al padre no?
– ¡Claro que al padre también!… ¿ves?… Ahí está…
– No te pongas a la defensiva Adriano –me dijo.
– No estoy a la defensiva, sino que esa actitud es la misma de Paty, de mi hermana, que cree que yo soy un cavernícola que quiere tener a la mujer encerrada en la casa… y no es así, no es así. Porque a mí me parece buenísimo si quieren trabajar. Es más, hasta me parece que es lo más sano.
– Sí, ok… te entiendo, pero no me respondiste.
– ¿Qué no te respondí?
– Que si los hijos no necesitan al padre también.
– Es diferente Ivanova… y tú sabes que es diferente.
– No, no sé.
– ¡Coño no te hagas la pendeja! La naturaleza… los hijos pueden y deben estar con la madre. Es el vínculo natural… el padre es prescindible, la madre no.
– Eso es paja
– ¡Ay no! –le dije levantándome de la cama- Yo no voy a discutir esa vaina contigo.
– No, buenísimo… pero, si me permites una opinión…
– No – la corté en seco- No quiero que opines de mi matrimonio.
– Igualito voy a opinar, así que jódete.
– ¡Ok, coño, opina! –le dije molesto.
– Yo creo que es burda de chimbo que la caraja se haya dedicado más a su carrera que los chamos… porque uno no espera que las madres hagan esa vaina, uno espera la mujer tenga hijos y se dedique full time a los chamos. Pero es que yo veo a Alejandro y…
– ¡Epa! –la interrumpí- Es muy diferente.
– ¡Yo sé! –me dijo abriendo los brazos y mirando al techo- Lo que te quiero decir es que me parece muy arrecho que un hombre decida poner de lado su carrera y dejar que la mujer avance en la suya ¿ves? Yo sé que no es tu caso, porque tú eres empresario y todo eso, pero… ¡coño princeso! Admite que los hombres no son muy dados a hacer esa vaina… La mujer es a la que le toca dejar su vida de lado y dedicarse al hogar.
– ¡Ivanova! –exclamé- Esas son vainas que si no se discuten antes de casarse se dan por sentadas. Punto. Uno no se casa pensando que… es más coño, las mujeres se casan con eso en mente. Las mujeres no buscan para casarse al tipo que va a dejar su carrera para apoyarlas en la suya. Nómbrame cinco casos de parejas como Alejandro y su esposa. Ella se casó con él porque… no sé por qué pero no sería por macho alfa. Porque las mujeres quieren casarse con el macho alfa y después ¿qué? ¿me vas a decir que ella esperaba qué?
– No, está bien, tienes razón… pendeja ella si se casa contigo y anda jugando a la abogada exitosa, yo sé, yo sé, ya entendí el concepto… pero es que eso es lo que me extraña. Porque yo te veo a ti como un tipo más bien burda de tradicional… ¿cómo te digo?… No machista de esos que quieren que la mujer deje de trabajar, pero… yo te veo a ti como esos tipos que se casan con carajas que… que estén dispuestas a dejarlo todo por el hogar ¿me entiendes?
– Sí –le respondí mirándola a los ojos- Tú me ves como un egoísta que espera…
– ¡No Adriano! No me malinterpretes…
– ¿Por qué mejor no dejamos esta vaina hasta aquí?
– No, ya va… la nota no es que quedemos así, arrechos…
– Ya Ivanova, vamos a dejarlo así.
– Es que yo no te veo como un egoísta… no seas pajúo… es que ¡verga, yo sí la cago!
– ¡Demasiado! –le dije sentándome al borde de la cama, dándole la espalda.
– ¡Coño no te arreches! Yo no te veo como un egoísta. Si te viera como un egoísta no estaría contigo… lo que quiero decir es que yo creo que tú eres tradicional… es eso… mi papá era tradicional y no era egoísta. Lo que pasa es que… yo no me imagino que tú te aguantes a una caraja que trabaje tanto como tú, porque… me imagino… por los chamos, porque tú no eres de los que quiere que a sus hijos los críen las nanas… es eso… ¡No te arreches princeso!
– ¡Coño, no me juzgues! –le dije volteándome- ¡Yo no te juzgo a ti!
– Ok… sorry… segunda cagada del día… ¡estoy imparable!
– Está bien, vamos a dejar este peo aquí ¿ok? Pero no me juzgues, tú no me conoces Ivanova…
– ¡Claro que te conozco! –me dijo sonriendo con malicia.
– No pendeja… no me conoces.
– Te conozco lo suficientemente bien como para saber que te gusta el café negro, sin azúcar…
– ¡Gran vaina! –le dije en tono de burla- ¡Eso lo sabe mi secretaria!
– ¿Y también sabe que te gusta acabar arriba? –me preguntó sonriendo.
– ¡Estás loca! –sonreí- ¿De qué estás hablando?
– Sí… cuando lo estamos haciendo, aunque yo esté arriba todo el tiempo, tú me bajas antes de acabar… así te gusta más…
– Bueno –le dije forzando indiferencia- Eso deberías saberlo… después de tanto tiempo ya deberías saberlo.
– ¿Sí?
– Sí –le dije sonriendo.
– ¿Y también debería saber que te gusta verme cuando me cepillo los dientes? Y te gusta verme orinando… ¡Que freak!
– ¡Si hablas paja! – me reí.
– ¡No es paja! –se rió- Tú sabes que es verdad… Cada vez que me estoy cepillando tú entras a hacer pipí y si yo estoy haciendo pipí entras a cepillarte… todo el tiempo.
– Bueno –traté de disimular- El baño está en el cuarto… ¿qué quieres? ¿que salga al otro? Me da ladilla. Es practicidad.
– ¡No pendejo! ¡Es intimidad! ¡Te gusta la intimidad!… Y no te gusta la mayonesa, ni el azúcar en los jugos… pero te encantan las tortas.
– ¿Y qué más?
– ¿Qué más qué?
– ¿Qué más sabes de mí? –le pregunté cruzando los brazos.
– Odias que trate de analizarte ¡Y sí! Yo sé que lo hago. Pero te encanta analizarme. Te gusta cantar cuando estás manejando, prefieres que no te hablen cuando manejas… ¡de bolas, estás cantando!… y no te gusta el coliflor.
– ¡Lo odio! –dije arrugando la cara.
– Y no cantas en la ducha… es raro, porque cantas en la cocina, te gusta cantar, pero no te gusta que te digan que cantas bonito. Y te gusta que diga “buenos días princeso”, cuando nos despertamos. Y te gusta que susurre cosas al oído cuando estás a punto de acabar.
– ¿Y qué otra cosa no me gusta?
– Que fume en el carro… no me dices nada… y cuando me monto en tu carro tampoco me dices nada, pero yo sé que no te gusta y por eso casi no lo hago. Y cuando estás escuchando música clásica no te gusta ni que te miren.
– ¡Coño!… ¡Sorprendente! –exclamé- Yo creo que podría decir que eres la persona que mejor me conoce los detalles… ¿Por eso no le pasas seguro a la puerta del baño?
– A menos que vaya a hacer nº 2… porque capaz y estoy cagando y tú entras… y a ti… o sea, tú haces de lo más tranquilo y no te importa si yo entro. ¡Me sacas corriendo y te quedas muerto de la risa!… Y lo cómico es que yo no puedo hacer cuando tú estás en la casa, me cuesta demasiado… ¡No eres tan cuadrado princeso!
– No… no lo soy… y a ti te encanta que no sea cuadrado contigo y que haga pupú en tu casa y te vea orinando.
– Bueeeeeno, lo de que no seas acartonado sí… pero que entres al baño cuando me estoy pasando el hilo dental… ya eso es otro nivel.
– ¡Claro que te gusta! –le dije buscando hacerle cosquillas- Te encanta sacarme del baño… te encanta que me sienta cómodo contigo. Te sientes como… poderosa.
– No, no tiene nada que ver con poder
– No me refiero a poder… no ese poder, es… como si contigo… –seguí hablando mientras le besaba la barriga- es como si en tu casa hubiese algo mágico que hace que los princesos pierdan la compostura.
– ¡Sí! –dijo riéndose mientras me acariciaba el cabello y yo seguía besándola en la barriga- ¡Me encanta! Es rico.
– Y te encanta que lave los platos después de comer.
– Sí… me encanta –me dijo con los ojos cerrados.
– ¡Y te gusta cocinarme! –le susurré.
– ¡Sí claro! Porque la comida gourmet que preparo… ¡no joda!
– Te gusta… te gusta atenderme.
– ¿Y a mí qué me gusta? –me preguntó abriendo los ojos.
– Te gusta Elvis… pero te está gustando la música clásica, algunas arias de ópera…
– Sí, ok, pero qué sabes de mí… aparte de la música, que es burda de obvio.
– Te gusta esto –le dije pasándole le lengua por la barriga.
– En serio princeso.
– Ok, en serio… Te gusta que te explique las obras. Cuando pongo, por ejemplo, la Novena, a ti te gusta que te eche el cuento de cuándo y cómo la escribió Beethoven. Pero te tengo que tener abrazada y hablarte suavecito.
– ¡Sí! –exclamó sonriendo.
– Te gusta que de nalgadas… todo el tiempo.
– ¡Mentira!
– ¡Claro que sí! Cuando tenemos sexo y cuando estamos en tu casa y pasas por ahí… te gusta que te de una nalgada. Y cuando sales de bañarte. Te encanta que te agarre las nalgas.
– Y a ti te encanta que te diga fortachón cuando lo estamos haciendo.
– ¡Coño sí!
– Y que me siente en tus piernas y te mire y te haga cositas en el pelo cuando te estoy explicando algo de sexo o de historia o de lo que sea.
– ¡Y tú odias que te prendan el cigarrillo!
– ¡Coño sí! ¡Gracias! Por fin alguien se dio cuenta… que ladilla esa vaina.
– Y te gusta que te abra la puerta del carro –continué mientras la seguía besando en los costados y la veía excitarse poco a poco.
 
Lo hicimos dos veces esa noche. Nos bañamos y dormimos hasta las nueve de la mañana. Durante los diez días que pasamos en Mérida lo único que hicimos fue coger, comer, ver fútbol y dormir. Sólo una vez salimos y fuimos al teleférico. Llegamos horny y pasamos el resto de la jornada en cama.
 
Durante las vacaciones con Caterina Ivanova, experimenté algo nuevo: sexo con música clásica. A pesar de mi renuencia a hacerlo, por respeto a los grandes Maestros, cedí ante su insistencia y, también, porque me prometió no decir obscenidades. Me encanta cuando las dice, no puedo negar que me resulta extraordinariamente excitante que me hable así durante el coito, pero delante de los Maestros no, ya eso es otra cosa.
 
Lo hicimos con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Me lucí en el Verano. Lo hicimos con el tercer concierto para piano de Ludwing Van. Hice gala de mi gran oído musical con la Sinfonía 25 de Mozart, con el coro de Tanhaüser y con la Cabalgata de Las Valquirias. Sin embargo, fue con la Novena Sinfonía que descubrí que estaba enamorado de Caterina Ivanova.
 
Con el tono épico del primer movimiento, majestuoso y estridente, entré con fuerza. Me arañaba la espalda, gemía, se mordía los labios y luego gritaba como loca. Cuando Beethoven bajaba la intensidad, yo también lo hacía. Cuando la subía, yo hacía lo análogo. De tanto entrar y salir con fuerza, llegué a dudar que llegaríamos al último acorde del sherzo. Pero llegó el adagio… Aún dentro de ella, bajé por completo la intensidad. Apenas me movía. Entraba y salía tan lentamente que parecía imperceptible el movimiento. Estábamos frente a frente. La besé mucho, le acaricié la cara, ella me correspondía el gesto. Me abrazaba con sus piernas, con sus brazos, con su lengua, con su mirada. En un momento nos miramos y, sin saber por qué, comenzamos a llorar en silencio, riéndonos y susurrando “te amo”. En un momento dejé de moverme y descansé sobre su cuerpo, dentro de ella. No había más nada qué decir, no hacía falta ni siquiera mirarnos. Lo único que se podía escuchar sobre las notas del Maestro era nuestra respiración y uno que otro suspiro.
 
Entré en mí mismo con el primer compás del cuarto movimiento. Mendoza seguía erecto como en la primera nota. El inicio del recitativo de la Oda a la Alegría, que empieza con los bajos y es recogida paulatinamente por el resto de la orquesta, sirvió de fondo para darle consistencia a las entradas y salidas de Mendoza. Cuando entraron los violines volví a llorar como un idiota. La entrada de la orquesta completa no pudo opacar los gritos de Caterina Ivanova. Se quedó muda con la entrada del barítono, con los ojos y la boca abierta, respirando fuerte, sacando la lengua para encontrar mi boca. Subió el torso y quedamos casi sentados en la entrada del coro… muy buena la posición. La apoyé a la cabecera de la cama, me sujeté con fuerza y dejé que Ludwing Van dirigiera mis movimientos. Aunque no pude llegar al final, porque son más de sesenta y siete minutos y yo no soy Sting, la experiencia fue absolutamente celestial.
 
Caterina Ivanova cumplió su promesa, no dijo una sola mala palabra durante toda la sinfonía, aunque al terminar el último compás me dijo “coño fortachón, siento como si hubiera estado en una orgía en el Olimpo y me hubieran cogido todos los dioses”.
Creo que engordé como tres kilos, a pesar de la intensa actividad física que llevábamos a cabo en todos los rincones de la cabaña. Eso de que el sexo adelgaza es mentira. Nunca había tenido tanto sexo tan constante y, cuando me puse el traje para ir a trabajar el lunes después que llegamos a Caracas, apenas me cerraba.
 
Lo malo es que cuando uno se acostumbra a dormirse y despertarse todos los días, durante diez días, con la misma persona, en la misma posición y con el mismo susurro, cuando falta eso… es un asco. Me costaba conciliar el sueño. Quería seguir durmiendo con ella, despertándome con ella, desayunando con ella… Si no fuera tan complicado, le pediría que se mude conmigo. En una de las estaciones del teleférico le tomé una foto con la cámara del celular. La única foto que tengo de ella. La agarré desprevenida, dije su nombre y volteó sonriéndome, allí le tomé la foto. Me gusta verla… parezco un adolescente idiota, no me soporto.
 
Ya van a regresar los niños del campamento vacacional, empiezan las clases, empieza la vida normal… ¡que mierda!
Eso sin contar que se aproxima peligrosamente el día de la secretaria… otro día más para celebrar el caos nacional. Ese último viernes de septiembre, la secretaria es tratada como si fuera la madre. Pero no cualquier madre, sino una que de verdad te puede hacer la vida muy fácil o imposible. Magdalena es de las primeras, por eso trato de ser amable con ella ese día. Yo no soy como otros jefes, que maltratan todo el año a la secretaria para luego darle cualquier regalito para salir del paso. A Magdalena siempre la he tratado bien y, en su día, le regalo un cupón por mil dólares para que vaya a una tienda y se los gaste como le de la gana. Todos los socios acordamos darles lo mismo a nuestras secretarias, para evitar celos innecesarios entre ellas. Les enviamos flores, organizamos un almuerzo para todas las secretarias, perdemos unas valiosas horas de nuestra tarde para escucharles los cuentos, reírnos con ellas, tomarnos algunos vinos y mandarlas medio borrachas a sus casas con los choferes de la línea de taxi que contratamos. Por supuesto, ese día Caracas es un caos absoluto. Como cualquier otro día “feriado”, léase: día de los enamorados o de la madre. El día de la secretaria está en el mismo nivel. Los restaurantes siempre están abarrotados, hay que reservar con semanas de anticipación, y en algunos casos con meses. Las agencias de festejo también colapsan, las líneas de taxi no se dan abasto y las pobres mujeres andan con sus enormes ramos de flores caminando de un lado a otro para subirse al metro o a un bus.
 
Cualquier mujer con la que un hombre salga a almorzar o cenar ese día, será confundida con la secretaria del tipo. Así es, punto. Todas las mujeres, ese día, son secretarias potenciales, hasta que se demuestre lo contrario. A diferencia del día de la madre, el día de la secretaria se llenan los moteles… no sé por qué. Yo nunca me he acostado con una secretaria, eso está muy por debajo de lo que yo puedo llegar. Sin embargo, muchos jefes se han dedicado por años a mantener el culto de la relación sexo-secretaria. La imagen de la tipa en minifalda, sentada en las piernas del jefe, tomando nota del memorando que el jefe le dicta… ¡eso es un clásico! Y existen innumerables pitecántropos con secretarias que parecen haber jurado mantener viva la tradición, convirtiéndola en una institución nacional. El día que en este país prosperen las demandas por acoso sexual, yo no sé cómo irán a hacer los pitecántropos para demostrar su hombría.
 
Se me acabaron las vacaciones…
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE IX. CAPÍTULO XXXI.