DIOS NO ES MUJER

Buscando la diosa interna o afirmando que Dios es una mujer, lo que se ha escrito de la mujer venezolana –o de la mujer en general- da la impresión que esos seres humanos que nacieron con dos cromosomas X necesitaran que les recordaran constantemente que son capaces de hacer grandes cosas, que les pusieran ejemplos de cómo otras personas con esa misma debilidad (tener dos cromosomas X) han podido enfrentar grandes dificultades en la vida y salir adelante.

Coqueta, bella, ardiente, luchadora, hacedora de patria, gran mujer. Todos estos calificativos, y más, han sido usados para definir a la venezolana, una mujer capaz de llevar un hogar con o sin ayuda del hombre; capaz de ser gerente, policía, camionera, madre, amiga, consejera, sin descuidar su aspecto físico. Estudian más que los hombres, se encuentran en todas las facultades, en todas las profesiones. Mucho se ha escrito a favor de esa gran mujer que es la venezolana, alabando su fortaleza y su belleza, su dulzura, su coquetería, su solidaridad con los más débiles.

TRABAJADORA Y SUMISA

La venezolana característica sería una madre abnegada, esposa fiel, casi sacada del molde de aquel personaje de García Márquez: Úrsula Iguarán. Trabajadora, sumisa, bella y sacrificada, todos se admiran del enorme esfuerzo que hacen estas mujeres para hacer todo lo que hacen y, además, estar siempre bellas y arregladas. El sueño de la mayoría de las chicas podría resumirse en ir a la universidad, conocer allí al hombre ideal, graduarse, trabajar en alguna empresa unos años antes casarse con ese hombre que la trate como a una reina, tener hijos antes de los treinta y vivir una vida feliz hasta que la muerte los separe. El sueño de otras, con menos posibilidades de ir a la universidad, podría ser conseguir un trabajo donde tuviera la posibilidad de conocer a un tipo con dinero, que les de lo que ellas se merecen, casarse, tener hijos y vivir felices por siempre. Para lograr la ansiada meta, las mujeres han empleado por años diferentes estrategias, pero todas parecen tener algo en común: satisfacer al hombre para que él las satisfaga a ellas.

Pero desde hace algunos años comenzó a surgir un nuevo tipo de mujer, la independiente, la que de pronto se dio cuenta que no necesita a un hombre a su lado para ser feliz, que descubrió que con su esfuerzo y su trabajo, puede darse todos los gustos que le provoque sin recurrir al macho proveedor. Estas féminas comenzaron a trabajar más, a lograr cargos que hasta hace algunos años estaban reservados para el cromosoma Y, incluso a ganar más que el hombre, a tener una posición social más elevada que ellos, a comprarse mejores carros, mejores apartamentos, a tener todo mejor que el hombre…sin dejar de ser coquetas y femeninas, eso nunca se puede olvidar cuando de la venezolana se habla.

Ahora estas mujeres modernas no se quieren casar, no quieren hijos, no quieren ataduras. Se comportan como el hombre, no quieren compromisos con nadie, se dedican de lleno a sus carreras, no siempre están disponibles, tienen sexo sólo cuando les provoca y con quien les provoca, se burlan de aquellas mujeres que sueñan con formar un hogar, las ven como fracasadas que necesitan un hombre al lado que las haga felices y les den lo que no son capaces de producir por sí mismas. Mientras las mujeres más tradicionales andan deliberadamente en la búsqueda del príncipe azul para complacerlo y que él las haga vivir como en un cuento de hadas, las mujeres modernas van por la vida satisfaciéndose a sí mismas y satisfaciendo de a ratos al hombre que se encuentren en el camino, siempre que no las molesten más de la cuenta.

Lo que unas y otras tienen en común es que viven en un país donde la mayoría de los hogares carece de figura paterna, bien porque nunca estuvo presente o porque estaba demasiado ocupado ganándose el sustento del hogar. Un país donde se dice que el 75% de los hogares son dirigidos por mujeres solas, donde la madre ha sido el pilar fundamental de la familia y ha tenido que ser el lado duro y blando con los hijos; un país donde la mayoría de las abuelas y las madres esperan que la niña de la casa se case y tenga hijos; donde la mayoría de los hombres son criados por mujeres que eran más complacientes con ellos que con sus hermanas; un país donde una mujer está prácticamente obligada a ser bella; donde el feminismo, como se desarrolló en Europa, nunca tuvo ni tendrá éxito, porque la venezolana no estaba ni estará nunca dispuesta a renunciar a su coquetería para lograr igualdad de derechos.

Sin llegar a las exageraciones de algunos países donde el feminismo –a mi modo de ver- tocó el absurdo, las mujeres que gozan de cualquier tipo de poder en Venezuela están dispuestas a mandar, a hacer valer su posición, a asumir las responsabilidades a que haya lugar; pero cuando llegan a un lugar donde las sillas estén ocupadas, esperan a que algún caballero se levante y les ceda el puesto, que el hombre le abra la puerta al pasar, que sean atentos. Ninguna mujer venezolana se siente insultada o minimizada si salen con un hombre y éste paga la cuenta. Para algunas esto es indiferente, para otras es una afrenta personal el que no lo haga, otras están de acuerdo en compartir la cuenta; pero ninguna le va a decir al sujeto “yo no necesito que nadie me pague la cuenta”. Un país influenciado por los parámetros norteamericanos de ropa, maquillaje, peinado, bailes, música y comportamiento, y que a su vez influye en la formación de nuevas tendencias, llevando al mundo la idea de que en Venezuela todas las mujeres son bellas. Estas son algunas de las características del entorno en que la mujer nace, crece y se desarrolla. Luego, cada quien sigue el camino que más le complazca…o que complazca a la sociedad, no lo sé.

FELICIDAD A LA VENEZOLANA

Algunas se rebelaron y mandaron al carajo a los hombres, otras continúan esperando, buscando o manteniendo a su lado al príncipe azul; pero al final de la historia, cuando de sacar cuentas se trata ¿cuántas mujeres son realmente felices en este país? Unas se dicen felizmente casadas, otras se dicen felizmente solteras, pero todo termina girando de nuevo en torno al mismo tema: el hombre.

Porque lo necesiten o no, sigue siendo el hombre el centro de atención de la mayor parte de las mujeres en este país. Tratando de demostrarse frágiles o tratando de demostrarles que pueden tanto y más que ellos, la mujer en Venezuela invierte demasiado tiempo y energía en atraer la atención del sexo opuesto, para que la amen o la odien, pero que la miren y tengan algo que decir.

Entre las obligaciones laborales, familiares, la peluquería, la depilación, estar al día con la moda, saber algo de lo que pasa en el mundo, aprender a bailar lo que está sonando en la radio ¿en qué tiempo las mujeres piensan? Así de simple es la pregunta ¿cuál es el espacio que queda para pensar? ¿cuándo se dedican a conocerse a sí mismas? ¿cómo saben si aquello por lo cual luchan día a día es lo que realmente quieren o están luchando por lo que se supone deberían querer? No hay tiempo para eso, porque la mujer venezolana trabaja duro, estudia, algunas son madres, otras son esposas, tantas más están buscando pareja o manteniendo contento al hombre que tienen al lado. Adicionalmente van al gimnasio, de allí a peinarse, hacerse las manos y los pies, sacarse las cejas, limpiar el bozo, despilarse las axilas, la línea del bikini y las piernas; saber qué se está llevando y cuáles prendas del guardarropa debe desechar, estar al día con el maquillaje de moda para no llevar un tono marrón en los labios cuando el rosado es lo último esta temporada. Y yo vuelvo a preguntarme ¿en qué tiempo se puede pensar acerca de asuntos realmente importantes? Además de graduarse a los veintidós, casarse entre los veinticinco y veintisiete años, tener el primer hijo dos años después de casada, el segundo uno o dos años más tarde, sin llegar a pensar si se encuentran a gusto con la sociedad a la cual van a traer un hijo, sin detenerse a analizar si están preparadas emocionalmente para convivir en pareja, buscando unirse con un hombre que logre satisfacer todos esos deseos y esas necesidades que probablemente ni ellas mismas conozcan, porque nunca han tenido tiempo de conocerse.

LA VIDA POR EL MAQUILLAJE

Es verdad que todas las mujeres no son iguales, ni aquí ni en ninguna parte del planeta, pero no menos cierto es que se parecen mucho, hacen cosas similares, se visten de forma bastante parecida, lo que cambia es la justificación que dan a sus actos.

Venezuela tiene uno de los mayores consumos per cápita de cosméticos a nivel mundial, eso se ha dicho tanto que no vale la pena insistir en el tema. Sin distingo de clase social, preparación académica, edad, color y profesión, a la mujer venezolana no le falta el maquillaje en la cartera. Cambian las marcas, los precios y el lugar de compra, pero desde muy jóvenes las chicas de este país aprenden que necesitan más de un labial para combinarlo con la ropa, varios delineadores de ojos y labios, el polvo compacto, la máscara para las pestañas y mucho más. El maquillaje no es opcional en Venezuela, es obligatorio, es un bien necesario, no es un lujo. Si una mujer se queda sin el polvo compacto, sin la máscara para pestañas o delineador de labios, no va a esperar el día de cobro para comprarlo, se va a endeudar para conseguir en preciado bien. Si una mujer en Venezuela pierde el estuche de cosméticos, porque hay quienes llevan un enorme bolso para que quepa el estuche con todos los cosméticos, su prioridad número uno será reemplazar la dolorosa pérdida, incluso antes que la comida, el pago de los servicios o cualquier deuda pendiente.

Ahora bien, si de necesidades se trata, la lista va en aumento. La peluquería no es un lujo en Venezuela, es otra de las tantas obligaciones que tiene la fémina criolla. Ya nadie va a trabajar con el cabello al natural; lo habitual, lo normal en todo el sentido estadístico de la palabra, es que una mujer luzca el liso extremo o unos rizos espectaculares, no se permite salir de casa con el pelo recién lavado y una cola, hay que ir a la peluquería al menos dos veces por semana. El arreglo de uñas de pies y manos, al igual que la visita a la peluquería, dejó de ser exclusivo para ocasiones especiales. Tener las uñas limpias y pulidas ya no es suficiente, se requiere de una manicura impecable, uñas largas (reales o postizas) y perfectamente pintadas, con adornitos también; quizá un anillo en algún dedo del pie o una cadena en un tobillo para que luzcan mejor las sandalias de tacón alto. No importa si luego deben caminar diez cuadras para llegar al destino, bajo una lluvia torrencial o un sol inclemente, pero si para pasar de una acera a otra en una calle caraqueña deben saltar tres metros para no meter los pies en un charco luego de la lluvia, deben lucir espectaculares brincando el charco, luego se volverán a arreglar los pies.

Podemos ir más allá. De un tiempo para acá la venezolana decidió seguir la moda del depilado brasilero. Ya no es sólo la depilación de las piernas, las axilas, las cejas y el bozo, ahora la vagina criolla debe lucir como la de una niña de ocho años. Las venezolanas decidieron que no es suficiente podar la zona o rasurarse los excesos para ir a la playa; para la intimidad en Venezuela se debe mostrar una vagina al mejor estilo de estrella porno: sin un solo pelo o con algunos ‘tipo decorativo’. La explicación quizá sea que a los hombres les costaba mucho encontrar el punto G y las mujeres han decidido facilitarles las cosas. Calvicie vaginal: otra obligación de la hembra venezolana. No es entonces de extrañar que cada vez los hombres sean más observadores con determinados detalles, pues han sido y siguen siendo las mujeres quienes moldean las exigencias de los hombres, quienes -después de acostumbrarse a la rapada- les cuesta mantener una erección ante la presencia de una vagina hippie.

Cada vez hay más mujeres en Venezuela que decidieron no conformarse con el tamaño de busto con que la naturaleza las dotó y recurren a los implantes de silicona para “mejorar” su aspecto. Como si se tratara de una intervención para salvar su vida, muchas mujeres se han enfrentado con la pregunta ¿tú no te piensas operar? Sean las amigas, los amigos, el novio o el esposo, esta pregunta –que se está volviendo usual en Venezuela– no va dirigida a modelos, actrices o personalidades de la farándula, se le dispara igual a la estudiante universitaria, a la secretaria, a la ejecutiva, a la enfermera, a la arquitecto y hasta a la ama de casa. Quizá en algunos años sea tan obligatorio tener los senos grandes y firmes como lo es hoy tener las cejas perfectamente depiladas.

Lo cierto es que la belleza en Venezuela es cada vez menos opcional y cada vez más artificial. ¿Pero qué importa eso? Lo que parece ser importante en Venezuela es ser bella, no si esa belleza se ve tan natural como una flor de plástico, por eso cada vez hay más opiniones divididas en torno a las intervenciones quirúrgicas con fines estéticos, haciendo parecer el tema tan relevante como si es bueno o malo mandar tropas a Irak o si la clonación es positiva o negativa, cuando en realidad parece que se estuviera clonando un tipo de mujer.

SÍ PAPI/ NO ME JODAS. CONDUCTAS EXTREMAS DE LA MUJER VENEZOLANA.