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Apr
09
2016

¿De qué habla la Biblia?

La Voluntad de Dios. Seminario de Teología. Clase 2.

En la primera clase de este seminario aprendimos que la Biblia es el libro que contiene la palabra de Dios y conocimos que Dios habló, primero por medio de los profetas y en los postreros tiempos por medio de su hijo (Hebreos 1:2).  Además, vimos que no podemos equiparar la palabra de Dios a las palabras de los hombres.  Recordemos, Dios dijo que sus pensamientos no son nuestros pensamientos, ni sus caminos nuestros caminos (Isaías 55:8).

En estos tiempos, cuando existen tantas corrientes que hablan del poder de la palabra e invitan a las personas a hacerse conscientes de ese “poder creador” de sus palabras, y ya que Dios ha hablado, vale la pena preguntarnos ¿Qué diferencia hay entre las palabras de los hombres y la palabra de Dios?

En primer lugar, a lo largo de toda la Biblia podemos darnos cuenta que la palabra de Dios no cambia, permanece, es verdad eterna.  Pero, las palabras de los hombres pueden cambiar.  La palabra del hombre es circunstancial, mientras que la palabra de Dios, sin importar las condiciones, siempre se cumple.

“Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho El, y no lo hará?, ¿ha hablado, y no lo cumplirá?” (Números 23:19)

Jesús es el Hijo de Dios, el unigénito del Padre, es la palabra de Dios que se hizo carne (Juan 1:14) y es de considerar que Jesús no habló lo que él quiso, sino sólo aquello que se le encomendó decir.  Es notoria la reverencia que muestra a la palabra del Padre.

“Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. 50. Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho.” (Juan 12:49-50)

Aunado a lo anterior, el Espíritu Santo, el intercesor que el Padre prometió, tampoco habló por su propia cuenta.  Por las palabras del mismo Jesús sabemos que “(…) cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. 14. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” (Juan 16:13-14)

Ni el Hijo de Dios, ni el Espíritu, hablan por sí mismos; sus palabras están dadas por el Padre.  Dios mismo se ha sometido a su palabra y, no habiendo nada mayor a Dios, ha jurado por sí mismo el cumplimiento de su palabra.

“y dijo: Por mí mismo he jurado, declara el SEÑOR, que por cuanto has hecho esto y no me has rehusado tu hijo, tu único, 17. de cierto te bendeciré grandemente, y multiplicaré en gran manera tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena en la orilla del mar, y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos.” (Génesis 22:16-17)

Y también el profeta Isaías escribió “Por mí mismo he jurado, ha salido de mi boca en justicia una palabra que no será revocada: Que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua jurará lealtad” (Isaías 45:23).

El autor de la carta a los Hebreos explica que “Los seres humanos juran por alguien superior a ellos mismos, y el juramento, al confirmar lo que se ha dicho, pone punto final a toda discusión. 17. Por eso Dios, queriendo demostrar claramente a los herederos de la promesa que su propósito es inmutable, la confirmó con un juramento. 18. Lo hizo así para que, mediante la promesa y el juramento, que son dos realidades inmutables en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un estímulo poderoso los que, buscando refugio, nos aferramos a la esperanza que está delante de nosotros.” (Hebreos 6:16-18)

Además, a diferencia de la palabra de los hombres, la palabra de Dios es mandamiento, la palabra de Dios se hace.  Intencionalmente se ha usado el verbo hacer y no cumplir,  porque el alcance de la palabra de Dios es mucho mayor que un simple cumplimiento.

A lo largo del Capítulo 1 de Génesis, vemos cómo Dios creó todo por medio de su palabra.  Dios dijo y se hizo.  La palabra de Dios es mandamiento, siempre se hace.  Con su palabra Dios hizo el cielo y la tierra y todo lo que se ve y lo que no se ve.  Dios dijo “hágase la luz” y la luz fue hecha.  Dios dijo “sepárense las aguas” y fue hecho.  Dios dijo y se hizo.  De la nada, Dios creó por medio de su palabra.

Cuando Jesús dijo a Lázaro “levántate”, Lázaro se levantó.  Cuando Jesús reprendió a los vientos y al mar, cesó la tormenta.  Cuando Jesús dijo al paralítico “levántate, toma tu lecho y anda”, el paralítico se levantó y anduvo, la palabra se cumplió… La palabra de Dios es mandamiento.

Mientras que palabra del hombre es circunstancial, puede que se cumpla, puede que no, todo depende si están dadas las condiciones.  El hombre está sometido al tiempo y al espacio; Dios no está sometido a nada, Dios creó el tiempo y el espacio.

Cuando se habla del poder creador de la palabra, cuando se habla de fe, necesariamente debemos circunscribirnos a la palabra de Dios.  No se trata de convencerse de un asunto, sino de entender la verdad.  La fe no es la convicción en el cumplimiento de mis deseos, sino la convicción del cumplimiento de la palabra de Dios.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (…) 3. Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:1;3)

A modo ilustrativo, tome un billete.  Ese billete fue emitido por un Banco Central y su valor es el que está estampado en el papel.  Usted no necesita convencerse y autosugestionarse respecto al valor de ese billete.  Si usted va a comprar pan, usted sabe cuántos panes le van a dar pagando con ese billete, usted no necesita “pedir con fe” la cantidad máxima de panes que puede adquirir con ese valor, usted simplemente va a solicitar el cumplimiento de la palabra escrita en el billete, es decir, su valor.

Lamentablemente el hombre tiene más fe en el cumplimiento de una institución humana que en la palabra de Dios.  La palabra de Dios ya ha sido dada y fue firmada con la sangre de su Hijo Jesucristo y sellada con el Espíritu Santo.  La palabra de Dios siempre se ha cumplido y siempre se cumplirá.

Si la palabra de Dios no se está cumpliendo en nuestras vidas, es porque nosotros no estamos creyendo a la palabra, no le estamos dando a la palabra de Dios el valor que tiene.  Si nosotros entendemos que la misma palabra que creó los cielos y la tierra es la palabra que dice “ciertamente llevó él todas nuestras enfermedades” (Isaías 53:4) y es la misma palabra que nos dio autoridad y poder para echar fuera demonios y sanar enfermos (Lucas 9:1) y es la misma palabra que dijo que los que creyeran harán las obras que él hizo y aún mayores cosas que esas (Juan 14:12)… Imagine qué va a ocurrir en nuestras vidas cuando le demos a la Palabra de Dios su lugar.

Pedro experimentó el poder de la palabra de Jesús.  Cuando Jesús lo llamó le pidió que echara las redes y Pedro le respondió que habían pasado toda la noche tratando de pescar sin éxito y agregó “pero en tu palabra echaré la red” y dice la escritura que atraparon tantos peces que casi se rompía la red. (Lucas 5:5-6).  Pedro vio cuando Jesús maldijo una higuera que no tenía frutos y al regresar por el mismo camino vio la higuera seca y se asombró del poder de la palabra de su Maestro (Marcos 11:20-21).  Pedro notificó a Jesús que habían ido a cobrarle impuesto y él le dijo “ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle su boca, hallarás un estatero; tómalo y dáselo por mí y por ti”.  Pedro hizo como Jesús le dijo y halló la moneda en la boca del pez. (Mateo 17:27).  Por esto, cuando Pedro vio a Jesús caminar sobre las aguas le dijo “(…) mándame que vaya a ti sobre las aguas. 29. Y El dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas, y fue hacia Jesús.” (Mateo 14:28-29)  Pedro conoció el poder de la palabra de Jesús, entendió que la palabra de Jesús se hace.

Jesús le dijo a un paralítico “tus pecados te son perdonados” y esta frase escandalizó a los escribas y fariseos, quienes se preguntaban ¿con qué autoridad dice estas cosas, si sólo Dios puede perdonar los pecados?  Y Jesús les preguntó ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados, o decir: “Levántate y anda? (Lucas 5:21-25)  Trate de responderse esta pregunta honestamente ¿qué sería más fácil decir?  Si dice tus pecados te son perdonados, el resultado no es comprometedor, porque el resultado no va estar a la vista de todos; pero si dice levántate, toma tu lecho y anda… ¿Qué hubiera pasado si el paralítico no se levanta?  Ya Jesús había dicho que el Hijo del Hombre tiene autoridad para perdonar pecados, eso significa que si el paralítico no se levanta entonces Jesús está mintiendo, él no tiene poder, él no es Dios.  Pero si sólo Dios puede perdonar los pecados y Jesús le dice al paralítico toma tu lecho y anda, cuando su palabra se hace Jesús demuestra su poder y deidad.

En este punto ya debe haberle surgido una pregunta natural, si la palabra de Dios siempre se cumple ¿Por qué el hombre no hace lo que Dios quiere que haga?  La respuesta es simple: Dios le dio al hombre voluntad, de manera que puede obedecer o desobedecer, en cuanto a creer o no creer.  Dentro de la voluntad de Dios, el creador ha dejado un espacio donde el hombre tiene potestad de decidir: “Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes.” (Deuteronomio 30:19)

Dios ordenó al sol brillar y el sol brilla, sin opción.  Dios ordenó a las aves y a los peces multiplicarse y ellos lo hacen, no pueden decidir si obedecen o no.  Dios dijo sepárense las aguas y las aguas, sin otra opción, se separaron.  Toda la creación obedece a Dios, pero al hombre dio voluntad y el hombre usa su voluntad para elegir la bendición o la maldición, la vida o la muerte, si obedece o no obedece a Dios, si cree en su palabra o no cree en su palabra… hasta ahí alcanza la voluntad del hombre.

El propósito de las Escrituras es darnos a conocer la palabra de Dios, para que a través de su palabra conozcamos a Jesús y creamos al testimonio del Padre que ha sido revelado a través del Hijo.  Dios habló y habló del Hijo, de todas las cosas que habrían de venir.

Sin embargo, aunque la Biblia contiene la palabra de Dios, no toda la Biblia es palabra de Dios.  En la Biblia podemos encontrar: Palabra de Satanás, palabra de demonio, palabra de ángel, palabra de hombre, palabra de burra y, lo más importante, la palabra de Dios.

Veamos varios ejemplos.

“9. Satanás replicó: ¿Y acaso Job te honra sin recibir nada a cambio? 10. ¿Acaso no están bajo tu protección él y su familia y todas sus posesiones? De tal modo has bendecido la obra de sus manos que sus rebaños y ganados llenan toda la tierra. 11. Pero extiende la mano y quítale todo lo que posee, ¡a ver si no te maldice en tu propia cara!” (Job 1:9-11)

Aunque no toda la palabra que está contenida en la Biblia es palabra de Dios, es preciso entender que toda la palabra contenida en la Biblia es inspirada por Dios.  Es decir, Dios ha inspirado a los autores de cada uno de los libros que comprende la Biblia para escribir esas palabras y cada una de esas palabras tiene un propósito espiritual.  No significa que Dios haya inspirado a Satanás las palabras que dijo, sino que inspiró al autor para escribir las palabras exactas que tendrán un efecto en quien escuche esa palabra.  En este caso, el autor, inspirado por Dios, nos muestra cómo obra Satanás, cómo acusa, cómo tienta… y cómo Dios permite la tentación con un propósito.

Cuando Jesús iba a ser entregado le dijo a Pedro “(…) Satanás los ha reclamado a ustedes para zarandearlos como a trigo” (Lucas 22:31). De la misma manera como Satanás pide por cualquiera de nosotros que hemos confesado nuestra fe y hemos declarado nuestro amor a Dios, en esa hora pidió por los discípulos.  Pero Jesús no le dice a Pedro que no permitirá que lo toque… Jesús le dice “pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos.” (v.32)

Toda la Escritura tiene un propósito.  Cuando Dios inspira al autor sagrado a escribir el libro de Job y nos muestra las palabras de Satanás, de los amigos y la esposa de Job, nos está mostrando a nosotros mismos como creyentes.  Ese es el propósito, que nosotros nos veamos en esos espejos ¿cómo somos con Dios en las buenas y cómo en las malas?  Caer en la tentación no es estar en la prueba, sino renegar de Dios cuando estamos en la prueba… por eso Dios permite que Satanás toque a Job, así como permitió que zarandeara a los discípulos de Jesús.  Pero Job no maldijo a Dios y los discípulos de Jesús volvieron e hicieron la obra.

En la Biblia también hay palabra de demonio.  En el libro de los Hechos de Los Apóstoles, se relata “16. Una vez, cuando íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava que tenía un espíritu de adivinación. Con sus poderes ganaba mucho dinero para sus amos. 17. Nos seguía a Pablo y a nosotros, gritando: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y les anuncian a ustedes el camino de salvación. 18. Así continuó durante muchos días. Por fin Pablo se molestó tanto que se volvió y reprendió al espíritu: ¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que salgas de ella! Y en aquel mismo momento el espíritu la dejó.” (Hechos 16:16-18)

Este relato es particularmente interesante, pues el demonio está diciendo “Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y les anuncian a ustedes el camino de salvación”, el demonio da un mensaje muy espiritual, pero el problema es que lo está diciendo un demonio, un espíritu inmundo.  En otra clase se explicará detalladamente quiénes son los demonios, pero lo importante en este momento es que usted sepa que los demonios sirven a Satanás.

Retomemos lo que se explicó anteriormente: toda la escritura está inspirada por Dios, pero Dios no está inspirando al demonio para decir estas palabras, aun cuando sean palabras que parezcan venir de Dios.  Lo que ocurre con la Escritura Sagrada es que Dios inspira al autor del Libro las palabras para que relate los acontecimientos y esto tiene un propósito espiritual.

En este caso particular, vemos que por muy bonito, acertado, elevado y hasta “espiritual” que pueda ser una palabra, es imperante revisar quién la dice, cuál es el espíritu del cual emana esa palabra.

Ya vimos que en la Escritura Sagrada podemos encontrarnos con palabras de Satanás y con palabras de demonios.  Pero también vamos a hallar palabras de hombres.

El apóstol Pablo escribió a los corintios “Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone.” (1 Corintios 7:12)

Aquí está hablando Pablo y la palabra que sale de su boca es palabra de hombre, no es la palabra de Jesús, no es la palabra de Dios.  Y entender esto es fundamental para evitar la tentación de levantar doctrinas sobre las palabras de los hombres extraídas de la Biblia.  No se puede olvidar que, sin importar que sean apóstoles, cuando son palabras de hombres, son circunstanciales.

Esto cobra especial importancia cuando observamos que existen muchas doctrinas religiosas erigidas a partir de las Cartas Apostólicas; sin embargo, la realidad es que para conocer a Dios podríamos prescindir de todas las cartas de los apóstoles.  No estamos sugiriendo que se deba hacer, pero necesitamos entender que aun si perdiéramos las cartas de Pablo (Romanos, Corintios, Efesios, etc.), las cartas de Juan o de Pedro, incluso el libro de Apocalipsis, nosotros podemos conocer el Evangelio; pero si no conocemos los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, sí tendríamos problemas, porque en los Evangelios es donde conocemos la palabra de Dios.

Para ilustrar este punto, vamos a remitirnos a las palabras de Pablo a los colosenses “Una vez que se les haya leído a ustedes esta carta, que se lea también en la iglesia de Laodicea, y ustedes lean la carta dirigida a esa iglesia” (Colosenses 4:16)

La carta a la iglesia de Laodicea se perdió y debe haber sido muy importante su contenido, pues el apóstol consideró que esa carta debía ser leída por la iglesia de Colosas… Sin embargo, el Evangelio no ha sido afectado por este hecho.  Algo similar ocurre en la que nosotros conocemos como la primera carta de Pablo a los corintios, allí él les dice “Por carta ya les he dicho que no se relacionen con personas inmorales.” (1 Corintios 5:9).  Pablo está hablando de una carta que ya les había enviado, pero nosotros no sabemos el contenido de esa carta.

La pregunta es ¿podemos conocer el Evangelio sin las cartas apostólicas?  La respuesta es Sí.  Las cartas de los apóstoles, sin duda, ayudan a la comprensión de algunos elementos del mensaje de Jesús y pueden ayudarnos a despejar el entendimiento en torno a las analogías de los rituales del Antiguo Testamento y del cumplimiento de éstos en la vida y obra de Jesús, pero no son imprescindibles para el conocimiento de Dios.

¿Cómo podemos entonces conocer a Dios y entender su voluntad?

Jesús lo dijo claramente: “45. Escrito está en los profetas: “Y TODOS SERAN ENSEÑADOS POR DIOS. Todo el que ha oído y aprendido del Padre, viene a mí. 46. No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que viene de Dios, éste ha visto al Padre. 47. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna “(Juan 6:45-47)

Hablemos ahora de la palabra inmutable, aquella a la cual no se le puede quitar ni añadir, la Palabra de Dios.

En la palabra de Dios debemos distinguir entre el Mandamiento (La Ley) y el Evangelio.  Y necesitamos entender que el mandamiento dado a los hombres a través de Moisés es mandamiento en cuanto a que Dios no va a cambiar de opinión, no va a modificar su palabra por ninguna circunstancia; pero el hombre tiene voluntad para decidir si cumple o no cumple la palabra dada por Dios.

Esa palabra, aunque el hombre tenga la posibilidad de decidir si la cumple o no, es inmutable, no se puede cambiar.  Dios mismo dice “No añadan ni quiten palabra alguna a esto que yo les ordeno. Más bien, cumplan los mandamientos del Señor su Dios.” (Deuteronomio 4:2).

A la palabra que Dios ha dado por medio de Moisés (La Ley) no se le puede añadir ni quitar nada y Jesús se refiere a la Ley de esta manera “Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido.” (Mateo 5:18)

Pero del Evangelio, que es la palabra de Jesús, dice “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.” (Mateo 24:35)

La Ley va a pasar, pero la Palabra de Jesús no va a pasar.  Mientras existan cielo y tierra la Ley permanecerá, se cumplirá toda.  Pero la palabra de Jesús, aun pasando cielo y tierra, no va a pasar.  Hay una diferencia inmensa entre La Ley y el Evangelio, entre la palabra dada a los hombres por medio de Moisés y la palabra dada a los hombres por medio de Jesús.  No toda la Escritura es igual, hay una palabra que es absoluta, que supera en importancia a cualquier otra palabra inspirada por Dios: La Palabra de Jesús, el Hijo de Dios, porque “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer.” (Juan 1:18)

Recordemos que “1. Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, 2. en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A éste lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo.” (Hebreos 1:1-2)

El evangelista Juan lo explica de esta manera “pues la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo” (Juan 1:17)

Y Jesús lo explica aún más claro “45. No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. 46. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. 47. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5:45-47)

Moisés habla de Jesús y sus palabras (La Ley) son las que acusan al hombre delante del Padre, pero Jesús, el Hijo, por medio de quien Dios ha hablado en los postreros días, nos trae la gracia y la verdad, que es el Evangelio.

Las palabras de Jesús están contenidas en los testimonios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, libros que nos han llegado con el nombre de Evangelio.

Los tres primeros Evangelios: Mateo, Marcos y Lucas, hacen énfasis en torno a los acontecimientos de la vida de Jesús.  Son testimonios acerca de las cosas que Jesús hizo, de los milagros que obró, de las personas a quienes sanó, de la forma en que Jesús vivió; brindan detalles acerca de las personas que lo rodeaban, de las formas en que se acercaban a él.  Pero Juan hace énfasis en las palabras de Jesús.

En la Biblia se establece que por la declaración de dos o tres testigos se determina la veracidad de un hecho (2 Corintios 13:1; Deuteronomio 17:6), pero cuando leemos estos testimonios, podemos notar que existen diferencias entre las versiones de unos y otros.

Hay personas que consideran que esta es razón suficiente para dudar acerca de la exactitud de los Evangelios.  No obstante, en cualquier juicio donde se decida sobre la verdad de un acontecimiento, se desestiman los testimonios exactamente iguales, porque ello implicaría la existencia de acuerdos previos sobre lo que se testifica.

Un testigo narra un hecho desde su punto de vista y este testimonio estará afectado no solamente por lo que vio, sino también por su formación, su vida, sus expectativas, etc.  A modo ilustrativo, el testimonio de un conductor acerca de un arrollamiento, nunca será igual al testimonio de una persona que no sabe conducir. Y tampoco será igual el testimonio de quien vio el suceso de frente a quien lo vio desde una ventana.

Cuando los evangelistas narran los hechos ocurridos durante la vida de Jesús, cada uno cuenta lo que recuerda, lo que le parece más impactante, lo que lo tocó más… por eso las versiones cambian, pero la veracidad del hecho queda demostrada.

Aunado a lo anterior, en la época de Jesús el falso testimonio era castigado con la muerte (Números 35:30; Deuteronomio 19:16-21).  Estos hombres pusieron su vida como garantía de su testimonio, pusieron su vida en riesgo para garantizar que lo que estaban contando sobre Jesús era solamente la verdad.

Mateo, también llamado Leví, es judío y fue publicano antes de hacerse uno de los discípulos de Jesús.  En la época del ministerio de Jesús, los publicanos eran considerados de los peores pecadores y a éstos se atribuían terribles aberraciones.  Pero al ser llamado por Jesús, Leví dejó todo y se convirtió en uno de los doce apóstoles.  Siendo judío conocía las profecías a perfección y en su testimonio se va a enfocar en el cumplimiento de las profecías en la vida de Jesús.

Marcos fue discipulado por Pedro y basó su relato en las enseñanzas del apóstol.  Su audiencia eran principalmente romanos y tiene una tendencia marcada al pragmatismo, lo cual se deja ver en su testimonio, donde hace énfasis en los milagros que obraba Jesús.   De él dijo el historiador Eusebio “« (…) Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba, pero no en orden de lo que el Señor dijo e hizo. Porque él no oyó ni siguió personalmente al Señor, sino, como dije, después a Pedro. Éste llevaba a cabo sus enseñanzas de acuerdo con las necesidades, pero no como quien va ordenando las palabras del Señor, más de modo que Marcos no se equivocó en absoluto cuando escribía ciertas cosas como las tenía en su memoria. Porque todo su empeño lo puso en no olvidar nada de lo que escuchó y en no escribir nada falso». (Eusebio, Hist. Ecl. iii. 39).

Lucas, un médico griego, llegó a los pies de Jesús por la predicación de Pablo, quien tampoco fue discípulo directo de Jesús.  Siendo griego, su pensamiento está estructurado de forma diferente a la de un hebreo, y su testimonio fue el resultado de un minucioso trabajo de investigación que él hizo de la vida de Jesús, ofreciendo en él detalles en los que poco interés presentan los otros evangelistas.  Es tan estructurado en la elaboración de su testimonio, que comienza con estas palabras: “Muchos han intentado hacer un relato de las cosas que se han cumplido entre nosotros, 2. tal y como nos las transmitieron los que desde el principio fueron testigos presenciales y servidores de la palabra. 3. Por lo tanto, yo también, excelentísimo Teófilo, habiendo investigado todo esto con esmero desde su origen, he decidido escribírtelo ordenadamente, 4. para que llegues a tener plena seguridad de lo que te enseñaron.” (Lucas 1:1-4)

Juan es judío, discípulo directo de Jesús y a quien se le atribuye la autoría del evangelio de Juan y el libro del Apocalipsis.  Juan enfatiza en las palabras de Jesús más que en las obras.  Es el evangelio más espiritual de la Biblia y es aquí donde encontramos el discurso de Jesús con un acento profundamente espiritual.  Por ejemplo, mientras los otros tres evangelios describen los detalles de la última cena de Jesús con sus discípulos, Juan nos da a conocer las palabras del Maestro en esas horas.  Juan estructura su testimonio narrando un hecho y luego dando a conocer las palabras de Jesús acerca del Padre y del Reino.

El propósito de toda la Escritura es que creamos en Jesús y que creyendo tengamos vida en su nombre, tal y como lo dice el propio texto sagrado “30. Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.” (Juan 20:30-31).

Y no se trata solamente del Evangelio de Juan, sino de toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.  Jesús dijo a la gente “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).  Las Escrituras a las que se refiere Jesús eran los libros de Moisés, los Salmos y los Libros de los Profetas, es decir, lo que nosotros conocemos como Antiguo Testamento.

Jesús le dice a la gente que las Escrituras dan testimonio de él y esas palabras son Palabra de Dios y esas palabras se cumplieron en la vida de Jesús.  Por ello, cuando resucitó y se apareció a sus discípulos, les dijo “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! 26. ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? 27. Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:25-27)

Con esto debemos entender que toda la palabra que hay en la Biblia, aunque sea la palabra de Satanás, de los demonios o de los hombres, tiene un propósito eterno: Dar testimonio de Jesús, darnos a conocer a Jesús, permitirnos conocer los atributos de Dios y, a partir de allí, llegar a una aplicación de esa palabra en nuestras vidas.

El testimonio que dieron los evangelistas y los autores de las cartas apostólicas es que la salvación es por medio de la fe en Jesucristo ¡ese es el evangelio! Ese es el mensaje que predicó Jesús y que mandó a predicar y por el cual estos hombres estuvieron dispuestos a dar la vida.

El Padre ha dado testimonio del Hijo (Juan 5:37).  El Espíritu Santo da testimonio de Jesús, él mismo dijo “Cuando venga el Consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, él testificará acerca de mí.” (Juan 15:26).  Y Jesús nos ha dicho que no nos dejará huérfanos, que rogará al Padre quien nos mandará otro Consolador, el Espíritu de Verdad y este Espíritu obra en nosotros, quienes hemos creído en Jesús, para que seamos testigos de él (Hechos 1:8), esta es la obra que el Espíritu Santo hará en nosotros, recordarnos todo lo que Jesús ha dicho (Juan 14:26) y darnos las palabras que habremos de decir en testimonio de Jesucristo “Cuando los lleven y los entreguen, no se preocupen de antemano por lo que van a decir, sino que lo que les sea dado en aquella hora, eso hablen; porque no son ustedes los que hablan, sino el Espíritu Santo.” (Marcos 13:11)

¿Cuál es ese testimonio? ¿Qué es eso tan importante de lo que habla toda la Escritura? ¿De qué dan Testimonio el Padre, el Espíritu Santo, los apóstoles y de lo cual se nos pide ser testigos?

Este testimonio es que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, y que por la fe en él somos salvos, que por creer en él somos hechos Hijos de Dios.  El Evangelio es Jesús, la palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros.  La Buena Noticia es que por su sangre somos justificados y que creyendo en su nombre, creyendo que en esa obra que él hizo en la Cruz y por la cual todos hemos recibido el perdón gratuitamente, podemos presentarnos ante el Padre como si nunca hubiéramos pecado y nos hacemos hijos adoptivos de Dios.

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