De cuando un princeso conoció a una pornógrafa
O el primer encuentro de Adriano Mendoza y Caterina Ivanova.
 
Como cada martes y viernes, fui a desayunar a Café Olé. El mismo café de cada martes y viernes de cada semana desde hace cinco años. No sé por qué lo hago, pero ahora que lo digo me doy cuenta de lo rutinario de mi vida. Los otros días de la semana desayuno en el Hotel Marriot. Los fines de semana desayuno en Saint Honoré. Los almuerzos sí varío. Depende más de los clientes que de mí, aunque trato de que todo se lleve a cabo en mi zona de confort.
 
Al igual que siempre, me encontré con la presencia de Ivanova Machado. Una chica extraña. Imagino que será tan rutinaria como yo, porque siempre la veo allí, aunque nunca me le he acercado. No sé qué hace. Apenas sé su nombre porque hace aproximadamente año y medio –cuando llevaba ya seis meses viéndola desde mi mesa- escuché que llamó a alguien y dejó dicho “dígale que lo llamó Ivanova Machado”.
 
Siempre está con un libro o apuntando algo en una libreta de cuero color café, un poco desgastada. Me llama la atención, no sé exactamente por qué. Quizá sea esa apariencia de intelectual que no le importa nada. Parece feliz haciendo lo que hace ¡y sabrá Dios qué hará!, pero regularmente la veo riéndose sola con sus libros y sus apuntes. Debe ser profesora de algo, periodista o psicóloga. Sí, psicóloga, seguro que se la pasa riéndose de sus pacientes… debe ser algo así, porque siempre está como burlándose de algo o de alguien.
 
Llevaba puesto un pantalón azul claro un poco ancho, una camisa blanca de mangas largas, zapatos beige bajos y un suéter amarillo amarrado al cuello. Pocas veces va bien combinada, pero igual se ve bien, tiene estilo o, mejor dicho, su estilo parece ser no tener estilo. Casi siempre va con el cabello suelto y constantemente se pasa la mano por él, se lo saca de la boca cuando se le pega por el labial. Se maquilla poco, tiene las manos bonitas, pero casi nunca le he visto las uñas pintadas. En detalle, ella no es mi tipo; pero en conjunto tiene algo que me encanta. Sobre todo cuando se queda pensando en algo y luego se ríe sola. Tiene una sonrisa preciosa. Creo que eso es lo que más me gusta de ella.
 
Esa mañana estaba pidiendo un jugo cuando observé entrar a un sujeto cuyo nombre nunca recuerdo y siempre me encuentro y saludo como si fuéramos los mejores amigos. Lo vi, le sonreí y me levanté a saludarlo mientras decía en clara voz “¡Adriano Mendoza!”. Es vergonzoso que alguien sepa tu nombre y apellido y tú no sepas ni siquiera de dónde lo conoces. Obviamente ya no le podía decir “perdón ¿cuál es que es tu nombre y de dónde nos conocemos?”. Ya me tocaba saludarlo con la misma efusividad con la que él me saludaba a mí. Un apretón de manos acompañado de un par de palmadas en la espalda y comenzaba la interrogación “¿cómo está tu familia? ¿Y los niños? ¿Todo bien en la empresa?”.
 
De repente ocurrió un milagro. Mientras le decía que todo estaba bien, miró hacia un lado y me pidió un minuto para saludar a una gran amiga, quien no era otra que Ivanova, que estaba sonriéndole y estirando los brazos para abrazarlo efusivamente.
– ¡Julio!
– ¡Mi escritora favorita! –le dijo el sujeto mientras la abrazaba.
– ¡Escritora favorita! Tú si hablas paja.
– Te lo juro que eres mi escritora favorita. Disculpa, déjame te presento a un gran amigo –se dio la vuelta y nos presentó.
– Adriano Mendoza –estiré la mano, sonreí y la solté lo más rápido que pude para no dejar notar ninguna emoción.
– Ivanova Machado, encantada.
– Me van a disculpar pero llegó el tipo que voy a entrevistar –cortó Julio antes de despedirse- Me encantó verte chamita, vamos a ver si esta semana o la de arriba cuadramos algo. Creo que vamos a dar una cena en la casa, te llamo y te aviso. Adriano –me dijo apretándome la mano- a ver si un día nos vemos por voluntad y no por casualidad.
– Bueno, me puedes invitar a la cena –dije sin pensarlo.
– ¡Claro vale! Les aviso ¿ok? Cuídense.
 
Hubo un silencio incómodo de veintitantos eternos segundos, hasta que ella rompió el hielo.
– No tienes ni puta idea quién es Julio ¿verdad? – interrogó con una media sonrisa, apretando la mitad del labio inferior con sus dientes.
– Un periodista –titubeé
– No te preocupes, no se lo voy a decir.
– ¿De dónde lo conoces?
– Me hizo una entrevista buenísima para su programa de radio…
– ¡Ah, claro! Él me entrevistó hace tiempo, pero era para una revista, no para la radio. Disculpa, te interrumpí.
– ¿Viste? No sabías quién es. Y lo peor es que lo saludas como si fueran amigos de toda la vida.
– Bueno… tienes razón, qué te puedo decir… a veces uno conoce tanta gente que te cuesta recordar de dónde los conoces a todos, o los nombres… apenas recuerdas la cara… a veces.
– Tranquilo, eso pasa.
– Y… de qué era la entrevista que te hizo –le pregunté tratando de prolongar el encuentro, tratando de averiguar todo lo que fuese posible en los pocos minutos que puede durar una charla de pie o, quizá, podría invitarla a mi mesa.
– De un libro que escribí… Coño, si quieres nos sentamos y te invito un café, porque esa vaina de estar parados aquí, como un par de pendejos, me da ladilla.
– ¡Claro! –acepté abriéndole paso a su mesa y retirándole la silla para que se sentara.
 
Me sentí el Rey de los Idiotas. Me rompió todo mi esquema tan perfectamente cuadrado. Soy tímido, pero eventualmente la iba a invitar a sentarnos. No soy muy arriesgado, pero puedo llevar la pauta en una relación y –regularmente- me gusta que la mujer se deje llevar, ir poco a poco… además, ¿por qué tantas groserías en una sola frase? Lo admito, mi idiotez ameritaba todas y cada una de las malas palabras. Me sentía demasiado inhibido con esa mujer… Así que una escritora. Quizá poeta… no, con ese vocabulario no se puede escribir poesía. ¿Quién sabe? Ya lo averiguaré.
– Así que escritora ¿no?
– Sip, escritora. ¿Y tú? Déjame adivinar… ¿banquero? uhmm ¿manager whatever de una transnacional? –lanzaba las palabras con los ojos entrecerrados, apretando la boca.
– No y no. Soy empresario. Tengo una firma de Reserch.
– Bueno, banquero, empresario, manager whatever de una transnacional… la actitud es la misma.
– ¿Cuál actitud? –pregunté con curiosidad.
– Tú sabes, la actitud de sobrado.
– ¡¿Actitud de sobrado?! –dije sorprendido, dejando reposar el cuerpo al espaldar de la silla, cruzando las piernas y uniendo las manos sobre mi rodilla izquierda.
– Sí, esa.
– Ya va, no te entiendo –le dije sin poder contener la risa- ¿Yo tengo actitud de sobrado?
– Bueno, de sobrado, de intocable, inalcanzable. De princeso.
– Y, por mera curiosidad intelectual ¿qué carajo es un princeso? –pregunté manteniendo la misma sonrisa en la cara.
– Un príncipe social.
– Ah, ok. Soy un príncipe azul. Que alivio. –la miré, sonreí y esperé su respuesta.
– No querido, no sé si eres un príncipe azul, pero definitivamente eres un príncipe social, el tipo con el que todas las mujeres ¡aspiran desposarse! –dijo ella, llevándose la mano derecha al pecho y emulando un suspiro.- El buen partido- prosiguió- el lindo y de buena posición económica, que despierta la envidia de todas las amigas de la novia y que tal vez sea una mierda, pero cada vez que pase algo entre una plebeya y un princeso, las amigas y la familia de la tipa le van a decir algo así como “es que con ese carácter que tienes” – terminó la frase con una carcajada que a mí no me hizo gracia… porque era verdad.
– Bueno, gracias por lo de lindo.
– Y el coño de mi madre por el resto –siguió riendo.
– ¡Tú sí dices groserías!
– ¡Uy perdón! No se ofenda Su Majestad
– Bueno… cuéntame ¿qué escribes? –le pregunté para cambiar el tema.
– Cuentos
– No me imagino leerle a mis hijos un cuento tuyo, lleno de palabrotas…
– Ni de vaina podrías leerle a un hijo tuyo uno de mis cuentos. Escribo relatos eróticos. Cuentos para adultos.
 
En este punto ya no sabía qué decir o cómo actuar. Todos mis esquemas mentales se hicieron polvo. Una mujer que de lejos parecía tan… ¿normal? Ahora resulta que mi supuesta profesora, periodista o psicóloga era, en realidad, una pornógrafa. Además de ser la mujer más grosera que había conocido en mi vida, también era la más observadora y, por qué no, bastante divertida. Era como si no le importara en lo absoluto lo que yo pudiese pensar de ella. ¡Éramos tan diferentes! Yo tratando de causar una buena impresión y ella… a ella le daba igual la impresión que yo me pudiera llevar.
– Así que cuentos para adultos…
– Sí –afirmó sonriendo- cuentos para adultos.
– Pero cómo es eso. ¿Escribes libretos para pornos o qué?
– Jajajaja. Libretos para pornos… comos si las porno tuvieran libreto. Tú como que nunca has visto una película pornográfica. Ahí no hay trama, sólo llega el tipo a entregar una pizza y la caraja le abre la puerta con un liguero y le dice, con voz de puta, “no tengo dinero para la propina”, le baja la bragueta y le da una mamada.
– Tú como que has visto muchas pornos ¿no?
– Sí. Bastantes.
– ¿Te gusta la pornografía?
– Algunas- hizo una pausa para encender un cigarrillo- A veces. ¿A ti no?
– No mucho. Cuando era chamo las veía más… pero ya no.
– ¿Tu esposa no te deja verlas?
– No soy casado. Estoy divorciado. ¿Ves? Deja de buscarlo, no llevo anillo.
– El anillo no hace el matrimonio. Ni siquiera el matrimonio hace un matrimonio real. Entonces ¿es tu novia la que no te deja?
– ¿Estás averiguando mi situación de pareja?
– No –dijo un poco sonrojada
– Igual. No estoy casado, tengo una novia hace varios meses y creo que no vamos a durar mucho más.
– ¿Por qué?
– ¿No te parece que estás preguntando demasiado para el poco tiempo que nos conocemos? Mejor háblame de tu… ¿trabajo?
– Profesión querido. Es mi profesión.
– Esta bien señorita Bukowsky.
– ¡Pero mira al princeso! ¡Si hasta conoce a Bukowsky!
– Cultura general. ¿No sabías que el bagaje cultural forma parte de los requisitos que debe reunir un buen princeso? –le contesté con una sonrisa irónica.
– Sentido del humor… me agradas princeso –dijo sonriendo pícaramente.
– Entonces, cuéntame ¿cómo se escribe un libro?
– Primero que nada, para mí, un libro es un cúmulo de experimentos sociológicos. Es un cuento sobre lo que ves y, a veces, sobre las reacciones que logras conseguir introduciendo algunos elementos como investigador. Te planteas hipótesis y tratas de confirmarlas o rechazarlas, dependiendo de las reacciones de la gente. Otras veces no haces nada, sólo observas y plasmas en unas líneas esas cosas que viste, lo que lograste captar.
Mira a la gente. Cada cara, cada gesto, cada movimiento se produce porque hay una historia implícita, una historia que tú no conoces, pero que te puedes inventar. Puedes, también, tratar de escuchar qué dicen y el tono en que lo dicen. Ahora, no vas a entender todo, porque seguro llegaste tarde y la conversación, o la historia en sí misma, empezó mucho antes de que te pudieras enterar para comprender con claridad. Puedes no escuchar nada y limitarte a leer los gestos, las miradas, la química que se produce entre las personas que están sentadas compartiendo una mesa o la indiferencia que hay entre ellos, o entre ellos y el mesonero o con el interlocutor o con las personas de otras mesas.
Mientras ella me hablaba, yo sólo escuchaba absorto, siguiendo cada indicación. Noté como cambió su postura, sus palabras, sus gestos, durante la explicación. Me llevaba de la mano a explorar la selva de las emociones humanas y la mismísima selva de mi imaginación. Estaba encantado. Su voz, su mirada, la forma en que sus labios pasaban de la media sonrisa a la forma de beso o cuando apretaba el labio inferior con los dientes. Dejó de molestarme su cigarrillo. Me quedaba extasiado viéndola inhalar el humo y expulsarlo en la mitad de una frase, como para crear la pausa perfecta para las palabras siguientes.
– Ponles voces. Trata de imaginar el tono de voz del sujeto observado. Se original.
– Como así –interrumpí
– Imagínate una voz excepcionalmente sensual o chillona o gruesa o de nariz. Nunca te limites a escenas, voces o situaciones comunes. Diviértete dibujando al mundo como el lugar ridículo que es.
– Ok… ok –sonreí y continué escuchando con atención, tratando de dibujar en mi mente las cosas como ella me las describía. Mirarla y escucharla era extasiante. Esa manera de mover las manos, la forma en que se enderezaba y luego se acercaba hacia mí para continuar explicándome algo casi susurrado.
– Mira a la pareja de allá, que pareciera estar en plena conquista.
– ¿Cuál?
– ¿Ves a Julio? Tres mesas atrás y dos a la izquierda. Rozándose las manos “accidentalmente” y…
– Ya los vi… sí… se ve que están en plena corte. Esa cara de pendejo del tipo es típica del cortejo.
– Bueno, ahora imagínate que en realidad no son un par de coquetos amantes sino dos narcotraficantes que están tratando de disimular lo que hacen y están esperando a otra pareja de “enamorados” para entregarle la mercancía.
– ¡Coño!
– Ajá, así es. Así es más divertido. Mira al tipo de los lentes con la chamita del vestido azul. Yo diría que él es un profesor universitario, de filosofía. Ella fue su alumna y se enamoró de él. ¡Observa con cuanta solemnidad él trata de explicarle algo! –me decía mientras hacía gestos de burla… yo sonreía y asentía con la cabeza.
Mira la cara de becerrito esperando ser amamantado que tiene ella. Probablemente sea uno de estos tipos que emplea la misma pose solemne para explicar la situación política de la ex Yugoslavia o la forma en que cambió el caucho del carro cuando se quedó accidentado. Hay muchos así, pero eso sería aburridísimo. Mejor ponle la toga al profesor y dale una profesión: filósofo de pacotilla, de esos mediocres que lanzan toda su frustración sexual y académica al mundo con un montón de palabras que nadie entiende, pero que son tan raras que la gente lo ve como un genio. Imagínate que el tipo es el más insignificante de todo el grupete de filósofos de la universidad, pero levanta que jode, porque sabe un montón de cosas que no sirven para un coño y, como más nadie las sabe ni las entiende, tiene ese aire de grandeza intelectual. Así es que las alumnas se enamoran de él, por esa aura de sabelotodo, y con tantas mujeres hambrientas de un tótem, deseando un hombre al lado a quien alabar y admirar, se acuesta con cuanta ex alumna puede ¡y las graba!
¿No te has fijado que la mayoría de las relaciones de los intelectuales de este país se dan con ex alumnas? O, en general, con mujeres de unos diez o quince años menores que ellos. Regularmente tratan de tener al lado a una mujer que los admire, que se babee cada vez que abren la boca para decir cualquier pendejada.
– Pero eso no es exclusivo del mundillo intelectual…
– Lo sé, lo sé… pero uno, ilusamente, podría esperar o aspirar a que los intelectuales tengan un cerebro más evolucionado y buscaran en una mujer cosas diferentes a las que buscan los tipos con menos masa en el coco. Pero el cromosoma Y es una vaina…
– No me digas que eres de las que cree que todos los hombres son iguales… no me decepciones.
– No, para nada. Pero sí creo que se comportan muy parecido. Creo que, en cuanto a inseguridades, los hombres latinos se parecen mucho. Pero ese no es el tema…
– Tú como que tuviste un mal romance con un intelectual
– Con un intelectual, con un diplomático italiano, con un arquitecto argentino… todos mis romances han sido… no digamos que malos, pero…
– Tampoco buenos
– Cómo te explico… ¿no estás preguntando mucho para el poco tiempo que nos conocemos?
– ¡Ah, está bien! Me lo merecía… tenías rato con la frasecita atragantada ¿no?
– Lo admito… culpable –levantó la mano sonriendo- Mira al chamito de la chemise negra. Al rubio. El que está con la gorda de pantalón verde manzana y blusa negra de lunares verdes
– ¡Coño! ¿será el cumpleaños de la cachifa?
– No, no seas tan básico. Piensa como un escritor. Cuéntame qué crees que está pasando ahí.
(Silencio incómodo. Me sentí de nuevo como un idiota. Yo no puedo pensar como nada diferente a un empresario. Ni una sola idea me vino a la cabeza)
– Anda, dime, ¿cómo te imaginas ese cuento?
– Mira, de verdad, no sé. No me pongas a pensar esas vainas. Coño, yo… yo no soy escritor. No soy tan creativo como tú.
– ¡No me digas! Eres de esos tíos que sólo usan el coco para los negocios.
La miré con cierto aire de desprecio burgués. Era verdad, yo sólo uso mi creatividad para hacer dinero, pero igual me encabrona que me alguien me lo diga, sobre todo si es una mujer a quien se supone que le quiero causar buena impresión, a quien quiero volver a ver. Me molesta la idea de quedar como un pendejo delante de ella… me molesta un poco su arrogancia. Finalmente le respondí.
– Sí, soy uno de esos ¿cómo fue que dijiste? Tíos. Soy uno de esos tíos.
– Bien. Por eso tienes una empresa y yo no. –sonrió cínicamente y me miró con cierto aire de desprecio de intelectual ilustrado.- Está bien, cada quien a lo suyo. Yo no sé de negocios, pero te puedo contar la historia del chamito de la chemise negra.- Puso los codos sobre la mesa y se inclinó hacia mí, me miró y volvió a sonreír, esta vez bonito… demasiado bonito para ser honesto.
– Dale Bukowsky, cuéntame qué hay entre esos dos –le sonreí, esta vez bonito, mientras me inclinaba hacia ella y miraba la sonrisa que se le escapaba aunque se mordiera el labio inferior.
– Te cuento. No es la cachifa, es la bedel que trabaja en el bufete que queda al lado de la oficina donde trabaja él. Pero tienes razón. Su cachifa, la que lo cuidaba desde que era niño, tiene mucho que ver en este cuento.
– ¿Por qué?
– Porque con ella perdió la virginidad, cuando tenía once años. Era una negra culona, que se quedaba con él y lo cuidaba mientras su mamá, una ejecutiva joven y divorciada, se iba a la oficina tempranito y llegaba tarde.
– ¿De dónde sacas tantas vainas? –le dije sin poder contener la risa.
– ¡Cállate! Déjame seguir. –me reprochó, dándome una palmada en la mano- ¿Quieres que te cuente o no?
– Claro, dale.
– El chamo quedó obsesionado con los culos grandes, enormes. Mírale semejante tamaño de culo que tiene la negra. Además ella sabe que él está loco por su culo, si no, cómo te explicas que con ese kilometraje de sabrosura se ponga un pantalón verde manzana. Por supuesto, nadie va a aceptar que el niño de casa tenga una novia con esas características físicas. Él tiene su noviecita formal, bonita, delgadita, que se pinta las uñas de blanco. No como la negra, mírale las uñas de las manos y de los pies, perfectamente pintadas de rojo, con media luna y todo.
– Ajá, ok, todo eso está buenísimo. Ya va… si me sigo riendo se me va a reventar el estómago. –le dije mientras me secaba las lágrimas que se me salieron por reírme tanto.- Ahora, dime una vaina, en la historia secreta del chamo ¿quién se cogió a quién? ¿la cachifa a él o al revés?
– ¡Oooook! Ya estás pensando como un escritor… y ya estás diciendo malas palabras ¡Se soltó el princeso!
– ¡Pendeja! Dime pues, ¿cómo pasó?
– A ver… fue él.
– ¿Fue él?
– Sí. Cuando entró a la adolescencia, con ese montón de hormonas alborotadas, esas erecciones espontáneas, esas poluciones nocturnas, el chamito se la pasaba cachondo todo el tiempo. Un día se levantó más temprano que de costumbre y fue a buscar a la cachifa para que le preparara un jugo o cualquier cosa, pero cuando entró al cuarto de ella escuchó la ducha y vio la puerta del baño semiabierta. Se asomó, como todo adolescente curioso, que trata de ver cualquier cuerpo desnudo, el que sea. Vio a la negra, que mientras estaba cantando una salsa en la ducha, se meneaba y corría el jabón en ese culo enorme y negro.
– ¡Coño que asco! –exclamé en medio de una carcajada.
– Para ti. Para él ese fue su primer culo desnudo en vivo y directo. Tenía once años, a esa edad todo desnudo es un espectáculo.
– Ok, buen punto… pero igual ¡que asco!
– Luego de verla un buen rato se fue sin ser descubierto. Entró a su cuarto y se masturbó pensando en el culo de la negra. Empezó a mirarla con otros ojos, con lujuria. Cada vez que podía le rozaba las nalgas, hasta que un día no se aguantó y le echó el apretón de nalgas de su vida, mientras ella lavaba los platos después del almuerzo, y le dijo en la oreja “te quiero coger”.
La pobre negra se quedó en el sitio. Entre su faldita floreada y el pene erecto del muchachito, no había nada que hacer. Se mojó. Él le metió una mano por debajo de la falda y con la otra le agarró lo que pudo de las tetotas que apenas el sostén podía aguantar. Se rajó y se dejó coger. No te voy a contar los detalles para que no te horrorices, pero cada vez que llegaba del colegio y la veía con su delantal, sus muslos gordos y su sobresaliente culote, se ponía cachondo y empezaba a manosearla.
Así fue como empezó la fijación del chamo con las mujeres que limpian, son negras y tienen el culo grande. Por eso ahora, cuando va a trabajar y ve entrar a la negra a la oficina de al lado, cargada de sabor y celulitis, su mente regresa a aquellos años de tierna cachondez y no puede evitar imaginarse montado en ese culote.
– ¡Coño, no sigas! –dije privado de la risa.
– Pues así, querido amigo, es que se escribe un cuento.
– ¡Tú estás loca! ¡Demasiado loca! Eres demasiado cómica…- no podía dejar de reírme.
– Gracias, ese es el mejor cumplido que me puedes hacer. Eso, sin contar que ya tengo una historia para el próximo libro.
– Te lo juro que lo voy a comprar… y espero que me lo firmes.
– ¡Por supuesto!
– Ivanova… Ivanova… ¿de dónde salió ese nombre?
– Mi papá era fanático de Dostoyevski, pero también era burda de bruto. Hay un personaje que se llama Katerina Ivavnona en Crimen y castigo, entonces me llamó Caterina Ivanova, porque no quería que se viera “muy ruso”. Jodió el nombre… sin contar que con el Machado no pega para nada.
– ¿Y por qué usas el segundo nombre y no el primero o los dos?
– Porque me cabrea que me digan Caty.
– ¿Por qué Caty? –solté una carcajada.
– ¡Ridículo!
– ¡Mierda! Mira la hora. Yo me tengo que ir a la oficina.
– Yo también me tengo que ir, tengo que hacer diligencias.
– Mira, pero antes de irnos, toma mi tarjeta, llámame cuando quieras. Si quieres podemos ir juntos a lo de Julio o… lo que sea. –dije eso sin pensarlo, se me salieron las palabras de la boca, pero traté de desviar su atención- ¿Me das tu tarjeta?
– ¿Mi tarjeta? ¿Y qué se supone que diría mi tarjeta? “Ivanova Machado. Escritora de historias para adultos”. O mejor, “Ivanova Machado. Pornógrafa”
– Gafa. Bueno… ¿Me dejas pagar la cuenta o eres del tipo de mujeres independientes que no permite que un hombre le pague la cuenta?
– No querido, págala. Tú eres el empresario, yo soy una pobre escritora de cuentos eróticos. Yo no tengo esos paquetes mentales. Es más, no salgo con tipos que no pagan la cuenta. Toma, aquí está mi celular –me entregó una servilleta. Lo anoté en el teléfono y la llamé enseguida para que tuviera mi móvil almacenado.
– Me parece bien. Con una dama hay que ser caballero. Además, qué clase de princeso sería si te dejara pagar.
– Jodedorcito el empresario ¿no?
 
Estuvimos más de dos horas, casi tres, conversando, riéndonos, mirándonos. La acompañé hasta su auto. Cuando lo encendió comenzó a sonar Suspicious Minds de Elvis Presley. Me incliné hacia adentro para ver su carro y le di un beso en la mejilla. Se sonrió, mordiendo su labio inferior, y me dio un beso en la nariz.
Buena conversadora, me hace reír, escucha buena música, es linda… sí, en verdad es linda, sobre todo cuando se ríe, cuando se muerde los labios y trata de disimular la sonrisa.
Me encanta esa mujer.
 
Mis últimos 365 días. Parte 3. Capítulo 9.
La Pedroza.