Nov 19 2017

Cumpleaños del princeso.

XXXIII. Cumpleaños de Adriano
 
Hoy cumplo treinta y nueve años. Desde la media noche he estado recibiendo mensajes de texto y llamadas al celular para desearme un feliz día. Cada mañana de mi cumpleaños, mis viejos me llaman para cantarme por teléfono el cumpleaños feliz… por fortuna es la versión corta. Andrés me va a llamar antes de las siete para decirme por teléfono cualquier cantidad de ridiculeces. Va a empezar con su cartilla de hermano mayor, me va a decir lo orgulloso que se siente de mí, que me desea mucha felicidad, que estoy en una edad maravillosa y que tengo mucho por delante. Esos discursos de Andrés siempre me han sonado tan diplomáticos, tan correctos, sin una mala palabra, como si lo hubiese escrito y lo estuviera leyendo para un auditorio. Luego, como sincronizado, llama Andrea para decirme que no espere nada especial para hoy, que sólo vamos a cenar en su casa o en casa de los viejos. Y Paty siempre hace como que se le olvidó y me llama por cualquier cosa, no me felicita y, en la noche, tengo que hacerle creer que de verdad le creí que lo había olvidado. Todos los años es lo mismo.
 
Ahora viene una fiesta sorpresa que nunca me sorprende, pero siempre me tengo que hacer el sorprendido. En la oficina me van a cantar el cumpleaños, va a haber una torta ridículamente costosa, y los empleados me van a dar un regalo que nunca me sirve ni me gusta y termino echándolo a la caja de los regalos feos e inútiles. Pero tengo que mostrarme emocionado y usar lo que me vayan a regalar un par de veces, porque los pobres sacan dinero que no tienen para comprarme un regalo, comprar whisky para brindar por mi felicidad y darme un detalle en mi cumpleaños. ¡Si a alguien se le ocurriera que el mejor detalle que me pueden hacer es no hacerme nada, no joder, no venir con sus caras llenas de alegría a decirme: Feliz cumpleaños!…
 
Olga, una de las asistentes de investigación, se autoproclamó organizadora oficial de todas las fiestas no oficiales de la empresa. Lleva un registro meticuloso de la fecha de cumpleaños de cada empleado de la oficina y, el último día de cada mes, publica el listado de las fechas de cumpleaños del próximo mes. Durante los siguientes cinco días se aboca a la tarea de pedirle dinero a todos para crear el fondo que servirá para comprar una torta y bebidas no alcohólicas, para que el último viernes del mes todo el personal se reúna en la sala de juntas y le canten el cumpleaños feliz a todos los cumpleañeros del mes. La cosa es patética, realmente deprimente.
 
Es evidente que la gente llega a la sala de juntas por el pedazo de torta y por cumplir, porque sienten que no tienen opción. La mayoría de las veces ni siquiera saben quién cumple años. Olga comienza a perseguir a todo el personal desde las cuatro y media de la tarde, para que a las cinco todos estén en el lugar. Con un desgano evidente, van llegando a la sala, preguntan quién es el que cumple años, lo felicitan y comienzan a presionar para que se cante el cumpleaños feliz rápido porque, el que no tiene que volver a su oficina para terminar el trabajo que estaba haciendo, quiere irse rápido, porque es viernes y tiene compromisos.
 
Finalmente logran el quórum y comienzan a cantar “¡Ay qué noche tan preciosa!/ es la noche de tu día/ todo lleno de alegría/ en esta fecha natal/ tus más íntimos amigos…”.
 
No hay manera de que en este país se cante simplemente “cumpleaños feliz/ te deseamos a ti/ cumpleaños fulano/ cumpleaños feliz” y punto. No. La versión corta es imposible. Y lo peor es que cada vez se las ingenian para hacerlo más largo…. ¡y a la gente le encanta cantar el cumpleaños! Una vez estuve en un Congreso Latinoamericano de Fondos de Pensiones que se celebró en Venezuela y uno de los expositores, un uruguayo, cumplió años durante el evento. No sé cómo se las arreglaron los venezolanos para enterarse del cumpleaños del tipo, porque la gente del cono sur –al menos los que yo conozco- son muy discretos con esa clase de información. No como los venezolanos, que andan por la vía diciéndole a todo el mundo cuándo cumplen años. Pero lo averiguaron, compraron una torta y le cantaron el cumpleaños al tipo con mariachis y todo. ¡Esa vaina es insólita… y hasta debe ser de mala suerte! Pero donde haya un venezolano, siempre habrá una oportunidad para desviar la atención de las cosas productivas y armar un bochinche ¡Porque el venezolano es taaaaaan alegre!
 
Yo, religiosamente, me comprometo con algún cliente importante el último viernes de cada mes. No asisto a esas demostraciones forzadas de afecto. Felicito al cumpleañero el día de su cumpleaños, doy el monto que me corresponde para el fondo de las tortas y huyo. Pero esta vez no podía escapar. Mi cumpleaños, así como los de mis socios, eran sagrados. Esos días, obligatoriamente, teníamos que estar allí, con pose de foto. Los nuestros eran los únicos que se celebraban el día que caía, no se esperaba al fin de mes para cantarnos el cumpleaños junto con el resto de la plebe. Hoy llegué a la oficina y desde el tipo del estacionamiento, pasando por la recepcionista del edificio, el ascensorista, la recepcionista de la empresa y todo pendejo que me cruzaba en el camino a mi despacho, me felicitaba.
 
 
Por fin, en medio del alboroto de mi cumpleaños, pude sacar media hora para ver a Caterina Ivanova. Fuimos a nuestro lugar favorito: a ningún lado, a donde sea. Estuvimos dando vueltas en el carro. No podíamos besarnos ni ponernos melosos ni lujuriosos, pero igual fueron los mejores treinta minutos del día.
 
Trajo dos minibotellas de Buchanan`s 12 años y mi regalo, mal envuelto en un papel de regalo que a todas luces se veía que era reciclado.
 
– No sabía qué regalarte princeso. No está fácil… ¿sabes? Regalarle algo a alguien que lo tiene todo…
– No todo. No tengo una avioneta.
– ¡Coño la avioneta! Y yo la vi y pensé en comprártela… ¡que boba! La avioneta.
– Que bolas que no tengo una avioneta ¿verdad?
– Sí, que bolas… no sé qué hago perdiendo el tiempo con un tipo que no tiene una avioneta. ¡Pero abre el regalo! No es una avioneta, pero te puede hacer volar.
– ¿Qué es esto? ¿marihuana? Se siente blandito…
– No, ridículo… ¡termina de abrirlo!
– Ya va, déjame me paro ahí… ¿Qué es esto? – le pregunté sacando un pedazo de tela blanca, con manitos y dos caras, una brava y la otra con una sonrisa cínica.
– Ese es el otro yo del Dr. Mendoza.
– Hahahahahahaha… ¿Un títere?… ¡Coño que loca estás!… ¡Que vaina tan buena!
– Es para que juegues con él cuando llegues a tu casa. Tú sabes, después de esos días de mierda que te estresan.
– ¡Que bueno! “Jódanse, partida de imbéciles” –exclamé jugando con el lado de la cara brava- “¿De quién fue la idea de regalarme esta porquería?”- dije jugando con la cara de la sonrisa irónica-. Hoy voy a gozar demasiado jugando con esta vaina cuando llegue a mi casa…
– ¿Cómo la has pasado? – me preguntó acariciando mi mano derecha, que la había puesto sobre su pierna.
– Aaaaah, como todos los años… aburrido y tratando de parecer feliz y emocionado… Es que preferiría estar trabajando, centrado en las cosas importantes, en vez de estar perdiendo tiempo recibiendo llamadas de clientes y proveedores e inversionistas que, en vez de llamarme por trabajo, me llaman para desearme feliz cumpleaños. O… esa vaina que me ladilla tanto, las postales electrónicas ¡Como odio las postales electrónicas! O esos correos que parecen un testamento, que por cierto nunca leo hasta el final, o esos que parecen telegramas “feliz cumpleaños, te deseo lo mejor”… Es que… lo que me ladilla es que no es una vaina honesta ¿sabes? No es algo que a la gente le nazca, es así como para cumplir “me acordé”.
– Bueno princeso, tal vez la gente no sabe qué decir y envía una postal…
– ¡Sí, es eso! ¿Es que ya nadie sabe qué decir? Parece que todo qué ¿ya todo está dicho en postales electrónicas? ¿o es que todas las “ideas geniales” están recogidas en presentaciones de power point?
– ¿Por qué estás tan amargado princeso?
– ¿Será porque me estoy poniendo viejo?
– No, no es hoy, no es sólo hoy. Siempre te quejas y te quejas de las mismas cosas y nunca haces nada para cambiar nada.
– Sí, tienes razón. Me voy a poner a escribir porno y voy a cambiar el mundo. Ivanova, yo tengo responsabilidades. Yo no puedo… ¡Coño es que hasta mi cumpleaños se volvió una responsabilidad! ¿Sabes a cuánta gente estoy obligado a ver hoy? ¿Sabes cuántas veces he escuchado el feliz cumpleaños? ¡Que ladilla! En mi cumpleaños estoy obligado a compartir con un montón de gente que me importa una mierda, pero tengo que ir al club, porque según los viejos vamos a cenar para celebrar mi cumpleaños, pero yo sé que es una de sus fiestas “sorpresa” donde va a estar ese montón de gente ridícula que ellos asumen que voy a estar feliz de verlos y…
– ¡Y eso es lo que puedes cambiar!
– No es tan fácil Ivanova.
– Sí, sí es fácil.
– No. Créeme, no lo es.
 
 
En la noche, después de haber escuchado el cumpleaños feliz versión larga por cuarta vez, me preparaba para la quinta.
 
Llegué a la casa y miré mi nuevo juguete. Me divertí un rato jugando a que mandaba a todo el mundo al inframundo. Me bañé, me afeité, me vestí y salí a casa de mis padres para mi cena de cumpleaños que terminó siendo una súper rumba en Le Club. Habían más de setenta personas, todas felicitándome, queriéndome abrazar… ¡si supieran cuánto detesto que me abracen! Adicionalmente, todo el mundo quiere tomarse una foto conmigo ¡y yo odio las fotos! Pero así fue toda la noche.
 
María Consuelo estaba ahí y no perdió tiempo en ofrecerme un “regalo especial”, que rechacé elegantemente, explicándole que no quería confundir las cosas. Me insistió en el cuento de la existencia de otra mujer y yo le dije que si hubiese otra mujer, estaría conmigo esa noche. Parece que se lo creyó. Pero, ciertamente, los hombres rara vez dejamos a una mujer si no tenemos otra. No sé por qué, cosas del cromosoma Y.
 
En medio de mi fiesta de cumpleaños, con más fotógrafos de los que me gustaría haber visto, se levantó uno de los socios de Le Club y le recordó a los asistentes que el próximo 31 de Octubre es la noche de brujas ¡Halloween! ¡Que emoción! Otra fiesta más para no ocuparse de cosas importantes. Una nueva, importada, agarrada por los pelos. Porque ahora la moda es tropicalizar todas las fiestas foráneas posibles, como si ya no hubiesen suficientes fiestas en Venezuela. Ahora en Venezuela, se celebra la noche de brujas. Hasta cena de acción de gracias hacen algunos.
 
 
Así como con los carnavales, previo a Halloween los locales están decorados con calabazas, murciélagos y fantasmitas. Hay que comprarle un disfraz a los niños porque en el colegio hacen una fiesta. Uno tiene que disfrazarse para asistir a alguna de las tantas fiestas a las que es invitado. Y, como si fueran pocos los americanismos que se han adoptado en este país, ahora los niñitos van de puerta en puerta diciendo “dulce o truco” y uno tiene que tener un cargamento de caramelos en casa para recibir con una sonrisa a los vecinitos y darles un dulce. Y más vale que uno tenga algo para ofrecerles, porque de lo contrario, al día siguiente, todos los vecinos señalarán al desadaptado que haya olvidado la noche de brujas o no haya tenido nada para repartir. ¡Que ridícula es la gente de este país! Por eso es que estamos condenados a ser el último eslabón de la cadena alimenticia.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE X. CAPÍTULO XXXIII.