¡Es que no lo han dejado gobernar!

Luego del triunfo de Hugo Chávez en el año 1998 y su posterior toma de poder en 1999, el país comenzó a sentir las primeras oleadas de división política real.  Un número importante de decisiones adoptadas por el Ejecutivo Nacional fueron consideradas tan radicales que invitaban a la toma de una posición a favor o en contra, pero la indiferencia dejó de ser una opción.  Desde el cambio de nombre del país, de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela; pasando por las interminables alocuciones presidenciales transmitidas en cadena nacional, el vocabulario del presidente en sus intervenciones públicas; lograron dividir al país en dos bandos: quienes apoyan al presidente y quienes lo adversan.  No obstante, no sería sino hasta finales del año 2001 cuando realmente se viviría la polarización de la sociedad venezolana.

Repasando brevemente los hechos históricos acaecidos en medio de la revolución bolivariana, creo que podemos coincidir en que la cosa tomó el más álgido de los caminos a partir del despido masivo de los gerentes de PDVSA, la petrol y de la promulgación de las famosas 49 leyes económicas y, más específicamente, con la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario.  La promulgación en Gaceta Oficial ocurrió luego de varios meses de discusiones y cuestionamientos a las mencionadas leyes, pero como al Gobierno no le ha interesado mucho la opinión de quienes lo adversan, indiferente a quienes se oponían, las propuestas del Presidente se convirtieron en Ley. Estos hechos desembocaron en el primer Paro Económico al que tuvo que enfrentarse el gobierno chavista, el 10 de diciembre de 2001.

Ya empezaba a sentirse el descontento de una parte importante de la población civil hacia las políticas oficialistas.  Se decía, en algunos medios, que la popularidad de Chávez estaba disminuyendo, a lo cual el presidente respondía con sendas manifestaciones públicas de oficialistas, preguntando ¿dónde están mis opositores?  La oposición, que no son sólo los políticos y los empresarios que aparecen en los programas de opinión, se regodeaba repitiendo que Chávez estaba perdiendo adeptos.  En el periodo que va desde el año 1999 al año 2002, los símbolos patrios fueron secuestrados por el oficialismo.  La bandera y el himno nacional eran asociados a Chávez. No existía una oposición organizada, los partidos políticos tradicionales habían perdido todo el liderazgo que ganaron durante 40 años de democracia, los estudiantes universitarios –que siempre han constituido un sector ideológico importante en la política- estaban aislados y callados.  Fue entonces cuando los empresarios asumieron un rol protagónico en la vida política nacional.  Por primera vez, y ante el desconcierto mundial, la máxima cúpula empresarial (Fedecámaras) y la principal central de trabajadores (CTV), se unieron en contra de las políticas del gobierno.

En el periodo comprendido entre la toma de poder, en febrero de 1999, y el primer paro cívico, en diciembre de 2001, los excesos del presidente fueron cada vez mayores.  Apenas asumió la presidencia, Chávez anunció la convocatoria para la creación de una Asamblea Constituyente, para lo cual debía dar un primer paso: consultarle al pueblo si querían o no reformar la constitución, es decir, realizar un referendo consultivo.  Luego vendrían las elecciones de los constituyentistas, después otro referendo para aprobar o no la nueva constitución y luego, nuevas elecciones generales.

El día que debía ser aprobada la “bicha”, nombre cariñoso que le dio el Jefe de Estado a la nueva constitución, el Estado Vargas sufrió el peor desastre natural que haya visto Venezuela en su historia.  La lluvia dejó prácticamente destrozado el estado costero, se registraron más de 20 mil muertos y millonarias pérdidas materiales.  Valga decir que el presidente, el día anterior, quiso hacer una gracia repitiendo las palabras de Simón Bolívar y exclamó “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella”.  La naturaleza se opuso y se llevó la vida de decenas de miles de venezolanos, pero ganó la constitución chavista, así que para el gobierno el asunto no fue tan grave.

Los militares fueron sacados de los cuarteles a las calles… a barrerlas, a vender verduras y hortalizas en mercados populares, a limpiar inodoros en escuelas.  A eso se le llamó Plan Cívico-Militar Bolívar 2000.  Los generales permitieron que sus tropas fueran utilizadas para estas tareas. La sociedad civil también, aunque algunos lo cuestionaron ¿de qué servía la crítica?  Aparentemente era inútil, pero poco a poco cada pronunciamiento iba haciendo mella en la percepción de los planes presidenciales.

Chávez se codeó y fotografió con todos los jefes de estado y grupos subversivos considerados dictadores o terroristas por las democracias internacionales.  Ya en el año 2000 empezaba a jugar con fuego, a poner en riesgo las relaciones con los socios comerciales de Venezuela.  Como no hubo nadie que lo hiciera, Chávez capitalizó el resentimiento de la izquierda internacional, de los antigringos, de todos los resentidos que odian el capitalismo de forma visceral.  Chávez se convirtió en el vocero de quienes ven en los Estados Unidos de América al mismísimo diablo.

Desde su arribo al poder, el presidente venezolano le tuvo ganas a la principal empresa petrolera venezolana, PDVSA.  Nunca ocultó su desprecio hacia la burguesía, fuera esta venezolana o colombiana, y amenazó con cambiar las relaciones de poder en el país. Justificó el robo, dio luz verde a las invasiones de tierras, prometió luchar contra el latifundio y acabar con el flagelo de los niños de la calle.

Pero nada de esto, ni siquiera el regalo de 53 mil barriles de petróleo diario a Cuba hacía reaccionar a los venezolanos como grupo social, como Sociedad Civil organizada.  Sí, había un descontento generalizado, porque los pobres se dieron cuenta de que seguían siendo pobres, los llamados niños de la patria seguían padeciendo hambre y frío en las calles, los soldados seguían vendiendo papa en los mercados callejeros instalados por el gobierno.  La Asamblea Nacional debatía si el 4 de febrero debía o no ser considerada fecha patria.  Se aprobó, pese a los duros cuestionamientos, la reforma al Código Orgánico Procesal Penal.  Vale decir que este nuevo instrumento legal fue rechazado tanto por famosos abogados oligarcas de trajes Hugo Boss, como por los presos de las cárceles venezolanas.  Los pobres parecían estar considerando la posibilidad de que Chávez no les iba a dar una casa, como les había prometido; los afectados por el deslave de Vargas llevaban casi dos años esperando ser reubicados y muchos, cansados de la espera, volvieron a sus antiguos hogares en ruinas.

Chávez dejó de ser ese Mesías que esperaban los venezolanos.  Casi tres años tardaron en darse cuenta que con discursos graciosos no se come ni se levanta la economía de un país. Comenzaron a escucharse las quejas generalizadas y las solicitudes por parte de algunos sectores, como la Iglesia, que pedían a gritos rectificación.  El país se venía abajo y los chavistas argumentaban “es que no lo han dejado gobernar”.

A partir de diciembre de 2001 la polarización política creció como un furúnculo en la piel del país, que explotó en abril del año 2002.  Apenas cinco meses bastaron para trastocar y transformar la historia de Venezuela.

La petición era simple y justa: Presidente, rectifique.  Pero, en lugar de rectificación, lo que se produjo fue una profundización del proceso revolucionario, lo mismo que ha sucedido cada vez que el presidente está en aprietos.

La radicalización del sector oficialista hizo que finalmente la gente reaccionara y saliera a manifestar su descontento con el régimen. Hubo marchas opositoras y oficialistas el 23 de enero de 2002.  El 4 de febrero, día que el golpista celebraba un aniversario más de su fallida intentona, los opositores salieron a las calles vestidos de negro, guardando el luto que para la nación debe significar esa fecha. Luego, el mandatario continuó su arremetida contra PDVSA y todo desencadenó en el paro de abril, que comenzó el 8 y terminó en la sangrienta masacre de la marcha opositora por parte del gobierno y sus grupos armados.  La oposición se organizó en torno a la Coordinadora Democrática, donde figuraban agrupaciones de la sociedad civil, los partidos políticos, la cúpula empresarial, la central de trabajadores y los petroleros.

No obstante la demostración de coraje de la sociedad civil, hay que destacar un hecho importantísimo que caracteriza al venezolano feo, que se destacó en esos días de agitación política y que continúa evidenciándose en los días actuales.

En febrero de 2002, un coronel de la aviación de nombre Pedro Soto irrumpió en un acto civil –creo que era un acto de celebración del día del periodista- y se robó el show al manifestar ante los medios de comunicación su descontento con el gobierno de Chávez, pide su renuncia y la celebración inmediata de elecciones.  El coronel se adjudica el sentimiento del 70% de la Fuerza Armada y todo el país, emocionado, aclama la valentía del señor.  Luego, otros militares, como Molina Tamayo y Néstor González, se suman a Soto y repudian públicamente el accionar del presidente.

El caso de Soto es, en particular, de sumo interés para el objetivo de este libro, porque demuestra cuán ingenuo e inmaduro sigue siendo el pueblo venezolano.  El coronel se convirtió en la vedette de los medios de comunicación, aparecía en cuanto programa de opinión salía en radio y televisión, estaba en todos los periódicos y ¿adivinan? ¡La gente decía que ése era el próximo Presidente de la República! Ante el planteamiento que algunos hacíamos acerca de los paralelismos entre los personajes enfrentados, acerca de lo peligroso que sería un nuevo militar en el poder, la masa respondía “nada puede ser peor que Chávez”. Pero resulta que lo mismo dijeron con Carlos Andrés Pérez, con Rafael Caldera… y resultó que cada uno de los siguientes fue peor que el presidente cuestionado.  Al venezolano feo no le importaba quién era el Mesías, lo que le importaba era que había aparecido un sujeto con pinta de poder acabar con el problema.

Después de los hechos sangrientos del 11 de abril, volvió a salir a relucir el venezolano feo, el Chávez que todos llevamos por dentro.

El venezolano no sabe manejar las emociones, pasa de tragárselas a las explosiones de violencia.  Entonces, luego de haber ganado una batalla tan decisiva, muchos manifestantes decidieron tomar la justicia por sus propias manos y tomar venganza contra la Embajada de Cuba, buscar a los chavistas pesados y cobrarles el sufrimiento que le habían propinado al pueblo durante tres años.  La rabia no permitió que la masa pensara y actuara en concordancia con las necesidades del momento.  Un error de adolescentes, ojo por ojo, violencia se cobra con violencia.

Al día siguiente, el nuevo gobierno provisional logra lo imposible.  Después que un General de tres soles, Lucas Rincón, fiel hasta la médula a Chávez, dijo en cadena nacional “se le solicitó la renuncia, la cual aceptó”, lo que venía era una bobería.  Pero no fue así, lo arruinaron leyendo un decreto que hizo parecer un vacío de poder a un golpe de Estado.  En el decreto emitido por el nuevo gobierno provisional destacan la disolución de la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y la Fiscalía General; se elimina la palabra “Bolivariana” del nombre de la República de Venezuela, entre otros.  La gente aplaudía feliz… lo reconozco, Yo también.  Era esa felicidad acompañada de miedo, era como un sueño etílico, del que se sabe que va a dejar resaca.

Yo he fantaseado varias veces con las posibilidades de lo que pudo ocurrir ese día 12 de abril.  Yo me imagino que, después de redactar el decreto que de verdad debía leerse, los abogaditos que estaban allí se pusieron a joder escribiendo lo que en verdad les gustaría hacer y, por error, se traspapeló el documento original y terminaron leyendo el que no era.  Es inexplicable que, habiendo constitucionalistas allí, gente preparada y culta, hayan hecho lo que hicieron.  Pero también es muy probable que el Chávez que está en el corazón y la cabeza de cada venezolano, haya hecho que la ambición privara sobre la lógica.  El resto de la historia es harto conocida, el retorno del monstruo –más cínico y violento que nunca- y el nuevo ciclo de letargos y explosiones de la oposición.

Ya es suficiente historia, ya está aclarado el panorama para retornar a lo que realmente importa ¿por qué seguimos jodidos como país?  Después de todo lo que se logró ¿por qué estamos en el mismo charco de estiércol? ¿En qué momento comenzó la caída vertiginosa?

Creo que nadie que haya vivido en Venezuela en esos meses que siguieron a abril de 2002 podrá olvidar aquella cancioncita empalagosa cuyo coro decía “Y decimos no a la violencia/ y decimos no a la mezquindad/ es un canto por la vida/ es un canto por la libertad”.  La primera vez que se escuchó esa canción, todavía con las calles del Centro de Caracas oliendo a sangre, uno sentía el nudo en la garganta, la canción tocaba a todos la fibra sensible.  Pero llegó un punto, como todo, que se puso fastidiosa.  En todas las emisoras de radio, en todas las marchas de la oposición que siguieron produciéndose en los meses siguientes, en los comerciales de televisión, en todas partes se oía.

Aquellos que no manifestaban preferencias ni por el Gobierno ni por la Oposición preguntaban si la Coordinadora Democrática pensaba sacar a Chávez “ladillándolo con la cancioncita”.  No recuerdo si fue a partir de esos días que comenzó la moda de amenizar las marchas con toda clase de música. Se perdió la seriedad de las manifestaciones políticas y se convirtieron en puntos de encuentro social.

Asumo, lastimosamente, que a pesar del tiempo transcurrido todavía no existe, y quizá nunca podrá existir, un acuerdo general acerca del papel de la Coordinadora Democrática en la lucha de la oposición venezolana. Desde mi punto de vista, después de su formación, la gente le dejó toda la responsabilidad política a este grupo. El pueblo, los opositores, hacían lo que ellos dijeran que debía hacerse, asentían a cualquier pronunciamiento de la Coordinadora, asumían que la opinión de los miembros de la Coordinadora era la opinión de la oposición y punto.  Todo aquel que opinara distinto era señalado de chavista infiltrado.  La renuncia del pensamiento propio a cambio de la unidad.  Porque, para ese entonces, se pensaba que la razón por la cual no se había logrado salir de Chávez era por la falta de unidad en la oposición.  Hoy que usted está leyendo este libro sabe que no hemos logrado salir de Chávez porque forma parte de nuestro inconsciente individual y colectivo, por eso es importante que a partir de ahora estemos bien conscientes y lo saquemos de adentro para poder sacarlo de Miraflores.

Retomando el punto, el venezolano feo se relajó y, cual borrego, fue a donde le dijeron que fuera, gritó las consignas que le dijeron que gritara, aplaudió a todo el que se paraba en la tarima preparada para los discursos postmarcha y opinó lo que los líderes opinaban.

El venezolano feo no se reúne a discutir con sus allegados sobre lo que pueden hacer para contribuir con el cambio, espera que el líder le diga qué hacer, en qué puede contribuir y se limita a hacer lo que mejor sabe hacer: seguir la tendencia.  Si hace falta llevarles cafecito a los militares de la Plaza Altamira, allá irán las señoras de la oposición con el café y una tortita de zanahoria que hornearon a mediodía.  Si vivo en Prados del Este y me llaman para una concentración en Santa Fe, me voy para allá con mi pito y mi bandera a trancar la autopista y a aprovecho para encontrarme con mis amigos de la zona, que también son venezolanos feos, sólo que en vez de hablar malandreado, hablan mandibuleado.

EL VENEZOLANO FEO. Segunda edición ampliada. 2011.