– ¿Está ocupado? –Le preguntó.
– No, pero voy a fumar, así que si te molesta el cigarrillo mejor siéntate en otra parte.
 
Era él, su novio imaginario. Pero esa tarde no tenía ganas de hablar con nadie. Así que por un momento sintió que era el peor minuto para conocer a ese hombre con el que había fantaseado durante tantos años, aunque, por otra parte, era tanto el hastío que llevaba a cuestas que, justamente esa tarde, le era absolutamente indiferente su presencia.
 
– ¿Qué obra es esta? –le preguntó
– No estoy segura, creo que es la octava sinfonía de Beethoven –le respondió.
– No –respondió al cabo de unos segundos- no es la octava.
– ¿No?
– Es Beethoven, sí, pero no es la octava. ¿Tienes el programa del concierto?
– No, llegué hace poco. –le dijo sin siquiera mirarlo y encendió un cigarrillo- ¿El tercer movimiento de la primera?
– Suena a tercer o cuarto movimiento…
– ¡A cuarto no! Suena a tercero.
– Bueno, no sé, lo que sé es que no es ni el primero ni es el adagio. Pero como que sí es la primera sinfonía.
– Sí ¿verdad?
– Sí –respondió con una sonrisa.
 
Callaron. Era, efectivamente, un tercer movimiento. Comenzó el cuarto movimiento y se miraron, sonrieron y continuaron escuchando en silencio hasta el final, cuando los últimos acordes desbordan las venas y los aplausos se confunden con los latidos del corazón.
 
Al terminar, el presentador corroboró sus sospechas “Acabamos de escuchar la Primera Sinfonía de Ludwing Van Beethoven”. Chocaron manos en señal de triunfo y comenzó a sonar nueva música.
 
– Esta sí es verdad que no sé qué es –dijo ella.
– Yo tampoco –le respondió- No es Beethoven, definitivamente. Ni Mozart, ni Bach, ni Haendel…
– No es alemán, ni italiano –le interrumpió inconscientemente- ni Francés… ¡Esta vaina es de un ruso! Sí señor, es un ruso, no me cabe la menor duda – aseguró.
– Sí –se rió- suena súper ruso.
– Ruso post revolución.
– A mí no me gustan los rusos… sólo Tchaikovski… no me gusta esta sinfonía. Sí, debe ser un ruso post revolución.
 
Comenzó el adagio y volvieron a intercambiar miradas y sonrisas.
Era lindo. La música, la plaza, la brisa fría… la puesta en escena de una ilusión que llevaba años gestándose en el imaginario de cada uno. Ella quiso recostar su cabeza sobre el hombro de él para provocar un abrazo, pero le dio miedo… más que la posibilidad de rechazo, temía la posibilidad de ser correspondida.
Escucharon los cuatro movimientos casi en completo silencio. De vez en cuando interrumpían para decir “demasiado ruso”.
 
Al terminar la obra, el presentador confirmó sus sospechas: Schostakovich. Ya sabían que era ruso, sólo faltaba confirmar la época. Él sacó su teléfono, buscaron en Google y celebraron que, efectivamente, su obra era post revolución bolchevique. Celebraron su acierto como quien celebra un gol al minuto 90 en una final del Mundial de fútbol.
 
– ¿Quieres ir por una copa de vino? –preguntó él, tímidamente.
– Me gustaría…
– ¿Pero? –interrumpió.
– No sé… te confieso que no sé exactamente hace cuánto comencé a fantasear contigo –declaraba ella- y en mi fantasía eres perfecto… quiero dejarte ahí, porque si llego a acercarme un poco más… me vas a hacer volar y luego, inevitablemente, me vas a dejar caer y yo ya no me levanto con la misma facilidad de antes.
 
Yo soy un cíclope, y no cualquier cíclope, soy como un cíclope ciego, el doble de torpeza. Y tú… un minotauro. A veces pienso que cargas demasiadas heridas a cuestas y, el problema con las heridas es que impulsan a herir al que no sabe sanar.
– Quizás –le respondió sin mirarla- ¿Y crees que puedes vivir sin lastimarte?
– No, pero… ok, a veces quisiera intentarlo, aunque sé que no es posible. Pero hay caídas tan ridículas que es absurdo no evitarlas. A ver… tú eres un fauno y yo sátiro. Somos dos criaturas mitológicas que no quedan bien en la misma historia, en el mismo cuadro… en la misma cama. Nos vamos a hacer daño. Somos torpes y fuertes; somos egoístas y egocéntricos. ¡Tanto ego no cabe en una sola cama!
– La gente cambia… podemos cambiarnos el uno al otro.
– No, la gente no cambia. Y yo no estoy para andar reparado a nadie, ni quiero que nadie me repare a mí. ¡Estamos rotos! ¿De verdad crees que podría cambiarte? ¿Tú cambiarías por mí? Porque yo no cambiaría por ti… ni por nadie.
– No, yo tampoco. Y la verdad es que sólo quería pasar el rato –admitió con una sonrisa franca- así que supongo que nos seguiremos viendo por ahí… y tal vez un día un cíclope y un minotauro se encuentren desnudos y se confiesen sus fealdades. Y tal vez el minotauro le diga al cíclope que su único ojo, además de ciego, es feo y el cíclope se ría y se burle de las piernas flacas del minotauro. Tal vez un día se den cuenta que pueden mirar juntos una puesta de sol y vivir un minuto extra sin soñar más de la cuenta. Pero dejemos que el tiempo y la casualidad jueguen su partida.
 
Se levantó y se fue alejando sin dejarle articular una respuesta.
 
Ella aún sueña con esa puesta de sol. Y cada vez que ve al minotauro de las piernas flacas, el cielo se le pinta de naranja.
 
Cuentos Pedrocianos. 2018.