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Oct
22
2017

Cuando un princeso deja a una princesa.

XXX. Cuando un princeso deja a una princesa.
 
Si hay una conversación que yo, al igual que todos los hombres del mundo, procuro evitar a toda costa, es la referente al destino de la relación. Pero por alguna razón a las mujeres les encanta el tema. Suele suceder que, sin importar la cantidad de experiencia que parezcan haber acumulado en relaciones anteriores, las mujeres disfrutan acorralando al hombre con preguntas que ellas mismas podrían responderse con la evidencia empírica que les da la relación. ¿Qué soy yo para ti? ¿a dónde va lo nuestro? ¿qué sientes tú por mí? Y lo peor no es que hagan el interrogatorio, sino que –además- advierten que quieren la verdad…
 
Si uno le dijera a cada mujer con la que sale esa supuestamente ansiada verdad, la respuesta lógica sería otra pregunta: ¿Qué crees tú? Pero no, ellas no quieren la verdad y uno lo sabe. Las respuestas, entonces, dependen de qué tan bueno sea el sexo o de qué tan cómoda pueda ser la relación para el momento determinado que uno esté viviendo.
 
Las mujeres viven diciendo que los hombres no las escuchan. En realidad ellas tampoco lo escuchan a uno y nunca he conocido a un hombre que se queje por eso. Ellas creen que nos escuchan, pero en realidad sólo oyen lo que les conviene para sacarlo en alguna futura discusión y jugar a las empáticas, las que saben exactamente qué es lo que uno necesita para ser feliz (que, por supuesto, no es nada diferente a ellas mismas). Las mujeres son tan arrogantes que están convencidas de que comprenden todo lo que uno siente. Se creen capaces de analizar cualquier problema que uno pueda tener y, además, se creen en la capacidad de dar consejos que uno nunca pide y que se ve obligado a escuchar con cara de interesado, porque de lo contrario se arrechan. Quieren que uno las haga felices y, además, suponen que uno quiere que ellas lo hagan feliz. Yo no quiero que ninguna mujer me haga feliz. Estoy plenamente convencido que ninguna mujer está en la capacidad de hacerme feliz. Lo único que espero en una mujer es que no me joda. Y así como yo, todos los hombres que conozco esperan lo mismo, sueñan lo mismo, anhelan lo mismo… pero eso parece tan inalcanzable para un hombre como esa supuesta felicidad lo es para la mujer.
 
María Consuelo sueña con hacerme feliz. Trata de hacerme hablar de mis asuntos de trabajo con ella. Quiere que le hable de mis cuestiones familiares, quiere ser parte de la familia Mendoza, quieres ser la nuera, la cuñada, la madrastra y la futura madre. Ella espera que le cuente cualquier cosa que parezca que “viene de adentro”. Quiere que hablemos de política, del futuro del país, de mis planes para el futuro. En realidad, lo que ella hace es lo mismo que hacen todas las mujeres. Como uno es incapaz de decirle frente a frente que la relación no va para ninguna parte, que ella no significa nada verdaderamente importante para uno, que lo que sostiene la relación es que ella es lo más cómodo que uno puede tener en ese momento… trata de jugar al detective, con la esperanza de atar cabos y llegar a la verdad.
 
Pero aunque llegara a la verdad, aunque la intención de una mujer fuera tener alguna verdad, ella misma va a buscar todas las posibles razones que la excusen por seguir en una relación sin futuro. Porque las mujeres no lo excusan a uno, de eso me di cuenta antes de llegar a los treinta. Yo pensaba, al igual que todos los hombres ingenuos del mundo, que las mujeres trataban de defender a su pareja cuando las amigas atacaban la relación; pero no es así, en realidad ellas se defienden a sí mismas porque saben muy bien donde están paradas y, como no les gusta pero eventualmente les es tan cómodo como a uno, prefieren inventarle virtudes al hombre que representa el papelón de príncipe azul.
 
Lo mismo hace uno, no nos digamos mentiras. No pocas han sido las veces que he visto a amigos metidos de cabeza en relaciones enfermizas y buscan cualquier argumento, por muy irracional que parezca, para convencerse -más a sí mismo que a los demás- que la cosa no es tan mala como parece… yo también he metido la pata, y al igual que todos los pendejos del mundo que no admiten que están con alguien por cualquier cosa menos la verdad, invento razones para no tener que ahondar sobre mi vida privada con nadie. La diferencia es que los hombres no nos metemos en la vida privada de los amigos, ni andamos pidiendo consejos ni llorándole a los panas porque no entendemos las señales de la tipa, mientras que en el caso de las mujeres… ¡Ese es el sello característico de la combinación cromosómica XX!
 
El jueves estaba agendada una cena de cumpleaños en casa de uno de los amigos de María Consuelo. Pasé por ella alrededor de las ocho de la noche. Saludé a la mamá, al papá y a los hermanos. Me tomé una copa de vino con la familia de mi noviecita, mientras ella se terminaba de arreglar. Perdí cuarenta valiosos minutos de mi vida hablando de política con sus padres, hasta que por fin estuvo lista. Salimos y no pude evitar notar la cara de amargura que cargaba. Yo tenía planeado pasar por mi casa, tener sexo y luego ir a casa de sus estúpidos amigos, pero por la cara que tenía… creo que ella no tenía el sexo entre sus planes.
 
A pesar de que llevo meses esperando el momento de terminar con ella, me fastidiaba tener la conversación esa noche. Iba a pasar, tarde o temprano, y yo lo sabía. Pero esa noche yo lo que quería era sexo. Ni siquiera sé bien por qué. No he tenido mejor sexo que Caterina Ivanova, aunque admito que no me agrada mucho esa sensación de que ella es lo máximo… estoy demasiado enganchado con ella y a veces me preocupa. Y, por otra parte, no puedo dejar de admitir que María Consuelo está demasiado buena… y está ahí, con una faldita mínima y una franelita de tiritas que le hace lucir los cocos divinos y tiene los pezones parados. Me la quiero coger, aunque sólo sea sexo de despedida.
 
Esa es otra cosa que me molesta de las mujeres. Cuando quieren tener esa conversación súper determinante para el destino de la relación, se visten más provocativas que nunca. Algo así como para advertirle a uno que si la relación termina no va a poder poner las manos sobre ese cuerpito, como para que uno lo piense… y se ha determinado que el pene erecto exige tanta sangre que el corazón no logra bombearla al cerebro. No siempre, es verdad, pero sí ocurre y muy seguido… y me estaba pasando. Por lo tanto, me hice el loco, como si la cara de circunstancia no fuera conmigo.
La táctica me funcionó por media hora, justo lo que me tomó llegar de La Lagunita a Altamira. A nueve transversales de la casa de sus amigos, me soltó la frase “gordo… necesito que hablemos”. Mantuve mi posición inicial: La vaina no es conmigo.
 
– Claro mi vida –le dije sonriente y le pasé la mano por la pierna- dime.
– Gordo –me dijo sin mirarme, con la voz entrecortada- yo no sé… gordo… coño gordo, ya tenemos casi un año y yo no sé, gordo no sé dónde estoy parada contigo… gordo no sé, no sé para donde va esto, no sé qué soy yo para ti… coño Adriano…
– Ya flaquita –le dije como si me hubiese conmovido- no te pongas así… vamos a hablar, pero no aquí ¿verdad? Mejor vamos al apartamento y hablamos allá tranquilitos. Ven acá flaquita.
 
La abracé y cambié de dirección. Nuevo destino: mi apartamento. Hay dos alternativas entre las que uno debe escoger a la hora de terminar una relación: en un sitio público o en uno privado. La ventaja del primero es que puede inhibir a la mujer de hacer un espectáculo; pero, en caso de que decida hacerlo, es mejor la segunda alternativa. Como no sé cuánto ridículo esté dispuesta a hacer, prefiero llevarme a María Consuelo al apartamento… y tal vez hasta tenga sexo de despedida.
 
– A ver flaquita –le dije tomándole ambas manos- ¿qué pasó?
– Es que –respondió esquivándome la mirada- lo que te dije gordo, yo… a dónde vamos ¿sabes? O sea, yo veo que pasa y pasa el tiempo y… o sea gordo ¿dime qué soy yo para ti? Porque, o sea, yo a veces… ¿sabes? yo siento que yo para ti sólo soy la carajita boba que está hiperenamorada y tú… o sea gordo, coño, dime tú.
– ¿Qué quieres que te diga bobita? –le dije haciéndome el pendejo, sentándome en el sofá
– ¡Eso gordo! –me respondió como obstinada- O sea, yo quiero saber qué sientes tú por mí.
– María Consuelo… tú sabes que yo te quiero… y te quiero mucho, pero no siempre te lo puedo demostrar como quisiera. No por mí, porque por mí… por mí me la pasaría viajando contigo, saliendo, pasándola rico, pero yo tengo demasiado trabajo y tú sabes como es eso.
– ¡Gordo pero yo también tengo burda de trabajo y siempre estoy dispuesta a dejar todo si tú me llamas! –exclamó en un arranque de malcriadez- Y si es de cancelar planes con quien sea porque tú me llamas a última hora para vernos, porque a veces tú me dices que no nos vamos a ver y de repente me llamas y yo… gordo, yo dejo a quien sea, donde sea, pero yo voy contigo… o sea, por qué tú… o sea Adriano… gordo… yo lo único que quiero es que tú… o sea, si de verdad sientes algo por mí, demuéstramelo –terminó de decir con las manos en el pecho y las lágrimas a punto de desbordarse.
– Tienes razón… ¡Tienes razón! ¿Qué te puedo decir?
– Amore –me interrumpió aliviada- ¿ves? Eso es…
– No María Consuelo –le dije con los codos apoyados en las rodillas y las manos en los ojos- Es que no es justo para ti… yo te estoy exigiendo demasiado y tú no mereces esto gorda…
– ¡No amore! –me dijo alterada, sentándose a mi lado y abrazándome- O sea, yo no quiero que te sientas mal… o sea, no vayas a sentir que te estoy presionando ni nada gordo.
– María Consuelo –continué, le puse ambas manos en la cara y la miré- tú eres una mujer maravillosa. Eres bellísima, inteligente, divertida… estás en tus mejores años… cualquier tipo se moriría por estar contigo… pero yo… coño flaquita yo, en este momento de mi vida, estoy demasiado complicado con demasiadas cosas que me consumen todo el tiempo…
– ¡Gordo pero…!
– No es justo para ti… coño yo te estoy… tú deberías estar saliendo, rumbeando, viajando y…te estás privando de demasiadas cosas por estar conmigo. Porque…
– ¡Pero amore! –insistió- O sea, yo igualito salgo con mis amigos… o sea, yo sé que tú estás full y yo te entiendo gordo… y no hay rollo porque… o sea yo te amo ¿sabes? Y cuando uno ama a alguien…
– Pero no es justo para ti flaquita –le dije mirándola con la cara más triste que pude poner- No es justo que yo te esté robando los mejores años de tu vida, es egoísta y yo te quiero demasiado como para hacerte eso.
– ¡No gordo! –me dijo llorando- No es así.
– Sí es así María Consuelo. Es así. Tú te mereces un hombre que te dedique todo el tiempo, que te de lo que tú te mereces… no un viejo como yo que… coño, que anda todo el tiempo con un asunto pendiente, que lo único que hace es trabajar y… este año es demasiado difícil. Estamos en año electoral y tú sabes como es esto. ¡No te pongas así flaquita! ¡Coño!
 
Comenzó a hablar de todas las ilusiones que había puesto en mí, de lo feliz que yo la hacía, que yo era lo mejor que le había pasado en la vida. Yo dije que ella también era lo mejor que me había pasado en la vida y que por eso no podía seguir haciéndole daño y cualquier otra sarta de idioteces que se me fueron ocurriendo en el momento. Sonó mi celular y era Caterina Ivanova. No lo atendí y le dije a María Consuelo que ahí estaba otra demostración de que yo no tenía ni un segundo libre, que me estaba llamando uno de mis socios. Siguió llorando. En cuestión de minutos pasé de ser lo mejor que le ha dado la vida a lo peor. Me dijo que cuando uno ama a alguien saca tiempo de donde sea para demostrar su amor, que yo no la amaba, que no sentía nada por ella, ni siquiera respeto. Me echó en cara todas las veces que se había quedado esperando que la llamara para salir un fin de semana, de los momentos que se sintió fea por mi culpa, de las tantas y tantas lágrimas que había derramado esperando un detalle de amor… la escuché, o al menos puse cara de que la estaba escuchando, pero en realidad estaba pensando en la loca… ¿qué querría?
 
Después de que me acribilló con todo lo que tenía, pasó a la fase de culparse, y culpar a las amigas envidiosas, del fracaso de la relación. Insistió que de no ser por andar de estúpida escuchando a Tamy y a Gaby, todo seguiría bien, porque según María Consuelo, antes de que ellas la envenenaran, nuestra relación iba bien. Pero por culpa de las amigas, dada la cercanía de la boda de otra amiga, comenzó a sentir la necesidad de definir si nos íbamos a casar o no. Es decir, yo casi no le paro bolas, pero si me caso con ella –aunque siga sin tener tiempo para dedicarle a relación- todo está bien.
 
– No es tu culpa flaquita –le dije acariciándole el pelo- No es culpa de nadie o, si quieres, es culpa del tiempo.
– Adriano –me dijo secándose las lágrimas y mirándome a los ojos- dime la verdad… coño gordo ¿hay otra mujer?
– ¡María Consuelo! – exclamé después de echar la cabeza hacia atrás para luego mirarla a los ojos- Entre la oficina, los nuevos negocios, mis hijos, mi familia ¿de dónde voy a sacar tiempo para tener otra mujer si ni siquiera te puedo dedicar a ti todo el tiempo que quisiera? Dime… ¿de dónde?
– Es que no sé gordo… porque tú… no sé, andas como raro últimamente.
– Más estresado que de costumbre, eso es lo raro que ando… y de verdad me ofende que tú estés pensando esa vaina. Tú me conoces. Tú sabes muy bien cómo soy yo, porque te consta que yo no soy hombre de andar con dos mujeres.
– ¡Coño yo sé gordo!… pero… no sé, no sé. Me siento demasiado mal.
– Lávate la cara gorda –le dije dándole un pequeño beso- no vayas a llegar así a tu casa. Cálmate y te llevo ¿está bien?
 
María Consuelo me había coqueteado desde que cumplió veinte años. Nunca le presté mayor atención porque me parecía demasiado infantil. Cinco años más tarde, cuando empezamos a salir, le dije que ella siempre me había gustado pero estaba casado y yo, Adriano Mendoza, soy un hombre fiel. Ahora, para mantener mi pulcra imagen ante el mundo, tendré que arreglármelas para verme con Caterina Ivanova con más discreción. Estoy seguro que María Consuelo y sus amigas me van a seguir por toda Caracas para ver si estoy saliendo con alguien. O tal vez me compre otro carro…
 
Al dejarla en la puerta de su casa, le insistí que dejáramos pasar unos meses antes de volver a hablar, porque yo todavía no estaba preparado para ser su amigo y, sin duda, verla o escucharla me iba a hacer caer en la tentación y luego, al cabo de un tiempo, íbamos a atravesar por lo mismo de esta noche. Me mostré dolido, afectado, triste. Ella se sintió bien de verme así, esa era la prueba que ella necesitaba de que sí la quería. Por fortuna no tuve que usar la línea “lo que pasa es que yo te quiero, pero no te amo”. Aunque tiene un efecto devastador, es muy ruda y no siempre es efectiva.
 
Por los momentos no pienso decirle a la loca que terminé con mi noviecita. Es mejor que ella siga creyendo que hay otra mujer en mi vida, que no vaya a pensar que yo terminé con María Consuelo por ella… porque no fue por ella. Yo terminé con María Consuelo porque estaba aburrido de la relación, no por Caterina Ivanova. Mañana voy a verla… pero si me llamó casi a las once de la noche tal vez es algo importante.
 
– Hola loquita, disculpa la hora –la saludé casi susurrado- ¿Te desperté?
– Tranquilo princeso, estaba despierta… ¿todo bien? –me preguntó extrañada
– Sí… bueno, te estoy devolviendo la llamada porque no te pude atender cuando me llamaste y no sabía si era importante o querías hablar.
– ¿Te llamé?
– Sí loca, como a las once
– ¡Vergación! Yo debo estar más loca de lo que creía, porque que yo sepa no te he llamado.
– Debes estar bien loca, porque me llamaste. Revisa en tu celular. Revisa las llamadas que hiciste loca, ahí está mi número.
– ¡Coño, pues sí! –exclamó- Debe ser que esta vaina se marcó sola… que ladilla, con razón no me dura el saldo. Y como tú eres el primer nombre…
– Ah, bueno… yo pensaba que… dame un segundo que tengo otra llamada ¿nos vemos mañana?
– Sí princeso, como siempre.
 
En realidad no tenía ninguna llamada, pero esa indiferencia con la que ella me trata a veces, de verdad me irrita. No debería importarme, nunca me han importado esas cosas, pero… no, sí me importan, siempre me ha importado, pero siempre he tenido a mi lado mujeres que se desviven por colmarme de detalles y gestos. Siempre he salido con mujeres que, a estas alturas de la relación, me demuestran que cada detalle que yo tengo con ellas es importante. Y ahora resulta que ando con una mujer de treinta y cinco años, que no es precisamente una modelo, que dista mucho de tener la gracia de una princesa y que además es impresentable, que se da el lujo de hacerse la indiferente cuando la llamo a la una de la madrugada para ver qué era lo que quería cuando me llamó. Tal vez se molestó porque no la atendí y presumió que estaba con María Consuelo y esta es su venganza.
 
María Consuelo podrá estar buenísima y ser buena cama… pero yo prefiero estar con la loca. Me gusta estar con ella, hablar con ella, pasar tiempo junto… Y en la cama es genial. Es como una sinfonía de Beethoven, intensa, arrolladora, fuerte, con unos toques de ternura que bien podrían ser un adagio. No se calla nada, ni siquiera en la cama. A veces dirige demasiado, pero está bien, estoy dispuesto a que me dirija si es por el bien del orgasmo. Me gusta cuando me explica qué me hace y por qué me lo hace. Se me pega a la espalda, me abraza con las piernas y me susurra al oído lo que quiere hacerme. Yo me dejo. Me gusta dejarme con ella. Ella es tan libre en la cama como en la vida. No anda con rodeos, no espera que los demás traten de adivinar lo que quiere. Ella lo dice y punto. No le importa estar desnuda después del sexo, a pesar de su celulitis, de ese cauchito y del conato de barriga. Sabe que no tiene el cuerpo de una modelo de calendario, pero no le importa mostrarlo, porque se siente bien con su cuerpo. Eso me parece excitante. Y es así con su cuerpo, como lo es con sus ideas. Ella es tan libre en la cama como en una discusión política. Se la pasa desnuda, a pesar de que sus ideas puedan tener defectos.
 
 
Al día siguiente nos vimos en Café Olé. Estaba excepcionalmente linda esa mañana. Llevaba el cabello totalmente liso, una camisa blanca de manga larga, una falda negra que apenas le pasaba de la rodilla, zapatos de tacón negros y un suéter negro amarrado al cuello. Por primera vez la vi con los labios pintados de rojo y con sombra en los ojos. Realmente se veía preciosa. Me contó que iba a conocer a un editor chileno y quería causar buena impresión. Yo no podía quitar de mi mente la idea de seguirla al baño, subirle la falda y hacerle el amor frente al espejo, como en su cuento conmigo. Ella se dio cuenta de que todos los pensamientos que me cruzaban por la cabeza tenían que ver con subirle la falda. Acordamos que pasaría por su casa en la noche y lo haríamos con la ropa puesta y, sobre todo, con los tacones puestos. Tengo mis reservas al respecto, una vez me clavaron los tacones en las nalgas, pero sigue siendo brutalmente atractiva una mujer sin ropa y con tacones.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE IX. CAPÍTULO XXX.