Y un día cualquiera, así, de la nada, los recuerdos cesan la huelga y salen a trabajar. Entonces se los ve en las esquinas de la conciencia, tomándose un café y fumando un cigarrillo mientras relatan las cosas que fueron y dejaron de ser.
Recuerdos… memorias de un pasado que de a ratos parece tan distante, tan ajeno, tan desconocido… como si hubiera sido una peli que alguna vez te hizo llorar y ahora la miras de nuevo y ni siquiera te hace moquear, pero notas que has cambiado tanto que te hace reflexionar.
Un día como hoy, hace seis años, estaba en una situación de mierda. No tenía dinero ni trabajo y tuve que irme a vivir con mi mamá. Ya era bastante difícil la convivencia, entonces se fracturó la clavícula izquierda y no podía hacer nada, ni siquiera tender su propia cama. Dependía de mí para comer, para quitarle el inmovilizador del brazo y bañarse, para arreglarle el cabello, para todo. Además, ninguna de las dos tenía dinero, así que me tocaba limpiar sola aquella casa de dos pisos, dos jardines, cuatro habitaciones y tres baños.
Yo, quien había tomado decisiones que me permitieran vivir con un mínimo razonable de responsabilidades, me veía forzada a vivir con mi mamá, después de diez años viviendo sola, y además a cuidarla. ¡Miserable de mí! –pensaba en aquellos tiempos. Solamente el trabajo de pensar qué preparar para comer, era demasiado complicado. Yo no tenía problemas en comer todos los días lo mismo, con tal y no perder el tiempo pensando en qué cocinar; pero mi mamá odiaba repetir comida.
Por fortuna alguien me frenó en medio de un monólogo de autocompasión y me hizo reflexionar sobre lo afortunada que era al no depender de nadie para vivir, para levantarme, para bañarme, para comer… y, adicionalmente, lo afortunada que era al poder retribuirle a mi mamá un poquito de todo lo que ella me había dado a mí a lo largo de mi vida. Eso me hizo cambiar la actitud con la que estaba viviendo ese momento de mi vida, y ha sido, quizás, una de las mejores cosas que me ha podido pasar, porque cuando supimos que esa fractura en la clavícula era producto de un cáncer terminal, podía estar tranquila sabiendo que había estado dándole lo mejor de mí a mi mamá, sin saber que era lo último que le podría dar. Y sí, lo mejor de mí no era gran cosa, era un amor tan pequeño, era una cosita casi risible, pero era lo mejor de mí.
Setenta y tres días pasaron desde que la dejaron hospitalizada hasta que murió. Setenta y tres días que cambiarían mi vida para siempre, porque en ese periodo descubrí que Yo era capaz de amar y era capaz de renunciar a mí misma, postergar mis necesidades y darle prioridad a la satisfacción de las necesidades de alguien más. A pesar del terror que me provocaba la idea de ser responsable de alguien, esos días pude hacerlo, y hacerlo con amor.
¡Pero el amor…! ¿Qué es eso de amar? ¿Se puede amar sin renunciar a uno mismo? ¿Se puede amar sin morir un poquito a sí mismo? Por primera vez Yo incluía, en la ecuación de mi vida, las necesidades de otra persona; y no sólo incorporaba esos requerimientos en mis prioridades, sino además fui capaz de ponerme en segundo plano. No me importaba dejar de dormir, no me importó perderme la Eurocopa, no me importaba hacer o dejar de hacer lo que fuera necesario con tal y verle una sonrisa, o por lo menos suavizarle el dolor.
Curiosamente, pese a lo doloroso del proceso, Yo nunca renegué de Dios. Dado mi carácter de mierda, esto se erige como un verdadero milagro. No culpé a nadie, no sentí culpa. Acepté que mi mamá se iba a morir y, cuando se murió, cuando exhaló su último aliento en mis brazos, sentí un deseo ferviente de honrar su memoria. Pues sí, seamos honestos, mi mamá era una persona demasiado linda y Yo… en honor a la verdad es que entre lo arrogante, soberbia, elitista, racista, fascista… poca gente podía creer que Yo fuera su hija.
Elaboré mi plan, que incluyó psicólogo, sacerdotes, yoga, algo de autoayuda cristiana… en fin, me armé de herramientas que me ayudaran a levantarme y a cambiar. Ciertamente, quedé destrozada; tan destrozada que tuve que pedirle a Dios que me ayudara a hacer algo útil con los pedacitos de vida que me habían quedado después de esa catástrofe que fue para mí la pasión y muerte de mi mamá. ¡Oh, sí! Dios escuchó y respondió.
Me levanté. Cambié… según Yo, un montón; según la gente, un poco. Según Yo, me había convertido en una persona humilde y generosa; según la gente, los que no me habían conocido antes, Yo era una persona arrogante y soberbia y no me soportaban. Y así comenzaba mi vida de fe.
Mediados del 2014, a casi dos años de la muerte de mi mamá, me regalaron un libro que me mostraba una serie de evidencias acerca de la deidad de Jesús. Revisé con celo cada cita que encontraba en el libro, con la intención de desbaratar cualquier argumento falso, y terminé convencida de que Jesús es Dios. La parte jodida del asunto era decidir qué hacer con eso. No lograba puntualizar qué significaba para mí el hecho de que Jesús sea Dios, que haya muerto y que haya resucitado. Para mí siempre fue claro que él pagó por mis pecados, pero de ahí a ser Dios… ¡hay mucho trecho! Lo cierto es que no me atrevía a negar la evidencia, pero lo único que logré hacer con ella fue comenzar a leer la Biblia con la certeza de que lo que estaba diciendo Jesús es palabra de Dios.
Me gustó, me gustaba el tipo, pero todavía no lograba dimensionar bien las implicaciones de lo que había descubierto. Me gustaba Dios, sí, siempre me había gustado, siempre había creído que Yo era su creación más especial, que por eso a veces me jodía tanto, porque mi papel en su plan era tan grande que necesitaba que Yo me puliera y dejara de ser tan niñita. Ahora me daba cuenta que el león de Judá no era Yo. Sí, lo admito, fucking megalomanía que me había hecho creer que aquel quien iba a reinar eternamente era Yo. Por eso dicen los psiquiatras que los megalómanos nunca se curan, porque jamás van a admitir que tienen un problema. Según Yo, el problema lo tenían los demás y, por mí, que se jodan, que vean qué hacen con sus limitaciones. ¡Ah! ¡Pero ahora entendía que Yo no era el león de Judá! Duro golpe, pero igual pensaba que estaba en el top 3 de las creaciones más importantes de Dios.
Un día supe que el centro de la creación es Jesús, no Yo. Un día supe que toda la creación le sirve a él, no es que él me deba servir a mí. Y supe, además, que él ya me sirvió, que se despojó de su naturaleza divina y murió por mis pecados, que me hizo pasar de muerte a vida… pero no lo hizo por amor a mí, sino por amor a sí mismo. ¡Eso sí me pudo encabronar! ¿Cómo era posible que Dios se amara más a sí mismo que a mí? Ahora me da risa pensarlo, pero en ese momento se me volvió a derrumbar el mundo. Mi perfecto y patológico esquema de vida había que lanzarlo al traste porque Yo debía servir a Dios, Yo debía postrarme a sus pies, pero no por conveniencia, ni miedo, sino por amor. ¡El amor! ¡Otra vez el amor!
Recuerdo que un día estaba sentada en la vigilia de la iglesia, un viernes en la noche… ¡por las barbas de Zeus, que si alguien me hubiera dicho que un viernes en la noche Yo iba a estar orando en una iglesia cristiana, en vez de estar bebiendo y fumando y escribiendo o compartiendo con mis amigos, me hubiera orinado de la risa! Pero ahí estaba Yo, hablando con Jesús, admitiendo que no me podía arrodillar. Le dije que Yo nunca me iba a arrodillar en cuerpo hasta que mi corazón no estuviera arrodillado. No, no iba a hacer el show delante de la gente, al fin y al cabo, a él no lo podía engañar. Incluso le confesé que si hubiese algún chance de engañarlo, Yo lo intentaría… pero no lo había y eso me daba una libertad plena de ser el monstruo que soy, sin ninguna vergüenza, cara a cara, desnuda delante de él, reconociéndome como soy. Casi puedo escuchar el diálogo en mi cabeza… le decía “si quieres que me arrodille, ayúdame, porque Yo no puedo y tampoco sé si quiero; pero sé que eres Dios y me encabrona no poderme arrodillar delante de Dios ¿qué clase de persona no puede arrodillarse delante de Dios? ¡Coño, hazme un puto cordero! Porque es muy jodido arrodillarse sintiéndose león”. Y me arrancó una sonrisa cuando me dijo que no me iba a hacer cordero, sino que me enseñaría a arrodillar al león.
Y así fue. Poco a poco, entablando esa relación viva con un Dios viviente, me di cuenta que si Yo estaba dispuesta cambiar por una madre muerta ¡cuánto más podía estarlo por un Dios vivo!
Yo no llegué destrozada a sus pies. Llegué gustándome a mí misma, llegué gustándome mi vida. Yo no quería cambiar, no estaba dispuesta a menguar… pero en medio de ese proceso me enamoré, amé a Dios más que a todas las cosas, incluyéndome. Y sí, me gusta mi vida, pero ya no puedo imaginarme la vida sin Jesús. Me gusto Yo, me encanto, pero más me gusta Jesús. Yo nunca hubiera podido imaginar vivir para Dios, amar a la gente como resultado natural de amar a Dios, servir a la gente como resultado natural de servir a Dios. Nunca hubiera imaginado que contarle a la gente de Jesús, de su obra en la cruz, del perdón de los pecados, de la vida eterna, sería mucho más satisfactorio que aquellos largos debates de historia y filosofía con mis amigos… ¡y sin whisky!
Mi sueño, aquello por lo cual trabajé siempre, ese sueño de poner mi nombre en los libros de historia, que generaciones tras generaciones estudiaran mis pensamientos, murió el día que dimensioné que hoy mi nombre está escrito en el cielo, que el libro de la vida tiene escrito mi nombre y eso es eterno.
 
Adriana Pedroza Ardila.