¿Para qué nos creó Dios?

Los seres humanos tenemos algo llamado sentido de trascendencia.  Los hombres ansiamos saber cuál es el propósito de nuestras vidas.  Si Dios nos creó, debe existir una buena razón que justifique la existencia humana.  ¿Para qué nos creó Dios?

Curiosamente, las religiones han dicho muchas cosas en torno a este asunto tan trascendental y poco de ello está sustentado bíblicamente.  Por ejemplo, algunos dicen que Dios nos creó para que seamos felices y prósperos, hay quien afirma que Dios estaba solo y aburrido y necesitando a quien amar, por eso creó al hombre. ¡Y además dicen que Dios creó todas las cosas para nosotros!  Pero ¿qué dice la Biblia?

En cuanto al porqué Dios creó al hombre, dice  “Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice.” (Isaías 43: 6-7)

Y en cuanto a la razón de toda la creación, Pablo afirma ““Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16)

La Escritura nos está diciendo que Dios creó al hombre para su gloria y que todo ha sido creado por medio de Jesús y para Jesús, quien es Dios rebajado a la condición de hombre.

Para entender esto mejor, vamos al principio de la creación.

En Génesis 1:27 se lee: Así que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, creó al varón y a la mujer. Y los bendijo diciendo: «Tengan muchos hijos para así poblar el mundo y ejercer control sobre él: dominando a los peces del mar, a las aves del cielo y a toda criatura que se arrastra por el suelo».

Aquí señala que creó al hombre y a la mujer, les dio mandamiento de multiplicarse, tal como les ordenó a los animales, (Génesis 1:22). Si seguimos leyendo en el capítulo 2 de Génesis en el versículo 7 dice: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente.”

Dios toma un hombre y forma en él espíritu, y ahora el hombre es un ser espiritual (Zacarías 12:1) (Job 32:8, 33:4), capaz de relacionarse con Dios por medio del espíritu. Y ¿por qué poner espíritu en el hombre? ¿Por qué no dejarlo vivir como un ser animal? En Malaquías 2:15 dice: ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios.

Al soplar aliento de vida en el hombre, Dios le hace partícipe de esa descendencia.  La promesa hecha a Abraham en Génesis 17:4-6, está orientada a mostrar la descendencia espiritual “He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. 5. (…) será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. 6. Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti.”

Dios forma el espíritu en el hombre porque buscaba una descendencia.  Ante la pregunta lógica que puede surgirnos ¿Para quién? La respuesta es: para Su hijo.  Jesús ha sido antes que el hombre existiera.  En otras palabras, el hombre fue la forma que eligió Dios para rebajarse.  El hombre fue creado a la imagen, conforme a la semejanza de Dios.

Es fundamental entender que  todo ha sido planeado antes de la fundación del mundo.  Así lo explican los apóstoles Pablo y Pedro a través de cartas. “Porque El estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros” (1 Pedro 1:20)  Mientras que Pablo dice “nos escogió en El antes de la fundación del mundo (…) para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad” (Efesios 1:4-5)

Dios quiso rebajarse y creó una forma para hacerlo, el hombre.  Habiéndose rebajado adopta la condición de Hijo y su propósito es dar gloria al Padre.  Todo es creado por el Hijo y para el Hijo, con el propósito de glorificar al Padre.

El hombre, al igual que todo lo que existe, ha sido creado para darle gloria a Dios; pero al haber sido elegido como la forma en la cual Dios habría de rebajarse, el hombre recibe el Espíritu y con él la potestad de ser adoptado como hijo de Dios, mediante Jesús.

Entonces, si hemos sido creados para darle la gloria a Dios, surge inmediatamente la pregunta ¿Qué significa eso? ¿Qué es la gloria?

En el libro Éxodo, se narra una conversación que Moisés sostiene con Dios, donde le ruega “muéstrame tu gloria”, a lo que Dios responde “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.”  Pero más adelante Dios agrega “He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.”  (Éxodo 33:18;22)

De aquí se deriva la siguiente conclusión: el hombre no puede ver la gloria de Dios en todo su esplendor.  Pero hay una peña y una hendidura en esa peña.

A lo largo del Antiguo Testamento se equipara a Dios con la roca (Deuteronomio 32:4;15;18) (2 Samuel 23:3) (Salmo 71:3).  En la porción de Éxodo que leímos, Dios le dice a Moisés “tú estarás sobre la peña”.

Antes de seguir, es necesario entender que la Biblia no deja ninguna pregunta sin responder.  Todo el texto bíblico está explicado en el mismo libro.  Para saber qué significa la existencia de una piedra sobre la cual estaremos y en cuya hendidura nos pondrá Dios, no necesitamos recurrir a ningún libro diferente de la Biblia.

Las cartas apostólicas son una buena fuente de información.  El lenguaje bíblico es un lenguaje espiritual, fácilmente entendible en un entorno hebreo, pero la realidad es que nosotros no somos hebreos y la mayoría tampoco sabemos entender las cosas espirituales; pero los apóstoles –que sí eran judíos- explicaron todas estas analogías a pueblos no judíos y es por medio de las cartas que ellos escribieron a las iglesias que podemos comprender qué quiso decir Dios cuando habló estas palabras.

El apóstol Juan comienza la narración de su testimonio diciendo “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” y más adelante nos cuenta “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1;14)

¿Quién ha sido ese verbo que se hizo carne y que nos mostró la gloria? La respuesta es simple: Jesús.  Por medio de él y para él fueron hechas todas las cosas y en él vimos la gloria de Dios.  Él es la hendidura en la peña que nos permite ver pasar la gloria de Dios.

Pablo nos explica que el Evangelio, es decir, la buena noticia que nos trae Jesús, está como cubierto con un velo para aquellos que se pierden, porque el dios de este mundo los ha hecho ciegos para que no vean la luz brillante del evangelio.  Y agrega además “Porque el mismo Dios que mandó que la luz brotara de la oscuridad, es el que ha hecho brotar su luz en nuestro corazón, para que podamos iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en la cara de Jesucristo. (2 Corintios 4:3-6)

Si a esto le agregamos que Jesús nos dijo que “en esto es glorificado mi padre, en que lleven mucho fruto” (Juan 15:8), deducimos que el fruto del cual habla Jesús son las personas a quienes nosotros, que hemos recibido la luz, que hemos visto la gloria de Dios por medio  de Jesucristo, llevemos esa luz que es el evangelio. Entendiendo, además, que el primer fruto que debemos presentarle a Dios es nuestro propio corazón, nuestra vida.

Esa es la forma de glorificar a Dios.  Para eso el hombre ha sido creado, para llevar la luz al mundo, la luz del evangelio.  Y en ese propósito eterno, glorificar a Dios por medio de la predicación del perdón por la gracia, del anuncio de las buenas nuevas de salvación, el hombre recibe el regalo más grande que pueda anhelar: Ser hecho hijo de Dios.

No obstante, el hombre ha recibido también la libertad de elegir, al hombre se le ha dado voluntad y tiene el reto de elegir si cumple o no con el propósito de Dios, si glorifica o no a Dios. “Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.» (Deuteronomio 30: 19-20)

Así como toda la creación, el hombre ha sido formado con un propósito: Glorificar a Dios.  Pero a diferencia de todas las demás criaturas, sólo el hombre recibió el don de eternidad, el Espíritu de Dios que le confiere un lugar de honor sobre toda la creación.  El hombre, además, recibe la libertad de elegir si sirve o no al plan de Dios.  A diferencia de las otras creaciones de Dios, que deben obedecer y someterse al plan divino, el creador ha dado al hombre la voluntad para decidir si lo glorifica o no.

Y es por eso que Dios nos hace partícipes de su obra, para que cuando nosotros recibamos la luz, es decir, veamos la gloria de Dios manifiesta en Jesús, llevemos a otros a la luz, prediquemos el evangelio y saquemos a los demás de las tinieblas.  En eso es glorificado el Padre y así, cada uno de los que recibe a Jesús, recibe el derecho de ser hecho hijo de Dios.

 

«Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad existen y han sido creadas.» (Apocalipsis 4:11)