Ene 25 2018

Coquetería venezolana.

¡ES TAN COQUETA LA NIÑITA!
 
Los tacones, el pantalón ajustado que resalta el trasero o la minifalda -que parece más un cinturón que una prenda de vestir-, el bronceado espectacular, la raja en medio de la blusa producto de los implantes de silicona o de un sostén con mucho relleno, el cabello de muñeca, las manos y pies de fotografía, el maquillaje perfecto; todas estas cosas se han convertido en necesidades primarias de la mujer venezolana, necesidades que se han ido extendiendo a todos los rincones del país, a todas las clases sociales, a casi todas las edades, pues ya está pareciendo habitual encontrarse en un centro de manos y pies a niñitas que no llegan a los diez años arreglándose las uñas, bajo la mirada cómplice de la madre que le comenta a las otras clientes “es que ella es tan coqueta”.
 
En Caracas, la capital del país, hay salones de belleza en cualquier parte de la ciudad, a veces uno al lado de otro, y constantemente hay una clientela considerable. Los precios varían, pero siempre se puede conseguir un secado de pelo por el equivalente a dos dólares americanos ¿hay algún otro lugar del mundo donde esto sea posible? Quizá sí, quizá en aquellos países donde las mujeres se estén pareciendo a la venezolana.
 
Así como los precios de los servicios de los salones de belleza han disminuido en Venezuela, se puede observar que aquellos tratamientos más invasivos –implantes de senos, liposucción, etc.- también han sufrido una reducción en sus precios, porque el aumento de la demanda está haciendo cada vez más rentable la incorporación de nuevos competidores al mercado, y la entrada de nuevos oferentes, por simple lógica económica, ha forzado los precios a la baja. Cualquier producto que se ofrezca con la promesa de hacerlas parecer más atractivas será un éxito, cualquier dieta, ejercicio, faja, crema, masajes o lo que sea que le ofrezca verse bien se vende, y si es muy costoso entrará algún agente económico –por el lado de la oferta– que ofrezca hacer lo mismo a un precio menor y, aunque el riesgo para la salud sea mayor, no faltarán mujeres que recurran a estos tratamientos poco confiables con la esperanza de que al salir del local sea más bella. Eso es lo que compra la venezolana, la idea de verse bien, la apariencia de bienestar.
 
Sin embargo, el costo en metálico, el costo físico y mental, y en muchos casos se debe incluir el costo en salud, de ese estar bien “a la venezolana” es tan alto que la mujer termina emocionalmente agotada, esperando encontrar una satisfacción para todo ese esfuerzo donde sea, y ese donde sea no es en sí misma, es en la admiración de terceros, básicamente del hombre… ¡y de las otras mujeres también! No se puede negar que a la venezolana típica le gusta ser vista por las otras mujeres, le gusta que las amigas hablen de lo bien que se ve, disfrutar de la envidia de las otras féminas ¡vamos! ¿a quién pretenden engañar? A la mujer le encanta que la vean y que hablen de ella, aunque algunas digan que lo hacen por sí mismas, que las demás personas no tienen nada que ver en sus decisiones de estética, que se gastan fortunas en tratamientos de belleza para sentirse bien y verse bien ellas mismas. Basta que vayan a un lugar y nadie les lance ni una mirada para que el fantasma de la angustia se cierna sobre ellas; se miran detalladamente al espejo para ver si tienen una nueva arruga, se miran el trasero a ver si sigue en su sitio, culpan al peinado, o al maquillaje que no duró toda la noche, al día siguiente hacen una cita de emergencia para unos masajes reductores.
 
¿Cuántos matrimonios tienen problemas porque la mujer se hizo un nuevo corte de cabello y el esposo no lo notó? Esa es una queja frecuente entre algunas mujeres casadas “él nunca se da cuenta de lo que me hago” ¿y quién no quiere ser visto? ¿es una conducta exclusiva de la mujer? No lo creo, todos los seres humanos agradecen un piropo cuando se cambian el corte de pelo, cuando se perfuman, cuando se visten diferente para un día especial; pero por alguna razón son las mujeres las que por años han dedicado cuantiosas sumas de dinero y largas horas de dedicación y esfuerzo a verse bien y a procurar la atención del hombre a través del encanto físico.
 
Es preciso distinguir los niveles de atención requeridos por una mujer para estar satisfecha; la necesidad de reconocimiento dependerá de los niveles de energía y sacrificio que haga la fémina en cuestión. A modo ilustrativo, si una mujer sale a montar bicicleta los fines de semana o hace ejercicios un par de veces a la semana; se maquilla lo suficiente para verse bien; se peina y se arregla las uñas; se viste bonita pero cómoda, probablemente esa mujer se sentirá bien consigo misma, y si los hombres la miran lo disfrutará, pero si no lo hacen ella no pensará que algo anda mal.
 
Ahora bien, si una mujer va todos los días al gimnasio, va a la peluquería cada mañana, se arregla las manos y los pies religiosamente cada semana, se maquilla espectacular todos los días, se somete a la tortura de los tacones de diez centímetros, es capaz de soportar frío para lucir la camisita descotada que le realza el busto o la que le permite lucir el abdomen plano; no le importa si el pantalón está demasiado ajustado y apenas le permite respirar o la falda demasiado corta y debe bajársela cada dos pasos, lo que le importa es que le destaca su figura, es muy probable que esa mujer se sienta mal consigo misma y con su entorno si llegase a pasar desapercibida, y trate de exagerar sus ademanes o el tono de su voz y su risa para ser vista, para sentirse apreciada.
Por desgracia, el segundo caso más frecuente en la mujer actual en Venezuela, al menos es lo que yo he observado en los cafés, en los restaurantes, en la montaña, en las oficinas, en los ascensores, en las plazas, en los lugares adonde voy las veo y, honestamente, me preocupa. Claro que en Venezuela es muy difícil pasar desapercibido, sobre todo para las mujeres, quienes constantemente están pendientes de como luce cada mujer que entra a un lugar. Quizá más que los hombres, las mujeres son las primeras en detallar a sus congéneres y darles una puntuación que siempre depende de sus propios paradigmas, no del paradigma de los hombres.
 
Por ejemplo, yo fumo habanos y hace algunos años salía a tomar vino rojo, leer y fumarme un puro. Más tarde supe que en aquel café caraqueño, donde solía encontrarme conmigo para charlar sin interrupciones, era cuidadosamente observada y calificada por las mujeres que opinaban que me veía horrible con esa vaina en la boca, mientras que algunos hombres pensaban que me veía muy sexy. Afortunadamente lo que piensen los unos y los otros me tiene sin cuidado, pero me resultó sumamente llamativo enterarme de cuán observada es una mujer en un país con tantos problemas cuya solución debería ocupar el pensamiento de las personas o habiendo tantos asuntos verdaderamente relevantes, mucho más importantes que una tipa que va a beber vino, leer y fumarse un habano. Esto me hizo pensar que queriendo o sin querer, la conducta de una mujer en Venezuela es siempre objeto de comentarios y más por las mujeres que por los hombres.
 
De una u otra manera se cae en el juego del mercado, cualquiera que sea el mercado existente, cualquiera que sea el grupo de identificación. No es necesario someterse a cinco cirugías estéticas para poder afirmar que se es víctima de la presión de la belleza. Son detalles simples, los más ínfimos, los que pueden restarle paz –y concentración en sus actividades productivas– a una mujer en Venezuela. Un día cualquiera quizá no le dio tiempo de arreglarse las manos y debe pasar todo el día con las uñas sin esmalte. Esta mujer estará más pendiente de esconder las manos que de atender las actividades primordiales de su trabajo, sentirá que todo el mundo le está mirando las manos y haciéndose una opinión de su “descuido”. Lo mismo pasará si por alguna razón no pudo secarse el cabello o sacarse las cejas, la atención va a estar en ese “defecto” que se va a erigir en el principal motivo de estrés del día, la maldición que la perseguirá hasta que logre encontrar el tiempo para entrar a un salón de belleza a corregir el abominable problema. Luego encontrará paz…
 
COQUETA SÍ, PENDEJA NO
 
Está muy bien que la mujer sea coqueta y femenina y cuidadosa con su apariencia, lo que está mal es que elementos tan superficiales puedan arruinarle el día a una mujer, que algo tan insignificante pueda ser tan estresante en la vida de las mujeres en Venezuela. No creo que alguien honesto se atreva a negar este hecho, las mujeres venezolanas que trabajan en una oficina, cualquiera sea su cargo dentro de la empresa, están obligadas a lucir como de portada de revista. No importa si es fea o bonita, pero debe estar impecable, sin un pelo de más en la cara, con las uñas perfectamente arregladas y cada cabello en su sitio. El incumplimiento de esta norma, autoimpuesta y retroalimentada por la sociedad venezolana, será castigado con insoportables niveles de estrés hasta que la atrevida se someta al procedimiento estético que osó omitir, sin importar la causa de ello.
 
Y es que ser bonita, arreglada, coqueta, sexy, estar buena o lo que sea, no es malo ni bueno, lo malo es cuando eso se convierte en la piedra angular de la vida de una mujer. Las mujeres en Venezuela, y yo diría que en buena parte de Occidente, no les importa cómo son ellas y qué vale la pena reforzar; lo que interesa es lo que está a la moda, sea ropa o comportamiento, sean palabras o profesiones.
 
Copian modelos sin evaluarlos, las mujeres “modelo” se venden al mercado de la belleza y de la sexualidad. Las mujeres quieren parecerse a Shakira porque está buena y baila sensual, a nadie le importa que la tipa hable cinco idiomas y que tenga opiniones más o menos interesantes, no importa que se haya hecho un nombre siendo ella misma, con su naturalidad; en lo que dejó de ser natural y comenzó a parecerse a lo que el mercado vende, las mujeres en el mundo comenzaron a imitarla, y lo que las mujeres quieren imitar de la diva colombiana es el look y el baile, no la preparación, porque eso no vende, lo que vende es estar buena y ser sexy. Igual pasa con cualquier otro ícono que esté de moda, por ejemplo Sara J. Parker, a quien se le recuerda como la columnista de sexo bastante promiscua y adicta a los zapatos en una serie de televisión, esa es la marca de moda: el consumismo y levantarse a los tipos; pero el hecho de que la actriz –a pesar de no gozar de los mejores rasgos faciales– no se someta a ninguna cirugía estética sino que sea bella resaltando sus propios atributos… ¿eso a quién le importa? Eso no vende, así que no se mercadea. ¡Vamos! Si quieres atraer hombres no trates de ser tú misma, busca parecerte a algún personaje real o ficticio que tenga éxito con ellos. Y al fin y al cabo, si no se tiene ninguna personalidad parece mejor tener una mal copiada que ninguna; pero el problema está en que cada vez hay menos espacio para descubrirse a sí misma, porque la estampida social está empujando hacia los estereotipos ya aceptados, así que ahórrate el tiempo y el esfuerzo a nadie le interesa que seas tú misma, mejor copia los patrones de moda que ya sabes que esos sí funcionan. ¿Esa es la sociedad que queremos?
 
SÍ PAPI/ NO ME JODAS. CONDUCTAS EXTREMAS DE LA MUJER VENEZOLANA.