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Sep
28
2017

Confesiones de un princeso.

XXV. Confesiones de un princeso.
El viernes en la noche salí a cenar con María Consuelo. Fuimos al San Ignacio. Después íbamos a Vintage para celebrar el cumpleaños de una de sus mejores amigas.
 
Eran pasadas las diez cuando entramos al restaurant y, para mi sorpresa, en la mesa de al lado estaba Caterina Ivanova con José Alberto, uno de sus mejores amigos a quien conocía por referencias y fotos. Una situación que yo sabía que se podía presentar, pero que nunca pensé que se desarrollaría así.
 
Me miró sorprendida y miró a María Consuelo. José Alberto la miró más. Nos saludamos como si apenas nos conociéramos, con la misma solemnidad y encanto que se puede saludar a cualquier conocido con quien se hacen negocios. Los presenté, rogándole a Dios que ninguno hiciera algún comentario incómodo. Nos despedimos cordialmente y me senté en la mesa con María Consuelo. Cuando ella me preguntó quiénes eran y qué hacían, le dije que José Alberto era tesorero de un banco e Ivanova era escritora, cosa que le emocionó a tal punto que interrumpió la conversación de ellos.
 
– ¡Disculpa Ivanova! –le dijo María Consuelo- ¿De verdad tú eres escritora?
– Sí. Soy escritora –le respondió con una sonrisa tan encantadora como falsa.
– ¡A mí siempre me ha fascinado eso! O sea, es que, gorda, me encanta ¿sabes? Yo siempre he pensado que alguien que escribe un libro, o sea ¿sabes? Hay que ser demasiado uf para escribir un libro.
– Sí, sí –le contestó Caterina Ivanova manteniendo la postura y la sonrisa- es ¿cómo dijiste? Uf.
– Sí, o sea –seguía María Consuelo- es increíble. ¿Y qué escribes tú?
– María Consuelo –le interrumpí, antes de que le dijera lo que escribía- están comiendo. Disculpen –dije dirigiéndome a Ivanova y José Alberto, que tenía los brazos cruzados y miraba a la una y a la otra con una sonrisa bastante sarcástica.
– ¡Ay perdón gordo! –me dijo- ¡Que pena! –les dijo- Es que me encanta la escritura.
– No, no te preocupes –le respondió Ivanova con un gesto tan falso que me parecía una más de las socias del club- No me molesta. Escribo novelas.
– ¡¿Novelas?! –exclamó María Consuelo llevándose una mano al pecho- ¡A mí me encantan las novelas! Yo soy amiguísima de Gaby Espino ¿sabes? Yo amo las novelas, o sea, me encantan, te lo juro.
– Ah, que bien.
– O sea, pero yo te digo algo, o sea, no vayas a creer que ¿sabes? Yo no soy quién para darte consejos, pero gorda, yo siempre he dicho que toda novela tiene que tener misterio, romance y suspenso ¿sabes? Porque o si no se cae la trama ¿sabes?
– ¡Ajá! –le respondió Ivanova con una sonrisa irónica- Y ¿cómo es eso?
– Bueno, por ejemplo. Tú ves una novela y de repente está pasando algo con los protagonista ¿sabes? Entonces saltan a otra escena con otros personajes y después, al rato, ¿sabes? vuelven con los protagonistas, a la escena anterior. Entonces uno ve la broma y no se para porque quiere saber qué va a pasar con ellos ¿sabes? O sea, te deja como en suspenso. Eso es lo que tienes que hacer en los capítulos. Tú empiezas a escribir algo con los protagonistas y saltas a otra cosa y luego vuelves con ellos, para ¿sabes? o sea, tienes ahí toda la atención del lector que quiere saber qué va a pasar. Yo cada vez que tengo un time me voy con Gaby y leemos los libretos ¡es buenísimo! Cuando quieras te la presento ¡Ella es bella! ¿verdad gordo?
– Sí –le respondí serio, haciéndole saber que me estaba incomodando.
– Bueno, gracias por el consejo –le dijo Ivanova riéndose- lo voy a tomar en cuenta. Y… María Consuelo ¿verdad?
– Sí.
– ¿Cuál fue la última novela que tú leíste? Pero novela, no libreto.
– Esteeee… El Código Da Vinci.
– Ah… ajá… ¿Y antes de esa?
– ¡Ay gorda! Las de bachillerato ¿sabes? Creo que Doña Bárbara o Cien años de soledad.
– Yo me leía el resumen al final del libro de Castellano –dijo José Alberto levantando la mano derecha y soltando una carcajada.
– ¡Ay yo también! –rió María Consuelo.
– Bueno, gracias otra vez por tus consejos –le dijo Caterina Ivanova con su sonrisita falsa- Y me disculpan pero ¡me muero de hambre! Buen provecho.
– Buen provecho –respondimos.
– ¡Me cae buenísimo esta gente! –me susurró María Consuelo- Deberíamos salir con ellos. Ella me encanta. Es divina.
– Sí –le respondí serio- pero creo que te pasaste. No puedes estar molestando a la gente María Consuelo.
– ¡Pero gordo! O sea…
– ¡No! No vamos a hacer una escena aquí. Simplemente deja a la gente comer tranquila. Uno tiene que controlar las emociones.
– Sí gordo… ¿Estás bravito amore?
– No. Sólo no lo vuelvas a hacer ¿ok?
– Sí amore.
 
 
Dicho esto terminamos de cenar como si nada hubiese pasado. De vez en cuando miraba a la mesa de Caterina Ivanova y ella seguía comiendo con José Alberto como si yo no estuviera ahí, en la mesa de al lado. Me ignoró por completo. Apenas si se despidió de nosotros al salir.
 
No la sabía tan capaz de fingir. La forma en que habló con María Consuelo, como le sonrió, las cosas que le dijo… yo esperaba que, por la sarta de idioteces que estaba diciendo mi noviecita, en cualquier momento Caterina Ivanova le dijera alguna pesadez. Yo pensé que le iba a decir idiota o tarada o cualquier cosa por el estilo. Pero no. De hecho, subrayó de una forma tal elegante la idiotez de María Consuelo que ni ella misma se dio cuenta. Le preguntó cuál fue la última novela que leyó y María Consuelo se delató, ella no lee, pero le estaba dando consejos sobre cómo escribir.
 
Es vergonzoso. Mañana voy a ver a Caterina Ivanova y seguramente no va a decir nada de lo que pasó esta noche. Me va a mirar como si yo fuera un idiota, porque seguramente ella piensa que sólo un idiota saldría con una idiota. Tengo ganas de cancelar, pero eso sería demostrarle más de la cuenta. Y sería peor el martes, en Café Olé. La sonrisita que tenía hoy, tan falsa, tan hipócrita… yo no quiero verla otra vez, menos en público. Mejor salgo de eso mañana mismo. Al menos en privado le puedo decir cualquier cosa, desde pendeja hasta hipócrita. Es más fácil burlarse de la situación en la privacidad de su apartamento. Ahí nos podemos reír de nosotros mismos.
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El sábado la llamé a las tres de la tarde para avisarle que estaba cerca. Se limitó a decirme “dale” y colgó.
 
Para mi sorpresa, Caterina Ivanova no estaba con ánimo de hacer bromas respecto a lo de anoche. No estaba lista para burlarse de mí y de mi noviecita idiota. Estaba molesta, estaba herida. De nuevo, la reacción que esperaba de ella no fue la correcta y todo lo que había pensado decir y hacer para pasar del chiste a otra cosa, se me vino abajo. Ahora me las iba a tener que ingeniar para pasar de esa visible furia a cualquier otra cosa. Yo hubiese preferido el chiste…
 
Subí, me abrió la puerta y, para mi sorpresa, no había música. Me dijo “pasa” y me dio la espalda. Caminó hacia la cocina y yo la tomé por la cintura, tratando de juguetear un poco. Pero me apartó, me volteó los ojos y comenzó a hablar.
 
– ¡Eres más huevón de lo que creía!
– ¿Qué pasó loquita? –le pregunté forzando una sonrisa, mientras dejaba las llaves del carro y la billetera en la mesa.
– ¡Coño! ¿Te digo?… ¿Sabes que me cabrea demasiado? Yo sé que yo no soy… yo sé que yo soy impresentable, pero ¿esa carajita huevona sí es presentable? ¡Coño! Ella sí es la mujer correcta con la puede andar Adriano Mendoza.
– Mira Ivanov…
– ¡No joda! –interrumpió- Yo me imaginaba que por lo menos andabas con un tipa que de verdad valiera la pena, pero ¿esa huevona es la que vale la pena? ¿esa tipa que no tiene ni puta idea de dónde está parada? ¡Que bolas tienes tú!
– Mira yo…
– ¡No-jo-da! –volvió a cortarme furiosa- Es que… primero, es una carajita ¡Una carajita Adriano! ¿Qué? ¿No puedes con una mujer de tu tamaño? ¿Tienes que andar con esa pendeja para sentirte hombre? ¿Acaso…?
– ¡Ya va vale! –la paré en seco, ya molesto por los reproches- Mi vida personal es personal, es privada. Yo no tengo que darte explicaciones de con quien salgo.
– ¡No! De bolas que no. Tú puedes andar con quien a ti te de la gana. Lo que pasa es que es tan… asqueante, tan decepcionante. Coño, yo me imaginaba que tú estabas por encima de esas cosas. Yo me imaginaba que tu novia era una tipa bien plantada… Sí… una princesa, de verdad una caraja que te representara, una tipa que… coño, no sé, que fuera más que una muñequita descerebrada que cuando abre la boca lo que dice son huevonadas.
– ¿Cuál es tu peo? –le pregunté molesto.
– ¡Que me pareces un huevón! Que me arrecha andar con huevones. Que nunca en mi vida he soportado tener un huevón al lado. Que no tienes bolas…
– ¿Sabes qué? Mejor lo dejamos hasta aquí –le dije tomando las llaves y la billetera- Yo te dije desde un principio que… tú sabes que a mí no me gustan los conflictos. Y parece que a ti te encantan. Yo no estoy para esto Ivanova. Tú sabes con quién estás, porque si hay alguien con quien yo he sido honesto, es contigo. Y sí, lo siento. Ella es mi novia. No es perfecta, pero es mi novia. No me pienso casar con ella, pero es mi novia. Se acabó. Yo no tengo que darte explicaciones ni a ti ni a nadie.
– ¡Bien! Es tu novia. Tu novia que no sabe que nunca va a ser nada más que eso, la novia de papeles, la novia de páginas sociales, la de las bodas y los cumpleaños. La pendeja que juega el rol que Adriano Mendoza quiere que juegue. Porque ¿quieres que te diga una vaina? Tú utilizas a todo el mundo como quieres. Tú pretendes que los demás sean lo que tú necesitas que sean cuando lo necesitas. Pero te jodiste conmigo Adriano Mendoza, porque yo no voy a ser lo que tú quieres que sea. ¡Jódete! ¡Búscate otra pendeja que te sirva de aliciente para tu miserable vida perfecta! –gritó- Porque yo no voy a jugar tu juego. Porque a mí no me vas a cosificar. Y si te arrecha que te digan las cosas en la cara ¡no andes con personas, sigue andando con piezas! Porque para ti las personas son eso ¡piezas! ¡títeres! Y te apuesto que te crees burda de arrecho porque manejas a la gente como quieres. Pero estás demasiado jodido Adriano, porque a la final tú también eres un títere más de esa mierda de obra que vives.
– Hablamos otro día –dicho esto, me dirigí a la puerta para salir.
– No. No vamos a hablar otro día. No vamos a hablar más. Yo no ando con huevones. Yo no juego a eso Adriano.
– ¿No? –le pregunté ya en la puerta- Pero ayer lo jugaste buenísimo. Casi me convences. Te felicito… tú juegas cuando quieres, pero ni siquiera te das cuenta de que estás jugando.
– ¡No me jodas! ¿qué querías? ¿una escena de celos? ¿que le montara mala cara a la huevona esa? ¡Estás como loco! Yo no hago esas vainas. ¿Te hubiera encantado ver a dos mujeres peleando por ti? ¿qué? ¿te crece el ego?
– Mira Ivanova, yo te voy a decir una vaina –le dije acercándome a ella- Yo tengo más presiones que tú. Y tú, igualito, bajo presión, finges. Como ayer. Ayer lo hiciste, y te apuesto que lo haces cuando lo necesitas. Porque somos humanos, porque aunque a ti no te de la gana aceptarlo, vives en sociedad y tienes que adaptarte a las normas sociales. Lo que pasa es que tu sociedad y la mía son diferentes. Yo sí, es verdad, yo juego al tipo correcto, pero ¿y tú qué? ¿tú crees que tú no juegas a nada? Tú haces perfecto tu papelito de rebelde. A ti te encanta hacer arrechar a la gente, sacarlos de sus casillas, probarlos, tentarlos. Tú te crees que eres la más honesta de todas… pero ¡es paja! Porque al final tú también estás representando un papel. La diferencia, mi querida Caterina Ivanova, es que yo sé que estoy representando un papel; pero tú no, tú ni siquiera te das cuenta de que estás tan metida en tu obra de teatro como yo estoy en la mía. Así que si te crees tan superior como para venir a juzgar a todo el mundo… primero revísate y pregúntate por qué haces lo que haces.
– ¡Estás loco Adriano Mendoza! –me dijo todavía confundida por mis palabras- Yo no juego juegos. Yo no represento roles. Yo soy yo…
– ¡No! –le respondí riéndome con sarcasmo- Tú eres tan diferente a mí que, al final, eres el negativo de la foto. Eres igual que yo Ivanova, pero en tu mundo. Tú haces todo lo contrario a lo que tu familia quiere que hagas, no porque te nazca, sino por el simple placer de llevarles la contraria. Porque si fueras…
– ¡Eso no verdad!
– ¡No me interrumpas! Ya tú me descargaste y te la pasas descargándome, ahora me vas a dejar hablar a mí. Ya me dijiste que no te llamara más ¿verdad? Ok, no te llamo más, pero yo no me voy de aquí sin decirte las vainas en tu cara. ¿No te gusta la verdad? ¿no te gusta la confrontación? ¡Ah, pero como es la cosa! Te gusta decirle la verdad a los demás, te gusta confrontar las verdades de los demás, pero no las tuyas, porque tú crees que siempre tienes razón porque sueltas las cosas sin preguntarte qué sienten los demás… ¡Que sabroso! Pero…
– Dale pues. Lánzala y métela –me dijo con una mirada retadora.
– ¡No vale!… eso era todo.
– ¡No! Eso no era todo. Me estabas diciendo algo de mi familia…dale, dímelo
– Coño… ¿sabes qué? No vale la pena. Tú crees que yo lo que quiero es lastimarte y no, no es así… Si yo te digo estas cosas es porque te quiero y… a veces me molesta que asumas esas conductas autodestructivas –la verdad era que con la interrupción había perdido la inspiración y ya no sabía qué argumentar- Tú puedes ser súper encantadora y puedes decirle las cosas en la cara a la gente de una manera bien sutil y… no sé por qué siempre estás buscando la manera de ser chocante. Y no hay necesidad. Tú eres demasiado inteligente para… tú no necesitas ser chocante. Eso es todo.
– Bueno… -dijo bajando la guardia- Tal vez… no sé, voy a pensarlo… Pero… coño es que, Adriano… de verdad me sacó la piedra verte con una tipa como esa. ¡Y una tipa tan huevona que tiene las bolas de darme consejos para escribir una novela y resulta que ni siquiera lee! ¡Una fanática de telenovelas nacionales! ¡Una tarada!
– Coño sí…-dije riéndome- Coño Ivanova, a mí no me gusta hablar mal de la gente y mucho menos si es la mujer con la que estoy saliendo… pero –solté la carcajada- ¡Que bolas tiene! ¡¿Cómo se le ocurre ponerse a dar consejos a un escritor si ella no lee?! Yo no sabía dónde meter la cara, te lo juro.
– ¡Me imagino! – exclamó casi riendo- Yo me hubiera ido.
– Yo pensaba que tú ibas a pasar todo el día burlándote de mí…
– No princeso… estaba muy arrecha. Tenía que decírtelo. No entiendo cómo andas con una tipa así… y si andas con una tipa así, menos entiendo cómo andas conmigo. Es que, o te gustan unas o te gustan las otras; pero no te pueden gustar los polos tan opuestos.
– Ok… es una… la situación es… ¿tú te acuerdas de lo que habíamos hablado de las relaciones cómodas y todo eso?
– Sí –me respondió recostándose en el sofá.
– Bueno. Simplemente es eso.
– Pero ya va –dijo incorporándose para quedar sentada- lo que no termino de entender es cómo es que ella sí te representa. Porque yo sé por qué… yo sé que yo no… pero Adriano… ¿ella sí?
– Digamos que sí… no sé qué decirte… yo sé que la vaina debe ser bien desagradable para ti, pero Ivanova, yo no hice las reglas, yo simplemente las cumplo.
– Pero ¿por qué sí? O sea, sígueme la línea, yo quiero que tú me digas, que tú digas en voz alta, por qué ella sí te representa.
– No lo voy a hacer.
– Ok… ¿y tú…? ¿cuánto tiempo más vas a seguir con ella?
– No sé. Ya. Vamos a dejar el tema hasta ahí.
– Ok… pero… un poco más ¿sí? Vamos a darle un poquito más.
– ¡Coño que ladilla!
– ¡Es que me da curiosidad princeso!
– Ok, ok. Pregunta lo que quieras, pero prepárate porque te voy a decir la verdad.
– Yo me imagino que en algún momento tú vas a terminar con ella ¿verdad?
– No sé, me imagino.
– Y cuando termines con ella ¿vas a buscar otra novia?
– ¿Qué crees tú? –le respondí molesto, después de mirarla callado por algunos segundos.
– Que sí.
– Bueno.
– Bueno –asintió con un toque de tristeza.
– ¿Tú no estás saliendo con más nadie? –le pregunté.
– ¡No! ¿Por qué?
– Por curiosidad.
– ¿Qué quieres? ¿que me busque un noviecito formal?
– No, no. Sólo te preguntaba. Porque… yo a ti nunca te he planteado una relación de exclusividad.
– Yo sé.
– Yo a ti no te estoy engañando. Yo nunca te he engañado Ivanova. Es más, aquí la única engañada, en todo caso, es ella. Porque yo a ti nunca te he dicho… no te he planteado una relación de exclusividad. Tú puedes estar con…
– ¡Y si me la planteas, no la quiero! Eso no se dice Adriano, eso se siente y punto. ¿Sabes qué?… –me dijo molesta- Adriano, haz lo que quieras. Si te sientes culpable por engañar a tu novia, termina conmigo y listo.
– Yo no me siento culpable… no es ella. Es que me preocupa que tú…
– ¿Qué quieres? ¿Qué salga con otro? ¿Eso es lo que tú quieres? – se levantó, se dio la vuelta y volvió a girar mirándome fijamente- ¿Tú quieres que yo, no sé, conozca otro tipo, comience a salir con él, para que eventualmente no me ponga ladilla, no me ponga a exigirte cosas? ¿Qué crees tú que va a pasar si yo salgo exclusivamente contigo?
– No sé –le respondí bajando la mirada- Dímelo tú –la reté mirándola.
– ¿Tú crees que yo me voy a enrollar en algún momento?… Pues sí. Sí me voy a enrollar en algún momento. Y ya… y a veces me enrollo. Pero… el hecho… de que yo esté contigo, no significa que yo no esté disponible. Yo puedo conocer al hombre de mi vida en cualquier momento. Contigo o sin ti. Y, y, y, a… o sea, yo puedo conocer al hombre de mi vida estando de… no sé, estando como estamos, estando de novia o estando casada contigo. Yo puedo conocer a otro hombre. Si tú me propones matrimonio y tú y yo nos casamos… Adriano, el matrimonio no significa dejar de estar disponible. La posibilidad del matrimonio no significa dejar de estar disponible. Yo, Caterina Ivanova Machado Hernández, estoy disponible, pero no me da la gana estar con nadie más. Ahorita, ya, en el presente, a mí no me importa que esta relación no tenga futuro, porque estoy disfrutando el presente. ¡Pero! Porque siempre hay un pero, eso no quiere decir que el día de mañana pueda empezar a importarme. Y entiende bien eso Adriano, yo te puedo decir cómo soy hoy, lo que siento hoy, lo que quiero hoy, lo que sueño hoy y lo que espero hoy, pero yo no tengo ni puta idea qué va a pasar mañana, qué voy a sentir mañana, qué voy a querer mañana. Porque los sueños, las ambiciones y los deseos pueden cambiar. Y tal vez mañana yo, la misma Caterina Ivanova Machado Hernández, que hoy te está diciendo que no le interesa una relación a futuro contigo, pueda empezar a desear que esta relación tenga futuro… y tal vez me enrolle, pero ese es mi problema.
– ¿Cómo es eso? ¿Cómo es eso? –le pregunté un poco confundido.
– Que si el día de mañana…
– No –le interrumpí- no es eso. Lo que no entiendo es tu punto de que los sueños y las ambiciones cambien. Eso no cambia Caterina Ivanova. No cambia. Porque si no, no son sueños, son caprichos. Porque si tu sueño, tu ambición, tu deseo, es estar con alguien y formar un hogar y lo que sea, eso lo vas a desear hoy y lo vas a desear siempre. Si no ¿cómo es la cosa? ¿Un día te quieres casar y al otro día no sabes? ¿Un día quieres tener hijos y a los tres meses ya no estás tan segura? Y eso sólo por decir cosas de la vida personal ¿no? Porque ni hablemos de los… ajá, por ejemplo, tú un día quieres escribir un libro y a la mitad del libro cambias de opinión ¿y qué? ¿lo dejas? ¿Dejas las cosas y las personas porque cambiaste de opinión?
– Es diferente. Eso es compromiso.
– No es diferente. Es así, es lo mismo en todo. Todo es un compromiso. Tú y yo ahora tenemos un compromiso. Tenemos el compromiso de estar en esta relación y respetarnos nuestras individualidades y… Todo es un compromiso.
– ¿Por qué la gente se casa y luego es infiel?
– Porque piensan como tú. Porque piensan que pueden llegar y tomar una decisión que afecte la vida de otra, o de otras personas, y luego simplemente, como piensan como tú, como piensan solamente en sus necesidades, se levantan un día y ¿sabes qué? Ya no quiero estar casado o ya no quiero este trabajo o esta carrera o ya no quiero ser padre o lo que sea. Porque si los sueños cambian, si las ambiciones cambian, entonces cambia todo Ivanova, todo. Uno vive por lo que sueña, por lo que desea.
– ¿En serio?
– Por supuesto
– ¿Y qué sueñas tú? –me preguntó, tratando de retarme.
– No me cambies el tema.
– No te lo estoy cambiando.
– ¡Claro que lo que estás cambiando! –le dije- Lo que pasa es que tú eres muy viva. Tú llegas y lanzas unas vainas todas locas, empiezas una discusión y luego te quedas sin argumentos y desvías todo el tema. Pero esta vez no. Dime tú. ¿Cuál es tu sueño? ¿Tus sueños han cambiado?
– Sí. Claro que sí. Yo soñaba con casarme y tener hijos y tener una familia de revista. Pero ya no. Cambió mi sueño. Porque descubrí que soy feliz estando sola, que yo estoy dispuesta a trasnocharme para leer o para escribir o ver una película; pero no estoy dispuesta a trasnocharme para cambiarle los pañales a un bebé o darle de comer o sacarle los gases o lo que sea que hagan las mujeres con los bebés en la madrugada. Mi sueño cambió.
– Ese no era tu sueño Caterina Ivanova. Ese era el sueño de tu mamá y de tu papá y de toda tu familia, no el tuyo. Si hubiese sido tu sueño, tú hubieses adaptado tu personalidad a lo que necesitas hacer para tener lo que quieres. Porque es como si me dijeras que tu sueño es entrar a trabajar en el Banco Mundial pero no estás dispuesta a aprender inglés. Porque si sueñas algo, tú ves qué es lo que se necesita para poder alcanzar ese algo y ves qué tienes que sacrificar para conseguirlo y lo haces. Pero si no es tu sueño, si es lo que otros quieren, tú no vas a estar dispuesta a cambiar nada. No cambiaste de sueño. Simplemente no aceptaste el sueño de otro.
 
 
Se quedó en silencio varios minutos, mirando a la nada, con la boca entreabierta y el cigarrillo humeando en un cenicero. Yo quería seguir diciéndole todo lo que pensaba, pero tuve el presentimiento que ya le había dicho demasiadas cosas en muy pocas horas como para hacerla pensar por un buen rato. Era necesaria la pausa. Yo también quería pensar en lo que dije, porque también me hizo eco a mí. No sé cuántos de mis sueños serán míos. No sé cuántas de mis ambiciones serán las de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de mi círculo social.
 
Allí estaba yo, diciendo unas verdades que ni siquiera sabía que eran ciertas. No sé, y en el fondo sigo sin saber, si eso que dije de forma tan tajante es tan válido para ella como para mí. Yo, el tipo perfecto, miraba el reflejo de mi cara en el vidrio que cubría el afiche de Carnaval Nocturno que tenía enmarcado sobre la pared blanca. Soy un tipo perfecto… pero ¿perfecto para quién? ¿según quién? He superado todos y cada uno de los obstáculos que se me han presentado en el camino. He cumplido con la cartilla desde la A hasta la Z. Me gradué, viajé, hice cursos en el exterior, monté mi empresa, me casé, tengo hijos, tengo éxito, tengo todo lo que deseé tener desde que tengo uso de razón. Y tengo más, todavía tengo más. Pero, entonces… si tengo tanto, si tengo todo, si ya cumplí con todo lo que tenía que cumplir para ser feliz ¿por qué me quiero volar los sesos? ¿por qué esa idea me ha tenido obsesionado desde el 31 de diciembre? No soy feliz… y se supone que debería estar feliz, porque lo he logrado todo. Y sé que no soy feliz porque ninguna persona que se sienta feliz pensaría en pegarse un tiro en la cabeza. Y no lo sabía. Yo no sabía que no era feliz… lo juro, no lo sabía. Y no es una depresión, no estoy deprimido, estoy hastiado. Si alguien me hubiese dicho esto antes. Si hubiese tenido la oportunidad de saber que… ¿por qué ahora? ¿por qué no antes? Es que si… si… no, no hay condicionantes. Hubiese tenido que cambiar y…
 
– ¡Que bolas Adriano! –rompió el silencio
– ¿Ah? – desperté de mi ensimismamiento- ¿Qué? ¿Que bolas qué?
– Eso. Lo que me dijiste.
– Disculpa. No me pares bolas Ivanova… qué voy a saber yo de…
– ¿Estás loco? –me interrumpió- ¡Tienes razón! Coño, yo nunca me había puesto a pensar esa vaina y… ¡Que bolas! ¡Tienes razón!
– ¿Sí?
– Sí. Claro que sí. Que bien… coño, que bien. Gracias princeso –me dijo estirando su mano hacia mí.
– De nada –le devolví el gesto y la abracé, pero seguía pensando en mí.
– ¿Sabes qué princeso? –me dijo rozando su barbilla con mi pecho- Ahora quiero estar sola. No es por ti ¿ok? No te vayas a paquetear. Es que quiero pensar un poco más lo que me dijiste… en todo lo que me has dicho hoy. Tengo ganas de estar conmigo. Yo creo que uno tiene que echarse unas encerronas con uno mismo de vez en cuando y conocerse mejor. Y tú me has distraído demasiado últimamente… ¡Y mira que yo necesito esas sesiones de autocontemplación!
– ¿En serio quieres que me vaya? –le pregunté haciendo un puchero- pero yo estoy aquí, rico, contigo –la apreté más hacia mí.
– ¡Ah, yo también! –me respondió zigzagueando su cara en mi pecho- pero quiero tener una charla rica conmigo… Deberías hacer lo mismo princeso. Es bueno conocerse uno mismo.
– Sí, bueno… será. Si me echan… de mejores lugares me han botado.
– ¿En serio?
– Nah –le respondí riendo- a mí nunca me han botado de ningún sitio loca. Yo soy Adriano Mendoza ¡Adriano Mendoza! –exclamé levantando las manos.
– Dame un beso. Nos vemos mañana… o lo que sea.
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Yo tenía otros planes para hoy. Yo pensaba pasar el día con ella, hablar, tener sexo y hacer cualquier otra cosa que se le ocurriera. Todo el mundo está en sus planes de fin de semana. No quiero estar solo. No hay buenos partidos de fútbol hoy. No me gusta la liga italiana. Tampoco pienso ponerme a ver una película solo… regularmente no me importaría, pero hoy no tenía planeado estar solo y me va a tocar estar solo. Me jodió la agenda del fin de semana. No tengo ganas de pensar, no tengo ganas de conocerme a mí mismo. Yo tengo ganas de tener sexo, tomar vino y hablar paja. Me tocará ponerme a trabajar. Siempre hay trabajo que se puede adelantar.
 
Llegué a la casa, puse la Quinta Sinfonía de Mahler. Encendí la computadora y me puse a trabajar. No tenía ganas de trabajar, pero era lo único que se me ocurría hacer; estaba casi de mal humor, pero al menos logré distraerme varias horas.
 
A las diez y media de la noche ya no sabía qué más inventar. Había adelantado todo lo que se podía adelantar de trabajo. Leí la prensa. Revisé varias revistas de finanzas y empresas. Vi pornografía. Leí lo último que estaba pasando en materia de fútbol. Traté de leer algo de Kant y me aburrí, simplemente ya había planificado todo y ahora me tocaba cambiar mis planes. No tenía nada que hacer. Podría salir, pero ¿a dónde? y más importante ¿con quién? Incluso llamé a mi abuela para saludarla y ella tampoco estaba en casa. Nadie estaba en casa. Yo soy el único huevón que está en su casa un sábado por la noche, sólo por estar haciendo planes con una loca que a última hora le da por ponerse filosófica y me bota de su casa porque se quiere conocer más a sí misma. Hoy es sábado de sexo. Hoy debería estar tendido en su cama recibiendo una fellatio. Pero no. Estoy solo.
 
Yo, Adriano Mendoza, el empresario. ¡No, no sólo el empresario! ¡Soy un exitoso empresario! Un soltero codiciado… divorciado, pero disponible. El príncipe azul de cualquier mortal. Pero solo. Solo un sábado en la noche.
Podría estar en cualquiera de las decenas de reuniones sociales típicas de un sábado en la noche, pero… voy a arriesgarme a hacer lo que nunca he hecho, pasar un rato conmigo, escucharme, sentirme, entenderme… ¡que maricón me oigo!
 
Caterina Ivanova cree que eso es bueno. Entre toda su confusión y su locura, ella parece feliz, parece libre, no parece tenerle miedo al futuro, ni al pasado, y vive el presente como si no tuviese consecuencias. Vamos a ver qué hay de excitante en conocerse a uno mismo… ¿por dónde se empieza?
 
Necesito la banda sonora de este peo. Si me voy a conocer a mí mismo que sea con buena música. Necesito un trago.
 
¿La Novena? No. Demasiado optimista para lo mierda que me siento. ¡Las Valkirias! Sí, Wagner. Ella no conocía a Wagner, se lo tuve que presentar… ¡y le pareció intenso! Este es un maldito ejercicio intenso. ¿Qué voy a sacar conociéndome a mí mismo? Yo necesito conocer a mis posibles clientes, a mis empleados, a la tipa con quien quiera estar, a mis hijos, a mi ex, a mis padres. Eso minimiza las probabilidades de que me jodan la vida. Pero a mí mismo… ¿para qué? Yo no soy el que me jode la vida, son los demás. Es la porquería de situación del país. Es mi familia que me jode. Es mi ex, son los niños, son mis socios. Los problemas en el trabajo, el personal, los clientes…
 
¡Me siento solo! Me quedó demasiado fuerte el whisky… las Cabalgatas de las Valkirias también. Mejor Beethoven… Concierto para violín y Orquesta.
 
Estoy solo. A mis treinta y ocho años no tengo a nadie cerca de quien le pueda decir que me siento solo. Soy demasiado exitoso como para decirle a alguien que siento que he fracasado en la vida. Nadie me entendería. Lo tengo todo. El año pasado fui nombrado “Empresario del año” (gran vaina). Tengo dos bellos hijos. Las carajitas se mueren por mí… hasta me piden autógrafos de vez en cuando. A veces doy conferencias en universidades y los estudiantes se acercan ansiosos de conocerme en persona. Mis hermanos, mis primos y toda mi familia, en general, me admiran. Mis socios sienten que sin mí la compañía no funcionaría como lo hace. Gozo de la admiración y el respeto de todo el mundo… menos de mí mismo… sí, todo el mundo quisiera ser como yo, menos yo. Y no es que no quiera ser como soy. O, más bien, no es que no quiera tener las cosas que tengo, el éxito que tengo, las oportunidades y la admiración. Pero me gustaría ser un poco, sólo un poco más libre.
 
No me había dado cuenta, pero en realidad soy un hombre amargado. Profundamente amargado. ¡Y todo el mundo cree que soy feliz! y que, además, me sobran las razones para ser feliz. Tal vez ellos tengan razón y sea yo quien esté equivocado. Lo único cierto es que la idea del suicidio me llegó del cielo. Ese último fin de año me hizo ver lo amargado que me siento con todo lo que me rodea. No sé por qué. Siempre ha sido lo mismo, las cosas siempre han funcionado igual y siempre habían funcionado para mí. Pero ese 31 de diciembre no pude soportar verme rodeado de rituales y abrazos fingidos. No sé por qué, pero sentí como si toda mi vida hubiese sido una farsa, una comedia, y yo, yo… como si yo nunca hubiese sido yo. Como si siempre hubiese sido el empresario del año, el soltero codiciado, el hijo perfecto, el padre perfecto, el hermano perfecto, el socio perfecto, pero el Adriano Mendoza equivocado.
 
Quizá haya sido el exceso de gente que estaba con nosotros el 31 de diciembre. La fiesta fue demasiado grande, demasiado ostentosa, demasiado de todo. Fueron demasiados abrazos y besos y buenos deseos fingidos. Yo sólo quería, y tampoco sé por qué, estar un rato solo para respirar mejor. Me hubiese gustado poder pensar qué es lo que realmente quiero para un nuevo año. Sin embargo, ahora que lo recuerdo, lo pensé, me lo pregunté. Y resulta que no sabía qué desear para este año. Mi lista de deseos, porque siempre hay que hacer una lista de deseos, está llena de cosas que yo sé que no me van a hacer feliz.
 
Salud. Sí, siempre hay que pedir salud. Prosperidad. Claro, la avioneta, el yate, el último BMW, muchos clientes y éxito en los negocios. Amor. Nunca he pedido amor. Nunca he sentido necesidad de pedirlo; supuestamente me sobra amor, pero en realidad lo que sobran son mujeres que quisieran ser amadas por mí para casarse y tener estabilidad. Por supuesto, es que yo soy un tipo estable en todos los sentidos. Incluso yo mismo desearía que mi hija se case con un sujeto como yo, a pesar de que ya me di cuenta de que no soy feliz, a pesar de que estoy conciente de que nunca voy a poder hacer feliz a nadie; lo que sí puedo garantizar es que conmigo van a creer que son felices.
 
Mi mamá piensa que debería irme del país. Definitivamente este país le consume las ganas de vivir al más optimista. Este país es una bomba de tiempo política, económica y psicológicamente hablando. Cualquier persona medianamente inteligente sabe que esto va a explotar en cualquier momento, pero -dada la carencia de personas siquiera medianamente inteligentes- es difícil conseguir un interlocutor con quien se pueda hablar del tema sin apasionamiento.
 
Es agotador saber que el país se está hundiendo y vivir tratando de cambiar la situación o vivir tratando de evadir la realidad. Eso es lo que hacemos todos los días, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, evadir, evadir. Y es que hasta hemos llegado al punto de usar los problemas del país para evadir los propios. Cada uno vive sus miserias y no nos damos cuenta, porque no nos queremos dar cuenta, de que somos infinitamente miserables. Tan miserables somos los socios de la firma como los mensajeros o la señora de la limpieza o las recepcionistas. Todos tratamos de maquillar nuestra infelicidad. Y, lo peor, es que ellos, ni mis socios ni mis empleados, saben que son infelices. Yo sí lo sé. Ya me di cuenta.
 
Podría irme del país y no padecer a diario el caos tropical que todo el mundo parece disfrutar. Pero ¿para qué? ¿Empezar de nuevo a estas alturas de mi vida? Ya yo tengo un nombre, una reputación, un mercado cautivo. En todas las áreas de mi vida. Ya yo soy alguien y no quiero empezar a construirme un nombre a los treinta y ocho años. Yo ya aré el camino que me ha llevado a donde estoy. Ya, a estas alturas, yo no tengo que buscar clientes; ahora son ellos los que me buscan a mí. Yo no tengo que buscar inversionistas, ellos me buscan a mí. Ni siquiera mujeres, ellas me buscan a mí. He salido en todas las revistas habidas y por haber. Ya la gente sabe quién soy cuando llego a un lugar. La gente me mira y le dice al acompañante “ese es Adriano Mendoza, el empresario”. Empezar otra vez, siendo un perfecto desconocido, sólo porque estoy harto del país, de la política, de la idiosincrasia… no, es demasiado costoso.
 
¡Pero me siento tan profundamente infeliz!
 
Tal vez esa infelicidad es nueva, pero la no felicidad es tan vieja que ni siquiera puedo recordar cuándo dejé de ser feliz. Supongo que de niño lo era, creo que en la universidad lo era, pero tampoco estoy seguro de haberme sentido plenamente feliz nunca, al menos no como adulto. No me sentí feliz cuando arrancamos la empresa, me sentí triunfador, sentí que había logrado algo importante, que estaba por empezar una nueva etapa en mi vida, en la edad perfecta para acumular riqueza, para hacer dinero. Tampoco me sentí feliz cuando conquisté a Claudia, cuando nos casamos, ni en la luna de miel. Sentí que lo había logrado, que la mujer que yo quería que fuese mi esposa estaba ahí, ya conquistada, lista para jugar el papel para el que yo la necesitaba. Ni cuando nacieron mis hijos me sentí feliz. Sí, me alegré, pero no me sentí feliz, dichoso. No. Simplemente me alegré. Ya estaba lista la familia, ya tenía los dos hijos que necesitaba para completar la familia. Y cuando muera… con todos los seguros y los fondos que les dejo yo creo que ya cumplí.
 
¡Qué triste, soy la misma mierda que mi papá! ¡Yo no conozco a mis hijos! He estado demasiado ocupado trabajando para que ellos tengan lo que necesitan. ¡Me ladillan los carajitos! Cuando sacan buenas notas, cuando salen bien en sus actividades, cuando las cosas están bien es genial ser padre. Pero esa vaina de tener que… Es muy fastidioso querer ver un juego de fútbol y no poder porque el niño tiene un problema en el colegio y quiere hablar. Porque él no entiende la importancia del partido. Y perderse el gol porque está hablando paja ¡Perderse el gol! O de repente estar ocupado en un proyecto para un cliente y viene Clarita a enseñarme los dibujos que hizo y ver los dibujos y decir ¡que lindo! O dejar de ver el partido y escuchar a Alexander y decirle cualquier cosa para que se vaya y pueda ver aunque sea la repetición del gol. No, coño, no me gusta ser padre. ¡Pero me encanta cuando la gente me dice “tus hijos son adorables” “que educaditos” “que tiernos” “se ve que tienen excelentes padres”! ¡Que idiota es la gente!
 
Yo no me he sentido feliz, me he alegrado, he estado contento, pero feliz, lo que se llama feliz… más feliz me he sentido cuando gana Alemania o el Bayern München un partido de fútbol.
 
He logrado todo, menos sentirme feliz, porque nunca he hecho nada para sentirme feliz, porque yo siempre creí que eso venía solo, que eso era el producto natural de obtener logros. He conquistado todos los espacios que he querido conquistar, a todas las mujeres que he querido conquistar, a todos los clientes, inversionistas y aduladores que he querido conquistar. Pero después de la conquista, después de los logros, lo único que he sentido es el deseo de tener más. Más fama, más reconocimiento, más público. La gente que me rodea es eso, público… o socios. No tengo amigos. No confío plenamente en nadie. Y en los pocos que confío, no creo que tengan la capacidad de soportar todas las cosas que quisiera decir. Tengo treinta y ocho años viviendo a medias verdades. Nadie me conoce y, estoy seguro, no conozco a nadie. Todos estamos viviendo nuestra propia farsa.
 
Estoy con una mujer que me aburre, pero es el accesorio perfecto para salir. Claudia no era menos aburrida, más madura sí, pero igual de perfectamente aburrida y cuadrada. Quizá ellas piensen lo mismo de mí. Quizá lo sepan, quizá no. Puede que yo sólo sea el accesorio que necesitan para ir a una cena, a una boda o al sitio de moda. Y todas las mujeres con las que he estado son así, accesorios. Útiles accesorios. Pero ninguna, ninguna ha hecho nada fuera del manual, de su manual… ¡Hasta que llegó la loca! Pero yo no puedo estar con una Caterina Ivanova…
 
¡Concierto para piano Nº 20 de Mozart! Siento como si cada arco de cada violín me rasgara las venas, las arterias, la vida.
 
No puedo, lo juro, no puedo. Quisiera. A veces quisiera llevarla a donde voy, pedirle que me acompañara a mis reuniones sociales, llevarla a mis viajes con mis amigos, llevarla a cenar a casa de los viejos, presentársela a mis hermanos… arriesgarme a ser y hacer lo que quiero, arriesgarme a estar con ella abiertamente, pero no puedo. ¡¿Qué coño de la puta madre voy a decir cuando me pregunten quién es y qué hago con ella?! ¡Porque es una loca! Porque ella no va a dejar de decir lo que piensa porque pueda –eventualmente- herir el delicado oído de los puritanos y los moralistas. Así es ella. No es la mujer con la que yo debería estar, pero es la mujer que me hace sentir vivo… y eso es una verdadera mierda. Porque sería más fácil si ella fuera igual a todas las demás y me aburriera a los dos meses, como todas las demás. Pero no.
 
Ella es… Caterina Ivanova. ¡Es tan Caterina Ivanova! Sí. Es ella, sólo ella, ni más ni menos. Justamente ella. Lo único que me hace salir de la miseria que significa mi vida. No es la correcta, no es la apropiada, no es la princesa con la que había soñado… pero me encanta estar con ella. Y no puedo. Porque estar con ella significaría renunciar a lo que soy, a lo que siempre he creído correcto, a lo que me han enseñado, a lo que he aprendido acerca de la mujer correcta con la que debo compartir mi vida. Porque me imagino teniendo hijos con ella y ¿qué le diría a mis hijos acerca de su madre? “Mami escribe historias de sexo para adultos”.
 
Su vida es mitad real, mitad imaginaria… Ahora que lo pienso bien ¿qué tan diferente es a la mía? ¿Realmente está más loca que yo?
 
¡Tengo ganas de llorar! No había llorado desde que se murió mi otra abuela, cuando tenía nueve años. Pero esta vez el muerto soy yo. Quiero mantener vivas unas costumbres, unos paradigmas que me están matando. Quiero mantener un status quo que me jode demasiado. Y las ganas de tirar a la basura todo lo que me está jodiendo no son lo suficientemente fuertes. O tal vez es que la comodidad se ha hecho tan fuerte que ha acabado con todo, hasta conmigo.
 
No soporto a mi familia. Mi mamá siempre se está quejando por algo o está tratando de disimular algún problema que, además, pretende que uno adivine y la ayude a resolver. Mi papá siempre está tratando de ser el centro de la atención familiar. Todo el tiempo él quiere ser el centro de la atención. Me da urticaria nerviosa pensar que yo puedo terminar siendo como él. Mis hermanos ¿quiénes son mis hermanos? Andrea y Andrés son la viva estampa de mis padres. Paty, que se cree tan liberal, va a terminar por darse cuenta de que esas revoluciones de feminista de nueva era no terminan bien… al menos no cuando está tan acostumbrada a la comodidad que le daba su vida pre-revolución. No se pueden cambiar todos los estamentos de un solo golpe. Ninguna revolución ha terminado bien. No creo que la de ella lo logre.
 
Y quizá Paty podría entender algo de lo que siento, pero va a tratar de convencerme de ver el lado bueno de todo y va a insistir en que deje todo en las manos de Dios, porque está convencida de que eso es lo único que hay que hacer para que las cosas salgan bien. Como si Dios pudiera cambiar las expectativas que todo el mundo tiene de mí y, así, de la noche a la mañana, le dejo las cosas a Dios y puedo mandar a la mierda a mi papá cuando me llame para hablar de política, o le pueda mentar la madre a un cliente poco cooperador o… o que de la noche a la mañana yo pueda salir con Caterina Ivanova sin consecuencias sociales. No… Dios no puede encargarse de esas cosas. De eso se encarga uno con la inteligencia que le dio Dios para no meterse en problemas innecesarios.
 
Conocerme a mí mismo. Tengo dos horas hablando conmigo mismo y no he descubierto nada nuevo. Sé lo de siempre, estoy hastiado. Lo único que tengo que tener claro es que el 31 de diciembre va a terminar ese hastío. Ya no voy a tener que fingir más. Ya no tendré que hacerle creer a la gente que me agrada. No necesitaré hacerle creer a nadie puede contar conmigo, ni tendré que contener las ganas de dejar una reunión sin excusas, ni tendré que inventar elogios o palabras de aliento para mantener a la gente contenta. Es que ni siquiera me va a importar que la gente esté contenta. Por fin le voy a mostrar el dedo al mundo. ¡A Adriano Mendoza no le interesa nadie! ¡Entérense! ¡Lo único que me ha interesado toda la vida es mantenerlos con la ilusión de que me interesan para que me sirvan cuando los necesito! Sí. Eso es todo. Eso será todo… lo único es… yo no… nunca me imaginé que sería tan costoso.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE VII. CAPÍTULO XXV.