Si usted es de esos venezolanos que aún no logra entender cómo Venezuela ha caído en un foso tan hondo y constantemente repite que nos cayó una maldición y que no merecíamos esto, o si usted no es venezolano y le preocupa la posibilidad de acabar teniendo un destino análogo al venezolano, o es de los que dice que en su país eso no puede pasar porque “al tipo lo bajan ahí mismo…”, lo invito a un breve encuentro con la historia de un país que nunca imaginó vivir todo lo que le ha tocado vivir.  Pero esta historia no es la que conocemos y recordamos con impresión, por lo reciente y sangriento de los hechos, esta es la historia que antecede el asesinato y encarcelamiento de estudiantes y líderes políticos. ¿Quiere saber qué estaba haciendo el venezolano en ese entonces?

El comportamiento del venezolano feo en la política.

En Venezuela la marcha se ha convertido en un evento social al cual no se puede dejar de asistir.  Las marchas venezolanas, sea de un grupo político o del otro, no se parecen en nada a las marchas que ocurren en otras latitudes, donde los asistentes van con una agenda en mente y el objetivo es demostrar la seriedad del asunto que se desea exponer.  Puede que Yo vea pocos noticieros mundiales, pero nunca he visto una marcha en todo el mundo donde los manifestantes vayan protestando y bailando, comprando souvenirs a lo largo de la marcha, tomando fotos con los amigos y con las personalidades del momento.  Lo juro, nunca lo he visto.

Las marchas y concentraciones se pusieron de moda en el año 2002.  Algunas fueron muy serias, pero la mayoría dejaban mucho que desear.  Obviamente, siendo el venezolano tan alegre, no puede ir a un evento político –porque se supone que el fin último de esa manifestación popular conocida como marcha es político- sin los camiones que trasladan los altavoces que transmiten las consignas políticas del momento y la música adaptada para tal fin.  Nunca falta el grupito de jodedores que llevan unos tambores y ponen a bailar a los alegres venezolanos, que no se pierden una oportunidad de demostrar a los noticieros de todo el mundo que si hay un pueblo alegre ¡ése es el venezolano!  Cual sambódromo de Río de Janeiro, los manifestantes venezolanos van bailando al son que le toquen, ombligo pelado y melena al aire.  Si alguien grita una consigna por ahí, los otros se pegan y la repiten.  Claro que no todo es baile y gritadera, hay también quienes van a las marchas a ponerse al día con los chismes del momento.

Cualquiera sea la protesta, sea en una marcha o en medio de un desastre natural, cuando llegan las cámaras de los noticieros salen los jodedores y se colocan justo detrás de la persona que está con el micrófono al frente, tratando de responderle al periodista alguna pregunta.  Los jodedores en cuestión van a hacer todo lo posible por llamar la atención, sonreirán, darán saltos, gritarán consignas, saludarán a la cámara y, cuando salga el noticiero, llamarán a los panas para saber si lo vieron.

En medio del paro petrolero, que duró desde diciembre de 2002 a febrero de 2003, el venezolano trató de no amargarse la vida, porque ¡vamos!…  está bien que no haya comida ni gasolina ¡pero no se puede perder la alegría del venezolano!  De manera que era frecuente ver en las interminables colas que se hacían en las estaciones de gasolina, donde la gente fácilmente podía pasar más de doce horas, los grupitos de venezolanos felices con la música a todo volumen, bailando y bebiendo.  Eso sí, no se puede negar, entre baile y baile había que insultar a Chávez, porque hay que dejar bien caro que se es opositor.

También durante el paro petrolero, muchas mujeres, aburridas porque no había nada qué hacer, decidieron invertir su tiempo y su dinero en implantes de silicona para verse mejor en la próxima marcha. Algunas peluquerías abrían clandestinamente para atender la demanda de mujeres necesitadas de un cariñito en el pelo antes de que la Guardia Nacional las despelucara.

Y si usted cree que ese comportamiento alegre y desaforado del venezolano quedó en el pasado y que ahora se están tomando las cosas en serio, recuerde los últimos acontecimientos electorales en el país.

En Venezuela, los opositores a la intentona de reforma constitucional (2007) fueron a marchar en medio de una jodedera total.  Camiones de música amenizaban el momento, las consignas –en lugar de hacer pensar a los asistentes- provocaban carcajadas en los asistentes, mientras más hilarantes más pegajosas.

Ya viviendo en Bogotá, me fui a Caracas a marchar y a votar.  Mi marcha empezó en Plaza Venezuela, pero antes de caminar hasta la Avenida Bolívar, entré a un restaurante Subway que está en la zona.  Como es de suponer, no era la única con hambre, por lo que la fila para tener algo de comida era bastante larga.  Obviamente la gente conversaba dentro del recinto, todo en contra del gobierno, de los abusos de los chavistas, de esa gente que hace lo que le da la gana amparada por las autoridades y el infaltable ¡esto no puede seguir así!  Muy enérgica protestante, la señora que tenía delante de mí, no dejaba de hablar y de emitir sus puntos de vista mientras avanzaba lentamente la fila.  No faltaron las críticas a la Coordinadora Democrática, a los líderes de oposición, las bendiciones a los estudiantes que han salido a dar la cara, etc.  En algún momento la doña se encontró con un grupo de amigas, quizá seis o siete mujeres, que sin mediar palabra alguna se instalaron delante de mí, al lado de su enérgica compañera de marcha que venía diciendo que los chavistas hacen lo que les da la gana sin respetar nada ni a nadie.  Reconozco que soy poco sutil, menos aún cuando tengo hambre.  Dados los acontecimientos, me vi en la necesidad de pedirles a las doñas que hicieran su fila como todos los opositores civilizados que estábamos allí hacía más de media hora.  Trataron, infructuosamente, de convencerme que la amiga les estaba haciendo la cola, que todas venían juntas y que estaban en su legítimo derecho de colocarse delante de mí.  Después de decirles “Lina, Iris, Cilia, Mari Pili… si los demás lo permiten, se pueden poner detrás de mí, pero delante de mí no las quiero”.  Ofendidas las señoras terminaron poniéndose delante de un pendejo que les permitió colarse.  Un cómplice que dejó que hicieran justamente lo contrario de lo que estábamos exigiendo: Respeto. Ese Chávez que estas señoras opositoras llevan por dentro, no les permitió entender que estaban actuando justo como ellas no quieren que se comporte la gente de su país.  Estaban haciendo lo que les daba la gana, pero en su mente, donde el chavismo reina sin que ellas mismas puedan darse cuenta, estaban haciendo algo normal… colándose en la fila para comprar un sándwich.

Así comenzó mi marcha antireforma constitucional, con una clara evidencia de la crisis de valores de los venezolanos. Fue entonces cuando sentí que estaba perdiendo mi tiempo, porque con o sin reforma constitucional, el Chávez que llevamos dentro está allí, por mucha ropa Armani, por mucho zapato Dolce & Gabbana, por mucha cartera Hermés, por mucha educación en los mejores colegios… allí estaba la prueba viviente de que el principal problema está dentro de cada venezolano.

En la marcha, aparte de ver demasiados espacios vacíos, más de los que esperaba ver, me encontré con las mismas escenas de baile y jodedera de otras marchas.  Ombligo pelado, escotes pronunciados, fotos por aquí y por allá, la cacería a los líderes estudiantiles para las fotos… realmente sentí que íbamos a perder en las urnas, porque no sentí la necesaria seriedad que debía existir en los participantes de una manifestación política tan crucial como en la que estaba… o que Yo suponía estar, obviamente la desubicada era Yo.

A pesar de la concurrencia a la marcha, más del 40% de los electores venezolanos no asistieron a las urnas el 2 de diciembre de 2007. Como buenos venezolanos se buscaron una explicación. “No fue la oposición la que dejó de votar, fueron los chavistas.” Ergo, la culpa es de otros, no de la poca seriedad de la sociedad civil desorganizada que siempre tiene una buena razón para no cumplir con su parte del trato.  Gracias a Dios, y a los estudiantes, ganamos, pero a mí me parece que sólo ganamos en las mesas de votación, porque parece que la lección sigue sin aprenderse.

Tal y como suele suceder en Venezuela, la oposición, es decir, todos los venezolanos que no están de acuerdo con el proyecto revolucionario de Chávez, asumieron que el triunfo era indiscutible.  Chávez perdió y no podía hacer nada al respecto… así decían los ingenuos que se atragantaban engullendo el triunfo en las urnas.  Pero pocos meses más tarde ocurrió lo impensable: Chávez modificó un par de cositas a la pregunta, lanzó de nuevo la reforma constitucional y esta vez sí ganó.  Oh, sorpresa, Chávez hizo lo que la gente decía que no podía hacer “por inconstitucional”; es decir, todavía en Venezuela hay personas que creen que Chávez va a detenerse si la Constitución no le permite avanzar.  Sarta de ingenuos…

Huelga decir que la Comunidad Internacional, vista la evidente violación a la Carta Magna venezolana, no hizo nada.  Y, querido lector, no olvide que a los hondureños los pusieron en la mira y los sacaron temporalmente del mapa democrático internacional, sólo por defender su derecho a impedir que Honduras se convierta en otra dictadura de facto.  Pero en Venezuela la Comunidad Internacional lo más lejos que ha llegado es censurar los atropellos gubernamentales.

El problema en el 2002 no era la falta de unión de la oposición ni la falta de un líder, tampoco ese es el problema actual; la mayor limitante es que los venezolanos no se toman en serio la situación política y esperan y rezan e imploran al cielo, que las cosas cambien, sea por la vía de un Mesías que le gane a Chávez en las próximas elecciones o que la Comunidad Internacional haga algo… Y mire usted lo malo que nos salió el último mesías y lo chavista que ha demostrado ser la Comunidad Internacional: ineficiente, cobarde, irresponsable y bastante acomodaticia con las chequeras de los países miembros.

Volviendo con la Coordinadora Democrática (C.D.), después que perdimos el referéndum revocatorio en el 2004, todo el mundo culpó a la Coordinadora.  Desde los medios de comunicación hasta la gente común de las calles.  Después de seguirlos como borregos, nadie fue capaz de reconocerle a la C.D. el valiosísimo trabajo que hicieron en sus inicios.  Yo, en los albores del 2002, después de largas conversaciones con mi hermano y mi amigo el negro, entendí que se estaban cometiendo errores terribles y traté de alertar a través de algunos artículos, por los cuales fui señalada de chavista. Sin embargo, y pese a los desaciertos, sigo pensando que la Coordinadora Democrática tuvo logros importantes y sólo los opositores que tienen muy incrustado el Chávez interno, no pueden ver la magnitud del trabajo que se hizo al inicio.  El que se haya desviado en sus objetivos no sólo es responsabilidad de los miembros activos de ese movimiento llamado Coordinadora Democrática; es tan culpable el líder que lidera mal como el seguidor que calla y no advierte los peligros del camino.

Como no se logró el objetivo planteado, que era uno solo, sacar a Chávez del poder,; el pueblo venezolano, o esa parte de pueblo que vive urgida de seguir a un líder, de que le planteen objetivos y le digan qué hacer, volvieron con el rabo entre las piernas, arrepentidos y frustrados.  Surgió nuevamente la preocupación acerca de la ausencia de líderes.  Ahora, sin planes para el futuro, sin nadie a quién creerle, sin un tótem a quien adorar, la oposición venezolana, que –insisto en esto a ver si algún día se entiende – son todos los que se oponen a la dictadura de facto del chavismo, no sólo los líderes de los partidos políticos, desapareció nuevamente.  Lo que siguió fue la resignación y el replanteamiento de objetivos personales “si no trabajo no como”.  Pero ese trabajar, en muchos casos, significó venderle el alma al diablo.  Si para comer hace falta trabajar con el gobierno, se hará, porque al fin y al cabo hay deudas que pagar.

Una amiga me contaba su versión sobre los hechos de la Embajada de Cuba (2002), porque ella estuvo allí, con su entonces novio o acompañante.  Cerca de las ocho de la noche del once de abril, frente a La Carlota, estaba reunido un numeroso grupo de opositores haciendo presencia para que no dejaran escapar a Chávez.  Se escuchan rumores de la presencia de Chávez en la Embajada de Cuba y, sin pensarlo dos veces, un grupo de camionetas –que seguramente serían Toyota- se dirigen a la Embajada en cuestión, haciendo ruido, caceroleando, pitando, etc.  Habiendo hecho acto de presencia, mi amiga y su chico deciden irse a casa, pero los carros de la Embajada de Cuba estaban allí, frente a ellos, parados en una calle de Chuao.

El sujeto con quien andaba mi amiga, que no firmó porque se encontraba en Miami cuando se inició el proceso de recolección de firmas, identificó uno de los carros por la placa diplomática.  Indignado por la calidad de autos que manejan los “malditos cubanos” (un lexus blanco o plateado) sacó de su bolsillo una navaja Victorinox y procedió a rajar la llanta derecha, del lado del copiloto.  Posteriormente, como si nadie lo hubiera visto, siguió su camino… pero sí lo vieron y no faltaron imitadores que, para entonces, estaban borrachos de adrenalina y decidieron hacer lo mismo abiertamente.  Ellos, mi amiga y su novio, volvieron a La Carlota y otro grupo de borrachos –esta vez por alcohol- salieron a otras embajadas donde no encontraron nada qué hacer y decidieron retornar a la de Cuba, donde todo estaba destrozado por la ira de los manifestantes indignados o qué se Yo cuál será la explicación que quieran darle a estos hechos de violencia.

Lo interesante de todo este cuento es que actualmente, ese chico con quien salía mi amiga, aprovechando que no firmó, se metió a reservista y es un heraldo de la revolución; escucha Alí Primera y no se pierde un Aló Presidente; ahora odia a los malditos oligarcas, a pesar de que algún día su abuelo fue el dueño de toda Santa Fe.  Seguramente, cuando pase todo, porque algún día pasará, él dirá que tuvo que trabajar con el régimen porque simplemente necesitaba trabajar y no encontraba empleo.  También dirá que lo obligaron a ir a marchas del oficialismo y que tuvo que ver, forzado, los Aló Presidente… y hablaba como si en verdad odiara a los oligarcas porque tenía que engañar a los chavistas o lo botaban del trabajo.

Ese es apenas un ejemplo de un venezolano feo, que actuó como opositor cuando la ola lo llevó a ello, que fue a las marchas, gritó consignas contra el gobierno, tragó bombas lacrimógenas hasta el cansancio (como una servidora) y, para coronar el currículum, inició el caos en la Embajada de Cuba.  Como opositor él hizo todo lo que pudo, pensará en sus noches de desvelo, pero no resultó. Seguramente se convencerá a sí mismo de que los políticos, la Coordinadora Democrática, los líderes lo engañaron y él, pobrecito, tiene que vivir de algo.  Si ese algo es todo lo contrario a lo que dictan sus valores ¿quién necesita valores? ¿acaso con valores se va al mercado, se pagan los servicios y la hipoteca del apartamento?  No.  Así que tiró los valores a la basura y se unió al ejército de reserva de la revolución.  Lo más probable es que allí los valores no le hagan falta.

EL VENEZOLANO FEO. SEGUNDA EDICIÓN AMPLIADA.2011.