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Sep
25
2017

Choque de trenes.

XXIII. Choque de trenes.
 
Era miércoles. La noche anterior fui a un juego de póker con un grupo de inversionistas de la casa de bolsa de Daniel Cañizales. Tomamos Buchanans 18, fumamos Cohiba, perdí cuatrocientos dólares, pero los tipos decidieron invertir en el proyecto que les propusimos.
 
La mayor parte de la conversación giró en torno a la candidatura presidencial de Benjamín Rauseo, mejor conocido como El Conde del Guácharo. Un humorista cuyo repertorio estaba limitado por la ridiculización del sexo, cargado de vulgaridades y tan simplista y limitado como la capacidad de análisis del venezolano promedio. Estos tipos, estos inversionistas, estos huevones con más dinero que neuronas, piensan apoyar la candidatura de semejante payaso.
 
Ahora resulta que el tipo es la solución para los problemas políticos del país. Le gusta a los pobres, a la clase media y hasta a los ricos. Incluso Andrea comentó en la última reunión familiar que si de verdad se lanzaba ella iba a votar por él. Andrea. Ella, que jamás soportó lo vulgar de sus chistes, estaba diciendo que en las entrevistas que le habían hecho el tipo había contestado acertadamente. Le dijo a mi papá que leyera sus propuestas. ¡A mi papá! Y él, con toda su solemnidad, le dijo que lo haría, pero que difícilmente le daría su voto a un payaso cuyo comando de campaña estaba bautizado con el nombre de “comando pechuga”. ¡Yo triunfé con el comentario del viejo!
 
Si por lo menos fuera Laureano Márquez. Ese sí es un intelectual de verdad. Ése sí es un buen humorista, agudo, inteligente. Pero no. En este país, si no es vulgar y chabacano, no le gusta a la masa. Ahora resulta que El Conde del Guácharo es un intelectual. Ahora ése es un tipo inteligente y preparado, un empresario exitoso y que, además, viene de abajo, como le gusta al pueblo. ¡Intelectual! ¡Que bolas tiene la gente de este país! Entonces resulta que Julio Borges o Teodoro Pettkcoff no son intelectuales.
 
La vaina me tenía molesto desde que comenzó a ponerse de moda hablar de ello. Es esa idiotez de la gente de este país lo que tanto me cabreaba. Porque esa misma gente, que ahora apoya a El Conde del Guácharo, era la que estaba emocionada cuando Chávez se lanzó en 1998. Esos mismos medios de comunicación eran los que estaban enloquecidos entrevistando al tipo que quiso acabar con la democracia en Venezuela, no una, sino dos veces. Los mismos medios de comunicación que ahora se quejan por la censura del gobierno, fueron los que le dieron cobertura a todo lo que decía y hacía. Pero ahora la moda es el Conde… ¡Partida de imbéciles!
 
Seguía rumiando mi arrechera cuando sonó el teléfono. Las siete y veinticuatro. ¿A quién coño se le ocurre llamar a esta hora?
 
– ¿Cómo amaneció el señor de la cajita? –me dijo la única voz que podía escuchar antes de café.
– ¿Qué estás escuchando? –pregunté, sabiendo que era Caterina Ivanova.
– “Reflexions of my life”. Me encanta esta canción.
– ¿Qué es lo más moderno que oyes tú?
– Uhmmm… no sé… creo que las baladas pop de los ochenta.
– Dos décadas perdida en la música ¿no?
– ¿Qué vas a hablar tú? ¿Qué es lo más moderno que oyes? ¿Stravinsky? ¿Orff?
– ¡Pero mira a la pornógrafa! ¡Buen polvo y culta la nena!
– ¡Pendejo!… ¡Ah, no, ya va!… También me gusta U2…y… Aerosmith, eso es más moderno ¿no?
– Depende de cuales te gusten. Seguro que te gustan las viejas.
– No, hay algunas nuevas que me gustan.
– Y ¿a qué viene lo de la cajita?
– ¿Cuál cajita?
– Me dijiste “cómo está el señor de la cajita” – dije remedándola.
– ¡Ah! ¿eso? Nada. Jodiéndote. Por aquello de tu cajita social. Tus cuatro paredes sociales. – me dijo mientras tomaba una bocanada de su cigarrillo.
– ¿Qué tienes tú en contra de la sociedad? ¿te levantaste rebelde o qué?
– Uhmmmm, nop. – respondió exhalando el humo.
– ¿Entonces? En serio, dime qué tienes en contra de la sociedad. Pareces una loca comunista o evangélica.
– ¡Coño, de comunista a evangélico ha un trecho insalvable amigo! Por si no lo sabías los comunistas son ateos por definición.
– Bueno, tú me entendiste – le respondí en un tono seco. Me molesta que me corrija.- La cosa es que eres una extremista. A veces hablas como si tuvieras una bronca rara con la sociedad. En serio, dime, ¿cuál es tu peo con la sociedad?
– ¡Nada! Te estaba jodiendo… ¿ahora no te puedo joder?
– Me puedes joder en toda la acepción americana o española de la palabra. Si joder es igual a coger, sí, jódeme. –le dije riéndome.
– ¿Por qué estás hablando así?
– ¿Así cómo?
– Como… como un personaje de mis cuentos.
– ¿Te molesta? – le pregunté sinceramente extrañado.
– Sí… un poco…
– ¡Coño tú sí eres arrecha! –le dije enfáticamente- Tú me dices cualquier barbaridad y todo está bien, pero si te hablo de una manera soy un… ¿cómo es que me dices tú? ¿animal social es la vaina? Y si te hablo como me hablas tú, entonces te molesta porque parezco uno de tus personajes. Y, además, me estoy enterando que a ti no te gusta como hablan tus personajes. ¿Entonces cómo se supone que te debo hablar?
– Como tú… y no te arreches.
– No, yo no estoy arrecho. Yo no me arrecho. Yo soy un príncipe… ah, no, perdón, un princeso. Los princesos no se arrechan, se enfadan, o se enojan…
– ¡Sí eres pajúo! Te arrechas por todo.
– No Ivanova. Fuiste tú la que me llamó a las siete y media de la mañana para empezar a pelear. Tú puedes decir cualquier cosa y está bien ¿y yo no puedo decir nada porque la señorita se molesta? Déjame me cuido de no decir una grosería, no vaya a ser que la princesa del porno se ofenda.
– ¡Coño, ¿qué te pasa?!
– Nada. Mira, te tengo que dejar porque no me he terminado de arreglar y me tengo que ir a la oficina…
– ¿Lo dejamos así?… ¿tan feo?
– No tengo tiempo… ya debería haber salido a desayunar… tengo que irme, ya es tarde y…
– Ok princeso, te propongo algo. En serio no me gusta que las cosas queden así.
– Ivanova, me tengo que ir, en serio, está bien. Te llamo en la tarde y hablamos.
– ¿Y si te digo que tengo la regla y me pongo sensible y pendeja? ¿me perdonarías?
– Ivanova, yo no tengo tiempo para estas vainas. Menos en la mañana. Te llamo en la tarde ¿ok?
– ¿Me perdonas?… es la regla… hormonas, tú sabes.
– No hay nada que perdonar, en serio.
– ¡Menos mal! Porque no tengo la regla, Hahahahahahahahaha.
– ¡Pajúa! –le dije riéndome.
– ¿Por qué no cambias tu rutina y nos vemos en Café Olé?
– Porque hoy desayuno en el Marriot.
– ¡Coño, yo sí soy arrecha! Yo te digo que cambies tu rutina y yo sigo en la mía. ¿Sabes cuántos años llevo desayunando en Café Olé?
– ¿Cuántos?
– Perdí la cuenta…en serio… no me acuerdo… ¡que bolas!
– Parece que a la final no somos tan distintos ¿no?
– ¡Ay princeso! Todavía estoy esperando
– ¿Qué cosa?
– A que me digas que vaya a desayunar contigo en el Marriot.
– ¡Ah! Es que… bueno… yo
– Si quieres… si no quieres esperamos hasta el viernes… Princeso, acuérdate que a mí me puedes decir que no y no me voy a cabrear…. No, mentira, sí me voy a cabrear, pero después voy a entender… y está bien, porque a veces yo también te voy a decir que no puedo o que no quiero y ¡lo vas a tener que aceptar!
– ¡Loca! –dije riéndome- No quiero desayunar contigo. Hoy no. Quiero seguir mi rutina. Quiero leer el periódico y ver a quién me encuentro y enterarme en qué anda cada quien.
– ¡Interesante!
– ¿Qué es interesante?
– Que todo tiene una razón de ser. Tus desayunos en el Marriot son como… a ver… ¿trabajo?
– Sí, se podría decir que sí…
– Van a ser las ocho –me interrumpió.- Mejor vete o se te va a hacer más tarde y te vas a arrechar conmigo.
– Ahora resulta que te preocupa que altere mi rutinaria vida ¡eres un personaje!
– ¿Por qué? Te lo digo porque es tarde y no quiero que por mi culpa vayas a llegar tarde a tus cosas.
– Y ¿desde cuándo te preocupas tanto por mí?
– ¡Bobo!
– ¡Tan linda la pornógrafa, preocupada por el princeso!… eres una dulzura Caterina Ivanova.
– ¡Ridículo!
– Bueno, te dejo. Te llamo en la tarde.
– Chao.
– Chao.
 
Nunca dejo que sea otro el que corte la conversación. No sé por qué lo hago. Es una especie de poder subyacente en las relaciones. El que termina la conversación tiene una cuota de poder adicional… no sé de dónde habré aprendido eso, pero siempre lo he aplicado, con las mujeres, los amigos, los clientes.
 
Es raro… con Caterina Ivanova peleo como nunca lo he hecho con ninguna mujer, pero no sé por qué o cómo, siempre logramos quedar bien. Podemos decirnos cualquier cosa, pero a los pocos minutos quedamos bien, sin resentimientos.
 
Hace dos semanas fue a mí al que le tocó dar su brazo a torcer.
 
Había pasado la noche en su casa. Lo hicimos y nos quedamos dormidos.
 
Me levanté cerca de las siete de la mañana y la vi sentada en la computadora, con un suéter y un bóxer, que era mío. Miré y el cenicero estaba lleno de colillas, la cafetera todavía caliente del último café preparado. Ella, con cara de loca y aroma de camionero, tecleaba no sé qué cosa.
 
– ¡Mi amorcito! –me dijo muy sonriente- ¿te desperté?
– ¿A qué hora te levantaste? –le pregunté mirándola muy seriamente, realmente molesto- O sea… ¿desde qué hora estás escribiendo?
– No sé… la una y algo… creo.
– O sea que pasaste toda la noche… o sea que yo estaba durmiendo y tú… te fuiste – le dije tratando de hilar la idea a pesar de estar recién levantado, sin haberme siquiera lavado la cara o los dientes.
– ¿Cuál es tu peo? – me respondió rodando la silla para luego levantarse y mirarme fijamente.
– ¿Mi peo? ¿No será tu peo? ¡Coño son las siete de la mañana! ¿Esto va a ser así siempre? ¿No puedes trabajar en el día como la gente normal?
– No – dijo sin titubear- Así es mi vida. No me vengas a cagar ¡mi vida! porque tú piensas que tengo que hacer las cosas ¡a tu manera!, a la manera de la gente normal. –siguió diciendo, con la mirada muy fija sobre mí, la cabeza en alto. Seria, sin un gesto de vergüenza o miedo de lo que yo pudiera decir- A mí me gusta mi vida como es –siguió- a mí me gusta estar contigo y por eso respeto tus cosas y tu manera de hacer ¡tus cosas! y lo mínimo que espero es que tú me respetes mi vida. No trates de cambiarme Adriano, porque vamos a tener demasiados conflictos… y yo no me la llevo con los conflictos.
 
 
Tenía una mano apoyada a la pared, la otra en la cintura. La miré con la misma seriedad y prepotencia con la que ella me miraba. No dije una palabra más. Quité la mano de la pared y me la llevé a la boca, estirándola hacia abajo. Respiré hondo. Me di media vuelta y entré al baño. No vino detrás de mí. No se disculpó. No trató de remediar la situación. Ya estaba todo dicho. Según ella, o me adaptaba o me iba. Punto. Pero yo no estaba dispuesto a adaptarme a nadie. Yo no voy a dejar que nadie me imponga condiciones para estar en una relación. A mí nadie me impone condiciones… nadie.
 
Mientras me lavaba la cara escuché que sonaba “The wonder of you”. Elvis Presley. ¡Le encanta El Rey! ¡A mí me encanta El Rey! De golpe tuve una especie de chispazo en la panza. No la iba a perder. No. ¡No joda, no la voy a perder! Ya va a ver quién es Adriano Mendoza.
 
Tomé la toalla y me medio sequé la cara. Salí del baño y fui hacia la mesa de la computadora. Ella seguía allí, fumando y escribiendo, con el ceño fruncido, la boca apretada, como tratando de contenerse para no explotar. Tomé la silla por el espaldar y la giré hacia mí. La miré a los ojos, incliné la cabeza.
 
– Negociemos.
– ¿Qué quieres negociar? –me preguntó luego de exhalar un suspiro y devolverme la mirada, esta vez con menos rabia.
– Esto. Tus costumbres. Las mías.
– Ok… -respondió frotándose los ojos con las palmas de las manos- ¿qué propones?
– Ok. Te propongo que –aclaré la garganta- no me dejes levantarme solo. No me gusta despertarme y no verte en la cama.
– ¡Pero no podía dormir Adriano! ¡Coño, entiende algo, mi vida no es como la tuya! ¡Tenía una idea y me paré a anotarla y terminé escribiendo toda la noche! Princeso, yo soy así… lo siento pero soy así. –terminó la frase casi sin voz, con los ojos cerrados, con la respiración entrecortada.
– ¡Está bien, está bien!… no importa. Pero podemos hacer que… a ver… vamos a ver. Si tú quieres escribir le das y listo… pero primero te acuestas conmigo, hacemos el amor, esperas a que me duerma y luego te vas a escribir. Así yo me quedo bien y tú también.
– Eso no funciona así Adriano.
– ¡Coño, ayúdame! En serio, vamos a… estoy tratando de buscar una solución. –le dije mientras me arrodillaba frente a la silla, con las manos en sus muslos y la mirada fija en ella.
– Ok. Tú sabes que a veces no voy a querer hacerlo ¿verdad? – acotó, después de un silencio demasiado ruidoso.
– Sí… supongo… pero al menos te puedes acostar conmigo y consentirme un rato mientras me duermo y luego te paras y te vas a escribir ¿no? – terminé la frase con una sonrisa de foto, a puro diente pelado.
– ¿Cinco minutos está bien? –me dijo sonriendo y rozándome las manos con sus uñas.
– ¿Cinco? ¡No seas miserable! Al menos… quince.
– Quince… está bien, quince está bien.
– ¡Hubiera pedido veinte! –dije mirando al techo, para luego meter la cabeza entre sus senos y apretarle la cintura.
– Te puedo dar veinte y de vez en cuando te manoseo allá abajo, para que te quedes dormido más rápido –me dijo riéndose, mientras me acariciaba el pelo.
– Pero hay algo más… – le dije mientras levantaba la cabeza y la miraba.
– ¿Qué? –preguntó casi haciendo un puchero.
– Si vas a pasar la noche escribiendo está bien, no me importa. Pero tú sabes que casi siempre me levanto a las seis y cuarto…
– Ajá…
– Bueno… cuando sean las seis vas, te lavas los dientes y te metes en la cama conmigo…
– O sea que hago la finta de que dormí contigo…
– No bobita. Sólo es para verte en la mañana. Me gusta despertarme y abrazarte.
– ¿No será que te gusta que te lo chupe en la mañana? –me susurró riéndose
– ¡Coño, por qué todo lo reduces a sexo! – pregunté susurrando- No es sexo. En serio, me gusta abrazarte cuando abro los ojos, agarrarte una nalga en la mañana, me gusta darte ese besito ridículo. Me gustan esos cinco minutos, o tres, que pasamos abrazados, sin decir nada. Me gusta darte una nalgada y decirte “ya, párate”.
 
 
Mientras le decía esas cosas noté que su cara se iluminaba, a pesar del cansancio que de seguro tendría por no haber dormido. Se mordió el labio inferior y, como siempre, sonrió con todo su esplendor. Suspiró y me haló hacia ella por el cuello de la camiseta. Yo tenía la cara entre sus pequeños senos, respirando su hediondez a cigarrillo que, por alguna razón, no me molestaba. Menos aún cuando me abrazaba con sus piernas y me arañaba la espalda.
 
– ¡Y por supuesto que me encanta la fellatio mañanera! –le dije levantando la cara, dejando la barbilla en su pecho y sonriendo.
– ¡Yo sabía! –me susurró, antes de deslizarse por la silla hacia abajo.
 
Fue la primera vez que lo hicimos en el piso.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍ. PARTE VII. CAPÍTULO XXIII