«

»

Oct
08
2017

Bajezas de sus Altezas.

XXVI. Bajezas de sus altezas.
 
Eran las seis de la tarde del jueves cuando Inés, la esposa de Hugo, apareció en las instalaciones de la empresa. Llegó y la recepcionista, que era la única persona que quedaba, además de los socios, trató de anunciarla sin éxito, porque Hugo no estaba en su oficina. Inés decidió esperarlo adentro, seguramente para asegurarse de que aún estaba allí y no había ninguna mujer con él.
 
Desde que descubrió que su esposa le fue infiel con uno de sus mejores amigos, Hugo había tomado la determinación de hacerle la vida lo más amarga posible a Inés. No eran pocas, ni discretas, las aventuras de Hugo, pero siempre lo negaba con un descaro que al mismo Marcial sorprendía. Inés vivía paranoica con la idea de que él le estaba montado cachos. De vez en cuando lo perseguía. Incluso llegó a involucrar a su familia, hasta el punto que una noche, llegando de la oficina, Hugo se encontró a Inés llorando, tratando de ser consolada por sus padres que esperaban ansiosos a Hugo para enfrentarlo. Según nos relató él mismo, las cosas ocurrieron más o menos así:
 
Él llegó, miró la escena y preguntó ¿qué pasa? Entre el llanto histérico de Inés sobresalió el puñetazo que el suegro le dio a la mesa de centro antes de levantarse y decirle que lo vio entrando a uno de los hotelitos de El Rosal a las siete de la mañana. A eso le siguieron una enorme cantidad de insultos del viejo, acusándolo de serle infiel a su hijita. Hugo, que sabía que era cierto, pensaba en la manera de zafarse de la situación y, con la mayor frialdad posible, le preguntó que si estaba seguro de haberlo visto, lo cual irritó mucho más al señor. Entre todas las cosas que le dijo, Hugo supo que lo que el viejo vio fue su carro y, supuestamente, lo vio salir del mismo, con el mismo traje gris que cargaba esa noche.
 
– ¿Cuántos Audi plateados cree usted que hay en Caracas? –le preguntó Hugo sin perder la compostura.
– ¡A mí no me vas a venir con esa vaina! –le respondió el viejo.
– ¿Cuántos tipos de traje gris pueden andar en un Audi? –insistió Hugo.
– ¡Deja de negarlo! –le gritó Inés llorando- Termina de decir que sí, que eras tú.
– Mira Inés –dijo Hugo- Yo te voy a decir algo, ya yo estoy cansado de tus escenitas de celos, de tu paranoia… ya está bueno. Si quieres, si tú estás tan segura de que yo te estoy montando cachos, dale, vamos a divorciarnos. Porque yo no voy a estar soportando que cada vez que te da la gana tú vienes y me acusas de adúltero. ¡Y no me hagas hablar Inés! –le advirtió, sabiendo que lo último que ella querría es que sus padres se enteraran de su aventura- ¡Ya me cansé! Media Caracas anda en un Audi plateado. La mitad de los tipos que trabajan en El Rosal andan de gris. ¿Usted quiere saber dónde estaba hoy a las siete de la mañana? –le preguntó al suegro- En un desayuno con Marcel Granier. Llámelo. No le pregunte si yo estaba desayunando con él, pregúntele con quién estaba desayunando –retó Hugo al viejo, quien conocía por trabajo a Granier- Pero eso sí, ponga el teléfono en altavoz porque yo quiero oír cuando le diga que estaba desayunando conmigo. Y quiero verle la cara a ver qué le va a decir cuando le pregunte ¿por qué usted quiere saber con quién estaba desayunando? ¡Ande suegro! ¡Llámelo!
 
Obviamente el padre de Inés no tuvo más remedio que tragarse su rabia y reconocer que ha podido equivocarse de persona. Hugo no dejó pasar la oportunidad de decirle a Inés que la próxima vez iba a meter el divorcio. Ella tuvo que pedirle disculpas y tratarse a sí misma como una desquiciada víctima del sentimiento de culpa. Los suegros de Hugo se fueron, convencidos de que perdieron esa batalla, pero la guerra continuaba, y eso lo sabía bien Hugo. Ya no bastaba creerse él mismo sus mentiras. Le tocaría hacer las cosas lo suficientemente bien para no ser descubierto, pero, a la vez, lo suficientemente descaradas para amargar a su esposa.
 
Yo salía del baño cuando pasé por la oficina de Hugo y la vi sentada esperándolo. La saludé y vi que ahí estaba su saco, su celular y la computadora aún encendida. Extrañado, me limité a decirle que quizá estaba en el baño, aunque sabía que no era así, porque yo venía de allí. Le preguntamos a Marcial, a Eduardo y a Marco y ninguno sabía del paradero de Hugo. Me disculpé por dejarla sola y me fui a mi oficina, aún curioso sobre las posibles andanzas de mi socio. Quizá se había ido a algún hotel y pensaba regresar más tarde, pero le pregunté a la recepcionista, antes de mandarla a su casa, y ella me aseguró que él no había salido. Ya aparecerá. Yo tengo trabajo que hacer.
 
No habían pasado ni cinco minutos cuando escuchamos los gritos y el llanto de Inés, que salía del baño de mujeres.
 
– ¡Hijo de puta! ¡Eres un hijo de puta! ¡Te odio! –le gritaba a alguien
– ¡Ya! ¿Estás feliz? –le respondió Hugo saliendo del baño de mujeres, sin haberse subido el pantalón por completo- ¡Me descubriste! ¡Bravo! ¿Qué quieres? ¿Una medalla?
– ¡Se acabó Hugo! –seguía llorando Inés- ¡Ya se acabó!
– ¡Que se acabe chica! ¡Mete el divorcio! ¡Haz lo que te de la gana!
 
Inés salió presa de un ataque de histeria, amenazando a Hugo con quitarle todo. Se fue llorando por las escaleras y lo único que todos deseábamos era que no se matara en el carro. Hugo se metió a su oficina y tiró la puerta. Nosotros nos miramos y no dijimos nada. Ya mañana resolveríamos la situación. Pero, obviamente, había alguien más en el baño. Alguno de nosotros tenía que ir al baño de damas y sacar a la otra involucrada que, después del cuarto de hora que había corrido desde que Hugo salió de allí, continuaba encerrada, procurando guardar su identidad el mayor tiempo posible.
 
Aún sin decir nada, Eduardo entró al baño y nosotros sólo podíamos escuchar los sollozos de una mujer. Al rato salieron, era una de las asistentes, la bonita de los looser, que no paraba de llorar mientras seguía haciendo el gesto de bajarse la falda. Eduardo sólo se limitó a decirle que buscara su liquidación en una semana. Nosotros no dijimos nada. Cada quien entró a su oficina y cerró su puerta.
 
El lunes Hugo nos reunió para disculparse por su comportamiento del viernes. Disculpado y con la promesa de no repetirlo, nos dio los detalles del desenlace del drama familiar.
 
– Llegué y, pues nada, estaba ella llorando, la mamá llorando y el viejo que se me lanzó encima –nos contó- Yo no sé cómo coño fue que se calmó el viejo, creo que fue la esposa que lo apartó o ella… no me acuerdo. Es que pana, estaba demasiado confundido. Ya no había marcha atrás ¿sabes?
– ¡Coño marico! –le dije- es que esta vez se te fue la mano.
– ¡Yo sé pana! ¡Yo sé! –exclamó.
– ¿De verdad tú sabes huevón? –le dijo Eduardo- Es que no fue sólo lo que hiciste, sino lo que le dijiste.
– ¡Sí marico yo sé, yo sé! –dijo con cara de arrepentido mientras todos lo escuchábamos con atención- Pero eso no es lo peor pana… cuando empezó el peo, que ella decía y el viejo decía, me arreché y le lancé en la cara que ella me había montado cachos con Andrés Colmenares.
– ¡¿Qué?! –dijimos en coro
– Sí huevón… se me fue la mano… ¡Y ahí sí es verdad que se armó la gorda! Mierda pana… yo la quería joder, de bolas que sí, pero cuando el papá empezó a decirle ese montón de vainas… mierda marico y la cara de Inés cuando se la solté. Y la cara de la mamá. Empezaron los dos a decirle de todo. Te lo juro que la vaina se puso tan ruda que casi me pongo del lado de ella… ¡Es que no lo podía creer! ¡Son sus papás! ¿sabes?
– ¡No joda huevón! ¡Que bolas! –interrumpió Marcial- Es que la vaina está jodida, porque, verga marico, es que la solidaridad masculina es una vaina marico.
– ¿Qué solidaridad masculina ni que coño huevón? –le dijo Eduardo- Si a Cristinita le hacen esa vaina yo mato al tipo a coñazos. No es por nada pana –le dijo a Hugo- pero es que yo soy padre y uno con las hijas es otro cuento. Coño, sí, me decepcionaría la vaina, pero ¡No joda! Le armaré su peo a ella en privado ¡pero al tipo lo mato!
– ¡Exacto huevón! –exclamó Hugo- Igual, yo igual. Yo no quiero que Marianita sea una regalada pana, yo quiero que sea una mujer de bien y todo; pero si yo sé, si ella me cuenta lo que debió contarle Inés hoy a su papá, yo agarro al tipo y le doy una coñaza para que aprenda a respetar a mi hija. Y luego le doy otra coñaza a ella por puta, pero no delante del tipo. Delante del tipo la apoyo. Que bolas marico que ahora le tengo lástima a Inés… después de tenerle arrechera, ahora le tengo lástima.
– ¿Y cómo quedaron? –preguntó Marcial.
– Como amigos… ¡Huevón! ¿Cómo vamos a quedar? Nos vamos a divorciar y esa mujer me odia a muerte.
– ¡Verga pero no la pagues conmigo!
– ¡Coño es que tú también preguntas unas huevonadas! Nada. Ya se reunirán los abogados y veremos qué le toca a cada quien y… bueno marico, empezar con la separación de bienes y el peo de los carajitos… ¡Que mierda todo esto!
– Chamo –intervino Marco- yo nunca… nosotros nunca nos metemos en nuestras cosas, pero… coño pana ¿por qué tú seguiste con ella? ¿por qué no te divorciaste ahí mismo?
– Por arrechera –le respondió Hugo después de un rato- Porque le quería amargar la vida. Hacerla sentir tan infeliz… como me sentía yo. Marico, yo me casé con esa mujer porque la quería, por nada más.
– Bueno viejo –le dije- Nada, ahora a seguir y punto. Ya se acabó, ya… ya no hay nada que hacer.
– ¿No hay nada qué hacer? –dijo Marcial- Ahora es que empieza el peo marico, a cuidar los reales.
– Yo no la pienso joder… ya qué coño ¿sabes? Ya… veré que la vaina sea lo más justa posible…
– Pero ella sí te va a tratar de joder –insistió Marcial
– No creo –siguió Hugo- Esa caraja está vuelta mierda…
– ¡Pero tiene amigas! Y las amigas… ¿tú qué crees que le van a decir las amigas? “Jode a ese coñuemadre” Acuérdate de mí. Las mujeres son unas cuaimas pana, eso es un gremio, si te metes con una te metes con todas. Y si su abogado es mujer… prepárate.
– Bueno, eso sí es verdad –admitió Hugo- Pero no sé cuántas de sus amigas la apoyen sabiendo que montó cachos.
– ¡¿Tas loco huevón?! –prosiguió Marcial- Esa caraja ahora es la heroína de ese poco de cuaimas frustradas que se mueren por montarle cachos al marido. Ya vas a ver que el que va a salir jodido de este peo eres tú. ¡No bajes la guardia marico, porque te va a joder! –terminó Marcial poniéndole la mano en el hombro y señalándolo con el índice.
– Si quieres te doy el número de mi abogada –le dijo Marco.
– ¿Esa fue la que te divorció? –preguntó Hugo.
– Sí. Es una coño de madre. Parece que le tuviera arrechera a las mujeres.
– Bueno –dijo Eduardo- es que yo creo que en el fondo todas las mujeres le tienen arrechera a las demás mujeres.
– ¿Qué pasó con la chamita después de que me fui? –preguntó Hugo.
– Lo que tenía que pasar –dijo Eduardo- La tuve que botar pana. Lo siento, pero…
– Coño, me da paja pana –dijo Hugo- ¿Qué dijo?
– Nada ¿qué va a decir? – respondió Eduardo- Tiene que venir a buscar su liquidación el viernes y punto. Lo máximo que podemos hacer es decirle que firme su carta de renuncia y ya.
– ¿Qué le dijeron a Antonieta? Porque tiene que haber preguntado por qué la estamos botando… sobre todo porque nosotros nunca botamos a nadie.
– Nada, preguntó por qué y le dije que no me entregó un trabajo a tiempo y me arreché y la quiero fuera. Punto. – respondió Eduardo- Pero si quieres le digo que fue por conducta lasciva…
– ¡Huevón! –le dijo Hugo riéndose- Bueno socios, vamos a echarle bolas porque esta vaina no funciona sola.
 
Cada quien se fue a su oficina y no se volvió a tocar el tema. Más nunca nadie le preguntó a Hugo cómo iban las cosas del divorcio. Apenas preguntábamos ¿cómo anda todo? Y su respuesta se limitaba a “todo bien”. Mi mamá y mi papá trataron de indagar sobre el asunto. Querían saber si yo sabía que Inés le había sido infiel a Hugo. Querían saber si yo estaba en la oficina cuando pasó lo que pasó. Siempre respondía con evasivas y trataba de desviar el tema.
 
Los cachos de Hugo e Inés se convirtieron en la comidilla del club, hasta que apareció un chisme mejor: La ex esposa de uno de los directores de la compañía telefónica más grande había sido encontrada por sus hijos en una situación extremadamente comprometedora.
 
Según Andrea, que se regocijaba en el morbo del asunto, uno de los hijos de una fulana estaba saliendo con la hija menor de la protagonista del chisme. Se habían ido el fin de semana a la playa y, al regresar a la casa de la chica, escucharon los gritos de la madre, que venían de la planta superior, pidiéndole que subiera rápido. Al entrar a la habitación de la señora, que debe tener poco más de cincuenta años, la encontraron completamente desnuda, amarrada a la cama, con los ojos medio vendados y una plasta de excremento que adornaba su pecho.
 
Al parecer la mujer, que no paraba de llorar, le contó todos los detalles a la hija, ignorando por completo la presencia del novio de ésta, que luego sirvió de vocero de la historia.
 
Le dijo que había salido el sábado a un local en el San Ignacio y había conocido a un chico, como de veintidós años, que la había tratado como todo un caballero. Bailaron, bebieron y decidieron continuar el baile en posición horizontal. El error fue haberlo llevado a su casa y permitir que la amarrara y le vendara los ojos, pues a los pocos minutos sintió que algo caliente le caía en el pecho… y no era semen. El tipo se fue y la dejó amarrada. Ella, de tanto mover la cabeza, pudo deslizar un poco la venda de los ojos y vio el regalo que su joven amante le había dejado.
 
La humillación pública ha sido tal que, según dicen, la familia se va del país. Quizá cuando esto pase los socios del club se vuelvan a concentrar en las historias de infidelidad de Hugo e Inés. Según algunos, él es el huevón que se quedó con ella porque estaba herido y la quería humillar. Según otros, él es el agraviado y supo vengar muy bien el orgullo masculino, para que las mujeres entiendan lo que les espera si cruzan la línea. Otros dicen que si ella le montó cachos sería por algo, porque él no la complacía y, seguramente, se lo merecía. También hay quienes dicen que él se pasó y quienes aseguran que eso es lo mínimo que le hubieran hecho a la vagabunda. No falta quien le diga a su mujer, delante de un grupo de hombres, que si la encuentran en esa vaina la matan. La mayoría son más sensatos y se limitan a asegurar que la dejan en la calle. Las mujeres no opinan delante de los hombres, porque –según ellas- no le harían eso a sus esposos, que prefieren divorciarse antes de caer en ese tipo de conductas.
 
Al final, desde la hombría de Hugo hasta la formación que recibió Inés de sus padres ha quedado en tela de juicio. Como siempre, yo trato de ser un simple espectador.
 
MIS ÚLTIMOS 365 DÍAS. PARTE VIII. CAPÍTULO XXVI.