Anoche, sacando de una caja de libros una carpeta con recortes de prensa, encontré uno de mis primeros escritos públicos, del año 1992, publicado en Cartas a El Nacional. Allí estaban las opiniones de una chica de 19 años ante el tratamiento que se le daba a la intentona golpista de Chávez, las reacciones de los medios de comunicación y los políticos que entonces defendieron tan nefasta empresa.

Sentí orgullo de mí, lo reconozco, tan chiquita y tan brillante… Pero también sentí algo de culpa, porque aun estando en capacidad de analizar y prever los efectos que ese momento político podría traer sobre el desarrollo de la historia en Venezuela, no hice mucho. ¡Y eso que puedo decir de mí misma que nunca he sido de las que piensa que la política es para los políticos!

El domingo 15 de febrero de 2009 quedará marcado en la historia como el momento en que un país, o la mitad de los electores de un país, eligieron democráticamente abrirle las puertas a la dictadura. Con o sin fraude, apartando las hipótesis acerca del tema, tenemos un problema real con la sociedad venezolana: NO SABEMOS VIVIR EN DEMOCRACIA.

Llegar a Caracas después de un año es como ver una foto vieja, donde nada ha cambiado, excepto el deterioro del papel. Caracas es una ciudad que huele a basura y a animal muerto. Los caraqueños se han convertido en personas agresivas, quejumbrosas y speudoautistas. Hablo del Caraqueño porque sólo estuve en Caracas, no sé cómo estarán los habitantes del interior, pero presumo que la diferencia no debe ser significativa.

Después de un año recibiendo otros estímulos externos, de presenciar otras formas de discusión, observar la forma en que se discute en Caracas es en extremo chocante. Nadie escucha a nadie, todos los participantes de una conversación política están a la defensiva, todos buscan la manera de humillar a su interlocutor si se presenta un desacuerdo. Pocos logran escuchar sin interrumpir las ideas ajenas, pocos logran seguir una conversación sin dispersarse. La frase “¿qué te estaba diciendo?” es tan común como los improperios lanzados a quienes tienen una visión diferente de determinada realidad.

Yo fui a votar sabiendo que perderíamos y no fueron pocos los insultos que recibí, del tipo “tú y tu pesimismo de mierda”, seguido de ataques personales –con movimientos continuos de manos-, gente que abandonaba las conversaciones e incluso portazos. Presencié discusiones políticas entre amigos donde las groserías aparecían cada tres o cuatro palabras. Y no estoy hablando de diálogos entre camioneros o vendedores de plaza de mercado, estoy hablando de gente muy pudiente, gente con la que uno pudiera llegar a suponer que se puede tener otro tipo de intercambio de ideas.

En una de esas tantas discusiones que me tocó presenciar, entre un grupo de aproximadamente siete personas y dos chavistas, uno de mis amigos le pedía a su ex compañero de universidad que le dijera cinco cosas buenas que haya hecho Chávez en diez años; claro que la obertura a la pregunta fue una seguidilla de ofensas de más o menos tres minutos de duración, desde asalariado hasta hijo de puta. Yo, que soy antichavista desde que el tipo apareció por primera vez, puedo nombrar rápidamente cinco cosas buenas que se hayan hecho en estos diez años, así como puedo nombrar treinta malas en el mismo lapso de tiempo. Cuando tuve la oportunidad de intervenir en la conversación, pude decirle a mi amigo esas cinco cosas que pensé y le expresé mi respeto a su insultado interlocutor. Cuando logré que éste bajara la guardia y entendiera que mi intención no era atacarlo, le planteé el siguiente escenario “Chávez se muere y los oligarcas, por revanchismo, eligen a Pedro Carmona Estanga de Presidente y votan por él indefinidamente”. El sujeto en cuestión, junto a su único compañero ideológico de la noche, palidecieron por la falta de aire que les produjo la visualización del asunto. Les expliqué, luego, que el 15 de febrero no se estaba votando por Chávez o en contra de él, la pregunta no era si queremos que Chávez sea Presidente vitalicio, la pregunta es si queremos que cualquier funcionario de elección popular pueda tener la oportunidad de ejercer ese cargo de forma vitalicia. Le pedí que pensara en Capriles Radonski eternamente en la Gobernación de Miranda o en Ledezma eternamente Alcalde Mayor. Expliqué que por muy malos que pensemos que son unos gobernantes, de uno y otro lado, todavía es posible que existan peores que ellos. Al final ambos chavistas entendieron y votaron NO. Uno de ellos me llamó la noche del lunes y me dijo que él debería estar celebrando, pero que después de pensarlo estaba asustado por el futuro del país. Sigue siendo chavista, pero ahora maneja otra información.

Yo llegué a votar sabiendo que perderíamos, pero a medida que me adentraba nuevamente en la centrífuga psicológica de Venezuela, entendía con más fuerza que la salida a esta crisis está mucho más lejana de lo que quisiéramos imaginar. La gran marcha de la oposición fue una de esas tantas señales.

Ya es harto sabido mi opinión acerca de las marchas de la oposición, pero me siento en el deber de insistir, porque pienso que hasta que no tengamos una marcha donde no se baile, donde no suenen tambores, donde la gente deje la cámara en casa, donde las consignas políticas sean serias y no para hacer reír, cuando no se beba cerveza en las marchas de la oposición, cuando no se vaya a las marchas a exhibir piel o buscar pareja, creo que estaremos más cerca de tener una base opositora sólida. Mientras tanto, los que van a marchar, tomarse fotos con personalidades del momento, beber cerveza y bailar, se desanimarán fácilmente, renunciarán a la lucha política y se preguntarán “¿qué más va a hacer uno?”, porque creen que votar y marchar es suficiente.

Es cierto que hemos logrado superar esas 3,5 millones de firmas del 2004 cuando solicitamos el revocatorio, es verdad que hemos tenido logros importantes, pero tenemos que despertar, hace falta mucho más para acercarnos al final del túnel.

En 12 días que estuve en Caracas, conocí a tres personas que por diversas razones no están inscritas en el Registro Electoral. Es decir, en diez años nosotros, la oposición de base, no hemos sido capaces de hacer que nuestros más cercanos amigos y familiares siquiera se inscriban para poder votar. No hemos sabido estimular a esos caracoles refunfuñones, que se quejan de la situación y no se mueven a hacer lo mínimo necesario. De los tres no inscritos en el Registro Electoral, uno va a marchas y participó en la Guarimba del 2004; otro no quiere saber nada porque se va del país en cualquier momento y otro no cree en la política.

Hay una triste realidad que debemos observar con detenimiento, no sólo los líderes de la oposición, sino cualquiera que se diga demócrata y no quiera ver perpetuarse a una persona en el poder. Hemos manejado muy mal nuestro discurso. Apenas subiendo de Maiquetía a Caracas, estaba sintonizado el programa radial “Aló Ciudadano” y el invitado trataba de convencer a los empleados públicos que el voto es secreto, que es imposible que el gobierno sepa por quién votaron. Me pregunté ¿quién convenció a los empleados públicos y a todo el país de lo contrario? Nosotros, la oposición. Primero aquellos geniecitos técnicos que dijeron que la captahuella era para eso, después nosotros que salimos a repetir la información cual borregos. Ergo, todos somos responsable.

Y somos responsables cuando nos negamos la posibilidad de entender por qué un chavista es chavista, pues para nosotros un chavista es un pobre diablo que le regala el país a un dictador a cambio de una bolsa de comida y una promesa de casa. Nosotros creemos que porque los taxistas que nos han trabajado durante el último año y la empleada de servicio no quieren a Chávez, los pobres no quieren a Chávez. ¡Y para colmo aquel viejito que estaba en la marcha de la oposición y vive en el barrio más peligroso de Petare nos dijo que estaba harto de Chávez! Entonces nos creemos mayoría. Nos cegamos ante el menor triunfo y creemos que ya ganamos. Si no, respóndase usted mismo, cuántos venezolanos no pensaban que si ganábamos el domingo 15 “salíamos de este peo”. Quizá lo mejor haya sido la derrota, para ver si empezamos a tomarnos más en serio “este peo”.

Cuando Yo tenía 19 años estaba clara, pero estar claro no es suficiente. El asunto en este momento histórico no es salir de Chávez y luego vemos, porque la materia prima de este país –sus ciudadanos- no sirven para construir una democracia sólida. Estamos obligados a ponernos serios ante el reto histórico que se nos impone o estamos destinados a repetir una y otra vez esta misma historia.

Los estudiantes, a diferencia de mi generación, están actuando y están haciendo las cosas bien. Pero la responsabilidad no es sólo de ellos. A los líderes de la oposición les digo: tienen que entender que se necesita verdadera unidad, verdadero sacrificio por la patria, verdadera humildad cristiana. Crucifiquen su ego y únanse en torno a las candidaturas más fuertes, porque ya se nos viene otro proceso electoral, quizá uno de los más importantes: La Asamblea Nacional. La fase clasificatoria debe empezar ya y debe permitirse la participación de todos los actores que han estado en la lucha democrática en medio de esta dictadura, Súmate no puede faltar, los estudiantes no pueden faltar y los chavistas arrepentidos –si de verdad están arrepentidos- deben abstenerse de lanzar sus candidaturas para no crear divisiones innecesarias, tienen que ingerir su cuota de estiércol y ceder sus espacios políticos, apoyar a los más fuertes y autoflagelarse todas las noches antes de dormir y en la mañana en ayunas.

Y mientras las personalidades públicas de la oposición hacen lo suyo, nosotros, la base, tenemos que hacer nuestra parte. Tenemos la necesidad urgente de entender otros puntos de vista. Si usted encuentra un chavista en el camino, no lo insulte, no lo vea con lástima, no se ponga a discutir con él, escúchelo. Recuerde que nosotros nos echamos de enemigos a los pobres cuando nos pasamos cuatro años diciendo que los programas sociales del gobierno eran demagogia, tenían fines políticos y no servían para nada. Póngase en el lugar de un beneficiario de cualquiera de las Misiones, piense como si usted tuviera nada para pagar un médico y le ponen a un tipo de bata blanca con estetoscopio, en una casa al lado de su casita con techo de zinc, y el tipo le da dos palmaditas en la espalda, le pasa la mano por la cabeza y le da una aspirina. Aunque lo mate, porque usted tenía gastritis o dengue, se va a sentir feliz porque sentirá que lo trataron como a un ser humano. Y si usted tiene tres hijos y los inscribe en una escuela bolivariana y los niñitos nunca terminan de aprender a leer y escribir, pero de vez en cuando le dan un cuartito de leche y un pan y están en un lugar “confiable” mientras usted trabaja, quizá se moleste cuando escuche a alguien de la oposición diciendo que eso es demagogia. Primero porque usted no sabe qué es demagogia, pero parece que es una grosería de ricos, y segundo –y quizá más importante- es que las personas que están en una situación tan crítica no les importa sino sobrevivir el día, porque su línea de vida es tan corta que no saben si acaba hoy, en una semana o en cien años.

O nosotros, oposición en pleno, entendemos a los pobres, comprendemos la psicología de la pobreza y hacemos algo para contrarrestar la demagogia bolivariana, o empezamos de una vez a entender que el país está perdido para siempre. Si queremos una salida democrática, a mí me parece que es esta. Nosotros los entendemos a ellos, nos unimos para apoyarlos a independizarse del yugo del demagogo, alimentamos a los que no tienen qué comer (porque con la barriga vacía no se entiende nada) y después podemos empezar a pensar en hacer nuestro trabajo ideológico. De lo contrario, estaremos en una o dos décadas escribiendo en contra de un dictador de derecha, reportando desaparecidos y muertos políticos.

El momento es ahora, pasemos el despecho político, dejemos de decir que la gente de este país lo que quiere es comer estiércol (ese no es el punto), dejemos de culpar a los políticos por la falta de unidad y pongámonos a trabajar, a organizarnos como sociedad civil, a hacernos conscientes de las necesidades de nuestros vecinos más necesitados e ingeniarnos en sociedad cómo ayudarlos. Si queremos que Venezuela deje de estar dividida, procuremos dejar de verlos como enemigos y hagamos lo posible para que ellos entiendan que nosotros no somos los enemigos. ¿Podremos lograrlo? No sé, pero creo que vale la pena intentarlo, porque a la única persona en el mundo que aceptaría de dictadora absoluta sería a mí misma.

Adriana Pedroza

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